Lidita: Una historia entrañable en el corazón de España

LIDIA
Sergio Vázquez observa con desánimo los pantalones y la camisa, antes de arrojarlos con fastidio de nuevo sobre la butaca.
¿Cómo se puede ir así por la vida? Los pantalones presentan pliegues irreconocibles, se nota el lustre en la parte trasera, además de que últimamente ha perdido al menos cinco kilos y le cuelgan como un saco. Y mejor ni hablar de la camisa: de celeste, ha pasado a un color indefinido y apagado, los puños están deshilachados y el cuello ha perdido la rigidez: ¡una vergüenza! Lidia no le habría dejado entrar ni a la pequeña tienda del pueblo con esa camisa, y él la lleva a la universidad a dar clases como catedrático. Nunca se fijó especialmente en su ropa, pero siempre vestía elegante, hasta presumido dirían algunos. ¡Nada que ver con ahora!
Antes ni siquiera se daba cuenta de cómo rotaban las camisas, cómo aparecían trajes y chaquetas nuevas, corbatas y boinas, zapatos modernos Bastaba con meter la mano en el armario o comentarle a Lidia que al día siguiente tenía que estar presentable
Ay, Lidia, Lidia, ¿qué te ha pasado por la cabeza? ¡Vaya jugarreta que me has hecho! No esperaba esa traición de ti. Era casi diez años más joven, nunca había estado realmente mala, y esta vez tampoco parecía preocupante. Tres días con fiebre y esa tos tonta que le dio. Ni habría ido al médico de no ser porque había que sacarse el certificado de sanidad antes del curso nuevo en el instituto. Así que fue con las otras profesoras al ambulatorio.
Era prácticamente un trámite, y la consulta tampoco tenía mayor misterio; pero de allí mismo enviaron a Lidia al hospital y todo se disparó como en una pesadilla. Y para Navidad, se acabó. Sergio Vázquez lo entiende todo con la cabeza, pero odia aquel ambulatorio del barrio, como si fuera culpable de la muerte de Lidia, pese a que allí fue donde saltó la alarma. Pero a él, como a un niño pequeño, le parece que, como todo empezó en ese lugar, ellos son los responsables.
Conoció a Lidia cuando él empezaba el segundo año del doctorado y le tocó dar seminarios de cálculo integral; Lidia, entonces estudiante de primero, era una de sus alumnas. A él siempre le habían atraído las chicas vistosas y sociables, pero Lidia era todo lo contrario: puro candor, con las mejillas encendidas por el frío, pecas en febrero y unos deditos rechonchos con uñas mordidas y manchas de tinta. Y precisamente esos dedos le desarmaron.
Pensó que era enternecedor, tanto que no se dio cuenta de cómo se fue encariñando, llevándola a casa, visitando a su familia, ayudando a la abuela de Lidia a hacer empanadillas, y después, ¿qué otra cosa cabía sino casarse? Por más que durante los cuarenta años siguientes Lidia duplicó su tamaño, se cortó las trenzas, fumaba dos paquetes diarios y llegó a ser la jefa de estudios del instituto de matemáticas, Sergio veía en sus manos los mismos dedos infantiles y mordidos de siempre; se le encogía el corazón y nunca necesitó a nadie más.
Eso no quita que su vida no fuera un cuento de hadas. En cuarenta años, de todo hubo. Sergio tenía sus pecados: una decena de flirteos y un par de escapadas serias. Y Lidia, a su vez, le hizo pasar lo suyo, tres años viéndose a escondidas con el director de la fábrica patrocinadora del instituto. Pero tenían dos hijas, anclas que mantuvieron su barco pese a las tempestades.
Tampoco fue justo: al principio no tenían ni para pipas y se apañaban donde podían; luego las niñas eran pequeñas y la vida era un ir y venir entre el conservatorio, la escuela de arte, la de primaria, patinaje artístico y las enfermedades infantiles. Ahora, con un piso enorme, las hijas viviendo cada una su vida y casi sólo viendo a los nietos en días señalados, podían haberse regalado una felicidad serena Pero Lidia tenía otros planes y ni una instrucción dejó sobre cómo continuar.
Sergio no se esperaba semejante emboscada y al principio ni captó lo que estaba ocurriendo. Incluso en el tanatorio parecía más que estuviera en un cumpleaños que en una despedida fúnebre, cosa que no pocos notaron para murmurar que su dolor no era suficiente para merecer compasión. Qué error. La conciencia del golpe le vino tarde, hacia la primavera, y desde entonces se vino abajo, adelgazó mucho, y no soportaba la casa vacía.
Nada de refugiarse en las hijas: una andaba perdida por el mundo con ecologistas, salvando delfines o siguiendo aves migratorias; la otra vivía volcada en su familia política y el padre no tenía hueco alguno en su esquema vital. Así que Sergio empezó a dejarse caer por casa de amigos.
Llamarle visitar es optimista: llegaba a horas intempestivas, comía con ansiedad, dormía en el sillón, tomaba té y galletas sin decir palabra, llenando todo de migas, y después se sentaba en silencio hasta que a todas luces era hora de irse. Volvía a casa sólo para regresar días más tarde.
En casa apenas comía, aunque tras cuarenta años, él siempre fue el cocinero; pero cocinar para uno mismo no le motivaba lo más mínimo. El deterioro era tal que sus amigos empezaron a alarmarse y urdieron que era urgente volver a casarle.
Y así, esta noche le toca ir al teatro con una tal Ana Constanza. De eso no va a salir nada. Ya iba al teatro con Lidia, únicamente por ella; le parecía, más que nada, falso, forzado, aburrido y, la mayoría de veces, mediocre. Pero a Lidia le brillaban los ojos ante el escenario, guardaba los programas, revivía las escenas una y otra vez ¿Cómo decirle que no?
Ahora sus amigos, convencidos de que han tomado el timón de su vida, le regalan entradas y él acepta, sin ganas, caminando junto a desconocidas por las aceras mojadas de la Gran Vía hacia esas funciones absurdas, pasando tres horas con la espalda molida en una butaca polvorienta, aturdido por perfumes ajenos, ofreciendo zumo y pasteles rancios en los entreactos y deseando, con toda el alma, volver a casa y hundir la cara en la almohada, que aún huele a Lidia, o eso le parece. Pero no quiere herir a sus amigos, así que va. Sabe que no puede estar solo, aunque tampoco tenga claro para qué seguir adelante.
Ana Constanza es, sorprendentemente, una mujer bastante joven y simpática. Sergio piensa que, diez años antes, habría caído rendido por ella: quince años más joven que él, menuda, pulida, inteligente y con mundo.
A su lado, él se siente doblemente ajado. Pero ella muestra gran interés en seguir viéndose y le propone varios planes para el fin de semana.
El teatro, al menos, fue breve y sin intermedio. Eso sí, habría que invitarla a algún bar después, ya que no pudieron cenar en el ambigú. Pero la suerte se puso de su parte:
Ana Constanza le dice que vive a dos pasos del teatro, justo al lado del metro, y que esa noche le ha salido un asado y un bizcocho estupendos y estaría encantada de compartir cena con él. El fingido carácter improvisado de la invitación es evidente, pero a Sergio le pierde el anhelo de hogar y acepta encantado.
Y Ana Constanza no decepciona: el piso, recogido y diminuto como de bombonera, huele a canela y vainilla, la anfitriona se pone cómoda en un chándal juvenil que la hace aún más delicada y mueve los fogones con destreza, lo agasaja con exquisiteces caseras, mantiene una charla fluida, y a Sergio le pasa fugazmente por la cabeza la idea de quedarse allí para siempre, en ese refugio hecho de dulzura. No tener que respirar cada noche el pasado y comenzar otra vida.
Vuelve a casa muy de madrugada, con planes para mañana: han quedado en ir juntos a una exposición en el Museo de Colecciones Privadas, luego irán de compras para renovar ese vestuario lamentable; y el sábado, comida en casa de Ana. Ella, en realidad, prefería ir de excursión al campo y enseñarle la finca familiar, pero la hija le ha pedido que recoja a su nieta del colegio y la tenga un rato, así que celebrarán la comida en casa, dejando la visita al campo para el domingo.
El sábado, Sergio se va a la peluquería y sale rejuvenecido; decide reforzar el efecto poniéndose la nueva camisa de cuadros modernilla y unos vaqueros de pana de esos que parecen sacados de un western, compra flores y una tableta de turrón para la nieta, y se encamina a casa de Ana Constanza.
Nada más entrar, le llega el aroma embriagador a pato asado y bizcochos y se sorprende a sí mismo tarareando una melodía tonta, sonriendo ante su reflejo en el ascensor antiguo.
Ana le recibe con genuina alegría y ternura, como si hubiese regresado de la guerra, y lo arrastra enseguida a la cocina para poner la mesa.
¿Dónde está la nieta? pregunta Sergio.
Ahora la llamo, estaba muy a su aire, ni quería salir de la habitación.
Sergio, práctico, pone las flores en agua, destapa el vino y el zumo para la niña, corta el pan y se sienta a la mesa.
Sergio Vázquez, te presento a mi nieta, ¡Lidia!
Ve ante sí unos ojos enormes y luminosos, mejillas rosadas y esas pocas pecas en la nariz respingona. Lidia le mira con recelo y, para calmarse, se muerde la uña del pulgar.
Ojalá no me muera justo aquí, piensa Sergio fugazmente y sale de la cocina apresuradoPor un segundo, Sergio siente que el aire se le escapa del pecho. El mundo parece haberse quedado en silencio. El nombre, el gesto, las pecas: un retrato insólito y vivido de un pasado que creía perdido, encarnado ahora en esa niña que duda antes de sentarse y, sin embargo, termina haciéndolo frente a él, aferrada al vaso de zumo.

