¿Un pago atrasado? Se están confundiendo, nosotros no tenemos ningún préstamo Sí, los Yudán, sí, es nuestra dirección, pero ¿Cuánto? No puede ser. ¿A nombre de quién está el préstamo? pregunta extrañada Julia.
A nombre de Íñigo Alejandro Yudán responde la persona al teléfono.
Sí, es mi marido, pero ¿cómo ha podido? ¿Y para qué? se turba Julia.
Lo siento la voz al otro lado se suaviza, pero las normas son iguales para todos: han pasado el plazo, hoy es solo un recordatorio, luego vendrán otras medidas.
Julia ni recuerda cómo llega hasta el salón ni cómo termina sentada frente al portátil. El sobresalto pesa. No, debe entender por sí misma cómo ha surgido esa deuda.
Jamás ha visto una tarjeta de crédito de su marido, así que está claro que ese dinero no ha sido para la familia. ¿Qué está pasando? Olvida el trabajo, no consigue quitarse de la cabeza esa llamada tan extraña. Julia casi cuenta los minutos esperando a que Íñigo vuelva a casa.
¿Para quién has cogido ese dinero? ¿Quién te ha pedido que pidas un préstamo?
No he llegado ya han llamado responde fastidiado Íñigo. Al notar que se le escapa, cambia el tono. ¿Y tú qué miras? Para mi madre, Julia. Me lo ha pedido, vive sola…
¿Y para qué quiere semejante cantidad? Nosotros pasamos con menos y los dos trabajamos.
Para irse de vacaciones, ¿te ha quedado claro?
¿A dónde va? ¿A las Maldivas o a Cancún?
Mi madre me crió sola, tiene derecho. Y no me esperaba esto de ti…
Con aire dolido, Íñigo se mete en el despacho, se tira en el sillón y gira la cara hacia la pared, como siempre que quiere presionar a su esposa. Pero esta vez esa actuación de niño ofendido no surte efecto.
Julia ni se molesta en seguir hablando. Su suegra ha pesado demasiado en su relación. Inés Paloma adoraba exigir, y comenzó desde el primer día que conoció a Julia. Nada más ver los pendientes que llevaba la joven, palmeó emocionada preguntando si eran auténticos o solo bisutería.
Al saber que Julia no lleva imitaciones, enseguida suspira dramáticamente:
¿Y para qué gastar tanto? Mejor algo útil para la casa…
Han sido un regalo le indigna a Julia esa reacción.
Ah, entonces vale dice la futura suegra ya tranquila.
Una semana después, Íñigo le pide ruborizado a Julia que no lleve esos pendientes a casa de su madre; la pobre se ha disgustado mucho al no poder permitirse algo así, y él, claro, no puede regalarle unos idénticos.
Ya entonces, Julia detectó algo extraño en ese comportamiento. Pero enamorada, apartó esos pensamientos. Matrimonio, vestuario espectacular, grandes regalos Solo después se enteró por casualidad de que todo lo había comprado Íñigo; que la madre había amenazado con no ir a la boda si no era así.
Luego siguió la cadena de exigencias: un televisor como el de su amiga, un secador igual que el de su hermana, tratamientos de belleza imprescindibles todo inmediato, todo urgente. Y si no, su suegra se echaba a llorar y se quejaba de salud hasta lograr lo que quería. Íñigo no soportaba sus lágrimas y corría a hacerle el gusto:
Es mi madre… ¡No puedo hacerle eso!
Pero ahora tenía también su propia familia. Y el dinero nunca era suficiente. Julia no entendía cómo, trabajando ambos y con sueldos decentes, no les alcanzaba siquiera para lo básico. Todas las preguntas de su esposa solo recibían encogidas de hombros:
Eso es porque, Julia, aún no sabes llevar las cuentas de la casa. Deberías aprender de mi madre
Pero Julia nunca quiso aprender de Inés Paloma. Desde siempre notó el tipo de suegra que era. Y con esas, prefería mantener la distancia.
Y ahora el colmo: su suegra exigiendo que le costeen las vacaciones. Y la suma, el préstamo a nombre de su marido, a Julia le parece un disparate. Con ese dinero podrían liquidar tres plazos de la hipoteca, amueblar con calidad el piso y celebrar después en el mejor restaurante de la ciudad.
