La Gran Salida de Margarita
¡María, eso no es cocido! Es una mezcla sin sentido, hija. Mira, eres una abogada estupenda, así que dedícate a lo tuyo, mujer, y deja la cocina a quien no le sobran tantas luces.
¡Marga, que no soy una artista de la cocina! María ya tenía los ojos a punto de echarse a llorar del enfado.
¿Por qué narices no le salían ni los platos más simples? Jamás se le pasó por la cabeza ponerse con cosas serias. En su familia, siempre se había repartido el papel de cada una desde hacía siglos.
Vero era la jefa de la casa, María la lista, y Lola la aventurera, la que conseguía que cualquier invento funcionase aunque cayera del revés. Así que, en las reuniones familiares, solía cocinar Vero, mientras María y Lola se encargaban del retaguardia: fregar, comprar comida, organizar los juegos de los peques. Eso último siempre caía en manos de Lola. Solo ella era capaz de mantener la tropa de los Sáinz a raya, para que después de la sesión no hubiera que remodelar la casa de Vero ni construir otra extensión. En la familia Sáinz, a los niños se les consentía a lo loco, pero la disciplina que intentaban meter no se les daba nada bien.
Los siete nietos de Margarita, a la que se le iba la cabeza con los críos, eran todos igual de trastos que su tía pequeña, Lola. Aunque ya era madre de dos de los que ahora correteaban por la parcela jugando a ser indios o cualquier tribu africana desconocida, aquello no parecía haberle hecho mucha mella. Lola estaba sentada en las escaleras, seleccionando ciruelas para el próximo compota de su madre, mientras pensaba unirse a la fiesta que se traían fuera. No lo hacía solo por esos ojitos de reproche de Vero, que estaba liada picando tomates para la enésima ensalada y soltando puyas sin disimulo:
¡Si es que no eres ni mujer ni nada! Lola, ¿cuándo vas a centrarte? María es una señora, yo otro tanto, pero tú Toda la vida brincando como un canguro con la moto y contando que esto es la felicidad. Pero nena, los niños crecen ¿cómo te van a mirar como madre? Ahora todo bien, pero en un par de años, ¿no te dará apuro?
Vero, no dramatices María, a la que se le quemaban hasta los macarrones, suspiró y cerró con ímpetu la tapa de la olla. Hay cosas de las que estar orgullosa. ¿Quién más que ella desmonta y arregla una moto? Tú, ¿puedes? Yo sí que no. Hasta el cocido me sale desastre, así que ni lo intentéis conmigo.
Eso sí asintió Vero. No cocinas, pero en el juzgado te comes el mundo.
¡Eso! Cada una lo suyo, ¿verdad?
Bien dicho apareció en ese momento Margarita en la terraza, y a la que la vieron todas, se quedaron con la boca abierta. Los niños, que ya se intuían el jaleo entre madres, pararon en seco y se giraron a observar a su abuela con esos ojos tan abiertos.
¡Mira tú! los gemelos de Lola chasquearon la lengua a la vez, uniéndose en un clic clac sonoro que hizo a Margarita dar un saltillo.
¡Efecto logrado! proclamó sonriendo.
Se giró despacio, luciendo vestido nuevo y tacones de aguja de los de días especiales. Hoy tocaba uno así.
A ver, chicas, ¿qué os parece? ¿Puedo yo presentarme con esto, con mis años, a una cita con alguien que no ve a esta Margarita desde hace cuarenta años?
¡Estás impresionante! María exclamó. ¡Le vas a dejar sin aliento!
¡Eso no hace falta! bromeó Margarita paseando como modelo, y se dejó caer en esa postura suya, bien orgullosa. Lo que quiero es saber qué pinta ahora ese hombre en mi vida. ¿A qué ha vuelto?
Abuela, igual busca una nueva novia la mayor de Vero, Alba, quinceañera, se sentó junto a Lola, zampándose media ciruela al vuelo. ¿Y qué?
La risa fue tal que los gatos, muy tranquilos al sol, se pegaron un bote; el pobre Yorkshire de Vero salió corriendo despavorido debajo del sofá y no asomó ni con invitación.
¡Alba, me matas! Vero secándose las lágrimas, se metió en casa a por el mocho, y María se puso a dar mimos al animalito.
Marga, ¿pero qué pasó en serio? le preguntó María, mientras el resto de canalla desaparecía de la escena, sabiendo que ahora hablaban los mayores.
¡Ay, Marianita! Un romance. Así, como suena Margarita dijo la palabra y hasta Alba, que ya se quería ir con los demás, se quedó pegada.
Alba, para eso aún te queda, ¿eh?
¿Sí? ¿Y cuándo me llegará? ¿Tú cuántos tenías, Marga?
Dieciséis. Era una cría y una ingenua. Pero tu madre era otra historia, tan formal, tan sensata Y tú igual, tan lista y mona. Pero al menos debes saber que elegir mal cuando eres tan joven trae cola, ¿me oyes, Vero?
