Rebelión a Deshoras

¿Sabes lo que estás haciendo? la voz de Carmen sonaba serena, casi disuelta en la penumbra, y ese sosiego era más inquietante que cualquier grito. ¿Comprendes lo que esto significa para todos?

Isabel estaba de pie frente al balcón, mirando la Gran Vía de Madrid bajo la lluvia menuda, las sombras de los transeúntes huyendo de sí mismos bajo paraguas, imágenes borrosas en los fragmentos del asfalto humedecido.

Sé lo que significa para mí contestó al fin.

Para ti repitió Carmen, haciendo rodar la palabra como si pesara demasiado. Siempre para ti. ¿Y nosotros?

Sois adultos.

Mamá, tienes sesenta y un años.

Y sé cuántos son.

Carmen dejó caer su peso sobre un sofá que olía a otro tiempo, tapizado áspero, recuerdos deshilachados. Isabel se fijó en ese objeto viejo, tantas veces planteándose tirarlo y nunca encontrando la resolución: porque es costumbre, porque duele, porque arrojarlo sería como perder un ser vivo.

¿Has pensado al menos qué dirá la gente? preguntó la hija.

No respondió Isabel. No lo he pensado.

Y era cierto.

***

Todo había empezado en marzo, cuando Isabel Alonso Villalba, antigua maestra de Lengua Castellana y Literatura y ahora jubilada con pequeños encargos en un taller infantil de la biblioteca del barrio, se fue un fin de semana a Segovia a visitar a su amiga Rosalía.

Rosalía llevaba allí ocho años. Tras la viudez se compró una casita entre las laderas. Plantó tomates, adoptó un perro y, según confesaba, por fin podía respirar. Isabel la veía cada verano, pero aquel año algo la arrastró antes. Una vocecilla sorda le decía: ve ya no en julio, ahora.

El marzo segoviano era húmedo y callado. Nieve todavía en los recodos, pero en los altillos la tierra se oscurecía. Las torres de la catedral se fundían en el cielo gris y el aire hibernal pesaba en la respiración de Isabel, que no recordaba esa clase de silencio: no el vacío, sino puro silencio. Descubría la diferencia allí, entre las piedras milenarias.

Rosalía la recibió en la escalinata con unas zapatillas de fieltro y una chaqueta demasiado grande.

Ya era hora dijo. Te he dejado croquetas en el horno.

Se sentaron a la mesa camilla, con té y dulces de anís. Rosalía le hablaba de los vecinos, de las gallinas que iba a comprar.

¿Gallinas? arqueó la ceja Isabel.

Sí, mujer. Huevos frescos. He leído que no es difícil.

Rosalía, nunca has cogido un ave sin que cunda el pánico.

Pues será interesante sonrió la amiga, y rellenó las tazas. Y tú, ¿bien? Te veo apagada, perdona que lo diga.

Isabel miró sus manos. Eran normales, viejas ya, con venas azules anunciando el paso del tiempo.

Estoy bien.

Bien no es respuesta. ¿Te pasa algo?

No, nada. Todo igual.

Pues justo eso es lo difícil dijo Rosalía. Cuando todo es igual, la rutina se convierte en problema.

Isabel guardó silencio. La tarde caía, encendía su manto azul en la ventana y al fondo de la calle brillaba el primer farol.

A la mañana siguiente, Rosalía arrastró a Isabel al mercado de San Juan. Ni supermercado ni grandes superficies: era un mercado improvisado, llenado de señoras vendiendo acelgas y calcetines tejidos. Allí, junto a un puesto de setas, Isabel lo vio.

No lo reconoció al primer vistazo. Treinta y cinco años pueden distorsionar una imagen y, sin embargo, la postura de la cabeza, la forma de guardar las manos en los bolsillos, persistía inalterable. Se detuvo.

Él también.

¿Isa? se arriesgó.

Luis.

Eso fue todo lo que dijeron al instante. Luego Rosalía se excusó cerca de los calcetines y ellos quedaron solos, rodeados del olor acre de las setas y la humedad de la piedra.

¿Vives aquí? preguntó Isabel.

Desde hace dos años. ¿Tú?

En casa de mi amiga. De visita.

Ya veo.

Un silencio, suave, como la bruma entre ambos, como si el tiempo no significara nada y no tuvieran prisa por descifrarlo.

No has cambiado dijo él.

Mentira.

Bueno, un poco solo. Apenas.

