Traicioné la memoria de mi padre.
Lidia Jiménez llevaba casi una hora vagando por las plazas del barrio, aunque de su casa a la panadería no había más de cinco minutos andando. Pero aquella tarde el ambiente era especialmente melancólico. No tenía ninguna gana de regresar al piso, donde solo la esperaba un hervidor de agua frío, el suelo sin fregar desde hacía demasiado y su gato obeso, Manolo, que en los últimos años se había convertido en su único interlocutor, si no se contaba la televisión. Ésta la encendía nada más amanecer y no la apagaba hasta que se iba a la cama, porque las voces de los presentadores le daban al menos una leve sensación de compañía.
Le dolían los pies y la rodilla le palpitaba con una punzada molesta. La tarde era gris y lluviosa, pero aun así Lidia giró hacia el parque infantil, donde los columpios y los bancos ya estaban empapados, y se sentó en una esquinita del banco bajo un toldo oxidado en forma de seta, hundiendo aún más las manos en los bolsillos del abrigo grueso que llevaba usando siete inviernos. Comprar uno nuevo ni se le pasaba por la cabeza.
Otra era su vida cuando estaba casada con Ignacio. Entonces la casa rebosaba bullicio los niños, Rubén y Estrella, iban creciendo en ese pequeño piso de dos habitaciones, y a veces parecía que todo era demasiado apretado. Ahora, Rubén vivía con su mujer y sus dos hijos en Valencia; Estrella se marchó a Barcelona, se casó con un ingeniero informático prometedor, y apenas paraban en casa: entre viajes, congresos y vacaciones en el extranjero. Solo se acordaban de su madre en las fechas señaladas, enviando mensajes escuetos de feliz cumpleaños, mamá, un beso, y fotos de unos nietos que parecían ajenos, lejanos, casi desconocidos para la abuela, porque nunca pasaban el verano con ella: tenían colonias de idiomas, estancias en Italia o Inglaterra y profesores particulares.
Lidia suspiró al ver cómo una gorda paloma picoteaba el asfalto mojado, buscando algo comestible. Había esperado, años atrás, que los hijos fueran su pilar, que en la vejez estaría rodeada de nietos, que vendrían a verla cada tarde o al menos la llamarían… Pero la realidad era otra: Rubén llamaba una vez al mes, siempre con las mismas palabras: Mamá, ¿qué tal? Nosotros liados, los críos enfermos, ya sabes: sin tiempo. Estrella ni eso; pensaba que transfiriéndole cada mes una pequeña cantidad de euros ya quedaba liberada de compromisos.
Así, desde que se jubiló, sus días eran siempre iguales: despertarse temprano, encender la tele, alimentar a Manolo, hacerse un café y una tostada, y después, de nuevo, televisión hasta la hora de la comida. Por la tarde, pequeña caminata, otro poco de tele, y a dormir. A veces se sorprendía hablando en voz alta, murmurando comentarios a los presentadores, o enfadándose si decían alguna tontería. Manolo la miraba con su ojo amarillo, movía la cola con desdén, y volvía a dormir.
Aquella tarde, en especial, no quería volver a casa; allí solo había vacío y silencio. Cuando empezó a chispear, se ajustó mejor el abrigo y se bajó la boina de lana sobre la frente.
¿Lidia? se oyó una voz a su lado. ¿Es usted?
Lidia levantó la cabeza, asustada. Un hombre alto, ligeramente encorvado, con impermeable marrón y boina, del que asomaban sienes canosas y unos ojos grises atentos, estaba de pie junto al banco. Lo reconoció enseguida: era Genaro Perales, el vecino del portal de al lado, que solía pasear cada tarde con bastón. A veces coincidían en el ascensor o junto al contenedor, intercambiando frases de cortesía sobre el clima.
¿Genaro? ¡Pero qué hace aquí bajo la lluvia! Se va a resfriar…
¿Y usted? sonrió él, sentándose cuidadosamente tras extender un periódico sobre la madera mojada. Lleva ya un buen rato aquí. La he visto desde la ventana. Pensé: ahora se irá. Pero no, seguía aquí sentada. Bajé a ver si le ocurría algo.
