NO PUDE AMAR
Chicas, decidme, ¿quién de vosotras es Lucía? preguntó una joven, observándonos con picardía a mí y a mi amiga.
Yo soy Lucía. ¿Por qué? respondí, extrañada.
Toma esta carta, Lucía. Es de Víctor, dijo, sacando un sobre arrugado del bolsillo de su bata y entregándomelo.
¿De Víctor? ¿Y dónde está él? pregunté, sorprendida.
Le han trasladado al internado de adultos. Te esperaba como agua de mayo, Lucía, se le gastaron los ojos de esperarte. Me dio esta carta para que le revisara las faltas antes de entregártela. No quería hacer el ridículo delante de ti. Bueno, me tengo que ir. Pronto es la comida. Yo trabajo aquí de educadora, suspiró la joven, me miró con un reproche y salió corriendo.
Aquel verano, cuando teníamos dieciséis años y las vacaciones llenaban los días de alegría y ansias de aventuras, mi amiga y yo, Carmen, nos adentramos sin querer en el patio de un edificio desconocido.
Nos sentamos en un banco cómodo, charlábamos y reíamos. Sin darnos cuenta, se acercaron dos chicos.
¡Hola chicas! ¿Os aburrís? ¿Os apetece conocernos? preguntó uno, extendiéndome la manoVíctor.
Respondí:
Lucía, y ella es mi amiga Carmen. ¿Y tu amigo callado cómo se llama?
Leandro, murmuró el otro chico.
Nos parecieron un poco anticuados y excesivamente correctos. Con gesto serio, Víctor comentó:
¿Por qué lleváis las faldas tan cortas? Y el escote de Carmen, demasiado atrevido.
Vaya, muchachos, ¡no miréis donde no debéis! Que los ojos se os van a salir, reímos Carmen y yo.
Es imposible no mirar. Somos hombres ¿También fumáis? añadió Víctor, inquisitivo.
Por supuesto, pero poco, bromeamos nosotras.
Fue entonces cuando Carmen y yo reparamos en que algo no iba bien con las piernas de los chicos. Víctor apenas podía andar, y Leandro cojeaba notablemente.
¿Estáis aquí por tratamiento? pregunté.
Sí. Yo tuve un accidente de moto. Leandro se lesionó al saltar de una roca al agua, recitó Víctor de memoria. Pronto nos darán el alta.
Por supuesto, Carmen y yo creímos sus historias. No imaginábamos entonces que Víctor y Leandro eran discapacitados desde niños, destinados a una larga estancia en el internado. Nosotras suponíamos que, para ellos, nuestras visitas eran un soplo de libertad.
Vivían, estudiaban en un internado cerrado para los ajenos. Cada uno tenía una historia inventada para ocultar lo que de verdad les pasaba: aquel accidente, una caída, las secuelas de una pelea
Víctor y Leandro resultaron ser chicos interesantes, cultos y sabios para su edad.
Desde entonces, Carmen y yo comenzamos a visitarles cada semana.
Por un lado, nos daban pena y queríamos animarlos; por otro, teníamos tanto que aprender de ellos.
Aquellas breves reuniones se volvieron costumbre.
Víctor empezó a regalarme flores recogidas del parterre cercano. Leandro, tímidamente, entregaba a Carmen una figura de origami hecha por él mismo.
Luego nos sentábamos los cuatro en el banco: Víctor a mi lado, y Leandro, con la espalda vuelta hacia nosotros, prestando toda su atención exclusivamente a Carmen. Mi amiga se sonrojaba, se turbaba, pero era obvio que disfrutaba en compañía de aquel Leandro tan reservado.
Charlábamos de todo y de nada.
El cálido y elogioso verano pasó fugaz.
Llegó el otoño lluvioso. Acabaron las vacaciones y nos aguardaba el último curso. Pronto Carmen y yo nos olvidamos de aquellos conocidos, Víctor y Leandro.
Terminaron los exámenes, sonó la última campana, celebramos la fiesta de fin de curso. Por fin, el esperado verano, tiempo de esperanzas.
Carmen y yo regresamos al internado, queríamos visitar a los chicos. Nos acomodamos en el banco, esperando que Víctor y Leandro vinieran a saludarnos. Imaginaba a Víctor con flores frescas y a Leandro con su peculiar origami. Pero nada, esperamos dos horas en vano.
