Amiga imaginaria
Alrededor de Inés llevaba ya tres días reuniéndose un montón de alumnos. La chica se había ganado la fama en todo el colegio de ser vidente y auténtica psicóloga. Todos querían aprovecharse de su sabiduría. La esperaban cerca del baño, se sentaban junto a ella en el comedor, le traían chocolatinas, cuadernos con los deberes y otros regalos, pero ella, por alguna razón, siempre los rechazaba.
Me gusta Sergio, el de 5º B. ¿Tú crees que podríamos formar una familia? le preguntaba soñadora su compañera Carmen.
No te lo recomiendo. Ese Sergio parece muy formal, pero es de esos que se hurgan la nariz y luego se comen lo que sacan. Desde luego, de comida no te va a faltar, pero de ahí no pasa. Así se pasará la vida, rebuscando contestó Inés mientras mordía una rosquilla y sorbía su té.
¡Qué asco! Jo, Inés ¿y Carlos? Es muy bueno, toca la guitarra y saca muy buenas notas insistía Carmen, sonriendo con esperanza.
Ese Carlos maltrata a los gatos. Les ata latas a la cola y los persigue por el barrio. Será cruel, y además, se pondrá a beber sentenció Inés.
¿Y eso por qué lo piensas?
¿Alguna vez has visto un guitarrista sobrio? Y deja de preocuparte por esas cosas, disfruta y mejora tus mates, y, dicho sea de paso, deja de morderte las uñas, que luego vienen los bichos añadió Inés.
Es que no tengo amigos. Todos me llaman gordito y nadie me invita a nada soltó Pablo, de 4ºC, apartando con un empujón a Carmen de su lado, de manera que ella resbaló hasta el otro extremo del banco.
El miércoles empiezan las inscripciones para judo. Puedes apuntarte en el despacho de educación física. No vas a adelgazar mucho, pero al menos dejarán de meterse contigo. Y no tires más así de tu futura esposa le aconsejó Inés.
Inés se levantó y llevó la bandeja a la pila.
Inés, ¿tú crees que debería sacar el carné de conducir este año, o espero al que viene? preguntó la profesora de geografía, fingiendo indiferencia, mientras llenaba de agua su taza.
Mire, María Victoria, para sacarse el carné, primero hay que tener coche, y usted solo tiene el Seat Ibiza de su padre. ¿Detecta usted la diferencia?
Creo, sí, creo que sí
Inés rodó los ojos, y, tras lavarse las manos, le aconsejó:
Vende ese trasto, compra una bici decente y unos pantalones cortos; en dos meses te van a llevar al trabajo igual. Pero, en realidad, lo mejor es que te saques una hipoteca: ahora están baratísimas. Y vivir con tus padres con treinta y tantos… como que no toca. Se lo digo desde mi experiencia remató con voz de experta.
Todos se quedaron boquiabiertos mientras Inés se marchaba a su clase de tecnología.
Durante los cuarenta minutos que sus compañeras aprendían a medir la tela y enhebrar la aguja en la máquina, Inés remendó unos pantalones que había traído de casa, estrechó una falda y tejió al ganchillo unos calcetines para la profesora de tecnología, diciéndole que las embarazadas debían abrigarse bien los pies. La profe, impactada, salió directa a la farmacia a por un test de embarazo. Al día siguiente, todo el curso comió tarta de chocolate de agradecimiento de la profesora a Inés.
En casa, la niña también actuaba de modo extraño. Riñó a su madre por el filete de hamburguesa comprado y prefirió hacer albóndigas caseras. Por la tarde, en vez de ver YouTube, se puso a leer Los tres mosqueteros, y de vez en cuando, susurraba con alguien. Su padre, desde el ordenador, la observaba de reojo, e Inés le soltó que estaba muy encorvado. Además, le sugirió que fuera a sacudir la alfombra, en vez de andar por páginas raras.
Por el colegio circularon rumores. Los profesores se alarmaron y exigieron la intervención de la orientadora. Convocaron una reunión en horario escolar con todo el claustro, incluido el director.
Inés, cielo, ¿te hace alguien daño en el colegio? empezó la orientadora, un hombre con barba moderna y gafas de pasta.
Lo que me molesta es que se han destinado varios millones al colegio y lo único que tenemos nuevo en el gimnasio es una vieja espaldera y dos metros de cuerda Ironizó Inés.
