¡No puede ser, hombre!
Hoy, cuando salí del parking con mi cochecito, casi me trago al utilitario de la señora del segundo al girar el volante bruscamente. Y todo por ver, delante de mí, pasar el enorme todoterreno negro del vecino de portal, el mismísimo Fernando. ¡Cómo no lo iba a reconocer! Si es con él con quien mis hijos van cada mañana al colegio.
Solo que esta vez, quien le acompañaba no era su mujer, sino una mujer joven, desconocida, labios pintados y boina de moda. Bastó con un vistazo para saber que aquello no era buena señal. ¿Tendrá bemoles el tío…? Solté un taco de esos que solo me permito cuando ningún oído infantil ronda, y tras pensarlo, decidí que no podía dejar el asunto así.
Me puse tras el todoterreno, respetando las distancias y siguiendo los consejos sacados de tantas novelas de misterio que me empapo durante las noches de insomnio. No era difícil seguirle, Fernando llama a su coche el armatoste, y es que se lo dejó su padre en herencia; según él, cambiarlo sería una traición. Lo entiendo; a su padre lo perdió hace dos años y aún le pesa, y no es para menos, los lazos entre ellos se forjaron cuando, siendo Fernando apenas un crío de dos años, su madre cayó redonda al suelo mientras preparaba la merienda… Su vida entera fue su padre, quien se negó a enviarlo con sus abuelas o tías, a pesar de las insistencias.
Nadie tocará a mi niño, decía. Y tenía razón. La señora María Mercedes, vecina jubilada del tercero, fue quien terminó cuidando de Fernando durante los años de la guardería y el colegio. Le cogió tal cariño que para él llegó a ser una segunda abuela; y la llamaba, de hecho, abuela Mercedes. Abuela solo tengo dos, pero me sobra amor para otra. La frase corrió por todo el barrio, y la buena de Mercedes se negaba a cobrar nada por cuidar al pequeño.
El padre de Fernando se cerró en banda a rehacer su vida sentimental. Aun así, alguna madre soltera suspiraba por él, pero su corazón era cosa de una sola labor: criar a su hijo con dignidad. Consiguió hacerlo. Fernando fue buen estudiante, acabó en la Universidad Complutense y siempre pasaba a ver a María Mercedes para desahogarse.
Las chicas pasan de mí le contaba un día.
Ya llegará la adecuada, hijo le respondía la señora, a veces está más cerca de lo que crees.
No se equivocaba. Al final fue Carmen, compañera de clase, quien le echó el ojo. Discreta y tierna, le ayudaba con los apuntes de la universidad y suspiraba sin atreverse a dar el paso. Tuvo que ser Mercedes quien diera el codazo final: Fernando, ¿tú te das cuenta de que tu suerte está delante de tus narices? Y fue así como nació ese noviazgo lento y precioso, hasta que terminaron casándose.
La boda fue sencilla pero emotiva, que la familia de Carmen era humilde y no había para alardes. El padre de Fernando, acostumbrado a tiempos difíciles, solo quería ver felices a su hijo y a su nuera. Incluso la suegra de Fernando, que al principio se mostró fría, se ablandó al ver al nieto entre sus brazos. Es curioso, porque fue después de perder a su hija cuando la mujer recapacitó y empezó a vivir para el recuerdo y no para el rencor.
La felicidad llegó, pero los hijos tardaron mucho más de lo que todos esperaban, años y años de médicos y de preguntas sin respuesta. Carmen se agobiaba; Fernando, a quien Mercedes aleccionaba continuamente (Paciencia, hijo, la vida tiene su propio ritmo, y los hombres están para soportar y tirar del carro por todos los demás”), intentaba calmarla, aunque le costaba.
Pasaron casi diez años hasta que llegaron buenas noticias. Después de tantas pruebas y resignación, en uno de esos viajes de vacaciones, el mareo y el cansancio resultaron ser la esperadísima llegada de un niño. Cuando el médico lo dijo, Fernando no lo podía creer: ¿Un hijo? ¿De dónde? Pero allí estaba Carmen, llorando y riendo ante la pantalla del ecógrafo.
El primer hijo, un robusto varón, vino con cuatro kilos de felicidad bajo el brazo. Carmen, tan menudita, hasta bromeó en el paritorio: Por el segundo vendré con tiempo, ¿eh doctora? Y así fue, porque al poco llegó una niña y, luego, otro niño. Como la propia naturaleza se diera cuenta del retraso, todos los embarazos siguientes vinieron de lo más fácil y dentro de los plazos.
La familia se fue haciendo grande, y la casa paterna quedó pequeña. El padre de Fernando, entre abrazos y risas de nietos, lo tuvo claro: Os hace falta un chalé, Fernando. Vamos a buscar terreno. Compraron uno en las afueras de Segovia y comenzaron la construcción, pero la crisis económica llegó fuerte y el negocio familiar tambaleó. La obra se paró, y de nuevo fue Mercedes quien salvó la situación: Cambiad de casa conmigo. Yo ya no necesito tanto espacio, y así me ayudáis a mantenerme acompañada. Dicho y hecho.
