Tu propio sitio

¡Mamá! ¿Pero qué haces? La voz de Lucía temblaba, a un paso de romperse, mientras sus ojos veían cómo su madre arrojaba de cualquier manera sus pocas pertenencias del armario. El vestido rojo con lunares, su favorito, cayó al suelo y enseguida llamó la atención de su hermano pequeño, sentado, curioso, en la alfombra. Hugo agarró el cinturón y lo llevó a la boca. ¡No, Huguito! ¡Dámelo!

¡No llores por un trapo! Rosario lanzó los vaqueros de Lucía junto al resto de ropa y cerró, seca, la puerta del armario. ¡Venga, fuera de aquí!

¿A dónde quieres que vaya? ¡Mamá, es de noche! ¿Cómo puedes hacer esto?

¡Aquí mando yo! ¡Y tú aquí no pintas nada!

¿No era este mi casa también?

¡No, hija mía! ¡Aquí no tienes nada, ni sitio, ni derecho! Rosario cogió en brazos a su hijo, secándole la nariz con el bajo del vestido de Lucía. ¡Aquí ya no! ¡Deja de ponerme de los nervios! ¡Ahora que mi vida volvía a tener sentido y tú vienes a estropearlo! ¡No lo pienso permitir!

¿El qué te estropeo, mamá? ¿El qué?

¿Quién va tonteando con Saúl delante de su hijo? ¿No eres tú?

¡Mamá! gritó Lucía, tan fuerte que Hugo se encogió de miedo y rompió a llorar. ¿¡Qué cosas dices?! ¿¡Te oyes!?

¡Me oigo perfectamente! ¡Y basta! ¡En cinco minutos, quiero no verte!

Rosario cerró la puerta de una patada y salió de la habitación. Lucía se quedó estática, incapaz de comprender siquiera qué acababa de ocurrir. ¿Acababan de echarla de su casa? Su cabeza no respondía, los pensamientos saltaban desordenados, incapaces de fijar una idea. Fuera, el llanto de Hugo le arrancó la inercia. Era costumbre tranquilizarlo, distraerlo con cualquier cosa hasta que paraba. El nuevo marido de su madre no soportaba las lágrimas del niño, se irritaba con todo lo que tuviera que ver con él. Lucía, que había crecido rodeada de afecto, no entendía lo que sucedía con Rosario. En vez de calmar a su hijo, se lo dejaba a Lucía y se marchaba con su marido.

¡Encárgate tú! Ya eres mayor, ¿no? ¡Pues ayuda!

Mayor Hasta hacía nada era la chiquilla mimada de la familia, y ahora, de repente, la pieza sobrante, la que su madre llamaba ahora un estorbo. Todo había cambiado tan rápido en los dos últimos años, que Lucía no alcanzaba el ritmo.

Primero perdió a su padre. Infarto, injusto y absurdo: bastaba alguien en aquella parada de autobús, algún desconocido con corazón. No era ni mayor de cincuenta, bien vestido, ni un mendigo ni nada parecido, pero la gente pasó de largo, ocupada en urgencias propias. Nadie lo auxilió, nadie llamó a emergencias, nadie preguntó si necesitaba ayuda. Y cuando al fin una señora se acercó, era ya tarde.

Lucía nunca pudo olvidar cómo reaccionó Rosario. Se convirtió en piedra; muda, distante, como ausente. Lucía lloraba, gritaba, tratando de llegar a ella, pero nada. Rosario despidió a su marido sin lágrimas y se encerró en su cuarto, olvidando por completo a su hija.

No tenían familia cercana, y los amigos hacía ya años que eran poco más que saludos esporádicos. Sus padres solían decir que bastaban con ellos mismos, que así eran felices, juntos contra el mundo. Lucía también lo creyó, hasta que empezó la escuela.

Por algún motivo, en su clase había muchas más chicas que chicos, y la sentaron con una niña vivaracha y pequeña, con largas y perfectamente trenzadas coletas negras, gruesas como su brazo. Lucía, que odiaba sus propios rizos rubios, la observaba con silenciosa envidia. Fue a los dos días cuando, al mirarla luchando con los lazos, la niña resopló y masculló:

¡Me tienen harta! ¡Al final las corto, aunque mamá me mate!

Lucía extendió la mano, sin pensar, acarició el brillante cabello y susurró:

¿Estás loca? ¡Pero si son preciosas!

