El gato la miraba en silencio. Suspirando y llenándose de valor, Inés estiró la mano hacia él, confiando en que las mangas de su cazadora de cuero salvarían sus brazos de las garras del peludísimo polizón…
La jornada de trabajo había terminado, e Inés recorrió el pasillo trasero del autobús, inspeccionando con detalle bajo cada uno de los asientos.
Aquel autobús era para ella como su casa, y en casa de Inés siempre reinaba el orden. Quizá fuera porque no había nadie más que pudiera desordenar.
Inés, hija mía, ya va siendo hora de que te busques pareja le decían las empleadas de la empresa. Vas camino de los treinta y siempre sola, y además este trabajo no es cosa de mujeres, ¡ves tú si los hombres aguantan a los pasajeros que vienen ahora!
A mí me tocan los buenos, y me gusta mi trabajo replicaba ella. Y un compañero… no se le busca como si fuera un gato o un perro.
Las otras compartían una mirada: bien sabían que un hombre da muchos más quebraderos de cabeza que cualquier mascota.
Por lo menos cómprate un gato le aconsejaban. Así no estarás sola.
Inés soltaba un suspiro y respondía:
Pues de momento, ni el gato quiere venirse y volvía a su piso, encendía la radio y preparaba la cena, antes de leer un poco y acostarse…
Los días pasaban idénticos unos a otros. No era amiga de los fines de semana: se encontraba con demasiado tiempo libre. En aquellos días, decidía convertirse en pasajera y tomaba su propio autobús.
Le gustaba la sensación de ser llevada por otros, como si viajara a una vida mejor y más feliz…
Aquel día no era distinto de los demás. Tras concluir su turno, la joven recorrió el autobús para limpiarlo.
Cuando miró bajo el asiento del fondo, dio un brinco. ¡Dos ojos brillantes la observaban!
¿Y tú quién eres? ¡Misu-misu! ¿Cómo has llegado ahí? se agachó Inés. ¿Te has perdido?
El gato seguía mirándola sin emitir un solo maullido.
Respirando hondo, Inés extendió la mano, esperando que las mangas de su cazadora resistiesen las uñas del intruso.
El gato se dejó sacar de debajo del asiento, y ella pudo examinarlo mejor.
Era espléndido.
No sabía mucho de razas, pero la peculiar forma del morro y el pelaje largo delataban que era un persa. Llevaba un collar con una medalla.
Merlín leyó Inés, girando al gato entre sus manos. ¿Será posible? ¿El famoso mago?
El gato bostezó como pudiese, sin rechazar el título.
¿Y ahora qué hago contigo, su Majestad Mágica? decidió tratarlo con cortesía. ¿Dónde busco a tus dueños?
El gato volvió a bostezar, una mirada elocuente: ¿Tú qué crees? Por cierto… ¿algo para picar? Y dormir tampoco me vendría mal.
Solo le quedaba un plan, pensó Inés. Bueno, en verdad dos, pero ¿cómo iba a dejar a un animal así tirado en la calle?
Mira, haremos esto anunció, firme. Esta noche duermes conmigo, y mañana imprimo carteles con tu foto. Seguro que alguien te busca y te echa de menos.
El gato no protestó. Pero en cuanto Inés se dirigió a la puerta, empezó a escabullirse de sus brazos.
¿Qué pasa ahora? intentó comprender, mientras el gato volvía raudo bajo el asiento del fondo. Regresó, portando algo en la boca.
¿Qué llevas ahí? preguntó, inclinándose.
El gato dejó caer un billete de lotería en su palma.
¡Menuda pieza! se sorprendió ella. ¿Así que tu dueño perdió a la vez el gato y el décimo?
El animal la miró como diciendo: ¿Y si nos vamos a casa ya?.
Inés salió pensativa, dudando si debía o no poner el detalle de la lotería en los anuncios. ¿Y si alguien se hacía pasar por el dueño solo por el billete?
¡Habría que ser más astuta! Mientras tanto, mejor comprar algo rico para el invitado.
¿Qué te apetece? le preguntó en la tienda, ante la estantería de comida de gatos.