Todos miraron al director, que desapareció de la sala por la ventana, alegando una reunión urgente.
¿No tienes amigos?
La amistad es algo muy relativo contestó Inés con desdén, retorciéndose las coletas entre los dedos. Hoy juegas al pilla-pilla en el recreo y mañana tu amiga te friega los platos mientras tú haces la declaración de la renta.
¿Qué declaración, qué platos? ¿Quién te mete esas ideas en la cabeza?
Mi amiga.
¡Ahí está el problema! ¿Puedes invitarla aquí?
Si ya está aquí contestó serenamente, dejando a todos en shock.
Pero no la vemos. ¿Cómo se llama?
Antonia Ramírez.
Caray… ¿Cuántos años tiene?
Setenta.
¿Y qué más te dice?
Que los dientes se limpian desde la encía, que el perro del portal no es malo sino asustado y que no hay que olvidar a la familia. Y que ustedes llevan cinco años pagando mal el impuesto de bienes inmuebles: lo calcularon por valor catastral, pero debería ser por el valor de mercado. Vayan al Registro y pidan la revisión.
El psicólogo lo anotó todo, subrayando dos veces el último consejo.
Por megafonía llamaron a los padres, que estaban en sus trabajos.
¡Un momento! se oyó la voz inquieta del padre por el teléfono. ¡Así se llamaba mi madre! Murió hace diez años.
Un susurro de asombro y oraciones recorrió la sala.
Pues eso, diez años y nadie ha ido a visitarla. Todo lleno de maleza y la verja torcida protestó Inés con cierta ofensa.
Ya, mujer, siempre lo he tenido pendiente pero nunca encuentras el momento musitó su padre, vencido.
La sesión terminó.
Al día siguiente, la familia entera fue al cementerio. Inés nunca había conocido a su abuela, solo había oído hablar de ella en los breves comentarios de su padre. Tardaron en dar con la tumba; aquel campo de mármol había crecido mucho, donde antes hubo un pinar.
Inés puso un ramo de tulipanes amarillos en una botella de plástico cortada. Su padre arregló la verja, su madre quitó las hierbas.
Papá, la abuela dice que eres buen hombre, pero te metes demasiado en el trabajo y en Internet, y por eso no tienes tiempo para nada, ni para mí dijo Inés.
El padre enrojeció y asintió en silencio, avergonzado.
Promete que lo vas a cambiar añadió Inés, acariciando la foto descolorida del mármol.
Ahora está tranquila y no creo que vuelva a visitarme, aunque yo la voy a echar mucho de menos, porque era muy buena, divertida y lista suspiró la niña.
Así es. Tu abuela tenía un don para ver a la gente por dentro. ¿Te ha dicho algo más?
Sí. Que la dieta esa del pepino que llevas no vale de nada; si quieres adelgazar, mejor apúntate al gimnasio. Y que abrir la cuenta en divisas fue una tontería; esas decisiones hay que pensarlas bien. Por cierto, que el hormigón barato que encargaste para la losa del sótano tampoco era buena ideaEl padre sonrió, resignado y emocionado, mientras se sentaba en silencio junto a la tumba. Por primera vez en mucho tiempo, su mirada no se perdió en una pantalla, sino en las manos pequeñas de Inés, que iban quitando la tierra seca con cuidado. El aire olía a tierra y a promesa.
De regreso a casa, la familia paró en una heladería. Lejos de la prisa y los horarios, reían y compartían historias de Antonia, la abuela. Alguien mencionó lo de la albóndiga y el gimnasio, y la conversación derivó en lo absurdo de las dietas, las guitarras y los gatos. Inés miró a sus padres con la seriedad de quien sabe mucho más de lo que dice.
Esa noche, Inés se cepilló los dientes desde la encía, como le había dicho su amiga, y antes de dormirse le susurró a la oscuridad: Gracias, Antonia. No te preocupes, aquí todo va a ir bien.
En el silencio del cuarto, le pareció sentir un pellizco suave en la mejilla, como si una brisa cálida y dulce le diera las buenas noches. Cerró los ojos y sonrió, contenta de saber que, a veces, la amistad más verdadera es la que nunca se ve, pero siempre permanece.
Y desde aquel día, nadie volvió a decir que Inés no tenía amigos.



