Chucherías
¡Pero menuda chuchería estás hecho, Iñigo! ¡Te metía un buen repaso, como a un gitano, si tuviese fuerzas y no fuese tan tarde para estas cosas! ¡Has llegado a esta edad y aún no has aprendido nada!
La abuela Simona escupió a los pies de su vecino y, apoyándose en su pierna mala, se fue mascullando entre dientes. Ella ya había hecho lo suyo; ahora que le pesara la conciencia a él sobre cómo debía vivir. Si la gente no pudo meterle en razón, quizá el destino meta baza.
¡Mira que entregar a tu madre a una residencia municipal! ¡Dónde se ha visto algo así! Vale que la pobre Clotilde está postrada, pero, ¿él qué es, su hijo o un vecino cualquiera? ¡No hay derecho! Si Simona estuviera en forma, ni se lo pensaba: se llevaba a su amiga consigo, faltaría más. Pero
Pobre Ana. Buena muchacha más buena que el pan pero tampoco era un burro para cargar con todo. Ya se quedó en el pueblo cuando su madre enfermó, renunciando a la universidad. Bueno, se fue a estudiar al principio, pero volvió en cuanto la situación se torció. No pudo dejar a su madre y la abuela sola, lo entendió fácil: Simona ya no estaba para esos trotes. Bastante tenía con arreglárselas por sí sola. Después de fracturarse la pierna hace dos años, la cosa fue en picado. Ya antes caminaba como si la arrastrara el viento; ahora, ni eso.
La hija menor le propuso a Simona que se mudara con ella a Madrid, pero qué va ¿Dónde? Si tiene un pisillo que parece una caja de zapatos, y van apretados todos allí. El yerno, buen hombre, pero blandito, currando y currando y siguen como estaban. Dos hijos y encima la abuela Simona ya no sirve de ayuda. Antes, sí, manejaba la casa y sacaba adelante a los nietos; ahora, nada Un despojo, decía ella, y Ana se enfadaba, pero ¿para qué negarlo? Sin salud y cada día con menos fuerzas; sólo salir de la cama ya era una gesta. Abría los ojos, reflexionaba tumbada y luego convencía a su cuerpo a recogerse pedacito a pedacito ¡Arriba! ¡A moverse!
Suerte que su nieta, la Tania, era ágil como una gamuza. Antes de que Simona diera dos pasos, Tania ya había ventilado la casa, arreglado a su madre y salido pitando al trabajo. Siempre fue una bala, esa chica. Desde pequeña.
Simona tuvo a su hija mayor, la madre de Tania, tardísimo. Pensaba que se le pasaba el arroz.
El primer marido nunca le perdonó no poder quedarse embarazada. Se largó. Simona se apenó un poco, pero tampoco mucho. Ya veía que aquel nunca la quiso de verdad. Ella era toda pasión él, ni fu ni fa.
En sus tiempos jóvenes Simona era un pivón; resplandecía como una aurora. Tenía a todos los mozos del pueblo revoloteando a su alrededor. Pero nada, ella a lo suyo, esperando a ese amor verdadero que nunca llegaba. El reloj corriendo y Simona ni miraba ya a los lados, aguantando los reproches de su madre.
¡Deja de hacerte la fina, Simona! ¡Te vas a quedar para vestir santos!
¿Cómo le explicas tú que al corazón no se le manda?
Apareció entonces un chico, Alejandro, de un pueblo vecino, acababa de salir de la mili. Nadie sabía exactamente por qué, tras licenciarse, en vez de volver a casa se fue a vivir con los abuelos. Tampoco se lo explicó nunca a Simona.
Nada más verlo, a Simona le cayó la flecha de Cupido. Y Alejandro tampoco se lo pensó mucho: la vio y a las pocas semanas ya estaba mandando a sus padres a pedirle la mano. Su madre, encantada: ¡Menudo milagro, por fin mi Simona se casa!
Montaron una boda por todo lo alto. Simona flotaba de felicidad, sin darse cuenta del runrún que cruzaba los corrillos. Sólo lo notó cuando la suegra la agarró del brazo y la llevó al rincón, donde una mujer de luto vigilaba un cochecito de bebé. Ya estaba claro: Alejandro había dejado en la cuneta a una novia embarazada antes de la mili y nunca lo creyó hasta que su madre fue a comprobarlo, encontrando un clon suyo en miniatura. Pero ya era tarde.
La madre de la criatura nunca le perdonó. Ni supo que su propia madre abuela del crío iba al bautizo de su ex. El pasado, pasado estaba.
¿Y a mí para qué me cuentan esto? le preguntó Simona a la mujer de negro.