Nada grave… Lidia hizo un gesto. No me apetece volver a casa, nada más. Es una tristeza, Genaro… una de esas que dan ganas de gritar.
La entiendo bien asintió él, sacando de un bolsillo una petaca. Brandy explicó, notando su mirada. Remedio de viejo contra la tristeza. ¿Quiere? Yo no bebo jamás, pero en días como hoy, un sorbito ayuda.
A punto estuvo Lidia de rechazarlo, pero pensó: ¿qué más da? Nadie la veía. Tomó la petaca y dio un sorbito. El licor la quemó y un calor agradable le subió por dentro.
Gracias murmuró, devolviéndosela. ¿Y usted? ¿No tenía esposa?
La tuve suspiró Genaro, bebiendo también. Hace tres años que la enterré. Mis hijos viven en Madrid. Uno en Chamberí, otro en Vallecas. Tienen sus familias, sus trabajos. Vienen cada seis meses si acaso, y llaman los domingos… Así que aquí estoy. ¿Y usted?
Los hijos, muy lejoscontestó Lidia. Llaman poco. Y mi marido murió hace muchos años.
Ya veo… Genaro asintió. Dos soledades, entonces. Tal para cual.
Guardaron silencio, solo el repiqueteo de las gotas en los charcos. Pero no era un silencio incómodo, sino reconfortante, como el de quienes se entienden sin hablar.
Sabe, Lidia dijo Genaro de pronto, un poco avergonzado, la he observado desde hace tiempo. Siempre tan arreglada, paseando sola… Pensé en acercarme y charlar más, pero nunca me atrevía. Hoy, al verla bajo la lluvia, he pensado: si esto no es un aviso del destino…
A Lidia le hizo gracia.
¿Observarme? ¿Para qué?
¿Y qué otra cosa puedo hacer? rió él. La veo pasar a diario, a la misma hora. Si tarda en aparecer, me preocupo.
Qué cosas… negó ella riendo suavemente. Y, aún sin quererlo, aquel detalle la reconfortó: saber que alguien la esperaba, que otra mirada se posaba sobre ella.
¿Y si paseásemos juntos? propuso Genaro. Siempre es mejor en compañía. Y si pasa algo, aquí está mi bastón para defendernos, aunque sea de las palomas.
¿De las palomas? por primera vez en mucho tiempo, Lidia rió de verdad. ¡Perfecto!
Así empezó su nueva rutina. Cada tarde, salvo cuando la lluvia era torrencial, paseaban juntos por el parque detrás del edificio. Genaro, que había sido ingeniero industrial, le contaba historias de su vida, de cuando dibujaba planos y ahora, jubilado, colaboraba con artículos en la revista local. Lidia, contable de profesión, disfrutaba escuchándole y preguntando detalles. A cambio, ella narraba anécdotas de sus hijos, cómo construyeron la casa de campo y cómo la vendieron más tarde por nada, porque a los hijos no les interesaba.
Aquellos paseos se hacían cada día más largos, y por las noches Lidia sonreía camino de vuelta. Su hogar cambiaba: ya no cocinaba solo para ella. Hacía empanadillas, galletas, y hasta Manolo se volvió más cariñoso, atraído por los aromas.
Un mes después, por casualidad, Genaro se quedó a dormir. Se les hizo tarde entre charla y té y, vista la hora, Lidia le dijo:
Quédate, Genaro. El sofá cama está libre.
¿Seguro que no molesto? Genaro apenas escondía la esperanza en su voz.
Por favor, será un placer.
Así, poco a poco, Genaro fue trayendo sus zapatillas, su cepillo de dientes y, al final, una maleta con ropa. Lidia empezó a despertar escuchando sus pasos en la cocina y, sin darse cuenta, la vida volvía a ser ligera y feliz. La televisión quedaba de fondo; preferían hablar entre ellos. Incluso Manolo aceptó al recién llegado y dormía muchas veces a sus pies.
