Tengo 51 años, en un mes tuve 9 citas con mujeres divorciadas de más de 45: ¿por qué sigo soltero?

Tengo 51 años, este mes tuve 9 citas con divorciadas de más de 45: ¿por qué sigo soltero?

Cuando me divorcié hace tres años, estaba convencido de que, como mucho, en seis meses ya estaría con pareja nueva.

Piso propio, trabajo estable, ni rastro de alcohol ni líos. Entonces tenía cuarenta y ocho y pensaba de corazón: con estos mimbres, imposible quedarse solo.

Ahora tengo cincuenta y uno. Y todavía vuelvo a casa, a un piso tan vacío como una caja de galletas en Navidad.

No es porque no lo intente, ojo. Solo este mes tuve nueve citas con mujeres de mi edad, de entre cuarenta y cinco y poco más de cincuenta. Todas divorciadas, independientes, con las ideas claras. Así lo anunciaban, al menos, en sus perfiles.

Después de esas nueve citas, me llevé una conclusión un tanto incómoda: el problema no es ni la edad, ni el físico. Ni siquiera eso de las buenas ya están pilladas.

El problema está en otro lado.

Cita nº1. Mujer-currículum

Beatriz, cuarenta y siete, economista. En las fotos: una mujer agradable, bien arreglada, sin filtros ni morritos de pato. Me escribió ella primera, la conversación por chat fluía.

Quedamos en una cafetería. Llega puntualísima, se sienta frente a mí y pide un té verde sin azúcar. Sonrío y le pregunto:

Cuéntame algo de ti, ¿qué tal va la vida?

Beatriz muy tranquila saca el móvil, desliza la pantalla y dice:

Para no perder el tiempo, he preparado una lista de preguntas. Así vemos rápido si encajamos o no.

Saca la nota.

Primera: ¿compartiríamos presupuesto? Segunda: ¿estoy dispuesto a asumir su hipoteca? Tercera: ¿pienso tener más hijos? Cuarta: ¿cómo llevo eso de cambiar de ciudad? Quinta: ¿cuánto dinero doy a mis hijos y cada cuánto veo a la ex?

Durante una hora contesté como si estuviera haciendo una entrevista de trabajo para ser marido. Cada respuesta, un tic en su Excel mental.

Intenté preguntarle por sus aficiones. Ni caso:

Vamos por orden, ¿vale? Esto es lo importante.

A la hora y media, cerró el móvil, me dio las gracias con educación y, como si nada, desapareció. Ni un mensaje.

Me temo que no pasé el proceso de selección.

Cita nº2. Viviendo en la sombra del ex

Carmen, cuarenta y ocho, profesora. Amable, cálida, sonrisa de quien ha pasado mucho pero no se ha vuelto amarga. Quedamos para dar un paseo por el parque.

Todo iba ligero hasta que mencioné que me encanta el cine.

Mi ex no soportaba el cine saltó enseguida. Decía que era una pérdida de tiempo total.

Al rato conté que cocino en casa de vez en cuando.

¡Ah! Mi ex ni un té se hacía, todo era tarea de mujeres.

Y así con todo: ni acababa yo la frase y su ex ya se plantaba por medio, invisiblemente.

¿Coche? El mío temía conducir. ¿Piso? El mío vivió con la madre hasta los cuarenta. ¿Vacaciones? Con mi ex nunca, era un rata.

Al final pensé: para ella, solo soy un buen espejo donde comparar, no una persona con nombre propio.

Ella no buscaba pareja. Buscaba anti-ex. A lo que soy de verdad, poca atención.

Cita nº3. El ex nunca nos abandona

Marta, cuarenta y nueve, diseñadora. Muy guapa, con estilo, joyas discretas, bolso original, perfume bueno. Ahí fue cuando pensé: ¡Por una vez una adulta normal!

Media hora hablando de curro, ciudades, libros. Casi me lo creo: esto sí que es conversación.

Y de repente:

¿Sabes? Mi ex también decía eso. Pero luego pura palabrería.

Empezó el monólogo. Episodios interminables del drama Cómo sobreviví a ese hombre. Que si no la valoraba, que si abusaba, que si prometía y nada, que si ella aguantó, peleó, tiró del carro familiar.

Cada cosa que yo contaba, ella la comparaba con él:

¿Cocinas? El mío adoraba cocinar. Nunca lo vi hacerlo.

¿Te gusta viajar? El mío también. Del sillón al mando y vuelta.