Para que sepas por quién te casas, muchacha.
Ella nunca entendió qué sacaba con saberlo. Ella quería a Alejandro; lo anterior era lo anterior. ¿Quién no comete errores?
Nunca le prohibió a su marido ver a su hijo. Pero pronto se percató de que Alejandro sólo tenía amor para sí mismo. Los demás, adorno de su propio retrato.
No podía quejarse: buen proveedor, casa en condiciones y la nevera llena. Pero la felicidad nunca llegó.
En quince años juntos, jamás sintió verdadero calor humano. De cuerpo presente, pero el alma ausente.
Simona sopesaba que quizá era cuestión de tiempo, que con hijos todo encajaría. Pero nada Un día Alejandro le soltó, casi de pasada, que no era ni mujer ni nada, puesto que no podía tener hijos. Simona entendió entonces que su vida era desierto.
La separación fue sorprendentemente tranquila. Alejandro se marchó inmediatamente, dejándole la casa y una disculpa.
No guardes rencor. Los dos fuimos parte del error, pero yo debía dar la cara.
Simona no le perdonó del todo, pero con el tiempo el corazón se le aligeró. ¿Qué le iba a hacer? Le tocó ese destino. Le sobró belleza, le faltó suerte.
Pasó dos años sola. Iba por el pueblo erguida, orgullosa, sin prestar atención a las habladurías. ¡Me ha dejado el marido! ¿Y qué?
Pero por dentro se le arrugaba el alma. Soñaba con tener a alguien esperándola en casa
Lo de salir con Nicolás surgió despacio. No eran unos chavales, él no era del pueblo. Vivía solo en la antigua casa de sus abuelos, nunca pedía ayuda, aunque echaba una mano si se la pedían. Nada especial: serio, respetuoso, atento. Detallista sin estridencias: nunca llegaba de vacío; si venía era para arreglar algo o ayudar en lo que hiciera falta. Simona pensó: Peor de lo que ya lo he pasado ¡Imposible! Critiquen lo que quieran. ¡Ya me he hartado de la soledad!
No esperaba nada de ese nuevo matrimonio, pero la vida le regaló tres vueltas de tuerca y se quedó boquiabierta ante lo que nunca soñó.
Cuando se quedó embarazada de la mayor, ni cuenta se dio hasta el quinto mes. Entre que nunca fue de reglas y que se encontraba como una rosa ni se olió nada. Fue su amiga Clotilde quien la caló.
Pero, Simona, ¿seguro que no tienes una alegría inesperada?
¡Venga ya! Si con lo estéril que soy
Mira, a veces no todo es culpa de una. Puede que no fuera Alejandro
Simona fue a Madrid a hacerse pruebas, y volvió irradiando felicidad. Poco después tuvo dos hijas y le cambió la vida.
Le dio a sus niñas todo el amor que no había podido dar antes. Siempre arregladitas, limpias y felices de aquí para allá, trepando árboles y bañándose en el río, igual que el resto pero Simona nunca las regañaba, sino que sacaba la palangana y les enseñaba a lavar los calcetines. O a coser si rompían la ropa.
Nicolás murió cuando la menor se casó. Había ido a ver a su hija a Madrid y tuvo un accidente de coche en la vuelta.
Simona se quedó de luto, negra por dentro y por fuera. Si no fuera por los hijos, se habría ido detrás de él. Pero se templó, y un año después la hija mayor la hizo abuela de Tania, devolviéndole la alegría de vivir.
Vivía para sus nietos; los de la hija menor sólo los veía en vacaciones, porque era en la capital. Pero Tania, a su vera, ¡bendita suerte!
La chica salió igualita a la abuela: belleza, carácter, y cabezonería. Cuando se le metía algo entre ceja y ceja, no había quien la hiciera cambiar de idea.
Cuando eran asuntos de estudios, Simona estaba encantada. Pero al llegar la adolescencia empezó el drama
Tania, por supuesto, se enamoró perdidamente. Pero no de cualquiera, sino de su vecino, Iñigo. Él tenía cinco años más, ya era mayorcito, y ella, dieciséis muy justitos. ¿Qué iba a saber ella del amor? Pero ella, erre que erre: «que le quiero y punto».
Iñigo ni caso, claro. ¿Quién es esta chiquilla? Él ya andaba en otros asuntos.
Iñigo sólo tenía ojos para Lucía: guapetona de pueblo, bien arreglada, hija única. Su padre la mimaba, la reina de la casa. Eso le había dado un aire altivo a Lucía; si no la adorabas, mala leche todo el día.
Al principio, Lucía mantenía a Iñigo a raya. Hasta que un día pasó algo raro.