Íñigo no parece querer cambiar: para la madre, todo y siempre. Julia podría incluso aceptarlo, al fin y al cabo, es su madre Pero de esta manera, sin decirle nada. ¿Y si pasa algo? ¿Sobre quién recae la deuda? Sobre ella, claro, porque Inés Paloma no asume nada.
Quizá ha llegado el momento de hablar seriamente con su marido, que elija prioridades, o como mínimo, le explique a su madre que hay que frenar sus caprichos. Pero la conversación fracasa: Íñigo se enfada y acusa a Julia de ser fría y materialista:
¡Ya pagué eso, lo voy a solucionar, pero eres insportable! ¡Mi madre no quiere balnearios baratos, quiere lo mejor! ¡Le debo todo, me lo ha dado todo! ¿Y no puedo mandarla de vacaciones?
¿Y si no nos lo podemos permitir? ¿No se lo merece una explicación?
Ya te explico yo a ti: mi madre es sagrada…
Julia ve claro que Íñigo no va a cambiar nada. Además, no le sorprende que Inés Paloma tenga celos de la nuera: llama a su hijo todos los días, pide que vaya a verla, que la echa mucho de menos… Y él lo deja todo y cruza Madrid entero para atenderla. ¡Es su madre!
Tras la discusión, pasan al trabajo sin reconciliarse. Al poco, Julia se siente francamente mal.
Alarmados, sus compañeros insisten en que vaya al médico. Allí, le confirman que está embarazada. ¿Cómo no compartir la noticia con el futuro padre? Quizá así puedan valorar juntos el presupuesto.
Pero Julia se ilusiona demasiado pronto. Íñigo reacciona con disgusto, dice que no esperaba algo así, le suplica que espere, que mejor no tener el niño, incluso le pide que aborte. Luego llama también la suegra. Pero no suplica, ella exige:
¡No quiero ser abuela! ¿Eso qué te has creído? ¿Atar a mi hijo con un crío? Ni lo sueñes. Íñigo al final se irá, te lo aseguro
¿Por qué se iba a ir? ¿De dónde saca eso?
¡Ay, chica, que soy su madre y lo conozco! Hace tiempo que busca escaparse de una como tú, así que hazle caso, que ni pensiones vas a ver.
A Julia se le nubla la vista. Cuando despierta, está en el hospital.
Julia, por fin despiertas escucha la voz familiar. Abre los ojos y ve a Ana Eugenia, vecina de su suegra y, por lo visto, personal del hospital.
Vaya, Ana Eugenia, no sabía que trabajabas aquí…
Casi mejor seguir sin saberlo responde, con media sonrisa. Pensé que tendrían que elegir entre tú o el bebé.
¿Cómo dice?
Tranquila, todo salió bien. Pero ¿quieres decirme qué ha pasado?
Julia le cuenta su historia. La mujer pone cara seria y le da un consejo:
Déjalos, no cambiará. Su madre seguirá arruinando a toda pareja que elija. Está convencida de que su hijo le debe todo. Inés Paloma acabó con su propio marido: lo exigió todo y lo dejó hecho polvo. Y su hijo es igual, jamás lleva la contraria a su madre.
Pero se casó
No entiendo cómo lo logró. Muchas huyeron en la primera visita a su madre. Decide tú. ¿Él qué piensa del embarazo?
Al escuchar la respuesta de Julia, Ana murmura algo poco amable sobre el niñito de mamá. Y como si de un conjuro se tratara, Julia decide seguir su vida sola. Íñigo parece haber elegido ya, aunque no se haya dado cuenta.
En cuanto puede, Julia solicita el divorcio. Íñigo no pone objeciones. Tampoco le comunica que logró salvar el embarazo.
Ha pasado un año desde entonces. Julia pasea tranquilamente con su hija por el Retiro, cerca de su nueva casa.
¡Caramba, qué encuentro! escucha la voz inconfundible. ¿Por qué no dejas que vea a mi nieta?
Porque no es su nieta responde Julia con calma. Aquella criatura, igual que usted e Íñigo sugirieron, no llegó a nacer. Esta es mi hija y solo mía. Y sí, ya tiene abuela.
¡Cómo te atreves!
Por supuesto. Si necesita tanto el estatus de abuela, busque mejor pareja para su hijo.
Julia se aleja con una sonrisa, ignorando los reproches que la persiguen. Sabe que hizo bien dejando atrás a un marido dependiente de su madre y una suegra desbordada. Está segura, ahora, de que hizo lo correcto.