Isabel se rió. No creía que pudiera hacerlo.

***

Luis Alonso de Córdova fue compañero suyo de facultad. Ni amigo íntimo ni amor frustrado, compañero y ya. Cada cual se perdió en lados opuestos, Isabel en Madrid, boda, hijos; Luis en alguna ciudad de Castilla. Por terceros supo que él también formó una familia. Nada más.

Y ahora, ahí, inmóvil junto a la sombra de las setas.

Quedaron para verse en un café diminuto cerca del Acueducto. Rosalía ni parpadeó.

Anda, ve tranquila dijo. Yo voy a ver una serie. Y no pienses que planeo nada.

No lo pienso.

Lo piensas rió Rosalía. Venga, ve.

El local apenas tenía luz, mesas de madera, fotos sepias en las paredes. Pidieron manzanilla y tarta de manzana. Hablaron largamente; de los compañeros conocidos, de anécdotas absurdas de la carrera, de quienes ya no estaban.

Después él dijo:

Mi mujer murió hace tres años.

Lo siento expresó Isabel.

Bah uno nunca se acostumbra, pero todo se recoloca. Simplemente vives diferente.

Lo entiendo.

¿Y tú? Era la pregunta que quedaba. Isabel evocó a su marido, Leopoldo. Nueve años atrás él se había marchado con otra mujer. Le dio vueltas durante años: ¿en qué falló?, ¿qué hizo mal? Acabó agotada de repasar. La vida siguió: hijos, nietos, el taller infantil, Rosalía en Segovia.

Te habitúas fue todo lo que dijo.

Él asintió; a veces entender es simplemente callar.

***

Volvió a Madrid segura de que no era más que un reencuentro amable entre antiguos compañeros. Sin embargo, una semana después, Luis le escribió un mensaje, que Rosalía le había facilitado el móvil. «¿Llegaste bien?»

Ella contestó. Siguieron escribiéndose. Primero poco, luego cada día, un hábito extraño para Isabel, que solía responder a las horas. Con él abría el teléfono con anticipación.

Luis escribía sin adornos: sobre su trabajo como restaurador, sobre su gato, sobre la iglesia blanca tras la nevada. Fotos de desayunos lentos y montes empotrados en niebla.

Carmen percibió el cambio al mes.

Mamá, estás siempre con el móvil.

Estoy leyendo.

Siempre decías que el móvil era malo para la vista.

Me he equivocado.

Carmen la miró, perpleja, y se calló.

En abril, Luis propuso visitar Madrid.

Tengo trabajo en una restauración en Atocha, ¿te apetece vernos?

«¿Te apetece?», sonrió Isabel ante el mensaje.

Ven respondió.

Quedaron en el Retiro. Soplaba un viento frío, pero la luz era dorada, casi de mayo. Isabel se puso su abrigo bueno, aquel gris azulado para ocasiones.

Él la esperaba en la verja del parque, escudriñando el lago. Ella se acercó, él giró la cabeza. Aventuró un saludo escueto.

Hola.

Hola.

Pasearon junto a las barcas. Hablaban de detalles nimios: niños, talleres, una niña que había escrito una redacción acerca de que los libros eran como ventanas al revés, porque miran hacia uno mismo y no fuera. Luis se paró.

Es una buena metáfora.

Ocho años tiene.

Tienes don para los pequeños. Se nota.

¿Por qué se nota, si nunca lo viste?

Porque hablas de ellos con cariño.

Isabel le miró. Él contemplaba los patos. Luego compartieron café en una terraza y sintió cuánto tiempo había pasado desde que podía estar con alguien así, sin prisas ni justificación. Se sentía bien. Si había un nombre para eso, no lo recordaba.

Al despedirse, Luis dijo:

¿Podré volver pronto?

Cuando quieras.

***

Carmen se enteró en mayo. No porque Isabel se lo contara. Simplemente llamó y no le contestó: estaba paseando. Cuando por fin devolvió la llamada sonaba distraída, y en cambio Carmen era experta en identificar pausas y titubeos.

¿Dónde estabas?

Caminando.

¿Sola?

Silencio corto.

No.

Entonces empezó el diálogo difícil.

¿Quién es?

Un antiguo compañero. Te comenté que lo vi en Segovia.

Hablaste de un conocido.

Pues es él.

Mamá, tienes…

Ya sé qué edad tengo, Carmen.

Silencio.

