¡Eh, bigotes! ¿De quién eres tú? me detuve frente a la puerta, observando al enorme gato anaranjado sentado junto al felpudo.
Por supuesto, el gato no respondió. Ni siquiera se inmutó por mi presencia. Siguió inmóvil, y solo su oreja desgarrada pareció indicar: Te oigo, ¿eh? Pero contestarte, ya tal.
¡Vale, tampoco hace falta! resoplé, algo molesto por la indiferencia felina, y empecé a buscar las llaves en la mochila.
El gato, como si entendiera, se movió un poco para dejarme espacio sobre la alfombra, pero ni se fue ni dejó de observarme de cerca.
Por fin encontré las llaves y me puse a trastear con la puerta, lanzando miradas al invitado inesperado.
Ese piso mi esposa y yo lo habíamos comprado hacía solo un par de meses. Pequeñito, con dos habitaciones, era nuestro sueño cumplido. Habrá quien diga que no hay que conformarse con un apartamento en un viejo bloque de Madrid y aspirar a más; puede que tengan razón. Pero después de tantos años viviendo hacinados en la habitación de mi abuelo, poder independizarnos ya era motivo suficiente de alegría para Carmen y para mí.
Carmen, procura no discutir con los vecinos me advirtió mi suegra, Julia, mientras nos ayudaba a limpiar antes de la boda. Son buena gente, aunque beban más de la cuenta.
¡¿Y qué tendrán de buenos entonces?! replicó Carmen, escurriendo la bayeta y apartándose el pelo de la cara.
Su melena, siempre indomable, era la debilidad de mi esposa y su perdición a la hora de limpiar. Por mucho que lo intentara, los rizos acababan siempre sueltos y electrizados, como un diente de león enfadado.
Cuesta explicarlo murmuró Julia, con su voz templada. Han pasado por mucho y no todos saben llevarlo bien.
Carmen lo entendía. Ella, huérfana de madre y criada por una familia de acogida que la largó en cuanto cumplió dieciocho, sabía de sobra cuán mezquina puede volverse la gente y cómo olvidan que de ellos dependen otros.
Su madre la dejó en la estación, apenas con tres años, un papel en el bolsillo del abrigo y un conejo de peluche con una oreja caida. Carmen esperó sentada en el banco lo que su madre mandó, abrazando a su conejo, sin levantarse ni para ir al baño, pues tenía miedo a que la regañase al volver.
Su madre nunca volvió. En cambio, apareció un guardia de Renfe, que le preguntó algo al que ella negó con fuerza, incapaz ya de llorar más. Solo cuando el guardia le tocó la oreja al peluche y preguntó:
¿Cómo se llama el orejotas?
Carmen susurró:
Braulio
Luego, ese hombre la acarició suavemente y le preguntó:
¿Hace mucho que se fue mamá?
Ahí Carmen rompió a llorar. El guardia, nervioso, pidió ayuda con el walkie, y por fin otras personas en la estación se fijaron en la niña sola, después de horas ignorándola.
Muchos años después, supo por fin por qué su madre hizo aquello. Fue una mañana, cerca de su graduación, cuando se le acercó una desconocida en la puerta del instituto llorando:
¡Hija mía, por fin te encuentro! ¡Ven, dáme un abrazo, tu madre te ha echado tanto de menos!
Pero para entonces, Carmen ya vivía con una familia de acogida, con seis hermanos más. Sus padres adoptivos cumplían pero no sabían lo que era el cariño. Todos los niños aprendían lo mismo: con dieciocho había que buscarse la vida, porque vendrían otros detrás.
Aunque Carmen nunca confió realmente en sus padres adoptivos, tampoco se abrazó a la recién llegada. Por mucho que desease, en secreto y en silencio, tener madre y cariño por las noches cuando abrazaba al peluche Braulio; ya había aprendido que la vida era otra cosa.
Por dentro soñaba con el día en que su madre volviese, la abrazase y todo se arreglase, pero cuando llegó el momento y la mujer apareció, Carmen no se creyó sus lágrimas ni un momento. Muchas veces le habían dicho que no podía recordar el banco de la estación, porque era demasiado pequeña. Carmen dejó de contradecir, pero nunca dejó de tener aquellos recuerdos, un murmullo ajeno a la lógica adulta. La estación fue real, el miedo fue real.