¿Y si mañana preparamos cocido juntos? le propuso un día Lidia, sentada en la mesa con su taza de té. Me gusta mucho, pero para mí sola nunca lo hago.
Claro sonrió Genaro. Yo compro los garbanzos, tú pones la verdura.
Y, cocinando juntos, Lidia sentía que la felicidad podía llegar incluso en la vejez. Pensaba: ¿Cómo es posible este regalo tras tanto tiempo sola?
Solo una inquietud enturbiaba aquella paz: sus hijos. No se atrevía a contarles su nueva vida con Genaro. Sabía que Rubén y Estrella adoraban la memoria de su padre, que para ellos Ignacio era una figura insustituible, casi sagrada. Temía que su relación con Genaro se percibiese como una traición. Habían pasado quince años pero Rubén, sobre todo, seguía comparándolo con todo y, cuando hablaba con ella, recordaba siempre: Papá habría hecho esto, papá habría opinado igual.
Genaro, percibiendo sus dudas, jamás la presionaba.
Habla con ellos cuando te sientas lista. No hay prisa le decía, sin reproches.
El cumpleaños de Lidia se acercaba. Súbitamente, recibió un mensaje de Rubén: Mamá, este año decidimos ir todos a tu cumpleaños. ¿Qué quieres de regalo? Iremos juntos, con las familias, y nos quedamos tres días. Hace mucho que no nos vemos.
Lidia primero se alegró, luego se inquietó. Daba mil vueltas al piso, mordiéndose el labio.
Genaro, le confesó en la cena, los niños vendrán a pasar tres días. Todos.
Pues les conoceré dijo él sin alterarse, mientras pinchaba su filete de pollo. Ya era hora.
No sé, Genaro… puede que se lo tomen mal. Para ellos papá sigue siendo… Lidia dudaba. Mejor que te vayas a tu piso mientras estén, ¿sí? Quiero hablar primero con ellos, con tacto. Después, cuando estén preparados, te presento.
Genaro apartó la mirada.
¿En serio? ¿Después de medio año vas a esconderme para no importunar a tus hijos?… Lidia, ¿qué soy, un amante clandestino? Te quiero; no deseo ser tu secreto.
No eres un secreto, Genaro, es solo por unos días Lo entenderás. Te lo ruego, dame un poco de tiempo.
Está bien cedió finalmente, su voz cansada. Pero recuerda: te amo, pero no quiero sentirme alguien a quien se esconde.
Al día siguiente, Genaro se marchó. La casa de Lidia enseguida se sintió vacía, aunque la calefacción estuviese a tope. Manolo buscaba a Genaro maullando en cada esquina, y ella, acariciando al gato, solo podía esperar con angustia la llegada de sus hijos.
Rubén llegó con su mujer, Elena, y sus dos chavales, de ocho y diez años. Estrella apareció con su marido Arturo y la pequeña Lucía, de cinco, directamente del AVE. El piso se llenó de risas, gritos, aromas de perfumes y zapatos desparramados por el pasillo. Lidia corría colocando platos, echando miradas al armario donde aún guardaba las zapatillas de Genaro.
Cuando los nietos estuvieron dormidos, llamó a Rubén y Estrella a la cocina. Le temblaban las manos y tenía el corazón en la garganta.
Hijos, empezó, una vez sentados, tengo que hablaros de algo importante.
¿Qué pasa, mamá? preguntó Rubén, serio.
Nada malo. Solo quiero que sepáis que… he conocido a alguien. Se llama Genaro Perales. Vivimos juntos desde hace seis meses.
El silencio se hizo eterno. Rubén se quedó petrificado con su taza, Estrella, alta, delgada, perfectamente arreglada, apoyó los codos, clavando en Lidia la mirada.
¿Vivir juntos? preguntó, helada. Mamá, ¿qué edad tienes tú? ¿En qué cabeza cabe?
