Mira, el otro día iba Carmen, que venía del mercado con las bolsas cargadas, charlando animadamente con su vecina Marta. Y de repente, al acercarse a la puerta de su casa allí en las afueras de Salamanca, ve aparcado un cochazo de esos que te quitan el hipo. Se endereza con un orgullo tremendo, y comenta con una sonrisa de oreja a oreja:
Uy, no me digas que ese es mi futuro yerno, que viene tempranito a saludar.
Marta también se fijó en el coche, y en sus ojos se notó enseguida ese brillo de malicia:
Fiu, ¿ya le consideras yerno? Pues anda Que a Lourdes ni le ha pedido ni agua. Y tú, ¿sabes siquiera de dónde sale este hombre? ¿Y si es un sinvergüenza, o peor aún, un granuja de esos que van de listo por la vida…?
A Carmen le entró la risa y soltó una manotada en el aire, resoplando como quien no tiene tiempo para tonterías:
Déjalo ya, mujer. Es un buen chico, y está por mi Lourdes muy en serio. No me líes que voy con prisa. Que tengo que poner el té y, mira, justo traigo unos bombones para el invitado.
Ató con fuerzas las bolsas y casi salió al trote hacia casa. Marta se quedó detrás con cara de haber olido algo raro.
Con que eso era… Ya me preguntaba yo por qué tanto jamón ibérico, los mejores bombones y un trozo de manchego tan grande. Y resulta que es por el invitadito A ésta le corre prisa casar a su Lourdes, aunque sea con el primero que pase.
***
Ya en casa, Carmen no podía dejar de sonreír. Cuando entró, se encontró la siguiente escena: su hija Lourdes sentada en la banqueta de la cocina, y junto a ella, el pretendiente. El futuro yerno, pendiente de cada movimiento de Lourdes, mirándola a los ojos. Al oír el portazo, él se irguió enseguida y retrocedió discretamente. Vamos, que estaba claro el tonteo.
El invitado, tan cortés como siempre: le había traído a Lourdes un ramo de flores, una caja de bombones y una colonia carísima en su estuche.
A la madre casi le faltó hacerle una reverencia de agradecimiento, y durante horas luego le estuvo diciendo en privado a su hija:
¡Ay hija, qué apuesto es! Un poco canoso ya en las sienes, pero eso no hace sino darle más encanto. ¡Con el porte de un don! le confesaba después a Lourdes, aún entusiasmada.
Lourdes respondía con una sonrisa pícara y altiva:
Si es que realmente es de familia importante, mamá.
¿Y, a ver, a qué ha venido? ¿Por fin con los regalos y las flores? insistía la madre.
La cara de Lourdes cambió de tono de repente:
No, mamá, no ha venido a pedirme matrimonio. Simplemente intentaba convencerme para ir esta noche al teatro, al centro.
La sonrisa de Carmen voló de inmediato.
Vaya ¿Convencer, dices? Pues ya sabemos cómo son estos de ciudad Se pasean orgullosos con tus chicas y luego tiran para buscar una nueva en cualquier esquina.
Que si una cita en el teatro Mira, hija mía, creo que te has topado con un Casanova. Ya lleva viniendo por aquí dos meses, y ni palabra de boda ni anillo ni nada.
Mamá
¿¡Mamá qué!? Hija, ¡que tú ya tienes treinta! Y él anda cerca de los cuarenta. ¿A qué esperáis para casaros? Demasiado está alargando el tema, francamente.
Mamá, déjanos a nosotros decidir
¡Calla y escucha a tu madre! se alteró Carmen, y mientras hablaba le quitó del plato a Lourdes el último trozo de embutido.
Déjalo, que tienes que cuidar la figura. El jamón está carísimo, y mañana seguro que vuelve tu admirador a merendar y hay que tener algo que ofrecer.
Lourdes le clavó sus imponentes ojos azules, cansada:
Mamá ¿Por qué te pones así otra vez? ¿Qué te preocupa ahora?
Carmen guardó el jamón en la nevera, empezó a hacer ruido recogiendo los platos de la mesa, cogió la quesera y la bombonera y miró a Lourdes con ofensa y soltó:
Me temo que va a estar viniendo a casa y al final ni boda ni nada Tú ya no eres una niña y en el pueblo ya te empiezan a llamar solterona.
Y encima, después de este aristócrata, ya no aparecerá ningún pretendiente por aquí
Tranquila, mamá sonrió Lourdes. De aquí no se me escapa esa joya, ya lo verás.
