**Diario de un Hombre**
Brillaban los ojos de Lucía de felicidad; había aprobado todos los exámenes. No con matrículas, pero sí lo suficiente como para que sus padres, Rosa y Javier, se sintieran orgullosos. Al abrir la puerta de casa, escuchó la voz familiar de su madre… y otra voz ajena, opaca, como salida del pasado. La joven se deslizó sigilosa hacia su habitación, intentando no molestar. Pero entonces oyó:
—Te lo digo por última vez, Teresa… —dijo su madre con firmeza.
Un golpe en la entrada: era su padre, llegando a comer. Lucía asomó la cabeza al pasillo y sus ojos se cruzaron con los de una mujer con un pañuelo blanco y desgastado. Su rostro le resultó extrañamente familiar. ¿Dónde la había visto antes? Una sombra vieja de memoria la pinchó, aguda y desagradable. Esa mujer con mirada intensa y pegajosa. La que una vez la llamó “Leticia”.
—Hola, Leticia. Hola, hija —dijo la visitante inesperada.
—Vete, Teresa —respondió su padre con frialdad.
—Ya voy… Hasta pronto, hermanita —murmuró la mujer antes de irse.
Lucía se quedó paralizada.
—Papá, ¿quién era?
—Una conocida de mamá.
—Pero la llamó hermana.
—A veces las mujeres se tratan así… quizá.
Sin embargo, la mirada angustiada de su madre y el silencio espeso en la casa decían lo contrario. No era solo una conocida. Era parte de un secreto.
Dos días después, Lucía se topó de nuevo con Teresa.
—Hola, Leticia —dijo la mujer acercándose.
—No soy Leticia, soy Lucía.
—¿No me recuerdas?
—No… Usted visitaba a mamá.
—¿A mamá? Yo soy tu madre, Leticia… La verdadera…
Teresa le agarró las manos. Hablaba con urgencia, entrecortada, suplicante. Y Lucía, sin saber por qué, la siguió.
—Pasa, hijita —dijo la mujer llevándola a un cuarto viejo—. Aquí vivías, hasta los dos años… ¿Te acuerdas?
Una oleada de recuerdos la golpeó: el suelo sucio, colillas mordisqueadas, alguien gritando, pateando la puerta, y ella, pequeñita, buscando algo para comer en el suelo. Manos sucias metiéndose en su boca… y ella mordiendo hasta sacar sangre. Miedo. Lágrimas. Frío. Leticia… entonces la llamaban Leticia.
Una voz ronca la sacó del trance:
—¿Otra vez por ahí, Tere? ¿Trajiste el dinero?
Entró un hombre borracho, con ojos empañados.
—¿Y esta quién es? ¿Un regalo para mí? —dijo, estirando la mano hacia Lucía.
Ella abrió rápido el bolso, sacó billetes:
—¡Tome! Pero no vuelva. Ni a mi casa, ni donde mis padres. Lo recuerdo todo. Ustedes no son nada para mí.
—Leticia…
—¡Me llamo Lucía!
Corrió a casa ahogándose en lágrimas. Temblaba; le subió la fiebre. Su madre la encontró llorando.
—Mamá, fui a verla… Recordé… tocino… manos sucias en mi boca… mordí…
—Mi niña… —su madre la abrazó, meciéndola como a una pequeña.
Luego le contó la verdad. En el orfanato había dos hermanas, Teresa y Sofía. Las adoptaron juntas. Al principio, Teresa era cariñosa, pero luego… cambió. Fumaba, robaba, se escapó y regresó embarazada. El padre era desconocido. Sus padres la perdonaron. Sofía, entonces universitaria, se ofreció a cuidar a la niña. Leticia se convirtió en Lucía. A Teresa le quitaron la custodia, pero seguía pidiendo dinero a cambio de no reclamar.
Desde entonces, Lucía fue su hija, por amor y por ley.
Teresa volvía a veces. Lloraba. Pedía perdón.
—Leticia, hija…
—Soy Lucía. Lo siento, tía Teresa.
Su madre lo permitía.
—Es mi hermana. Quizá yo sea su único lazo con una vida mejor…
Un día apareció Manolo, el de las manos sucias.
—Teresa está en el hospital. Muy grave.
Fueron.
—Perdóname, hija —dijo ella, pálida, sobria—. Gracias por vivir. Gracias porque, aunque sea un poco, fuiste mía…
—Todo irá bien. Sigue viviendo. Te sacaremos de esto.
Pero no sobrevivió.
Tiempo después, Lucía vio a Manolo, despejado.
—Dejé la bebida. Gracias a ella… Perdón, Leticia.
—Soy Lucía.
—Sabes… No soy tu padre, pero sé dónde está. ¿Quieres verlo?
La llevó a la tumba de un hombre guapo. Una anciana se acercó.
—¿Eres su hija?
—Creo que sí…
—Soy tu abuela…
Desde entonces, Lucía tiene dos tumbas. Y dos vidas: una de la que escapó, y otra en la que creció.
Visita a quienes le dieron la vida. Les habla de sí misma. Les promete vivir con dignidad. Y cumple.
**Lección:** La sangre no siempre es familia, pero las cicatrices que nos hacen quienes somos nunca se borran. Lo importante no es de dónde vienes, sino quién decides ser.