Lucía solía ir con un pretendiente de un pueblo cercano; niño de papá como ella. Buscando aventura, cogieron la moto y desaparecieron por unas horas. Lucía volvió al alba, magullada y con el vestido hecho jirones.
Simona, que tenía insomnio y estaba en el huerto a esas horas frescas, la vio llegar de reojo. Lucía ni la miró; pasó por las zanahorias ella sola, como si Simona fuera invisible.
Una semana después, los padres de Lucía anunciaron boda rápida. Iñigo, en una nube; Clotilde, la madre, bastante menos ilusionada.
Simona, aquí hay gato encerrado. ¿Qué le digo yo a mi hijo? Yo no meto la cuchara si Lucía se casó por lo que fuera, quién soy yo para juzgar. Pero Iñigo se va a llevar el disgusto de su vida.
Simona asentía en silencio. Bastante tragedia tenía en casa, como para andar con cotilleos.
Tania cayó en depresión: o llorando en la ventana mirando hacia donde se preparaba la boda, o tumbada en la cama en plan alma en pena.
Simona probó de todo: la animaba, le prometía lo que quisiera con tal de que se fuera a la ciudad con la tía y allí hiciese su vida. Que no volviese nunca a este pueblo y a Iñigo lo olvidara. Sabía que aunque desvelase el pasado de Lucía, a Iñigo le daba igual, su amor era ciego.
Tania no oía a nadie, ni a su abuela ni a su madre. Ya no tenía padre, y nadie más ejercía autoridad sobre ella. ¿Esperaba un milagro? Nadie lo sabía.
Al final Tania aguantó hasta el día de la boda, fue con Simona y su madre y, para sorpresa de todos, con los ojos secos. Estuvo de pie, sin probar bocado y sin responder a las amigas. Luego se fue a casa.
La madre se dio cuenta de su ausencia y salió corriendo, temiendo lo peor.
Pero otra vez la sorprendió: Tania hizo la maleta, abrazó a madre y abuela y se marchó a Madrid. Lloraron, claro, pero la dejaron ir. El tiempo todo lo cura.
La vida a veces te da un respiro, otras no. Tania apenas recién instalada en la ciudad, su madre enfermó de gravedad. Tocó deshacer la maleta y volver.
En casa, la abuela sola, sin fuerzas suficientes para cuidar de una paciente postrada. Tania tuvo que buscar trabajo en la cooperativa del pueblo. Sin estudios, poco se podía hacer. Menos mal que siempre le gustaron los animales: montó un pequeño corral y se las apañó como pudo.
Así iban tirando; Tania ayudando también a Clotilde, que, tras enterrar al marido, se vino abajo. Su hijo Iñigo andaba lejos, llamando muy de vez en cuando. Sabía que Lucía, la ahora esposa, había tenido dos críos, un chico y una chica, pero nunca vio a sus nietos: o Lucía no quería volver al pueblo, o Iñigo siempre andaba de ruta como camionero, luchando por juntar euros. Clotilde, leyendo entre líneas, notaba cómo sufría su hijo, aunque él jamás se quejaba.
Ya fuese la preocupación por su hijo, o lo que sea, pero Clotilde enfermó de gravedad. Tania movió cielo y tierra para llevarla al hospital provincial. Iba cada día a visitarla, y luego lloraba en el viaje de regreso: los médicos no daban esperanzas.
Simona escribió a Iñigo nada más hospitalizar a Clotilde. Pero ni rastro del muchacho, ni carta ni llamada. Mandó otra misiva, y luego le dijo a Tania:
Parece que el hijo nos ha salido rana. ¡Uy, qué chuchería! Y yo que pensaba que era buena persona
¡Abuela! Vamos a esperar. Tú siempre me dices que no hay que juzgar antes de tiempo. Y aún si fuera, que no hay que amargarse la propia alma.
Ay, hija, no sé Jamás pensé que Iñigo sería capaz de hacerle eso a su madre. Siempre tan cariñoso, tan de Clotilde
¿Por qué le dices chuchería?
Uf, es historia vieja. Por eso mismo nunca creí que llegase a ese extremo, fíjate.
¡Cuéntame!
Verás, cuando era pequeño, de seis o siete años, todos los niños coleccionaban envoltorios de caramelos. Era toda una fiebre. Conseguir uno bonito era casi como ganar la lotería. Los caramelos eran un lujo, sólo en fiestas y ni siquiera siempre. Si tocaba elegir entre zapatos y chocolatinas, ya sabes lo que caía Así que sus chucherías eran preciadísimas. Nadie las cambiaba a la ligera. Bueno Clotilde tenía por entonces un par de gallinas ¡de pura raza, blancas como la nieve, con la cresta como una corona! Clotilde estaba enamorada de ellas, eran su tesoro. Vete tú a saber cómo las consiguió su marido. Pero resultó que el mejor amigo de Iñigo tenía un perro… una calamidad, de esos de raza traídos de Madrid. No se podía soltar, atacaba todo bicho viviente. Un día, Iñigo trajo al colega con el perro a casa y volaron las plumas por todo el corral de Clotilde.
