La ex esposa… Esto sucedió hace dos años. Estaba a punto de finalizar mi comisión de trabajo y deb…

Hace un par de años me ocurrió algo que todavía me pone la piel de gallina cuando lo cuento. Yo estaba acabando una comisión de trabajo en Bilbao y ya tenía comprado mi billete de autobús para volver a casa, a Ávila. Como aún me quedaban unas tres horas libres, decidí dar una vuelta por el centro para aprovechar la tarde.

De repente, en una de esas calles que suben hacia el Casco Viejo, se me acercó una mujer. En cuanto la vi supe quién era, aunque hacía ya doce años que no la veía: era mi primera esposa, Carmen. Apenas había cambiado, quizá algo más pálida, pero seguía siendo ella. Me impresionó tanto encontrarla, y creo que ella también se quedó bastante descolocada.

Siempre la quise muchísimo, a veces demasiado Precisamente por eso acabamos separándonos. Era incapaz de controlar mis celos, incluso llegué a recelar de su relación con su madre. Si Carmen se retrasaba un poco, yo ya sentía que se me salía el corazón por la boca, con la cabeza llena de historias absurdas. A base de tantos interrogatorios que dónde estaba, con quién, qué había hecho, Carmen no pudo más y se marchó. Recuerdo aquel día como si fuera ayer: llegué del trabajo con un cachorrito debajo del abrigo, esperando sorprenderla, pero la casa estaba vacía y sobre la mesa, una nota. Carmen me decía que se marchaba, aunque me quería, que mis dudas la habían destrozado y que, por favor, le perdonase y no intentara buscarla.

Pasados doce años, y casi al azar, el destino nos cruzó en Bilbao. Nos sentamos en un banco a hablar largo rato. De repente me di cuenta de que no podía entretenerme más o perdería el autobús. Así que le dije:

Perdona, Carmen, pero tengo que irme, voy justísimo al autobús.

Entonces, ella, con esa voz suya suave, me pidió un favor:
Luis, por todo lo bueno que hubo entre nosotros, ¿puedes acompañarme un momento a una oficina? Es muy importante para mí y sola no me atrevo.

No pude decir que no, aunque le avisé de que teníamos que ir rápido. Entramos en un edificio enorme, de esos antiguos, y fuimos recorriendo pasillos larguísimos, subiendo y bajando escaleras. Juraría que no estuvimos más de quince minutos, aunque a mí me pareció eterno. Al pasar nos íbamos cruzando con gente de todas las edades, desde niños hasta ancianos. No reparé en el detalle, pero ahora me parece raro ver a tantos críos y a tanta gente mayor allí dentro, cuando solo pensaba en Carmen.

Llegados a un punto, entró por una puerta y la cerró tras de sí. Antes de cerrarla, me miró de una manera tan extraña, como si se estuviera despidiendo para siempre, y me dijo:
Es curioso, Luis, nunca pude estar ni contigo, ni sin ti.

Me quedé esperando un rato delante de esa puerta, preguntándome a qué se refería con esa frase, deseando poder preguntárselo pero ella no salía. De repente, volví en mí, miré el reloj, ¡y me di cuenta de que llegaba tardísimo! Al mirar alrededor, casi se me sale el corazón del susto: estaba dentro de un edificio que estaba destartalado, con agujeros donde debían estar las ventanas, ni escaleras quedaban, solo unas tablas que bajé como pude.

Al final perdí el autobús por casi una hora y tuve que comprar otro billete, pagando 24 euros de más. Y aquella espera, ese retraso, me salvó la vida. Cuando fui a sacar el segundo billete, el taquillero me dijo que el autobús que yo debía haber cogido se había salido de la carretera y caído al río Nervión. No hubo supervivientes.

Dos semanas después decidí buscar a la madre de Carmen, la señora Pilar, y fui a verla a su casa que encontré gracias a la guía de teléfonos. Me recibió con mucha amabilidad y, hablando, me soltó que Carmen había muerto hacía once años, justo un año después de nuestra separación. Me quedé helado, le dije que no podía ser, que la acababa de ver, pero ella insistió y al final, ante mi insistencia, accedió a llevarme al cementerio.

Horas después, estaba delante de su lápida y ahí estaba la foto de Carmen, sonriéndome igual que aquel día. La mujer a la que amé toda mi vida, y que, aunque no sé cómo explicarlo, me salvó la vida desde el más allá.

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