El reflujo de la vida no se detiene. El padre de Fernando finalmente sucumbió a una enfermedad, y no llegó a conocer al cuarto nieto, Alejandro. El pequeño creció oyendo mil historias de su abuelo y llevando su nombre con orgullo. La vida, como siempre, alterna reveses y dulces recompensas. Los hijos llenaban la casa con cariño suficiente para calentar todo el invierno castellano, y la energía de Carmen era inagotable. Entre las amigas que hacía en el barrio y en el parque, Luz pasó a ocupar un lugar especial.
Luz era mi amiga. Como Carmen, madre de dos churumbeles, siempre corriendo de aquí para allá. Solía pensar que sus pequeños eran como mínimo media docena. Luz y Carmen se prestaban apoyo, compartían confidencias y secretos, y, con la confianza, Luz sabía que podía contarle a Carmen todo… menos una cosa.
El marido de Luz, Santiago, era un conquistador de manual, guapo, encantador y, digamos, con demasiada afición a los flirteos. Luz siempre le perdonaba, convenciéndose de que todos los hombres son iguales. Eso le permitía sobrellevar la imagen de la familia por el bien de los niños.
Por eso, no fue extraño que, al ver a Fernando con esa desconocida de boina y labios rojos en su todoterreno, me picara la mosca detrás de la oreja. La relación de Carmen y Fernando era tan sólida, era injusto… Así que les seguí hasta un restaurante conocido del centro de Segovia, uno de esos con buena fama y donde a veces tocaba un grupo de jazz los fines de semana.
Me quedé en el coche, dudando si debía esperar o irme corriendo a contárselo a Carmen. Total, si se lo decía… ¿de qué habría servido? Cuatro críos, Mercedes muy mayor, la madre de Carmen con la vista mal, problemas que Fernando le intentaba solucionar llevándola a Toledo para tratamiento… y yo, ¿iba a soltar una bomba así sin pruebas? Por un abrigo nuevo y una cara bonita. Si era como mi marido, sería un lío pasajero. ¿Realmente merecía la pena romper una familia por una sospecha?
Me temblaron las manos de la rabia y, golpeando el volante, sonó el claxon y casi asusté a todos los pájaros de la plaza. ¿Por qué se merecía Carmen perder la estabilidad y el cariño de su familia por una corazonada mía? Nadie sabe qué pasa dentro de un matrimonio, cada pareja tiene sus grietas, pero también su forma de arreglarlas.
Así que, tragándome mis dudas, fui a casa. Estaba tan tensa que ni saludé al portero y ni me fijé en los niños, hasta que me llamaron por teléfono: era Fernando.
Luz, ¿qué tal? Os esperamos el sábado a la fiesta del aniversario de boda. No faltéis, ¿eh?
Me quedé muda, ¿eso significaba que no había nada raro? Ellos nunca celebraban los aniversarios con nadie, siempre solos. Pero claro, esta vez era redondo, los quince años, y Carmen era digna de una fiesta.
Me arreglé, estrené vestido, tacones, todo el ritual de un gran evento… Santiago, mi marido, hasta se rió de mi cara seria: No te pongas tan mustia, Luz. Yo el año que viene te monto un sarao igual. Me contuve para no responder. Llegamos, el salón decorado de azul y plata, flores frescas, luces cálidas. Carmen feliz, desbordante: ¡Fernando, es precioso! ¡No faltan ni mis colores favoritos! Me llevó al baño para cotillear entre polvos y pintalabios.
Fue entonces cuando, bajando la escalera, me crucé con la joven de la boina aunque hoy llevaba un traje sobrio y moño impecable.
¿Perdona? le solté, incapaz de contenerme. ¿Qué haces aquí?
Trabajar respondió con amabilidad. Mi empresa organiza el evento de Fernando y Carmen. ¡Es nuestro primer gran encargo! Hasta mi marido estuvo anoche colocando guirnaldas porque yo ya no subo escaleras…
¿Por?
Estoy embarazada, recién confirmado… Miedo me da, ¿tú tienes hijos?
Dos…
Charlamos, y de repente, mi corazón se calmó. Era una profesional, casada, embarazadísima y tan ilusionada como yo hace años. Nos despedimos con simpatía, incluso le recomendé el mejor ginecólogo de Segovia.
Volví con Carmen, fingiendo que nada pasaba, y la animé a entrar juntas: ¡Corre Carmen, que nos roban las mejores copas! Y aquel mismo instante supe la lección de todo esto: basta una suposición, una palabra, un cotilleo, para poner en peligro lo más valioso. Descubrí que la prudencia y la confianza son la base de la amistad y el secreto para no romper nunca el hilo invisible que une a quienes se quieren.
Acabada la fiesta, brindando con cava, abracé a Santiago y le susurré: Oye, ¿lo nuestro es amargo o dulce? Él, con una sonrisa de pillo: Todavía amargo, Luz, pero un día lo convertiremos en el mejor vino.
Y así, terminé la noche. Una pequeña equivocación, aprendí, puede cambiar muchas vidas. Hay que pensarse muy bien cuándo y cómo sembrar una duda. Porque, de lo contrario, lo que uno destruye por error, a veces, no se puede reconstruir jamás.