Intenté cambiar de tema preguntando por sus proyectos, sus mudanzas. Pero el ex seguía pegado a la mesa, invisible pero muy presente.

Así, imposible estar en pareja. Tercero en discordia constante.

Cita nº4. El amor es un lujo

Julia, cincuenta, contable. Tranquila, serena, voz monótona. Quedamos enfrente del metro, en una cafetería.

Solté algún chascarrillo: Ajá, respondió sin emoción. Relaté anécdotas: asentía, anotando como si esto fuera el cierre de trimestre.

¿Algún hobby? pregunto.

El trabajo.

¿Tiempo libre?

Casi nunca.

¿Algo que te alegre el día, por lo menos?

Ordener la casa.

Sin rastro de emoción. Allí dentro todo apagado, como si hubiera modo ahorro de batería.

Pregunto con mucho tiento:

Entonces, ¿para qué buscas pareja ahora?

Ni se lo pensó:

Quiero estabilidad. Alguien fiable a mi lado.

¿Y el amor?

Encoge los hombros, como quien espanta una mosca:

A nuestra edad, el amor es un lujo. Lo necesario es estar a gusto.

La miraba y era como si buscara un mueble funcional, tipo armario: que no se mueva, que no moleste, que no se caiga.

Yo no quiero ser un armario.

Cita nº5. Mujer-listada

Lucía, cincuenta y uno, jefa de departamento. Paso seguro, bolso caro, mirada imponente. Eligió un restaurante de los que sangran el bolsillo.

Nada más sentarnos, toma las riendas:

No estoy para juegos. Quiero algo serio. ¿Tú estás preparado de verdad o has salido solo a pasar el rato?

Y yo, que me sentí como en EGB, contesté:

Preparado, sí.

Lucía asiente y lanza la lista:

el hombre debe ganar al menos lo mismo que ella;
debe ir con ella de vacaciones mínimo dos veces al año;
respetar su carrera y jamás pedir que pase más tiempo en casa;
aceptar conocer a sus hijos adultos en tres meses;
y asumir su círculo, costumbres y ritmo de vida.
La palabra debe sonó más veces que mi nombre.

Estaba claro: no buscan compañero ni diálogo. Esto es contrato con letra pequeña.

Cita nº6. Me hace falta un papá, no un hombre

Cristina, cuarenta y seis, gestora. Viste juvenil, uñas de colorines, risa escandalosa. Viva, ligera, un respiro tras tanta cita de sillas rígidas.

Pero a los veinte minutos quedaba claro: el respiro era porque le hacía falta un salvador.

¿Sabes arreglar cosas? Siempre se me rompe algo y yo soy un cero.

¿Tienes coche? Que a veces necesito que me lleven.

¿Entiendes de papeleo? Odio Hacienda, ¿me ayudas?

Cada frase olía a: Hazlo tú. Llévalo tú. Soluciónamelo tú.

No sabes lo que echo de menos tener a un hombre que se encargue de cosas, que me cuide, que tire del carro: yo quiero ser débil.

Intento decirle:

Pero eres adulta, trabajas, tienes tu vida, puedes con mucho sola.

Y se ofende:

Eso es lo típico masculino: no queréis cuidar de nosotras.

Para ella, cuidar era hacerse cargo de TODO. Y yo, a estas alturas, no quiero ser papá de otra adulta.

Cita nº7. La víctima profesional

Sonia, cuarenta y seis, contable. Discreta, callada, hasta tímida. Me alegré: Por fin, alguien sin checklist de requisitos.

Veinte minutos y apenas monosílabos. Luego, ¡boom!, se soltó la historia.

Que si el ex se fue con una joven, que si crió sola a los hijos, que si ahorró hasta la última moneda, que si nadie la ayudó, que si lloró tantas noches.

Relato tras relato, una montaña rusa de penas y decepciones.

¡Todo por la familia! ¡Y ahora, sola!

¡Maté mi carrera por él! Ni las gracias.

¡Mis hijos lo fueron todo y ahora ni llamadas recibo!

Quise animarla, decirle algo tierno. Pero lo que necesitaba era un público para su sufrimiento, le daba igual a quién lanzar la maleta de traumas.

Terminé la noche extenuado, como si trajera kilos de piedras ajenas en la mochila.

Cita nº8. La mujer-controladora

Mercedes, cincuenta y dos, médica. Puntualísima, exacta, todo perfecto. Quedamos en un café; ella ya había elegido la mesa más apartada.