De pronto, una joven salió del internado y vino directamente hacia nosotros. Me entregó la carta de Víctor. Abrí el sobre de inmediato:
Querida Lucía: Eres mi flor fragante, mi estrella inalcanzable. Tal vez no te hayas dado cuenta de que estoy enamorado de ti desde el primer momento. Nuestras charlas eran mi aire, mi vida. Llevo seis meses mirando por la ventana, esperándote, y me olvidaste. ¡Qué pena! Nuestros caminos son distintos. Pero te agradezco que me enseñaras el amor verdadero. Recuerdo tu voz sedosa, tu sonrisa tentadora, tus manos dulces. Qué vacío me siento, Lucía ¡Cuánto daría por verte una vez más! Quiero respirar y no me queda aliento
Leandro y yo hemos cumplido dieciocho años. En primavera nos trasladarán a otro internado. Apenas volveremos a vernos. Mi corazón está hecho jirones. Espero curarme de tu ausencia algún día.
¡Adiós, mi adorada!
Firmado: Por siempre tuyo, Víctor.
En el sobre había, además, una flor seca.
Me invadió la vergüenza. Se me encogió el corazón, pues nada podía cambiarse ya. Recordé el dicho: Somos responsables de aquellos a quienes domesticamos.
Nunca sospeché la tormenta que ardía en el alma de Víctor. Pero jamás habría sabido corresponderle. No sentía nada por él salvo simpatía y curiosidad por su inteligencia y conversación. Sí, tal vez coqueteé y le hice bromas, alimentando sin querer sus ilusiones. No imaginaba que mi juego se tornaría incendio para Víctor.
Desde entonces han pasado muchísimos años. La carta de Víctor se ha vuelto amarilla, la flor se ha convertido en polvo. Pero en mi memoria siguen aquellos encuentros inocentes, las charlas despreocupadas, las risas incontenibles ante las ocurrencias de Víctor.
Y la historia tuvo continuación. Carmen se sintió conmovida por el destino de Leandro, pues sus padres lo abandonaron porque era diferente; tenía desde que nació una pierna mucho más corta que la otra. Carmen se licenció en Magisterio y trabaja en un centro para niños con discapacidad. Leandro es su esposo querido y juntos tienen dos hijos ya mayores.
Según contaba Leandro, Víctor vivió siempre en soledad. Cuando tenía unos cuarenta años, su madre, al verle en el internado, lloró y, redescubriendo su amor dormido, se lo llevó consigo a su aldea. De Víctor no se volvió a saberAsí, de vez en cuando, rebusco en mi cajón aquella carta desvaída y la flor casi deshecha, recordando que a veces el amor que no podemos dar queda guardado en algún rincón secreto del alma, junto a las promesas incumplidas y los sueños que nunca fueron.
Hoy, cuando paso ante jardines o escucho risas de adolescentes en verano, pienso en Víctor y en todas las personas invisibles que esperan, detrás de una ventana, que alguien les mire con ternura. Comprendo, al fin, que hay amores que florecen en silencio y solo piden un poco de compasión, aunque no lleguen nunca a convertirse en historia compartida.
Si alguna vez vuelvo a encontrarme con alguien que espera en la sombra, recordaré no jugar con su esperanza; he entendido, tarde, que hay corazones demasiado frágiles para coleccionar heridas. Y aunque no pude amar a Víctor como él soñó, gracias a él conocí el valor de respetar lo que sentimos y lo que no sentimos, y aprendí a cuidar, como un tesoro, la bondad silenciosa que se esconde en un simple gesto, una palabra, una flor.
La vida siguió y nos llevó por caminos distintos, pero hay emociones que nunca se marchitan del todo. Por eso, en mis días más claros y mis noches más solitarias, sigo creyendo que nadie está verdaderamente solo mientras alguien lo recuerda con gratitud y cariño, aunque sea en la distancia amable de los años.
Al final, todos somos responsables de aquellos recuerdos que elegimos conservar. Y entre los míos, sigue viva una chispa de ese primer verano, el aroma dulce y nostálgico de una flor seca empapada en el latido invisible de un amor que no pudo ser.