¿Esto qué es? ¿Amistad? ¿Paseos?

Por ahora sí.

¿Por ahora? repitió Carmen.

No explicó más. Como si una pared impidiera traducir sus sensaciones; lo que pudiera decir sonaría a broma o a drama, ninguna correspondía con la realidad interior.

Su hijo Pablo lo asumió distinto. Vivía en Barcelona y, al mencionarle Isabel con calma que salía con un amigo, sólo preguntó:

¿Es buena persona?

Sí.

Entonces bien.

Nada más. Isabel se preguntó luego qué reconforta más, esa reacción o la de Carmen. No tuvo respuesta.

***

El verano desplazó su pulso. Luis venía con frecuencia a Madrid; Isabel visitaba Segovia. Iban a mercados, museos, incluso a la pequeña restauración donde él trabajaba: el olor a madera y barniz llenaba el aire, las tablas oscurecidas abiertas al tiempo, algunas ya limpias, renaciendo en pigmentos.

¿No te da miedo tocar algo tan antiguo? preguntó Isabel.

Al contrario. Me gusta saber que esto existía antes y seguirá después, con o sin mí.

¿Tú crees? ¿En qué eres creyente, Luis?

Él meditó un instante.

No lo sé. No me lo enseñaron, lo siento. Pero sé que es importante. Sin que nadie me lo diga.

Isabel miró el rostro de una virgen restaurada: luminoso, sereno.

Leopoldo, mi marido, decía que perdía el tiempo con los niños en el taller. Que por lo que pagaban, no merecía la pena.

¿Y tú?

Tardé mucho en no creerle.

Luis sólo la miró. Eso bastaba.

Por la noche, en la cocina, Isabel albergaba esa calma antigua que a veces creía perdida. Afuera, la hija le mantenía la distancia: Carmen apenas llamaba en los días de Segovia, un silencio ostentoso. Su nieta Lucia, de ocho años, preguntó en una ocasión: «¿Abuela, vas a volver pronto?» Y en la voz vibraba un filo de nostalgia, pequeño, tenaz.

Allí, esa punzada se diluía.

¿Te has planteado mudarte? preguntó Luis de repente.

¿A dónde?

A Segovia, o adonde sea.

¿Me lo propones?

Sólo pregunto si lo pensaste alguna vez.

No. Cuando era más joven quizá. Ahora no parece posible.

¿Por qué no?

Hijos, nietos, la casa. Todo está aquí.

Los hijos son adultos.

Todo cuenta.

Luis asintió.

Sólo quería saber.

«Sólo quería saber», una frase que Isabel se iba a quedar.

***

En agosto, Carmen apareció con el tren mañanero, sin pretexto, con la boca apretada.

Bebieron té. Carmen miró mucho por la ventana antes de preguntar:

¿Vas en serio?

¿Sobre qué?

Sobre él. Todo esto.

No lo sé Isabel honró la verdad.

Mamá, ¿no te parece un poco raro? Para alguien de nuestra edad.

¿De tu edad o de la mía?

De la familia.

Tu padre sigue vivo, Carmen.

Vive con otra desde hace nueve años.

Eso lo cambia todo.

Seguiste casada treinta años.

Por eso mismo.

Carmen apartó la taza.

¿Has pensado en Lucia? ¿Qué pensará?

Lucia tiene ocho años.

Y entiende todo.

Entenderá lo que le expliquemos.

¿Y si le decimos?

Isabel miró a su hija: hereditariamente el mismo mentón, las cejas oscuras de Leopoldo que antes le hacían gracia, ahora desconcertaban.

Diremos que abuela conoció a una buena persona. Eso basta.

¿Y después?

Después veremos.

Siempre respondes así cuando quieres escapar.

No, lo digo cuando de verdad no sé qué pasará. Es sincero.

Carmen calló largo rato.

Temo que te arrepientas.

Puedo arrepentirme también de lo que nunca haga.

La hija se giró.

Filósofa. No me consuela.

A mí tampoco.

Carmen se marchó en el AVE nocturno. Se abrazaron con fuerza: en la presión, una ternura y un miedo, el miedo de romperse.

***

El otoño fue brusco. Isabel seguía yendo a la biblioteca; el taller ponía algo de ritmo a sus días. Niños leyendo, inventando obras, pintando. El local olía a papel y a azucarillos; las colchonetas y los letreros torcidos, tan familiares como el propio olor de su abrigo.