Merlín olfateó varios sobres y, finalmente, se inclinó hacia uno de ellos.
¿Este? preguntó Inés.
El gato lo atrapó con la boca, despejando dudas.
¡No se puede ser más listo! lo halagó.
El gato lanzó un maullido grave, como diciendo: Ya lo sé. Tras comprar también algo para ella, se marcharon a casa…
¡Pasa, ponte cómodo! dijo dejando al gato en el suelo.
Merlín inspeccionó el piso. Inés, en la cocina, improvisó dos platitos para la comida y el agua.
Al terminar, le hizo una foto, y la usó para los carteles, en los que no mencionó ni el nombre ni el billete.
Imprimiéndolos, se los enseñó al gato.
¡Mira qué chulo has salido! le sonrió. Mañana los colgaré en el autobús. Seguro que el dueño aparece. ¡Ay!
De pronto recordó: mañana trabajaba, ¿y qué hacía con el gato?
¿Llevarlo al trabajo? Imposible: se distraería, y no quería poner en peligro a los pasajeros. ¿Dejarlo solo? Demasiado estresante para un gato extraviado.
Entonces recordó a Gabriel, su vecino de puerta. Freelance, trabajando desde casa, sin horarios ni jefe; un portátil y poco más. Se encontraban a veces en el portal, cuando él iba a comprar víveres. Alto, torpe, con gafas.
Nunca hablaban más allá de un saludo, pero seguro que él podría cuidar al gato.
Arropando su valor, Inés tocó a la puerta. Gabriel apareció, con bata y zapatillas, pelo revuelto. Escuchó su explicación y, sin decir nada, asintió y cogió la copia de la llave.
Por un instante, a Inés le apenó el desinterés del vecino. Suspirando, fue a buscar a Merlín.
El gato se había apostado junto a la puerta del balcón, pidiendo salir.
Inés dudó, pero supuso que un gato tan avispado no saltaría desde un octavo piso. Abrió la puerta y salieron juntos al balcón.
Merlín se subió fácilmente a la barandilla; Inés dio un grito y corrió a sujetarlo.
El gato la miró altivo y algo sorprendido, erguido hacia el cielo. Ella también levantó la vista y vio las estrellas.
El firmamento era un tapiz de ojos brillantes. Vio caer una estrella fugaz, como una lágrima.
El gato le restregó el lomo contra la mano, como pidiéndole: ¡Pide un deseo!. Y ella lo pidió
Durmió profundamente aquella noche, acunada por el ronroneo de Merlín.
A la mañana, dio instrucciones a Gabriel, medio dormido, y partió a trabajar.
Recorrió toda la ciudad con el cartel en el autobús, pero nadie preguntó ni por el gato ni por la suerte.
A veces, le daba vergüenza admitirlo, pero se alegraba. Volvía a casa como si volase, porque alguien la esperaba…
El piso olía a café recién hecho. Inés siempre tomaba soluble, así que aquel aroma la desarmó.
He tomado el mando aquí un rato confesó Gabriel. No te ofendas, pero tu café es pésimo. He traído el mío. ¿Quieres?
¡Claro! sonrió ella. ¿Dónde está Merlín?
El gato apareció entonces, con aspecto orgulloso. Tras pensarlo, se restregó amorosamente por la pierna de Inés, en agradecimiento.
Tu Merlín está perfectamente dijo Gabriel, agachándose para acariciarlo. ¿Sabes? Hacía mucho que no descansaba así. Iba a ponerme con el ordenador, pero he comenzado a escribir historias… hasta una fábula del gato he inventado.
¿Me la enseñas? se interesó Inés.
Bah, tonterías… parecía reacio, pero se notaba que quería compartirlo.
¡Me encantan los cuentos! Sobre todo la fantasía… ¡es casi lo mismo! replicó ella.
Y Gabriel, sonriente, terminó por rendirse.
Después, compartieron el café y leyeron el cuento, con Merlín observándolos desde el sofá, como si fueran dos cachorros traviesos.