Pido capuchino. Mercedes me suelta:

Mejor un americano. A nuestra edad, la leche sienta regular.

Le cuento que en el trabajo colapsó la red.

Espera interrumpe, dijiste que eso fue el miércoles, pero antes hablaste de una reunión el martes. No cuadra.

Comento que a veces me acuesto más tarde de la una.

Eso no está bien. Hay que dormir antes de las once, o el sistema nervioso se va al garete.

Comentaba y corregía cada palabra. Todo estaba bajo una especie de manual de salud invisible.

Veía el futuro clarísimo: alguien que te controlará el café, el sueño, las amistades y el gasto.

No, gracias. Esa vida sana que la viva ella.

Cita nº9. Sé lo que te pasa

Pilar, cincuenta y tres, psicóloga. Tenía fe en ella, de verdad: por fin alguien que entiende de emociones y límites.

La fe duró quince minutos.

Digo:

Me gusta la tranquilidad, no demasiado las multitudes.

Y ella:

Introvertido evitativo.

Menciono mi divorcio hace tres años.

Tres años es mucho: miedo a la intimidad.

Pido entrecot.

Clásico: necesidad de compensar inseguridad interna.

Cada frase era un diagnóstico. Ni hombre ni cita: sentía que era un caso clínico muy complicado.

Al terminar me escribió:

Interesante, pero no te veo preparado para una relación consciente.

Y yo:

Igual tienes razón.

Ni discutir me apetecía. Estoy cansado de ser el paciente.

Cuando llegué a casa después de la novena cita, me hice un té y repasé los encuentros como quien rebobina una película antigua.

Y de repente, caí: ninguna de ellas estaba buscando una persona.

Algunas buscaban quien superara los test y encajara en su sistema. Otras, un anti-ex. Algunas querían terapeuta gratis, otras un papá, otras un mueble funcional. A alguna le hacía falta caso para analizar, y otras querían controlar hasta tu primer bostezo.

Todas traían su propio guion, su herida, su maleta pesadísima para que la llevara otro.

Pero ninguna parecía querer un hombre tal cual: con sus virtudes y fallos, miedos y sueños.

¿Por qué están solas y qué pinta aquí la edad?

Los amigos me dicen:

No vayas con las de tu edad, búscate más jóvenes. Más fácil, ya verás.

De verdad, no creo que el problema esté en el número del DNI.

Sí, después de los cuarenta y cinco casi todos llevamos divorcios, enfermedades, deudas, hijos, desencantos. Es la vida.

El problema no es el equipaje.

El problema es negarse a abrirlo uno mismo. Se busca alguien que venga, saque todo, lo cure, lo justifique, lo rellene, lo silencie.

En vez de querer conocernos, lo que a veces se quiere es que otra persona cure mis heridas.

¿Los hombres somos mejores?

Sería falso decir que solo las mujeres llegan a citas con traumas en la maleta.

Yo no soy una hoja en blanco. Tengo mi miedo a repetir errores, mis manías, mis rarezas. Yo tampoco soy oro puro.

Solo que los hombres a veces escondemos más la mochila. No la analizamos tanto, no la pasamos por listas de Excel, ni la soltamos en interrogatorio. Pero estar, está.

Y yo me pregunto si la casuística no es tanto ser dañados después de los cuarenta y cinco, sino nunca aprender a decirnos con honestidad:

Sí, no soy sencillo. Sí, tengo heridas. Sí, tengo cosas que ordenar, y eso me toca a mí.

Va la pregunta a los que han pasado más de una vez por el altar, o ni eso:

Este mes y sus nueve citas no me han dado la definitiva. Pero he visto historias femeninas muy distintas y alguna masculina mía también la he entendido mejor.

¿Os suenan este tipo de equipajes en relaciones a partir de los cuarenta?

Si eres hombre, ¿reconoces aquí a alguna ex o actual pareja? ¿Cómo lo gestionaste?

Si eres mujer, ¿te ves en alguna historia o reconoces a amigas? ¿Buscáis pareja de verdad, o salvador, padre, juez, público?

Y la pregunta: ¿es posible empezar una relación real después de los cuarenta y cinco, si aceptamos nuestras cicatrices y dejamos de ponérselas a otro?

Contadme vuestra perspectiva. Igual vuestras historias nos ayudan a entender en qué lío estamos todos.

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