La directora, Pilar, de sesenta y cinco, sabía de Luis. No porque Isabel lo contara, sino porque la intuía diferente: más recogida en sí misma, cuidando algo secreto.

¿Te pasa algo? preguntó Pilar una tarde.

Sí.

¿Es bueno?

Todavía no lo sé.

Pues mira. Lo importante es que ocurra. Nosotras ya íbamos como el Manzanares en días de estío, sin rumbo.

Isabel sonrió.

En septiembre, Luis le propuso visitar juntos Salamanca, donde hacían una exposición sobre códices antiguos. Isabel accedió. Tomaron dos habitaciones en una pensión, pasearon entre torres doradas, sin mapa ni urgencias. Al cenar, junto al Tormes, Luis le confesó:

No voy deprisa. No te presiono. Si lo sientes así, no es mi intención.

Isabel le sostuvo la mirada.

Lo sé.

No lo digo por cortesía, sino por verdad. Tengo sesenta y tres; no soy veinteañero buscando lo imposible. Sólo agradezco que tú estés.

Ella no contestó. Tras los cristales, el río era un paño negro de reflejos.

Cuesta de aceptar murmuró al fin.

¿Por qué?

Porque siempre espero una condición, algún matiz.

Aquí no hay condiciones.

Lo entiendo, pero no me acostumbro.

Caminaron hasta el hotel bajo un aire gélido. Luis no la tomó del brazo: caminaba a su lado. Eso era justo.

***

Llegó octubre y el diálogo inevitable.

Llamó a Carmen y, sin rodeos, le soltó:

Tengo algo que contarte. Luis me ha propuesto mudarme a Segovia. Estoy pensándolo.

Un silencio profundo.

Lo dices en serio.

Sí.

Le conoces desde hace siete meses.

Ocho.

¡Mamá! ¡Ocho meses! ¿Sabes lo que haces?

Lo sé. Son ocho meses.

¡Eso no es nada! ¡No le conoces!

Sé suficiente.

¿Qué sabes? ¿Que te gusta? ¿Que es amable? Todo cambia, mamá. Las personas cambian.

Carmen…

¿Qué?

Tu padre también cambió. Estuvimos treinta años.

Silencio.

No es justo.

Quiero ser justa, contigo y conmigo.

Después, Pablo llamó. Su tono era pragmático.

¿De verdad quieres mudarte?

Lo estoy pensando.

¿Y allí estarás bien? ¿Él… es buena gente?

Sí, vive ordenadamente. La casa es sencilla pero cómoda.

¿Vas a vender tu piso?

Lo alquilo.

¿Y si quieres volver?

Pablo…

¿Qué?

Si hace falta, vuelvo. Prefiero no vivir con ese por si acaso. Déjame intentarlo.

Pausa.

Vale dijo él. Pero llámanos más, ¿vale?

Lo haré.

Isabel quedó largo rato ante la ventana. Una lluvia diminuta, el farol temblando en el viento. Por vez primera, se daba ese permiso: decidir sola. No porque la dejaran atrás ni porque las circunstancias lo exigieran. Sino porque quería.

Era una extrañeza inédita.

Abrió el chat de Luis y escribió: Estoy pensando. Dame algo más de tiempo.

Él contestó: El que necesites.

***

Rosalía llamaba cada semana situándose en el limbo: ni atrévete ni espera. Relataba las aventuras de su perro, o que se hablaba con las gallinas de la vecina.

¿Cómo se llama? preguntó Isabel.

Jacinta.

¿En serio?

Sí, tiene mucha presencia. Lo pensé y le sentaba bien.

Eres imposible.

Para bien o para mal.

Para bien aseguró Isabel.

Dime una cosa: ¿si tuvieses treinta, habrías dudado tanto?

La edad no pinta nada.

A veces sí, a veces es miedo disfrazado de prudencia.

Eres tan filósofa como Pilar.

¿Eso es piropo?

Es dato objetivo.

Colgó. Sonrió: Rosalía tenía razón. Ese miedo escondido tras la madurez. Hubo un tiempo en que Isabel temía equivocarse tomando decisiones. Luego temió no elegir, pues no decidir era también una elección.

Ahora, el miedo era otro. No iba sobre Luis, sino sobre sí misma.

Haberse visto siempre, para los demás, como madre, esposa, maestra. Ahora que esas palabras retrocedían, no sabía qué quedaba si se las quitaba.