¿Te gustan los bizcochos? le pregunta Ana Constanza a la pequeña.

Sí responde la niña, sin apartar los ojos de Sergio. Pero solo si tienen miel.

Sergio sonríe, como por reflejo, y entonces siente cómo las lágrimas que tanto se negó le pican en los párpados. Lidia. Otra vez ese nombre, esa presencia insospechada, esa noción de que nada termina, que todo lo querido puede transformarse y volver, de formas humildes, inesperadas.

Te aseguro que estos tienen mucha miel dice Sergio, y su voz suena más firme de lo esperado.

La niña vacila, lo observa durante un par de segundos más, y finalmente le dedica una sonrisa diminuta, de esas que parecen guardadas solo para ocasiones especiales. El encuentro ocurre en silencio, sobre las migas en el mantel y bajo el olor dulce y cálido del almuerzo; allí, de pronto, las ausencias no duelen tanto y el futuro deja de asustar. Afuera, el ruido de la calle sube hasta el balcón, y Sergio piensa que, tal vez, algún día compartirá con Lidia con esta nueva Lidia el secreto de las empanadillas de la abuela, la historia de unos dedos manchados de tinta, o el anhelo de reiniciar la vida, aunque solo sea durante la risa de una tarde.

Por primera vez en mucho tiempo, Sergio imagina un porvenir en el que poder quedarse, un lugar donde sentarse a la mesa y esperar que alguien pellizque, por pura timidez, la uña del pulgar.

Y así, entre aroma a pato y miel, Sergio entiende que acaba de regresar a casa.

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