La venganza entre las sombras de la riqueza: Larisa y Helena…

Venganza entre lujos: Loreto y Eugenia

Loreto estaba de pie junto a la ventana de su elegante piso en La Moraleja, observando cómo las luces de Madrid titilaban bajo el cielo nocturno. Afuera, el crepúsculo se apagaba a regañadientes, mientras su rostro contenía la frialdad de quien ha aprendido a sobrevivir al invierno dentro de su propio corazón. Había logrado fabricarse una felicidad sin pedir favores, y, ahora, en esa casa tan llena de cosas bonitas y tan vacía de gratitud, se sentía más prisionera que nunca. No del lujo ibérico, sino de quienes, generación tras generación, le habían pedido ayuda sin devolver jamás ni un gracias de manual. Y a eso, Loreto ya no estaba dispuesta.

De repente, en la puerta apareció Eugenia, su suegra, altiva, tan elegante como rígida, vestida con un traje beige, sombrero caro de El Corte Inglés y ese gesto de quien se piensa la Reina Sofía en persona. Eugenia era la abanderada del hija, tu obligación es ayudar a la familia porque sí. Y, claro, ese día traía la expresión de quien viene a pedir y nada menos que el sueldo entero de Loreto.

Loreto, tu cuñado necesita arreglar el baño. Venga, que tu dinerito nos salva soltó Eugenia, alargando la mano como si estuviera pidiendo la vez en la pescadería.

Loreto se quedó de piedra, viendo cómo el déjà vu se le instalaba otra vez en la garganta. Sentía cómo el corazón le retumbaba en el pecho. ¿Otra vez a mendigar en casa ajena? No, esta vez no.

Ni soy un banco, ni tengo la obligación de manteneros. Os he pagado caprichos durante un año entero respondió Loreto, apretando los dientes para no soltar un taco. Sus ahorros y horas de curro se derretían cada vez que oía semejantes exigencias.

Pero Eugenia no se achantó, ni mucho menosmás bien echó más leña al fuego.

¿No te da vergüenza? ¡Si tienes más euros que el Banco de España! replicó, mirando con desprecio los muebles minimalistas como si todo debiera figurar en su testamento.

Eso fue el colmo. Loreto, sin mediar más palabra, fue a la percha, cogió el abrigo de Eugenia y se lo lanzó sin dulzura.

¡Fuera de mi casa! ¡Ya está bien de tanto morro! gritó Loreto, liberando años de rabia en un instante glorioso y perfectamente merecido, aunque probablemente tardío.

Eugenia retrocedió, entre enfadada y herida en su orgullo de matriarca. Trató de mascullar algo, pero Loreto ya no escuchaba ni las súplicas ni las amenazas.

¡Te vas a arrepentir! ¡Luis se enterará de lo egoísta que eres! gritó la suegra justo cuando la puerta se cerró con ese portazo que tanto gusta dar y tan mal queda recibir.

Loreto, sola en el recibidor, respiró hondo, notando cómo, a cada inspiración, la tensión se le esfumaba como un rumor tras el chisme. Por fin había hecho lo que llevaba tiempo pidiéndose.

Días después, Loreto volvía a sentarse frente al ventanal. Esta vez no miraba al exterior, sino a su terremoto interior. Iba sobrada de capítulos oscuros, pero siempre los había superado. Lo malo era que, ahora, el drama doméstico se le había atascado y su marido, Luis, seguía sin notar la jugada de su madre con la habilidad de un árbitro despistado.

Cogió el móvil y marcó su número. Ni un clic de respuesta. Aquello, cada día, era más incómodo. Luis vivía en la parra y ni se enteraba. Pero Loreto ya no estaba por la labor de simular normalidad ni una tarde más.

En otro capítulo, en un restaurante madrileño lleno de luces tenues y clientela que sabe pedir el vino exacto, Loreto esperaba sola. Iba de punta en blanco pero cansada, con la expresión de quien se ha pasado la vida cargando con la felicidad de otros. Luis entró, elegante pero visiblemente nervioso, y la detectó al fondo, dudando un instante si acercarse. Pero acabó sentándose enfrente, forzando su mejor cara de arreglemos esto.

Loreto, de verdad, déjame hablar. Podemos solucionar lo que sea, si nos esforzamos un poco dijo él, buscando en vano una pizca de seguridad.

Pero Loreto seguía plantada, firme como una encina castellana. Tomó aire como si quisiera guardar fuerzas para la maratón de sinceridad.

No lo entiendes, Luis. Esto ya no va contigo, ni con tu madre. No puedo seguir de comodín le respondió con esa serenidad que da el cansancio definitivo.

Luis pensó en protestar, jugueteó con el borde de la servilleta como quien busca coraje, y sus palabras llegaron, débiles.

Loreto, yo no pretendía esto. Sabes que es que no sé decirle que no a mamá intentó justificarse. Excusas, todas.

Loreto se levantó, tan decidida como harta.

Me cansé, Luis. No me vales ya. Esto se acabó soltó, y salió del local, dejando a su exmarido atascado en la mesa, devastado, con cara de quien ha pedido calamares y le han traído judías.

Pasaron varios días y Loreto abandonó la costumbre de fingir que nada pasaba. Sentada en casa, mirando el panorama madrileño desde su ventanal, notaba que el aire pesaba un poco menos. No sabía qué le depararía el futuro, pero sí una cosa: jamás volvería a depender de nadie para sentirse bien.

El móvil vibró. Era Luis, otra vez. Puso el altavoz, como quien pone Paloma San Basilio de fondo.

Loreto, tienes que entenderlo. No puedes dejarlo así le suplicó Luis.

Ya he tomado mi decisión, Luis. Hemos terminado contestó ella, con un suspiro triste, aunque liberador.

Colgó el teléfono y lo dejó sobre la mesa. Sabía que ese era el verdadero final. Y así, en la calma de su propio espacio, Loreto sintió como si se hubiese quitado de encima la fabulosa presión de un abrigo caro. Porque ahora sí, por fin, su vida empezaba de nuevo.

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