Así nació su amistad con Mara. En nada, la clase entera comenzó a llamarla Marita, diminutivo clásico.

Mara era la cuarta hija de una familia Castro desbordante: casa enorme, un poco caótica, donde siempre había risas, voces, y un bullir de gente. A Lucía le costó semanas aclararse con quién era quién. Pero allí, nada más entrar, la madre de Mara sentaba a todo el que llegaba en la gran mesa y te llenaba el plato, y el estómago, tanto que después sólo cabía reptar al sofá. Los hermanos de Mara, mayores y pequeños, eran solidarios sin distinción; a Lucía le asombraba cómo las niñas pequeñas amasaban pan y horneaban empanadas, mientras su propia madre siempre la mantenía lejos de la cocina, no es tu sitio.

Poco a poco, Lucía aprendió allí que los amigos y la familia extensa podían ser un hogar. En navidades, cumpleaños o cualquier excusa, Mara recibía regalos, caramelos, detalles. Lucía se sorprendía.

¿Pero hoy no es tu santo, ni tu cumpleaños?

¿Y? reía Mara. ¡No hace falta un motivo para alegrarle el día a quien quieres! ¡Espera a Reyes! ¡Verás!

Rosario nunca aprobó esa amistad, ni quería que Lucía frecuentase esa casa. Pero trabajaba mucho y, con algo de picardía, Lucía lograba escaparse con la merienda y desaparecer toda la tarde entre el bullicio cálido de los Castro.

Cuando su padre murió, los familiares de Mara fueron los únicos que se presentaron a ayudar. Los hermanos mayores se ocuparon de todo. Rosario ni salió de la habitación al principio; luego, simplemente obedecía órdenes, sin rechistar. Mara intentó consolar a Lucía, que lloraba sin parar, y luego lloró con ella, con las manos enharinadas de tanto amasar para decenas de empanadillas, llenando la cocina de aromas dulces y lágrimas.

Al día siguiente, los hombres de la familia Castro acompañaron a Lucía y Rosario a todos lados, resolviendo gestiones, trámites, y sosteniéndolas. Rosario parecía no verlo. Pero Lucía sí.

Tiempo después, cuando Lucía preguntó a Mara por qué se preocupaban tanto, la respuesta fue sencilla:

Porque eres parte de los nuestros. Y después de tu padre no hay más hombres en tu casa. Alguien debía ayudar.

Medio año después, Mara anunció que se casaba. Lucía se quedó sin palabras.

¡¿Te has vuelto loca?! ¿Y la universidad? ¡Tú querías ser médico!

Y lo seré. Mis padres ya han hablado con mi futuro marido. Estudiaré en Madrid; su familia tiene piso allí.

No lo entiendo ¿Tanto lo amas que no puedes vivir sin él?

Mara la miró con asombro.

Apenas nos hemos visto un par de veces. Es lo que toca. El cariño vendrá después.

¿Eso te parece bien?

Así es como lo hacemos nosotros. Mis padres deciden y yo confío en que quieren lo mejor para mí. Eligen con cuidado, Lucía, nunca me desearían nada malo.

Lucía calló. En la boda, apenas pudo contener el llanto, y cuando Mara se marchó, rompió a llorar de verdad.

El nuevo marido de Rosario, Saúl, llevaba ya tiempo en su vida. Mara, antes de irse a Madrid, veía con angustia la creciente desgana de Lucía para volver a casa.

¿Qué te pasa? ¿No quieres volver?

Lucía no sabía qué responder. ¿Iba a contarle las miradas incómodas, la tensión con su madre que ya no la soportaba desde el nacimiento de Hugo, y cómo, de madrugada, debía calmar al niño para que Saúl no perdería los nervios? Dos veces se había desmayado en clase, agotada. Por eso, aún sin terminar los estudios, buscó trabajo en el hospital; con los turnos nocturnos, apenas pasaba por casa.

Tras despedirse de Mara, Lucía regresó una madrugada y recibió el peor grito de su vida. Aquello se venía acumulando, pero ella no sabía cómo romper el ciclo, cómo enfrentarse a Rosario.