***
Una semana después, Carmen estaba preparando la maleta para su hija, llorando casi al mismo tiempo de rabia y de resignación. Pensaba que Lourdes seguía siendo inocente y resulta que no ¡Se vino con la noticia de que estaba embarazada! Y la madre, ofendida, interrogando:
¿Pero cuándo os ha dado tiempo? ¡Si ni me enteré!
Lourdes, divertida, contestó con picardía:
Pues aquel día que fue a por mí al bosque, para recoger moras y se quedó esperándome a la vera del camino Le gusté demasiado, mamá, soy guapa.
Sí, sí, pero ¿¡En el bosque, hija?! ¡Explícame esto, que necesito saber en qué he fallado en tu educación!
Lourdes mascaba jamón y queso de oveja y solo reía.
Da igual, mamá, lo importante es que me ha pedido que me vaya con él a la ciudad.
¡Pero a la boda iremos con toda la familia, ya lo sabes! añadía Carmen, erre que erre. Ay, hija, qué angustia dejarte ir tan lejos, con lo que te has criado conmigo sola.
No te preocupes, mamá, vendré a verte a menudo
A casa se acercaban las vecinas gritando:
¡Carmen! Que nos hemos enterado de que tu hija se casa, ¿y no decías nada?
Se va, se va, corría Carmen de aquí para allá con las manos en la cabeza.
¿Y sin avisar para el regalo?
Nada de regalos, que solo se va a la ciudad a vivir con el novio.
¡Qué alegría, mujer!
***
El amante se la llevó a vivir a la ciudad de Salamanca, en una casona impresionante.
Lourdes llamaba a su madre de vez en cuando, contando maravillas de la casa de su futuro marido.
Pero Carmen esperaba noticias de boda, y esas no llegaban. Pasó un mes, dos, luego medio año hasta que un día Marta la abordó corriendo:
¡Que he visto a tu Lourdes paseando con un carrito de bebé por la Plaza Mayor!
¿¡Cómo que con un carrito!?
Carmen casi ni recuerda cómo se vistió a toda prisa, cogió el bus y se plantó en la ciudad.
Cuando consiguió contactar con Lourdes, después de varios intentos y rechazos, al fin escuchó la voz cansada de su hija al otro lado del móvil:
¿Dónde andas? Estoy en la estación, ven a por mí, y dime ya por qué te has callado lo de la niña. ¿¡Cómo que soy abuela y ni me entero!?
Lourdes vino en taxi, mirando hacia el suelo, y le confesó por fin:
Mamá, perdona por no avisarte. He tenido una niña, la he llamado Estrella. Se parece muchísimo a ti, mamá…
Vivimos en casa de Pablo (así se llama el novio). ¡Tiene una casa espectacular!
¿Y qué?
Carmen le clavaba la mirada de madre sufrida.
¿Te avergüenzas de mí, hija mía?
Lourdes se asustó:
¡No, qué dices! Ni se me ocurriría. Lo que pasa es que Pablo vive con su madre.
Esta casa y el coche son de ella. Y él hace lo que dice su madre, que no le permite casarse conmigo.
***
Carmen entró en la casa dispuesta a poner orden. ¿Cómo que la suegra no quiere boda, con un bebé recién nacido?
Ni miró a Pablo, ni a la niña que Lourdes le intentaba poner en brazos, y fue directa a buscar a la matriarca, que estaba tan tranquila tocando el piano en el piso de arriba.
Carmen, después de aclararse la garganta esperando cortesía (que no llegó), fue y cerró de golpe la tapa del piano.
La señora, de aspecto altivo, la miró con severidad:
¿Quién es usted y a qué viene? preguntó con voz afilada.
Soy la madre de Lourdes soltó Carmen. ¿A usted no le da vergüenza andar con el piano cuando hay una criatura pequeña deseando dormir?
¿Te refieres a Estrella? Ya ha dormido suficiente respondió la pianista, seca. Y a ver si quien molesta aquí eres tú y no la niña, de hecho.
¿Le molesta la niña pequeña? sorprendida Carmen. Pues hay una solución bien fácil: váyase a otra casa y deja a los jóvenes empezar su vida.
¿Perdona? ¿Te has pensado que voy a dejar mi propia casa, mujer?
¡Pues claro, por el bien de la pareja!
¿¡Que les molesto yo!? Las puertas están abiertas, pueden irse cuando quieran con viento fresco respondió la señora soltando una carcajada cínica.
