La nuera descansa en el hospital, mientras mi marido y yo nos desvivimos con los nietos. ¡Hasta parece que se metió en el hospital antes de tiempo a propósito!
—¡Mamá, pero si ves la situación que hay! ¡Eres la única que puede ayudarnos! —me dice mi hijo—. Y qué voy a hacer, ¿decir que no? Ayudo como puedo, pero ya no me quedan fuerzas…
Así cuenta su historia Ana López, de sesenta años, de Toledo. Hace diez días, su nuera, Lucía, de nueve meses de embarazo, empezó con fiebre, tos y dolor de garganta. A los dos días, perdió el gusto y el olfato. Su hijo, Adrián, trabaja todo el día en una obra, así que no había quien cuidara de los niños. Y Lucía, sin pensárselo mucho, se fue al hospital “por si acaso”. Y los dos pequeños, de cuatro y dos años, acabaron con los abuelos.
—Entiendo que es por salud, que está de 41 semanas… ¿Pero tanto tiempo? La última vez parió en dos horas, casi no llegaron al hospital. ¡Y ahora lleva dos semanas ahí como en un spa! Viendo series, con el portátil que le trajo mi hijo, diciendo que “espera las contracciones”. Mientras, nosotros aquí con los niños, que ya no sabemos ni dónde escondernos…
Ana lo cuenta con resentimiento. No es de quejarse, pero el cansancio y la injusticia se acumulan día a día. Antes, Lucía dejaba siempre a los niños con su madre. Pero ahora, de repente, la abuela paterna es la “única salvación”.
—Vicente, mi marido, y yo no somos jóvenes. Todo el día con mil quehaceres, los niños son un torbellino: uno en pañales, el otro que llora si la cuchara no es la de su gusto. Comer es una batalla, bañarlos un drama y dormirlos, ¡un circo! No se olvidan de su madre, preguntan todo el rato cuándo vuelve. ¡Y yo ya ni sé qué contestarles!
Ana recuerda que la última vez Lucía también se fue al hospital “antes de tiempo”. Entonces solo había un niño y tuvieron que dejarlo con una vecina hasta que llegó la abuela. A la hora y media de avisar, ya había parido. Todo en un santiamén. Y ahora va por el tercero.
—Hace medio año, Adrián me soltó que iban a tener otro. ¿Qué, os habéis propuesto batir un récord?, le dije. Y él: “Mamá, tranquila, todo va según el plan”. Claro. Todo perfecto mientras no hay problema. Pero en cuanto pasa algo: “¡Mamá, solo tú puedes!”. ¿Y qué hago? No puedo negarme, pero ¡se me acaban las energías!
El mayor iba a la guardería, pero Lucía lo dejó “para que no se enfermara antes del parto”. Ana no puede llevarlo al otro lado de la ciudad, así que están todo el día en casa. Y en casa, caos y gritos. Incluso cuando callan, la abuela sigue oyendo sus alaridos en su cabeza.
—El pequeño no sabe usar la cuchara, todo acaba lleno de puré. El mayor no para de quejarse, se pelean, se enfadan… Los miro y pienso: ¿cómo va a manejar Lucía a tres? ¡Si yo con dos estoy al borde del colapso!
Por la noche, cuando Vicente vuelve del trabajo, se ocupa de los niños y Ana prepara la comida del día siguiente. Cocina, lava, limpia… y ya cerca de las nueve puede llamar a su hijo.
—¿Y bien? ¿Ya ha parido? —pregunta. Y Adrián responde: “No, todo igual, seguimos esperando”. Le hicieron una ecografía, es niña y está sana. Pero ¿eso qué? ¿Otra quincena en el hospital?
Ana no oculta su enfado. No es el embarazo lo que le molesta, sino cómo se ha organizado todo. Para ella, Lucía se ha tomado unas vacaciones: tirada en el hospital, en foros, viendo pelis… mientras los niños están en casa como si no fueran con ella.
—Le digo a mi hijo: que se dé de alta. Si pare en casa, llamamos a una ambulancia como hace todo el mundo. ¡Una conocida suya parió y al día siguiente ya estaba en casa! ¡La hija de una amiga mía también fue rápido! ¿Y aquí qué? ¡Un espectáculo!
—¿Y qué dice Adrián?
—¿Qué va a decir? “Mamá, aguanta un poco más, ya no puede salir”. ¡Que firme el alta y se venga para casa! Pero no, no escucha. Y yo ya estoy al límite…
¿Quién tiene razón aquí? ¿La nuera, que decidió cuidar su salud yendo al hospital antes? ¿O la suegra, que está al borde del agotamiento criando a sus nietos?
Difícil saberlo. Pero algo está claro: la paciencia de la abuela ya no da para más.