¡Ya puedes empezar! soltó Lola ya recompuesta del ataque de risa. Mejor que aprenda escuchando, ¿no?
Y Alba, felina, se acopló esperando el relato de la abuela. Ojos verdes igualitos a los de Margarita, lo curioso es que no eran ni familia de sangre, vamos, ni Vero ni Lola ni María lo eran de Margarita, que se había plantado en sus vidas cuando la madre se les marchó demasiado pronto. El padre, roto, no veía la manera de seguir adelante, así que Vero, con ocho años, se hizo cargo de sus hermanas, con toda esa responsabilidad encima.
La abuela biológica, que vino a ayudar, no aguantó ni unos meses y le dijo al yerno:
No puedo, hijo. Tú verás cómo lo organizas, pero yo esto no puedo asumirlo. Si quieres, me llevo a Vero, pero las pequeñas búscate la vida.
Aquel día a Vero se le vino el mundo abajo. Hasta Lola, de dos años entonces, dejó de liarla por un momento y rompió a llorar sólo con notar el miedo de su hermana.
No llores, nos escondemos, nadie nos encuentra. ¡Seguro! le decía.
Por suerte, la abuela se fue sin más. Y poco después apareció Margarita en sus vidas.
Una noche mala en la que Lola tenía fiebre y nadie más en casa podía ayudar, Vero se vio obligada a pedir ayuda al padre. Él, tras un rato, salió de su encierro y llamó al médico, casi por inercia y la doctora que vino a emergencias fue Margarita.
Margarita venía de estar de guardia, maldiciendo el atasco del barrio y pensando que ni sus gatos ni la cena podían esperar tanto. Cuando llegó, se bajó de su Seat, preguntó a una vecina cotilla por los Sáinz y en cinco minutos ya sabía el historial de toda la familia. Entró en el piso, revisó a Lola, pidió ambulancia y, de paso, le cantó las cuarenta al padre delante de dios y media casa.
¡Cuidado! ¿Te parecen bien tus hijas ahí abandonadas? Si tu mujer falta, tú no tienes derecho también a desaparecer. ¡Responsabilidad, hombre!
Fue tan convincente y de voz tan rotunda que al final el padre volvió en sí y Vero sintió, por primera vez en meses, que aquel hombre no iba a irse, que podía volver a ser niña por un tiempo, ahora que había una adulta real al mando.
Margarita se ganó a Vero de inmediato, pero con las otras dos tardó algo más. María no quería saber nada de una madrastra; estando tan unida a su madre, se encerraba en sí misma y repetía una y otra vez que sólo quería a su mamá. Era Lola quien se unió primero a Margarita, sin reservas. Un día, entre lagrimones de las tres, Margarita las abrazó con fuerza, prometiéndoles que amiga lo sería siempre, y que nadie les haría daño bajo su cuidado.
Con el tiempo, la promesa se cumplió. Margarita, que nunca pudo tener hijos propios, acabó siendo madre de tres (o seis, o más, con los nietos), aunque nunca llevó ese título oficialmente.
Cuando murió el padre al poco de casarse con Margarita, fue ella la que acudió sin abrigo a recoger a las niñas al colegio y les aseguró entre lágrimas y temple que jamás les iba a faltar nada mientras ella respirara. Nadie le puso pegas para la adopción, todo el papeleo preparado con tiempo.
Tuvo que dejar el centro de salud y buscarse la vida en consultas privadas de Madrid para que diera para todo. Pero salieron adelante, y gracias a ella, cada una podía perseguir su propia locura.
Como cuando María quiso ser actriz y Margarita consiguió un casting con un amigo suyo, director de teatro en Lavapiés. Tras dos años de clases, María cambió de idea, y Margarita suspiró de alivio.
O cuando Lola, empeñada en ser motoquera, recibió kit de seguridad reglamentario, su primera moto de verdad y, de paso, clases con un especialista de cine que le debía un favor a Margarita por salvarle al nieto enfermo. Vendió la casita del pueblo para pagarle un taller a Lola y siempre replicaba a quien la llamaba loca:
Mírala, es feliz, ¿no? ¿Y no se trata de eso?
Vero, mientras tanto, era la hija perfecta, siempre sensata. Margarita le abrazaba y le decía bajito al oído: Respira, pequeña, yo te cubro. Era su forma de recordarle que podía soltar, que no estaba sola.
Los años fueron pasando y todo parecía bajo control, hasta que hace tres días recibió una llamada de esas que te sacuden de golpe. Una voz olvidada, a trompicones, pronunció su nombre. Margarita dejó caer su taza de té, apartó a Alba al vuelo y se desplomó en el sillón, mirando el techo absorta.
Alba, llama a tu madre, que necesito apoyo moral y psicológico. ¡Ya!
Medio en pánico, Vero llegó volando, seguida poco después por Lola.
¿Qué pasa, Marga?
