Mi tía vino a visitarnos con su hija y su yerno, trajeron carne y vino caro, pero mi madre los echó …

Mi tía vino de visita con su hija y su yerno, trajeron carne y vino caro, pero mi madre los echó a la calle.

Mi madre viene de una familia más grande que la Plaza Mayor en domingo. Tuvo seis hermanos, aunque ahora solo quedan tres. Mi madre y una de mis tías viven en el mismo pueblo, donde en verano curran más que un camarero en fiestas y en invierno tiran de lo que han ahorrado en la temporada. Por supuesto, todos tenemos nuestra huerta, que parece sacada de un programa de la tele, aunque las patatas nunca salen como las de la abuela.

La otra hermana de mi madre vive en la ciudad. Se mueve entre un piso que parece un palacio y una casita en la sierra, justo a la orilla del embalse. Su marido es director en una constructora y anda todo el día con prisas y reuniones. Por supuesto, no siempre han vivido tan bien. Empezaron en el pueblo como todos, y mi madre y mi tía siempre les echaron una mano para todo. Pero claro, una vez que prosperaron, debieron de pensar que habíamos desaparecido como el Cola Cao en casa de adolescentes.

Un día, mi madre se enteró de casualidad, porque chismorrear es deporte nacional, de que su hermana había casado a la hija. Primero se quedó de piedra y luego fingió que lo sabía, para que no le dieran las uvas de la vergüenza si se enteraba medio pueblo. Vamos, que a quién no le dolería que su propia hermana no la invite a la boda de su sobrina.

Cuando llegó a casa, se lo contó a su otra hermana. Mi tía también se quedó con la boca abierta, como si le hubieran dicho que la lotería toca en la familia. Se sintió igual de dolida. Decidieron llamarla para felicitarla, más por pinchar que por otra cosa, y a ver si la hacía sentirse mal. Pero la respuesta fue un soso gracias y colgó el teléfono con la rapidez de quien ve venir a los mormones a la puerta.

Algo, sin embargo, debió removerle la conciencia, porque, de repente, decidió venir a vernos con toda la familia. Mala suerte para ella, porque mi madre, más ofendida que una suegra el día de la boda, decidió que no pisaban nuestra casa ni para una copa de vino de la cartuja. Les dijo que si tanta vergüenza les daba invitarnos al restaurante por ser de pueblo y ellos tan finos, pues que tampoco se molestasen en visitarnos.

El marido de mi tía fue sincero por una vez en la vida y soltó que sí, que sentían vergüenza, que si íbamos todos al restaurante, aquello olería a chorizo y morcilla. Aquello fue el remate para mi madre, que les dijo que mejor se fueran y que no quería verlos nunca más. Mi otra tía, claro, se puso de parte de mi madre y añadió que tampoco pensaba hablarles ya en la vida. Y ahí acabó la historia, unas con tomates y otras con remordimientos, que en las familias españolas al final siempre hay más drama que en una telenovela.

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