Adán, no quiero herirte ni hacerte daño, cariño.
Adán se encontraba sentado en el alféizar, observando el ir y venir de la Gran Vía madrileña a través del cristal empañado. Esperaba a su padre, mientras su mente navegaba a la deriva. Ya habían pasado dos años desde que su madre los había dejado atrás, formando un nuevo hogar propioeso había dicho una noche su padre, con los ojos humedecidos por gotas de tristeza. Nadie supo nunca por qué lo abandonó. El misterio pesaba sobre él como la bruma densa en la madrugada. Lentamente, la memoria de su madre se había ido disolviendo, como un charco bajo el sol de Castilla.
Su padre intentaba compensar aquel vacío de todas las maneras posibles. El niño ya rozaba los diez años, y en su mirada brillaba una madurez prematura. Nada podía ocultársele, aunque todo le resultase incomprensible. Aprendió a limpiar los platos, a ordenar las cosas en las estanterías, dejó de mirar sus juguetes con nostalgia.
Ahora se sentía casi un hombre, y, sin embargo, todavía más solo. Anhelaba intensamente tener un perro, pero su padre siempre negaba la petición.
¿Y quién va a cuidarlo? Yo trabajo todo el tiempo, tú estudias y aún eres demasiado pequeño.
Al final, en vez de un perro, su padre llevó al piso no un animal, sino a una mujer. Su nombre era Inés. Pronto Inés ocupó el lugar del salón y del silencio. Adán evitaba hablarle, como si su presencia fuera un ruido paralelo al estruendo de los coches bajo su ventana. Solo su padre la llamaba su esposa, y soñaba con que su hijo volviera a llamarla madre algún día.
No la necesito sentenció Adán, clavando su mirada en el plato de paella medio frío. Así siguieron los días, con los relojes deslizándose por las paredes blancas del piso como peces invisibles.
El niño veía la sonrisa de su padre cuando Inés estaba cerca. A veces reían, a veces se abrazaban. El dolor dentro de Adán era sordo, como el tañido lejano de las campanas de la Almudena. Quería que ella se fuera, pero papel al viento, no se atrevía a decirlo más allá de un suspiro nocturno.
Papá, quiero que Inés se marche.
Adán, yo quiero que se quede. Es difícil vivir sin una mujer, sin una esposa y una madre.
Llegó el verano, y la ciudad ardía bajo los cielos interminables de julio. Adán corría por el patio de luces con otros chavales. Sus nuevos amigos le susurraron que su padre y la nueva esposa quizás querían enviarlo a un orfanato, que pensaban tener un nuevo hijo y para él ya no habría espacio.
El temor se instaló en su pecho, latiendo más fuerte que los viejos tambores de la fiesta mayor. Decidió prepararse en secreto, como quien aprende a respirar bajo el agua. Una tarde, escuchó retazos de una conversación: Le irá bien allí, deberíamos llevarle.
Aquella noche no pudo dormir; cada sombra en el pasillo le parecía ajena. Por la mañana, tramó un plan para deshacerse de Inés. Empezó con pequeñas travesuras: saló el té, dejó el gas del butano abierto bajo la sartén vacía. Fue grosero sin motivo. Inés adivinó pronto el origen de aquellos gestos, y lo llamó al salón para hablar.
Tenemos que charlar. Sé que algo te duele.
No me pasa nada intentó escapar Adán, encogiéndose de hombros.
Adán, no quiero herirte ni hacerte daño, cariño
Al final, la realidad se desdibujó como los cuadros abstractos del Museo Reina Sofía. Inés confesó entre reflejos temblorosos:
He alquilado una casa rural cerca de Segovia para el verano. Queríamos que fuese una sorpresa, pero es hora de decir la verdad. Tu padre ha encontrado un perro, vamos a buscarlo hoy. Si quieres, puedes venir con nosotros.
¿De verdad? balbuceó Adán, incrédulo, mientras una ola de esperanza recorría su cuerpo dormido. Corrió a abrazarla, aferrándose tan fuerte como si el propio suelo fuera a desaparecer.
Inés casi lloró de ternura:
Venga, deberías alegrarte, todo irá bien, no llores, pequeñín le acarició el pelo, sus palabras flotando en el aire como hojas de plátano arrastradas por el viento de la Castellana.
A la vuelta de su padre del trabajo, subieron todos en el viejo Seat azul a buscar al cachorro. Adán, en su extraño sueño, sintió cómo la furia se tornaba afecto y la silueta de Inés ya no era la de una enemiga. Al fin se reconciliaron. El cachorro, suave y tembloroso, se durmió sobre el regazo de Adán y, por un instante onírico, la felicidad llenó la mesa y el patio, como si toda tristeza hubiese sido inventada en otro sueño ajeno a ellos.