¡Que creo que me he vuelto loca! dijo con humor, mientras entraban todas.
Vamos, no será para tanto dijo Vero.
¿Que no? bromeó Lola, dejando el casco en la cesta del gato, que resopló indignado. Anda, ¡mira qué arte le han pintado! Es un dragón, ¿a que mola?
Tremendo asintió Margarita. Chicas, ¿puedo ir a una cita?
¿A dónde?
Y entonces Alba se echó a reír, se fue a hacer un té y dejó la escena preparada para una tarde de cotilleo.
Toda la semana estuvieron dándole vueltas al asunto. El sábado nos juntamos en casa de Vero, y ahí Margarita echó el telón y se puso a contar.
¿Qué queréis que os diga? Fue mi primer amor. Estaba tan colada guapo, alto, y con aquella voz ¡Ay, la voz!
¿Le querías de verdad? preguntó Alba.
Una locura suspiró Margarita. Pero me dolió mucho.
¿Por qué?
Porque la cosa no solo no cuajó, sino que además me removió la vida entera. Perdí el norte, ¡fíjate tú!
¿Lo dejas aquí? ¡Cuenta, por favor!
¡Eso ni se cuenta! Se canta, niña dramatizó Margarita, agitándose la libreta de Alba a modo de abanico. Vale, menos rollo, ya lo suelto. Era mi primer gran amor y, como suele pasar, ahí se quedó. Él tenía diecisiete, yo dieciséis, y la otra que se lo llevó tenía dieciocho.
¿Te quitó a tu chico? saltó Alba.
Era casi una vecina, tu madre y ella amigas. Y aquí va tu primera lección: nunca cuentes a una amiga lo bueno que es tu chico, cariño. La envidia es traicionera, como el moho; ni la ves y cuando te das cuenta, ya lo tienes todo contaminado. Me enteré de que salían cuando yo ya no podía con lo que sentía. Me callé todo y sufrí en silencio. Quizá si le hubiera dicho algo Pero él se iba a hacer marino por el mundo, y yo a estudiar medicina. Cada cual su historia.
¿Y ya? ¿Le escribiste? preguntó Alba intrigada.
Le escribí. Primero le confesé lo que sentía. Pero luego, en la segunda carta, le dije que no podía.
¡Pero por qué!
Porque no tenía nada que ofrecerle más allá del cariño, y a veces eso no basta para un hombre. Quieren hijos, quieren sus raíces, y yo no podía dárselos. Es importante pensar en el otro, no solo en uno. Ese es tu segundo consejo: busca siempre a alguien para quien tú seas más importante que él para sí mismo. Ese es el bueno.
Alba seguía dándole vueltas a la ciruela, y al final se lanzó a darle un beso a Margarita cuando la vio llorar.
No llores, abuela, que ese hombre no sabía lo que se perdía. Quítate las penas, que esta noche tienes que brillar.
Eso, a estar radiante, que hoy toca salir por la puerta grande dijo Margarita, camino de arreglarse.
Lola fue a la cocina, Vero recogió, María se tumbó a leer en el jardín y enseguida se quedó sopa, con la casa más tranquila de lo habitual
Y más tarde, apareció un coche en la puerta. De él bajó un señor mayor, bajito y elegante con su boina, que nervioso llamó a la valla. Vero le abrió, un poco intrigada.
Buenas tardes, ¿puedo ver a Margarita?
¿No habían quedado en el centro?
Sí, pero me pudo el ansia, tenía ganas de no perder ni un minuto.
Pase, ya la aviso.
En ese momento, Margarita apareció convertida en obra de arte: ojos como la mismísima Carmen de España (los gemelos se pasaron con los rotuladores), y una torre en la cabeza con horquillas y flores, emulando algún desfile de la Pasarela Cibeles.
¡Madre mía! Vero se partía de risa. ¡Espectacular!
El invitado, de quedarse mudo, se quitó la boina dejando reluciente la cabeza bajo el sol; fue tal la escena que el porche entero rompió a reír y, cómo no, la referencia a la melena perdida apareció.
El pelo, abuela, ¡el pelo!
El hombre, lejos de ofenderse, se unió al cachondeo.
Sí, en otro tiempo fui de melena y peligroso, ahora soy pragmático rió.
Cuando Margarita, después de limpiar los restos del arte de los nietos, salió restablecida, la familia entera se sentó en la terraza, estrenando una nueva etapa en la vida de todos.
Y así, una página más se pasó. Saben, las Sáinz, que buena gente nunca sobra. Si un hombre es capaz de sumarse sin asustarse a este torbellino, y encima reírse con todo el clan, merece un sitio cerca de esa mujer que se volvió el centro de la familia.
Y, justo antes de que Margarita salga finalmente a su cita, Vero le pone la taza de café en la mano, se le arrima y le susurra, cómplice:
Nada de miedo, Marga, que estamos contigo. ¡A por todas!