Sesenta y cinco musitó Lidia. Pero sigo viva, Estrella.
¡No es cuestión de estar viva! estalló Rubén. ¿Meter a un desconocido en la casa que papá y tú comprasteis, donde crecimos?
No es un desconocido Es un buen hombre, fue ingeniero Nosotros
¡No me importa! la interrumpió Rubén. ¡Has traicionado la memoria de papá! Él vivía para nosotros y tú ahora esto
Rubén, no grites, que vas a despertar a los nenes le reprochó Estrella, aunque ella tampoco bajó la voz. Mamá, entendemos que te sientas sola, pero esto es demasiado. ¿Nos has preguntado acaso?
¿Tengo que pediros permiso para rehacer mi vida? a Lidia se le quebró la voz. Soy adulta, ¡tengo derecho a existir!
¿Existir? bufó Rubén. ¡A tu edad, deberías dedicarte a los nietos! Venimos a verte y resulta que tienes… un novio. ¿Dónde está? ¿Escondido?
Se ha ido, respondió Lidia con dificultad. Se lo pedí para hablar primero con vosotros.
¿Y piensas volver con él? Pues si sigues, olvídate de nosotros. No queremos que nuestros hijos vean estas cosas.
Eso es corroboró Estrella. O tu familia, o él. Elige.
Lidia se quedó allí, cabizbaja. Las lágrimas caían sobre el mantel nuevo que había comprado para la ocasión. Quiso explicarles que les quería a ellos, pero también a Genaro, que no podía elegir, pero se le atragantaron las palabras. Rubén y Estrella se levantaron y la dejaron sola en la cocina.
No durmió en toda la noche. Recordaba cómo Genaro le traía flores, cómo reían juntos, cómo acariciaba a Manolo hablado con él; cómo la besaba en la mejilla antes de dormir. Y pensaba en las caras de sus hijos, duras, intransigentes.
Al amanecer, con tristeza infinita, preparó el desayuno por compromiso. Rubén ya estaba tomando café.
Mamá, con Estrella hemos hablado. Nos vamos hoy. Este ambiente no es el mejor para celebrar nada.
¿Cómo que os vais…? Pero si habéis venido ayer
Mejor así respondió Rubén tajante. No voy a permitir que mis hijos convivan con esto. Los regalos están en el recibidor, nos llamamos ya.
Y se fue. En menos de una hora, la casa volvió al silencio de antes. Lidia miró los paquetes en el suelo y sintió una punzada imposible de explicar.
Se dejó caer en el sillón y apagó la televisión. Manolo se subió al regazo, ronroneando, pero ni eso le consoló. Al llegar la noche, marcó el número de Genaro.
Genaro no vuelvas su voz era apenas un susurro. No vamos a vernos más.
¿Por qué? se alarmó él. ¿Te han dicho algo?
Sí. Si sigo contigo, no me van a ver nunca más ni ellos ni los niños.
¿Y has decidido eso? su voz sonó dolida. Lidia, no tienen derecho a manipularte así.
Lo sé lloró ella. Pero son mis hijos. Tú eres maravilloso, pero perdóname.
Lidia Genaro apenas contenía la emoción. No lo hagas, por favor. No les dejes ganar.
Pero ella colgó. Apagó el móvil. Acarició a Manolo, y lloró como no había llorado ni cuando murió Ignacio, porque entonces tenía a sus hijos; ahora no le quedaba nadie.
Pasaron dos meses. Lidia volvió a refugiarse en sus rutinas de soledad. Manolo, de vez en cuando, se sentaba frente a la puerta y la miraba, como si preguntara por Genaro. Ella lo acariciaba, en silencio.
Varias veces pensó en llamarlo, pero la promesa a sus hijos la detenía. Rubén apenas mandaba un SMS de vez en cuando: ¿Mamá, qué tal?, y Estrella solo enviaba fotos de Lucía. Nadie preguntaba por su salud, por sus ánimos. Cada vez se sentía menos necesaria.