Y Rosario no escuchaba, solo a sí misma. Y cuando la vecina, dándole un pellizco cariñoso a Hugo le dijo: ¡Qué hijos más guapos tienes, Rosario! Qué pena que el padre no vea a Lucía, ya toda una mujer; seguro que tiene novio, ¿no? Aunque nunca la he visto con nadie, de estudiar al trabajo siempre Debería pensar en su vida ya, ¿no?

Aquello debió de prender una mecha en Rosario. Aquella misma noche la echó. Y Lucía, a toda prisa, metió sus pocas cosas en una bolsa y pensó: ¿Si aquí no tengo sitio, dónde lo encontraré? Dudó si llamar a Mara, pero no quería preocuparla, embarazada y lejos.

Miró una última vez su cuarto, cogió la foto de su padre y la guardó al fondo. Se limpió las lágrimas. Quizá era mejor así; llevaba mucho tiempo siendo una extraña. Dejó a Rosario con su nueva vida.

En la cocina, la televisión sonaba estridente y Rosario zanganaba con los platos, malhumorada. Lucía dio un paso hacia ella, luego lo retiró. ¿Qué iba a decir? Ya todo estaba hablado. ¿Y perdonar cómo, después de aquello?

Salió a la calle envuelta en un gran pañuelo, encogida por el fresco de una tardía y súbita llegada del otoño madrileño. Durante el día, en el hospital, se reía viendo chicos en manga corta y chicas en bufanda. Ella estrenó el pañuelo que Mara le regaló en las últimas navidades que pasaron juntas; no tendría que volver para buscar nada.

A la parada de autobús apenas quedaba nadie, algún noctámbulo y un chucho grande. Lucía posó la bolsa en el banco y hundió las manos heladas en los bolsillos.

Un coche se detuvo a su lado, sobresaltándola.

¿Lucía?

¡Samuel!

Era el hermano mayor de Mara, el mismo que les ayudó con las matemáticas y en el peor momento.

¿Qué haces aquí a estas horas, Lucía? ¿Vas al hospital ahora?

No Bueno, sí, eso es, al hospital.

Algo escondes. ¿Por qué llevas tus cosas?

La mirada de Samuel, directa y cálida, la desarmó; sin entender muy bien cómo, le contó todo, desde Rosario hasta Saúl, hasta esa sensación de que ya no tenía a dónde ir.

Venga, entra en el coche ordenó Samuel, escueto como siempre.

Ambos guardaron silencio conduciendo por la ciudad nocturna. En aquel calorcito, Lucía se permitió quedarse en suspenso, aprehender esos segundos de calma.

No se dio cuenta del desvío hasta que le preguntó:

¿A dónde vamos? ¡El hospital está por otra parte!

¿Piensas quedarte a dormir allí? ¿Y mañana? Hoy te apañas, ¿y después qué?

No lo sé

Yo sí. Así que vamos a otro sitio.

¿A dónde?

Ya lo verás.

El edificio era una de esas casas antiguas en Chamartín, rodeado de un portón de hierro. El portero saludó a Samuel y Lucía lo siguió hasta el tercer piso. Samuel llamó, y tras una espera apareció la mujer más grande que Lucía haya visto nunca en su vida.

¡Samuelito! ¿Y sin avisar?

No era tan enorme, pensó luego Lucía, sino que la túnica y la presencia imponían.

¿Y esta quién es? ¡Un momento! ¡Te conozco! ¡Eres la amiga de mi Marita! Pasad, hija, ¿cómo vas a quedarte ahí? Aquí no eres extraña. Ven, déjate de tonterías.

En la entrada, el brillo del mármol, la lámpara de lágrimas, el olor a café fresco Samuel murmuró algo al oído de la mujer y se marchó con un gesto breve.

¿Por qué te quedas ahí parada? Venga, deja el abrigo, siéntate. Bebamos café y me cuentas por qué una niña tan guapa como tú está sola en la calle a estas horas. ¿No tienes casa? ¿No tienes madre?

Parece que ya no Lucía se desplomó en el puf, incapaz de contener más el llanto. La abuela de Mara la envolvió en sus brazos generosos.

Ay, mi niña Eso no puede ser. Ya verás, todo pasará, todo mejora. Escúchame: yo lo he visto todo. ¡Aquí ya no vas a sufrir más! Ven, vamos a tomarnos un buen café: del fuerte, el de la abuela, el que cura penas. A veces es lo único que hace falta: un respiro, para seguir adelante. Ven.