El relato encantó a Inés. Cuando Gabriel se marchó, sintió una ligera tristeza. Al menos, le quedaba el gato.
En ese momento llamaron al timbre. Merlín se irguió y caminó solemnemente a la puerta. Inés preguntó:
¿Quién es?
Por el anuncio respondieron al otro lado.
Por un instante pensó no abrir, pero no sería justo. Así que abrió. Delante tenía a un anciano alto, vestido de negro, con una sonrisa enigmática.
No se preocupe, señorita. Vengo por el gato, y para que no dude, le digo: se llama Merlín. Y aquí está.
El gato se lanzó a sus brazos de un salto, sin dejar lugar a dudas.
Pase, por favor logró decir Inés.
Tenía ganas de llorar. ¡Cómo podía encariñarse tanto con un gato en un solo día! El anciano entró, olió el aire, sonrió. Le pareció que el hombre y el animal se entendían con la mirada.
¿Me invita a un café? pidió él.
Ella preparó café con el grano que Gabriel había dejado. Todo el rato, Merlín y el anciano cruzaban miradas mudas.
Por cierto dijo el anciano, ¿encontró usted algo más?
A Inés le ardieron las mejillas. Le tendió el billete de lotería; pero él lo rechazó.
Es suyo dijo, sonriendo.
Pero… ¡es suyo! protestó la joven.
Lo ha encontrado usted, y Merlín está de acuerdo insistió su visitante.
¿Y si toca algo? balbuceó.
¿Va a renunciar también a la posibilidad de ser un poco más feliz? replicó el anciano.
Ella bajó la mirada. ¡Eso precisamente había pedido a la estrella fugaz!
Deje entrar la felicidad en su vida, señorita sonrió el hombre. Y no se ponga triste. Seguro que nos vemos de nuevo. Cuando usted regrese…
¿Regrese de dónde?, quiso preguntar Inés, pero el anciano ya se marchaba, cerrando la puerta sigilosamente.
La cerradura giró sola; Inés se dejó caer en la cama y se durmió. Soñó con la historia de Gabriel: la del mago poderoso que, por solo pensar en sí mismo, nadie fue feliz gracias a sus hechizos y fue condenado a ser gato, hasta que la magia se disipara…
A la mañana siguiente volvió al trabajo, y todo parecía más alegre. El sol brillaba más, los pasajeros parecían simpáticos, el autobús avanzaba ligero.
Y sí, comprobó el décimo: resultó premiado con un viaje al mar. Lo más chocante fue ver que su jefe la animaba:
Descansa bien, Inés. Ya era hora. A los chicos les va bien cubrir tus turnos.
Y así llegó el mar, las estrellas y una sensación de renacer completo.
Volvió a casa dichosa, trayendo conchas y el rumor del agua, que desde entonces sentía dentro de sí.
Al abrir la puerta, Gabriel apareció en el rellano, alto, algo torpe, el pelo alborotado.
Ayer estuvieron aquí le dijo. Me pidieron que te entregase… se detuvo, mirándola . Has cambiado mucho. Estás radiante.
Gracias sonrió ella. ¿Qué te dijeron que me entregaras?
Gabriel se dio palmaditas en la cabeza y volvió un instante después, con un gato gris, peludo, de mirada muy similar a la de Merlín.
Bueno…, todos los persas suelen tener ese aire altivo.
Este es el hijo de tu gato… es decir, de aquel gato que encontraste en el autobús. Se llama Arturo.
El anciano dijo que solamente tú podías criarle bueno, en realidad, no se interrumpió. Dijo que solo nosotros podríamos cuidar de él.
¿Cómo? el corazón de Inés latía con fuerza.
Dijo que confiaba en nosotros para su educación reconoció Gabriel.
¡Miau! confirmó el pequeño Arturo, buscando el regazo de su dueña.
Inés extendió la mano y se encontró con otra la de Gabriel. Y el mundo, de pronto, se llenó de bondad, calidez y esa felicidad sencilla que, a veces, uno encuentra cuando menos lo busca.
A veces la verdadera magia está en cuidar de otros, y en dejarse cuidar.







