Me casé hace seis meses y, desde entonces, hay algo que no me deja dormir tranquilo.
La boda la celebramos en un jardín, como buenos madrileños buscando un toque campestre. Había música alta, lucecitas para darle ambiente y gente bailando como si ya nadie les viera. En un momento, salí un poco del jaleo, porque entre tanto cante y palmas me estaba quedando sin oxígeno. Desde lejos, distinguí a mi mejor amigo y a mi mujer apartados, cerca de los baños (sí, siempre el rincón más elegante de cualquier fiesta).
No estaban charlando como dos personas civilizadas. Discutían. Los gestos de ella eran tensos, las manos le volaban como si dirigiera una orquesta nerviosa. La mandíbula de él estaba apretada, como si estuviera mascando chicle invisible. Entre el ruido del último hit de verano y los vítores, era imposible oír nada, pero la bronca era evidente.
Me acerqué despacito, en plan detective pero con menos glamour. Cuando ya estaba lo bastante cerca, oí claramente cómo mi amigo le decía a mi mujer:
De este tema no se habla más.
El tono, ni frío ni caliente: glacial. Como quien corta el gazpacho con jamón en Navidad.
En ese momento, se dieron cuenta de que estaba allí. Les pregunté qué pasaba, de qué tema hablaban. Se quedaron los dos tiesos como figuras de belén. Mi mujer, que se llama Inés (nombre muy de aquí), reaccionó antes que él: dijo que no era nada, que estaban diciendo tonterías. Mi amigo, Javier, añadió que habían discutido por una chorrada de juego, un pique, una apuesta de esas que salen después de tres gin tonics. Que él había propuesto algo, ella no quería, y listo. Más confuso imposible, como receta de cocido sin garbanzos.
Cambiar de tema fue más rápido que encontrar mesa libre en una terraza en agosto, y volvieron a la pista de baile como si nada hubiera pasado.
El resto de la noche intenté seguir el rollo festivo. Bailamos, brindamos con cava, saludamos a todos los primos hasta el tercer grado. Pero cada vez que les veía cerca, apenas hablaban, y ni locos se miraban. Ni una palabra más entre ellos delante de mí.
Aquella noche me guardé mis dudas. El misterio se quedó conmigo.
Después del bodorrio, la vida siguió. Empecé a convivir con Inés. Seguimos viéndonos con Javier y su pareja quedadas, cumpleaños, cafés larguísimos, todo muy normal, muy de aquí. Jamás se mencionó ni por asomo aquella movida en el rincón de los lavabos. Ni mensajes raros, ni llamadas a deshoras, ni señales de salseo.
Solo aquel momento.
Pero ese instante no se borró. La frase exacta. El tono cortante. La urgencia sospechosa para terminar la conversación. Y la forma en la que se comportaron al verme aparecer.
No tengo pruebas. Ni mensajes, ni escenitas, ni confesiones. Sólo aquella discusión justo el día de mi boda y la sensación de haber interrumpido algo que no debía oír.
Han pasado seis meses. Sigo con la duda comiéndome la cabeza. Nunca he acusado a nadie.
Y ahora me pregunto:
¿Qué se supone que hace uno con una sospecha así, cuando no tiene nada en claro, sólo la impresión de que, ese día, pasó algo de verdad raro?