El taller en la biblioteca fue lo primero absolutamente escogido por ella en mucho tiempo.

Después, esto.

***

A finales de octubre sucedió lo insólito: llamó Dolores, la exsuegra, madre de Leopoldo. Ochenta y dos años, viviendo sola en Chamberí, la visitaba por cortesía y cariño.

Carmen me ha contado todo soltó sin avisar.

¿El qué?

Tu amigo. Que igual te vas.

Un silencio.

¿Y usted qué piensa?

Que te lo mereces respondió la anciana, seca. Mi hijo nunca te supo valorar. Ahora sí lo digo.

Dolores…

No me interrumpas; a mi edad hablo claro. Vete si quieres. Los nietos se apañarán, están bien cuidados. Carmen se enfada porque no sabe cómo despedirse. Pero no es tu papel quedarte invisible.

No soy invisible.

Lo eres como abuela y madre, siempre disponible. ¿Como persona?

Isabel guardó silencio.

Pues eso concluyó Dolores. Vete. Llámame, me alegraré.

Isabel colgó y permaneció junto a la ventana. Troncos desnudos, ni un pájaro. En el silencio, la ciudad era todo posibilidades.

Pensó en cómo la veía cada uno. Carmen, en madre a mano. Pablo, en estabilidad práctica. Pilar, en colega con buen ojo. Dolores, sorpresivamente, en persona sin apellidos.

¿Y Luis? ¿Quién veía él?

No supo la respuesta, pero algo le susurraba que la veía a ella, sin contexto.

***

Noviembre, primer granizo y un diálogo inesperado con Lucia.

Abuela, ¿te vas a marchar?

¿Has oído cosas?

Mamá hablaba con el tío Pablo. ¿Vas a irte?

Todavía no lo sé.

Si te vas, ¿vendrás a verme?

Claro.

¿Prometido?

Prometido.

Silencio.

¿Es bonito allí?

Mucho. Iglesias de piedra y nieve en invierno. Un río.

¿Como aquí?

Más pequeño.

Ajá. pausa. Abuela…

¿Sí?

Mamá teme que te pase algo y no lleguemos a tiempo.

Isabel notó un nudo, inesperado y fuerte.

Dile que estoy bien, y pienso seguir así.

Ella lo sabe. Pero teme.

Lo sé. Yo también tengo miedo, Lucia.

¿A qué?

Isabel reflexionó.

A muchas cosas. El miedo es normal.

Siempre dijiste que hasta los valientes tienen miedo pero lo hacen.

Eso dije.

Lo recuerdo respondió la niña, satisfecha. Voy a cortar, que mamá vuelve.

Lucia…

¿Sí?

Te quiero mucho.

Y yo a ti. Adiós.

***

A mediados de noviembre, Isabel fue a Segovia, toda una semana ahora. Instruyó a Pilar; encomendó el buzón a una vecina.

Luis la recogió en el andén. Hablaba del campanario recién restaurado. Ella miraba los campos nevados y, como una premonición, todo se cerraba en círculo.

Vivieron la semana juntos, en la casa baja de Luis, suelos de madera, ventanas que vibraban con el viento de la sierra. Isabel cocinó varias veces; compartieron el café de la mañana observando la nevada horizontal.

Una tarde, Isabel preguntó:

¿No te inquieta la convivencia? Ocho años solo.

Él lo pensó.

Viví incómodo cuando no era dueño de mis decisiones. Esto es diferente.

¿Viviste como no querías?

En obra toda la vida, por dinero, por costumbre. Un día lo solté. Empecé de nuevo con la restauración, ya tarde según todos. Pero lo hice. Mi mujer me animó siempre. Ella era apoyo.

Háblame de ella.

Luis meditó.

Teresa. Era calma. Calma en los ojos. Cuando entraba, todo iba más lento.

La echas de menos.

Sí. Pero eso no me impide seguir. ¿Entiendes?

Lo sé.

¿Te ocurre igual?

Isabel evocó a Leopoldo, su ansiedad constante. Añoraba más la idea que la realidad.

De modo distinto. Pero te entiendo.

La calma los abrazó.

***

El jueves por la noche llamó Carmen.

Isabel salió al porche, bajo un cielo recién despejado.

¿Sigues ahí?

Hasta el domingo.

Silencio.

Mamá, una pregunta sincera.

Adelante.

¿Para qué haces esto? ¿Para demostrar algo? ¿A nosotros? ¿A ti misma?