¿Y la nieta te es indiferente, no? Carmen estaba cada vez más indignada.
Mira, Carmen, te lo explico claro: ya le he dado a tu hija lo más valioso que tengo, es decir, a mi hijo. Pero si te plantas chula en mi casa a dar órdenes, llamo a la policía y te vas en el primer bus. ¡Y si hace falta, os echamos a todos, que bien cabéis en tu pueblo otra vez!
En ese momento, Pablo entró alteradísimo y la interrumpió:
Mamá Carmen, seguro que viene cansada, Lourdes le ha preparado un té en el comedor
***
El té, al menos, logró relajar un poco el ambiente. Carmen lanzaba miradas asesinas a la abuela, que bebía té con expresión ladina.
Ya te pillaré, vieja, pensaba Carmen entre dientes.
Pablo miraba de reojo y casi suplicaba con la mirada a Lourdes que pusiera orden.
Lourdes comprendía que antes o después el tema estallaría. Así que se llevó a su madre al despacho de Pablo, mientras arriba se oía de nuevo el teclado del piano.
Mamá le dijo, tenemos que hablar.
¿Sobre qué? protestó Carmen. Aquí no hay nada que discutir ¡Tu suegra os tiene dominados!
Mamá, no es mi suegra. Es la mujer de Pablo. ¡Su esposa, mamá! Su única esposa.
Carmen se quedó sin palabras.
Explícame esto
Ya lo ves, Pablo es rico porque se casó hace 20 años con esta señora, que entonces tenía casi cincuenta. Nunca quiso hijos. Y como no los quiere, me aceptó a mí como bueno, como amante de su marido, para que él pudiera ser padre.
Viven juntos, pero como vecinos, llevan así años.
Pues vaya faena Carmen soltó con rabia ¿Para qué te metiste ahí?
Mamá, yo quiero a Pablo. Él quiere una familia, hijos pero ella no. Así que esto es lo que hay.
Lourdes, recoge a la niña y nos volvemos al pueblo. ¡Esto no es vida!
Pero Lourdes alzó la barbilla:
Yo no me voy, mamá. Aquí estoy a gusto. Algún día, Pablo será viudo y nos casaremos.
Hasta entonces te vas a tragar muchos sapos.
Y lo haré, mamá. Es mi elección.
Pues tú verás, yo me voy de aquí. No aguanto vivir donde no se me quiere.
***
Desde entonces, Carmen vivía en el pueblo, suspirando viendo cómo las otras vecinas recibían visitas de sus hijas y consentían a sus nietos. Al final, el corazón pudo más y se fue de nuevo a Salamanca.
Se colocó a vigilar desde la verja de la mansión y vio a su nieta Estrella correteando por el jardín con dos caniches, gritando ¡abuela, abuela! pero refiriéndose, claro, a la señora de la casa.
Carmen, picada, salió de las sombras y se puso a golpear la puerta.
***
Pero a Carmen nadie la echó de la casa. La abuela de Pablo, seca pero educada, simplemente dijo: La casa es grande, hay habitaciones de sobra.
Desde entonces, las dos abuelas ya no peleaban, solo se lanzaban pullitas mientras arrancaban malas hierbas juntas o jugaban al escondite con Estrella:
Has venido con miedo de que trate mal a tu hija, ¿eh? Bueno, haces bien, la pobre Lourdes da para mucho…
Yo si quiero, la echo mañana mismo. Pero bueno, igual no hace falta. Tu hija… debe de tener mucho de su padre, porque tú tienes fuerza, aunque sea poca…
Mira que te doy con la fregona en un ojo, ni que fueras la dueña replicó Carmen entre dientes. ¿Y poco carácter yo? Anda ya
Si tú fueras fuerte de verdad, Lourdes iría al pueblo, no tú aquí a buscarla. Pero bueno
¡Qué sabrás tú! He venido porque veo que tú ya no estás para tanto trote. Mira que te veo mal, y me temo que pronto te va a tocar necesitar ayuda y a ver quién tira aquí de la casa
Ja, ya quisiera. Yo estoy estupenda, con los mejores médicos y ni he parido, así que estrés cero. ¿De dónde sacas, Carmelilla, que me vas a enterrar tú antes?
Y así seguían, entre bromas, plantas y nietas, porque al final, si algo une a dos matriarcas, es el amor silencioso, aunque retorcido, que sienten por sus familias.