Aquel día, su amiga Alicia, compañera y casi hermana, intervino cuando Carmen se alejó de la mujer:
¿Quién es esa? le preguntó de sopetón.
Ni idea respondió Carmen, intentando respirar a fondo.
Señora, se equivoca. ¡Váyase! Esta es mi hermana, y no la conocemos le soltó Alicia, arrastrando a Carmen del patio del instituto. Se lo contaré a mamá, ¡aléjese!
A pesar de que su relación era tensa, Carmen apretó con fuerza la mano de Alicia. Ese día, volvieron a casa juntas de la mano y, ante la mirada inquisitiva de la madre de acogida, encogieron los hombros:
¿Qué pasa?
Y desde entonces, Carmen tuvo hermana.
Alicia, abandonada por su padre, también buscaba a alguien con quien compartir sus sueños, aunque no fuera de su sangre.
Tras unos días, la madre biológica de Carmen volvió, aunque ya no corría a abrazarla, solo suplicaba hablar. A Carmen le irritaba ese hija mía, pero Alicia opinaba que solo eran palabras.
Fue Alicia quien insistió:
Habla con ella. Al menos sabrás por qué hizo lo que hizo. Así podrás dejar de preguntarte si es tu culpa.
¿Cómo sabes que lo pienso? preguntó Carmen, perpleja.
Porque todas lo pensamos. No somos lo bastante buenas, por eso se fueron.
Ambas guardaban sus heridas, hablaban poco de ello. Alicia lloraba en secreto:
Hay que aprender a hacerse mayor, ¿no?
La charla con su madre no cambió su vida.
Me dejaste.
Perdóname, hija mía.
No me llames así. ¡Me saca de quicio!
Vale, vale. No te enfades.
¿Por qué lo hiciste?
No podía más. Ni ayuda, ni apoyo. Tu padre me echó.
¿Por qué?
Dije que no eras su hija.
¿Es verdad?
No, pero Me enfadé mucho, discutimos, éramos jóvenes y tontos. Me fui. Luego, discutí con mi madre, y decidí marcharme ¿A dónde iba a ir contigo? Por eso te dejé. Sabía que alguien te cuidaría. Dejé una nota, que volvería
¿Y pensabas que con esa nota bastaba? ¡Menuda persona!
Sé que es imperdonable Pero si tú me dejaras intentarlo
¿Qué vas a arreglar? ¿A devolverme los años que pasé sin ti? No quiero verte más.
¿No me perdonarás?
No lo sé. Ni aunque lo hiciera, no podría olvidarlo. ¿Me entiendes?
¡Pero si no recuerdas nada, eras una niña!
Carmen se levantó y se fue. Ese día decidió que nadie volvería a decidir por ella.
Alicia lo entendió.
Haz lo que creas mejor. No te arrepientas. Olvida y sigue.
Alicia, eres muy lista
Ya me gustaría rió Alicia. Yo quiero estudiar.
¿Qué quieres ser?
Psicóloga. Así quizás entienda cómo vivir bien.
Años después, ya con una hija propia, Alicia le confesó a Carmen:
A nadie le dan el manual. Vivamos felices y que a los de fuera no les interese nuestra vida más que para no ver la tele.
Yo la miraba, y todo me parecía más sencillo.
¿Qué importan dos habitaciones en Lavapiés? El centro, cerca del trabajo y los vecinos, aunque tristes, nos respetan. Los ha golpeado la pérdida y ahora beben para olvidar, pero nunca arman lío. Y hay que saber tener compasión.
Eso Carmen no lo aprendió enseguida; estar agradecida no le salió solo. Más que nada, tampoco nadie salvo Alicia la había comprendido ni mimado de verdad.
Quien sí ayudó fue Julia, la madre de Carmen, y el propio abuelo.
Julia tenía mucho genio, pero era generosa. Me aceptó como hijo, lo cual, según Alicia, era digno de mención.
No esperes nada de entrada le decía Alicia, cuando Carmen iba a conocer a mis padres. Eres hija de nadie, ni casa ni herencia ¿Recuerdas cuál es tu número en la lista de vivienda? Pues eso.
Pero ya estoy en la lista, ¡luché por ello!
Ya, pero hasta que lo consigas, mejor no digas nada en casa de tu suegra. Y tampoco te pongas a la defensiva.
¿Me tomas por tonta?
No Solo digo que comprender a alguien lleva tiempo. También para ti. No te tiene que aceptar solo porque te haya elegido su hijo.