Isabel observó las estrellas lejanas.

No es por demostrar.

Entonces, ¿qué?

Simplemente vivir. De otra manera.

Pero vivías bien antes.

No mal. No como quería del todo.

¿Qué te faltaba?

Isabel meditó. Tenía casi todo: casa, hijos, trabajo, amigas. Pero también una sensación como de estar al margen de su propia vida, actuando lo correcto pero sin terminar de habitarlo.

Me faltaba sentirme yo.

¿Eso qué significa?

Lo que quiere decir.

Carmen se tomó su tiempo.

¿Serás feliz? preguntó de súbito, con franqueza.

No lo sé. Pero quiero intentarlo.

Vale dijo. Vale.

Eso no era un sí. Tampoco una guerra.

***

El domingo, Isabel recogía ya el equipaje cuando Luis preguntó:

¿Te has decidido?

Casi.

¿Eso es bueno?

Es real. Necesito aún algo de margen.

Él asintió.

¿Tienes miedo de equivocarte?

Sí.

¿Puedo decirte una cosa?

Dímela.

Los errores son de dos tipos: los que haces y aprendes, aunque duelan, y los que nunca pruebas y jamás resuelves. Prefiero los primeros.

Isabel le observó fijo.

¿Lo dices a propósito?

Es lo que pienso. Sale solo.

Río. Al volver, la casa le pareció irreconocible en su familiaridad. Sacó una infusión. Sobre la mesa, la novela que leía antes de irse, con la frase exacta sobre que la soledad no es condena; todo depende de cómo se mire.

Cerró el libro.

Escribió a Luis: Iré en enero. Vemos cómo sale.

Respondió: Te espero.

***

Diciembre fue un estado entre paréntesis. Isabel seguía con su rutina, la biblioteca, las visitas a Dolores. Todo igual, por dentro otra cosa: una decisión tomada y por tomar.

Carmen le llamó al principio de mes.

¿Sigue en pie?

Sí.

Y el piso

Ya hay agente.

Bien. Oye, ¿no piensas a veces que, cuando algo es nuevo, creemos que será mejor sólo por novedad?

Carmen.

Dime.

Tengo sesenta y uno. No soy una veinteañera ingenua. He visto lo suficiente.

Eso no evita errores.

No, pero ayuda a distinguir.

¿Y si él no es lo que parece?

Puede ser. Todo siempre puede. También cuando te casas a los veintisiete.

Silencio.

Buen argumento admitió Carmen. Te ayudo a preparar la mudanza.

Pausa larga.

Te ayudo.

***

La Nochevieja la celebró Isabel en casa de Carmen, con Lucia y su yerno Jorge. Pablo vino de Barcelona con los niños. La mesa rebosaba voces; Lucia junto a la abuela comentando los platos al oído.

La ensaladilla es de mamá, la otra de supermercado pero dice que es suya.

Confidente secreta bromeó Isabel.

A medianoche, mientras los niños dormitaban y los adultos brindaban, Carmen anunció sin drama:

Mamá se va en enero a Segovia.

Pablo le preguntó:

¿Por mucho?

Ya veremos contestó.

Lucia abrió los ojos.

¿De verdad te vas, abuela?

Sí, pero vendré.

Eso dijiste.

Lo cumplo.

Vale y volvió a dormirse.

Isabel pensó que así era la vida: un niño dormido, una hija que teme, una casa siempre presente y, al otro lado, alguien que espera.

***

El quince de enero llamó a Pilar.

Dejo el taller en febrero. Tendrás reemplazo.

¿Te mudas?

Sí. A Segovia.

Con él.

Con él. Y conmigo también.

Eso es lo importante.

El último día, los niños hicieron una cartulina: cada uno un dibujo y, escrito, Para que mires hacia dentro.

Isabel la dobló y guardó.

***

El veintitrés de enero llegó a Segovia. Luis la ayudó con las maletas. En la habitación luminosa, geranios en la repisa.

¿De dónde salió?

Lo compré. Hace falta una flor.

Has acertado.

Se asomó a la ventana: jardín blanco, tapia baja, tejados.

¿Qué tal?

Pregúntame en un mes.

Lo haré.

Luis

Dime.

Gracias por no apremiarme.

Gracias por venir.

***

Pasaron tres meses. Isabel se fue adaptando a la ciudad pequeña. Rosalía le presentó otras mujeres. Una, doña Marisa, la invitó a coordinar la tertulia literaria del pueblo. Era reducido pero estimulante.