Una tarde, volviendo del supermercado, se cruzó en el ascensor con la vecina del cuarto, Doña Herminia, famosa por sus chismes.
¡Lidia! Te veo muy sola últimamente. Y Genaro, ¿dónde está? Hace tiempo que no le veo. ¿Os habéis enfadado?
No, Herminia. Nos hemos distanciado susurró Lidia.
Pues qué pena, hacíais muy buena pareja. Él anda mal, ¿sabe? El otro día apenas podía andar. Su hijo vino a verle, pero se fue pronto.
¿Está enfermo? a Lidia se le paró el corazón.
Vaya usted a saber. Pero tiene mal aspecto, está delgadísimo.
Al llegar a su piso, Lidia se quedó mirando la puerta del ascensor. ¿Cómo he podido abandonarlo?, se preguntó. Mis hijos me han dado la espalda, ¿y yo me quedo aquí, sola, esperando qué?
Dejó las bolsas, cogió el teléfono y, tras vacilar un instante, marcó el número de Genaro. Uno, dos tonos… Ya pensaba colgar cuando al fin contestó una voz ronca y cansada.
¿Sí?
Genaro… Soy yo… ¿cómo estás?
¿Lidia? ¿A qué viene esto? ¿Tus hijos te dejan llamarme ahora?
No hables de mis hijos… ¿Estás enfermo? ¿Por qué no me dijiste nada?
¿Para qué? rió amargamente. Tú elegiste, yo no quería molestarte.
Qué tonto eres… le temblaba la voz. Voy para allá. Espérame.
Se puso el abrigo y corrió al portal de al lado. Al tercer piso, llamó. Tardó, pero abrió. Genaro estaba muy desmejorado, pero su sonrisa era la de siempre.
Lidia… ¿por qué has venido?
Porque somos unos idiotas, los dos. Y porque te necesito. Los niños han pasado página; yo también… Ahora quiero escoger a mi familia. Y eres tú.
Él la abrazó y quedaron así largo rato, en el recibidor. Después ella lo llevó a la cocina, se ocupó de hacerle la cena y decidió quedarse esa noche.
Mañana llamaré a Rubén le anunció mientras ponía el té. O aceptan que estoy contigo o que se olviden. Ya no pienso elegir.
No quiero que por mí pierdas a tus hijos, Lidia intentó oponerse Genaro.
Ya han hecho bastante daño. Dediqué mi vida a ellos y ahora solo me queda mi felicidad. Y la felicidad eres tú.
Le preparó la cena, lo acostó y, la mañana siguiente, llamó a su hijo.
Rubén dijo con serenidad, he tomado una decisión. Voy a vivir con Genaro. Nos queremos. Si tú y Estrella no podéis aceptarlo, no os forzaré; pero soy vuestra madre y tengo derecho a mi vida. No estoy traicionando a papá y no os corresponde juzgarme.
Hubo un largo silencio. Al final, Rubén dijo:
Mamá, ya te advertimos
Lo sé. Pero esta vez elijo mi vida. Si queréis verme, sabéis dónde estoy. Si no, tendré que asumirlo. Pero no volveré a dejarme manejar.
Colgó, y por primera vez en mucho tiempo, sintió alivio. Como si le hubieran quitado un peso de encima.
Una semana después, Estrella escribió un mensaje: Mamá, hemos hablado Rubén y yo. No nos gusta, pero si a ti te hace bien, adelante. Puedes venir a ver a los nietos cuando quieras, pero de Genaro, por favor, no nos hables.
Lidia leyó, suspiró, guardó el móvil. Era un punto intermedio. Pero lo importante es que Genaro estaba allí, Manolo se le subía al regazo, y la televisión podía sonar de fondo, porque ambos preferían escucharse a ellos mismos.
Genaro dijo Lidia, sonriendo. ¿Y si mañana hacemos cocido? He comprado una buena berza.
Perfecto sonrió él, los ojos llenos de vida. Yo traigo el chorizo, y tú pones los garbanzos.