Eso Carmen sí lo entendió bien. De hecho, Julia al principio le resultó demasiado ruidosa y protectora, con su empeño por hacer la vida agradable a todos. Pero acabó acogiendo todo lo que aquello traía; la ayuda, los paseos al centro comercial, donde fingía comprar para sí misma y en realidad llenaba el armario de Carmen: un abrigo, unos botines, un bolso de color que le iba mejor a Carmen.
Quien sabe. Yo veía que mi madre intentaba que Carmen se sintiera en casa a su manera.
Ella misma buscó la forma de ayudarnos en lo de la independencia:
El abuelo ya es mayor y le cuesta cuidarse. Es hora de pensar en traerlo a vivir conmigo.
¿Y nosotros, mamá?
A la habitación del abuelo dijo, decidida. Cambiáis de sitio y vivís solos.
El abuelo aceptó de buen grado y nos regalaba tardes de tertulia mientras ponía la tetera.
¿Te preocupas porque ahora no sabéis dónde iréis a parar?
No, encontraremos algo, alquilaremos otra habitación o piso. Pero me da rabia no poder compraros la habitación. Hay que ahorrar mucho Pero tenemos objetivo. Alicia dice que cualquier ahorro ayuda. Me gusta esa idea.
Eso es, muy bien pensado el abuelo sonreía.
Aquel día, tras ayudarle con los papeles de la venta, me confesó:
Hay que saber aceptar que te cuiden. Todos necesitamos que nos cuiden de vez en cuando, incluso los animales. Pero solo cuando el afecto va con cabeza, no por costumbre. A veces, por querer demasiado a alguien, le haces daño. Y a veces, un simple gesto, como darle casa a un animal, te devuelve mucho más de lo que das.
Ese recuerdo me vino a la cabeza cuando vi al gato pelirrojo esperando fuera del piso que, gracias a Julia y al abuelo, habíamos podido comprar. Parecía pedir permiso para ser acogido.
No se inmutó cuando lo acaricié, pero cuando le invité a entrar, salió disparado escaleras arriba. Estuve por cerrar la puerta, cuando regresó trayendo un gatito idéntico a él, mewando.
¡Vaya por Dios! Recogí en mis manos a la bolita pelirroja mientras el gato volvía a subir.
El segundo gatito era más travieso y no paraba quieto. El padre lo arrastraba escaleras abajo como podía hasta dejármelo a los pies. Yo me partía de risa.
¡Desde luego, menuda madre estás hecho! reí, abriendo la puerta de par en par. Anda, pasa, que aquí hay sitio para todos. ¿Falta alguno?
El gato entró despacio, sin perder de vista a Carmen, que abrazaba los dos gatitos. Insistí:
Vamos, pasa, aquí nadie os va a hacer daño. ¿Dónde está la madre?
Él, por supuesto, no respondió. Agarró con la boca a uno de los pequeños y empezó a darle vueltas por la entrada. Me di cuenta:
¡Un segundo! Ahora traigo algo Cogí una bandeja vieja, le puse papel de periódico y allí se instalaron todos. El gato grande se ocupó de enseñarles lo que debía.
¡Mira que eres niñera! me reí. Luego fui a buscar leche y algo de comida.
Por la noche, convoqué un consejo familiar:
Julia, si usted no está de acuerdo, intentaré buscarles nueva casa. Pero no puedo echarlos a la calle. Son muy pequeños y no entiendo bien por qué los cuida el gato y no la madre, pero me parte el alma.
¿Y por qué me lo preguntas? sonrió, acariciando el lomo de uno. Esta es vuestra casa. La de Carmen y tú. Decidid cómo queráis. Cuenta, ¿qué les diste?
Leche, menos mal que ya saben beber respondí.
Cuando crezcan, me quedo con este; los otros, ya veremos respondió Julia.
Yo me quedaré el gato grande. De él quiero aprender.
¿Aprender qué? preguntó mi madre, arqueando la ceja.
Carmen me miró, compartimos una sonrisa y me dio permiso para contar lo que llevábamos ocultando una semana, hasta el cumpleaños de Julia.
A cómo ser buena madre Ya tengo dos maestros: tú y el niñero este de aquí.
Carmen acarició al gato y, al sentir el abrazo de Julia, rompió a llorar, sabiendo por fin lo que era sentirse querida en casa.