¡Abuela, no me digas!
Sí, hija. El perro se cargó a las dos gallinas. Clotilde lo pasó fatal, sin hablar con nadie durante días. ¿Y qué hizo Iñigo? Pues regaló toda su colección de chucherías a un amigo, cuyo padre iba mucho a la capital, para que de paso le trajeran otra gallina igual. Aguantó sin comprar el nuevo balón para darle esa alegría a su madre.
¡Eso es de buena gente!
¡Bueno, claro! Clotilde era más feliz que unas castañuelas, no por la gallina en sí, sino por el gesto de su hijo. ¿Y ahora qué? ¿Dónde queda todo eso en las personas, Tania? Simona suspiró, sin escuchar las protestas de su nieta.
Porque, a ver, ¿qué clase de hijo deja a su madre sola y enferma? ¿Dónde se ha visto eso?
Por eso cuando delante de todos quisieron llevarse a Clotilde a una residencia Simona sacó la mala leche: salió al patio, llamó a Iñigo, le escupió a los pies y volvió a casa. ¡Ni verlo quería! A Tania, ni le dio opción de preguntar.
Nada de excusas. Ya no es un crío. ¿Cómo puede tratar a su madre así como si fuera?
Simona no pudo evitar llorar.
Tania, aún con la bata de estar por casa, se metió en las zapatillas y corrió al patio vecino.
Iñigo, ¿dónde estás? Abrió la puerta y se plantó en la entrada: desaliñada, furiosa y radiante, primavera pura.A la tía Clotilde no la mandas a ninguna parte. ¡Ni lo sueñes! ¡Vuelve de donde has venido! Nos apañamos solas, que para una o para dos, lo mismo da. Si hace falta, ponemos otra cama en mi habitación, ¡listas! ¡Qué decepción, Iñigo! Y yo que
Se quedó a medias, al ver a Clotilde riéndose y a Iñigo sonriendo.
¡Menudo pollo!, Tania dijo Clotilde, secándose las lágrimas No iba a mandarme a ningún lado, hija. Era cosa mía; no quiero ser carga para mi niño. Pero Simona no me dejó acabar y se cabreó.
Me quedo aquí, Tania. ¿Dónde iba a ir, dejando sola a mi madre?
¿Ah, sí? ¿Y esa maleta?
Tengo que volver a Madrid a cerrar temas del trabajo y recoger mis cosas. Los niños se quedan; nuestro médico echará un ojo a mi madre.
Ahí Tania sacó carácter.
Se plantó delante de Iñigo, mirándole firme:
No lleves a los niños de un lado para otro. Que se queden. Yo me encargo. Y te espero. ¿Te enteras?
Sí, claro Iñigo la miró como si la viera por primera vez. ¿Cómo no me di cuenta antes?
Cómprate unas gafas allá en la ciudad, no vayas a perderte más cosas Tania alzó a la niña pequeña, que se aferró a sus piernas.¿Vamos a ver a la abuela Simona? Ha hecho rosquillas. ¿Os gustan? ¡Pues venga!
Unos años después, Iñigo sacaría primero a Clotilde y luego a su suegra a la terraza.
Venga, mamis con calma. ¿Los sillones que os he traído de Madrid? ¡Una maravilla! Podéis hasta recostaros.
Acomodando el ritmo de Clotilde, Iñigo la sentaba en su sillón, afinando el oído:
Se han despertado los pequeños. Aún no ha llegado Tania, voy a ver por qué arman escándalo.
¿Volverá pronto Tania?
Hoy tiene el último examen de la carrera. Dijo que saldría entre las primeras. Así que pronto estará en casa.
El coche frenaría ante el portón; los niños, que andaban en el cerezo llenando cubos de guindas para la abuela, bajaban de un brinco, gritando:
¡Mamá, mamá ha vuelto!
Y Tania, ya para nada la tímida de antes, abriría los brazos, abrazando a su locura alborotada de hijos y lanzándole un guiño a Iñigo:
¡Un diez!
Iba a dudarlo yo sonreiría Iñigo, entrando en casa.
Los gemelos, tan cumplidores y agudos como la madre, pero igual de impacientes que el padre.
¡Chucherías de los buenos!