No sé si serviré dudó Isabel.

Ven y prueba.

Probó. Encajó.

Con Carmen hablaba una vez por semana; la hija aprendía a preguntar también por Luis, por la tertulia, por sus gustos de lectura. Era un aprendizaje paciente, ojos reeducándose a nueva luz.

Lucia envió una carta. Papel y sello. Dos iglesias y un río, con una posdata: Jacinta es una gallina, ¿no? Me lo contó Rosalía.

Isabel respondió por correo.

***

Un atardecer de abril, Carmen apareció. Sola. Inspeccionó tranquila la casa, los suelos, los geranios.

Luis ofreció té y se retiró discretamente.

Se está bien aquí admitió la hija, no como reproche, sino con asombro.

Sí.

Es pequeño.

Muy tranquilo.

¿No echas de menos Madrid?

A veces. Os echo de menos. A Pilar. Al Retiro.

¿Y aun así?

Aun así.

Carmen giró la taza en la mano.

¿Él es bueno?

Sí.

¿Eres feliz?

Isabel meditó.

No lo sé. Es difícil decirlo. Pero estoy bien.

Carmen asintió.

Vale.

¿Vale significa?

Que intento acostumbrarme.

Es suficiente.

Conversaron largo rato: de Lucia, del trabajo, de Jorge. Lo cotidiano.

Luego, en la puerta, el aire olía a tierra nueva.

Mamá.

¿Sí?

Nunca lo entenderé del todo. Pero hay algo que tienes que saber.

¿El qué?

Carmen tardó en responder. Los ojos oscuros de su padre.

Siempre estuviste ahí. Siempre. Ahora tengo que acostumbrarme a otra distancia.

Te acostumbrarás.

¿Crees?

Isabel la miró: ese rostro familiar desde el primer día.

Siempre te adaptas. Eres fuerte.

No tanto como tú.

Lo eres.

Carmen sonrió y la abrazó, apretando mucho.

Te llamo cuando llegue.

Te espero.

Carmen se alejó. Isabel la miró perderse entre calles bajas, la espalda recta, la sombra duplicada por la luz. De pronto, se volvió y gritó:

¡El geranio florece!

Sí.

¡Eso está bien!

Y siguió su camino.

***

Isabel regresó al interior. Luis ya hervía la sopa. Observó sus manos, los platos, aquella rutina nueva.

¿Todo bien? preguntó él.

Todo bien.

Es buena chica. Solo tiene miedo.

Y razones.

Puso la mesa. En tres meses la costumbre era segunda piel.

Luis

¿Qué?

¿Es correcto, esto?

Él la miró.

¿Qué opinas tú?

Que es mío. Por fin, mío.

Ya tienes la respuesta.

Comieron. Fuera, Segovia aún nevada y, entre la nieve, la primera brotaba.

Isabel pensó: no es la felicidad como consigna, ni la decisión como hito. Es esto. Sopa caliente, ventana, alguien enfrente con quien algo encaja.

¿Bastará? No lo sé.

Pero el geranio florece. Y en alguna parte, una tarjeta de un niño que dibujó una ventana para mirar dentro.

***

Al anochecer llamó Lucia.

Abuela, dice mamá que ha ido y que estás bien.

Hemos hablado mucho.

¿Lloró mamá?

No. ¿Por qué?

Llora a veces, aunque cree que no lo noto. Por ti.

Isabel cerró los ojos.

Dile que la veré pronto.

¿Ya es primavera ahí?

Casi. Nieve poca ya.

Aquí mucho calor. Qué raro, estamos cerca y es distinto.

Es normal.

¿Me echas de menos, abuela?

Miró fuera, la penumbra.

Mucho. Todos los días.

Bueno, eso es bueno. Si se echa de menos, se quiere.

Isabel no pudo decir nada.

Adiós, abuela.

Adiós, Lucia.

Guardó el móvil. Luis tarareaba en la cocina. El geranio sombreaba el alféizar. Un perro ladraba en el patio. Isabel pensó: Lucia tiene razón. Si se echa de menos, se quiere. Y probablemente al revés.

Eso es la vida: sus distancias y acercamientos, sus aciertos y errores que terminan siendo solo eso, elecciones hechas nuestras.

Fue a la cocina a fregar los platos, bajo el aroma de la sopa y el mundo diminuto de su nueva, extraña, hogar.

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