En la cocina luminosa, Lucía apuraba su taza minúscula, el amargo del café casi más fuerte que sus propias lágrimas. Escuchaba a la abuela contar:

Llámame Sofía. Así me dijeron siempre, de chiquilla, en mi tierra, muy lejos de aquí. Era una niña, rodeada de hermanos. Nuestra casa, nuestro sitio, estaba allá lejos. Hace siglos que no vuelvo.

¿Qué pasó? se atrevió a preguntar Lucía.

Pasó lo peor… Cuando vienen a por ti y te dicen que aquí no tienes ya sitio. Que ni hablar tu idioma puedes. Nos escondieron en una despensa pequeña, nos salvaron, con puro sacrificio. Eso hace el amor de unos padres, Lucía. Acuérdalo, cuando te llegue la hora.

La historia de Sofía era dura, de exilios y heridas sin cerrar, de todo perder pero no dejarse morir, de cuidar a los suyos a costa de sí misma, sin permitirse el desgarro total. Llevaba años sola en ese piso; prefería no asustar a los suyos con sus pesadillas. Se dedicaba a cuidar nietos y hacer una casa grande para quienes la necesitasen.

Aquí tendrás tu sitio, Lucía. Hasta que no venga un buen chico y te la lleve, eres mi responsabilidad. Nada de llorar, ¿eh? ¡Anda, que tengo que enseñarte todo lo que una mujer debe aprender!

Sofía cumplió palabra. Dos años después, Lucía cocinaba mejor que Mara, que volvía algunos fines de semana a Madrid y siempre salía con las manos llenas de tupper.

¡Es que te sale tan rico! ¿Qué le pones al relleno? preguntaba Mara, relamiéndose todavía los dedos durante la sobremesa.

Todo mérito de la abuela Sofía. Sin ella

¡Chiquilla, no me alabes tanto, que se me sube y entonces San Pedro me cierra el cielo! bromeaba la mujer, vigilando el café.

Pero cierta tarde, Sofía se puso seria y miró a Lucía largo rato antes de marcharse a descansar.

Cuenta, Lucía dijo Mara, inquieta. ¿Pasa algo?

Lucía dudó, pero al fin lo confesó:

Mi madre está enferma. Muy mal. Apenas le quedan unos meses. Ha estado ingresada en mi hospital.

¿Y no la has ido a ver? Mara casi dio un brinco.

No No puedo. Recuerdo cómo me echó y Si Samuel no me hubiese encontrado esa noche Y Sofía ¿Dónde estaría ahora? ¡A ella ni le importó, me echó por un hombre! Que encima la ha dejado cuando supo de la enfermedad. Y no sólo a ella, a Hugo también.

¿Dónde está Hugo?

En un centro. No me lo dan; tengo trabajo, pero no vivienda. No tengo papeles para reclamarle la custodia.

¿Y por qué no puedes volver al piso de tu madre?

Me dio de baja del padrón. Faltan papeles. No sé qué más hacer. No duermo de pensar en Hugo, tan pequeño allí, solo.

Si tanto te importase, no estarías aquí sentada, venga, ¡vamos!

¿A dónde?

Al hospital. ¿Dónde está ahora tu madre?

Ya en casa.

Pues a tu casa. No es cuestión de reconciliar, es de tu hermano. Mira por él, no por ti. ¿Acaso no fue eso lo que te molestó? Hazlo mejor.

Lucía, al final, se reconcilió a medias con Rosario. Dos días antes del fallecimiento de su madre, la cuidó y la perdonó sin rencor, enterró el orgullo y se lanzó a los trámites para la custodia de Hugo.

Y al final, lucía su mayor regalo: el recuerdo de una tarde lejana, el vestido de lunares de su madre, el aroma de cerezas y besos de infancia, y una paz para perdonar de verdad.

Te perdono, mamá

Habría algo que la abuela Sofía le repetía: El rencor hay que soltarlo, Lucía. Se pudre dentro, te impide ver la vida, te destruye. Era cierto.

Una semana después, Hugo la tomó de la mano en la puerta del piso y preguntó:

¿Ahora sí estamos en casa?

Sí, pequeño. Ahora sí. Este es nuestro lugar.

El niño asintió, serio, y Lucía supo que, al fin, todo estaba en su sitio. Su sitio.

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