La belleza falsa

La Belleza Artificial

¡No puede ser! ¿En serio habéis roto? No me lo creo exclamó Carmen, mirándome con tal asombro que sentí hasta vergüenza. Sus ojos se abrieron como platos, las cejas volaron hacia arriba y la boca se le quedó entreabierta; todo le parecía tan increíble que ni siquiera respiraba. ¡Pero si a Lucía la llevabas en volandas! Siempre decía a todo el mundo que erais una pareja ejemplar… ¡Si hasta yo soñaba con una relación como la vuestra!

Muy real, Carmela… Muy, muy real dije yo, observando la tormenta por la ventana del salón. Fuera, el viento no dejaba de arremolinar las hojas caídas, y la lluvia repiqueteaba con fuerza contra los cristales, deslizándose hacia abajo en regueros de agua fría. Era exactamente mi estado de ánimo: un otoño lluvioso en Madrid, de esos que vuelven la ciudad plomiza y hosca. Me sentía vacío, como si la nostalgia de aquellos cinco años de relación hubiera vaciado mi pecho hasta dejarlo hueco, hasta destiñir todo el mundo a mi alrededor. Cerré los puños; los nudillos se me pusieron blancos, y tuve que tragar saliva antes de seguir hablando: Se acabó, ¿lo entiendes? Se acabó…

¿Pero por qué? insistió Carmen, inclinándose hacia delante, escrutando mi rostro, buscando explicación. ¡Si Lucía te esperó medio año mientras tú estabas viajando por trabajo! Y te fue fiel, ni se dejó engatusar por halagos ni aceptó regalos de nadie.

¿Y tú cómo sabes todo eso? Si vives en Sevilla, mujer esbocé una risa amarga, intentando por un momento quitarle hierro al asunto. ¿No será la famosa solidaridad femenina?

Hombre, vivo a cientos de kilómetros de tu chica, pero no olvides que tengo amigos en todas partes Carmen encogió los hombros, sin un ápice de enfado, y sonrió con picardía, aunque sus ojos no disimulaban la preocupación. Me contaron que últimamente le daba fuerte al gimnasio, que se había cambiado el peinado y renovado todo el armario. Todo eso, ojo, mientras tú estabas fuera. Se esforzaba mucho, Pablo.

¡Y por eso mismo lo dejamos! me levanté acelerado en dirección al recibidor, a buscar el móvil en mi gabán. Movimientos bruscos, de esos que no esconden el nerviosismo. Buscando entre los bolsillos, logré sacar el teléfono y volví al salón. Bastaba una foto para que Carmen comprendiera el calvario. ¿Te acuerdas de cómo era Lucía antes de que me marchara?

¡Claro que sí! rió Carmen, aunque la voz le tembló. Pareció dibujar mentalmente la imagen. Una chica monísima. El pelo rubio ceniza, largo y liso, casi rozando la cintura; ojos enormes, verde claros, la nariz delicada… Buen cuerpo, si acaso el pecho algo discreto, pero a ti todo te parecía perfecto, ¿no?

¡Exacto, a mí me parecía perfecta! Y la adoraba así, como era el grito se me rompió en la garganta. Bajé la voz, mostrando el móvil. Lucía lo era todo. Pero en cuanto me fui, sus amigas la convencieron de que tenía que cambiar, que si no volvía irreconocible, yo la dejaría. ¡Y se lo creyó! Cambió no porque quisiera, sino porque acabó creyendo que, si no, yo dejaría de quererla.

¿Y tan grave fue la cosa? preguntó Carmen con un destello de inquietud entre ceja y ceja. Sus manos se aferraron al brazo del sofá de manera inconsciente. Todavía no se hacía a la idea de hasta qué punto había cambiado todo.

¡Mira tú misma! le tendí el móvil casi bajo la nariz. Lucía… pero no era la Lucía que Carmen recordaba.

Aquel cabello del que tanto se enorgullecía Lucía había desaparecido. Cortado a lo garçon, teñido de un rubio platino violento, dejaba el cuello y las orejas al aire, dándole un aire severo, muy lejos de su antigua dulzura. Los labios, grotescamente hinchados, traicionaban el paso de las agujas y los rellenos; parecían ajenos a su cara, fuera de toda proporción. Había perdido al menos ocho kilos, quedando tan delgada que las clavículas sobresalían y los brazos parecían a punto de romperse. La piel, mortalmente pálida, subrayada por unas ojeras lóbregas, parecía la de alguien agotado por la vida. Y la guinda: Lucía se había sometido a una operación para aumentarse el pecho, aquello que jamás se me habría ocurrido pedirle y que siempre decía que detestaba.

Y allí estaba, esperándome en Barajas, y yo… juro que estuve a punto de pasar de largo confesé, con la voz desgarrada. Giré sobre mí mismo y golpeé la pared con el puño, aunque me llevé el dolor como castigo. ¿¡Cómo se puede destrozar así en tan poco tiempo!? ¿Por qué no pensó que a mí me gustaba tal cual? ¿Por qué cambiar todo eso?

No conseguía calmarme. Recorría el salón de un lado a otro, casi como un animal enjaulado, las manos agitadas, el rostro alternando entre la rabia y la desesperanza. Carmen lo entendía mejor que nadie. Bastantes noches había tenido que escuchar mis lamentos por aquel estúpido encargo de la empresa que me llevó seis meses a Berlín. No quería dejar a Lucía sola, pero tampoco podía llevármela: estaba con el TFG, los exámenes y su trabajo en la editorial. Todas las noches la llamaba, la intentaba animar, le prometía que volvería y que todo sería igual.

Pablo, quizá sólo lo hizo por ti… musitó Carmen, levantándose despacio. Igual alguien la convenció de que tú agradecerías los cambios…

Negué con una sonrisa triste, doliéndome cada vez más:

¿Por mí? Pero si ha perdido todo lo que era ella. Yo quería a Lucía, la auténtica. Ahora… ahora ni sé quién tengo delante.

Me obsesionaba, sobre todo, el hecho de que no quería hacer videollamadas. Cada vez que yo sugería vernos por videoconferencia, lo esquivaba con excusas, prometiéndome que preparaba una sorpresa para mi regreso. Decía que me encantaría, que me dejaría sin palabras. La frase parecía tierna, pero la insistencia despertaba en mí una inquietud fea. Llegué a temer que Lucía tuviera a otro, que no supiera cómo romper conmigo a distancia. La duda me carcomía por dentro, incapaz de centrarme en el día a día.

Al final, le pedí a un buen amigo de la universidad, que vivía en Chamberí, que discretamente investigara. Que preguntara a los conocidos, que estuviera pendiente y me contara si veía algo raro. Lo hizo, con reparos.

Al poco, me llamó.

Desde luego, prepara una sorpresa, dijo en tono raro, como el que va con rodeos. Pero no estoy seguro de que te guste… Lo que sí te aseguro es que no tiene a nadie. Pregunta mucho por ti, parece que te espera de verdad.

Sus palabras me tranquilizaron, por un instante volví a respirar. No me enviara la foto que mi amigo le había prometido prefería sorpresa, y si la hubiese visto aquel entonces… quizá habría vuelto corriendo, quizá hubiera cambiado lo que pasó después. Pero ya era tarde…

El día de mi regreso, no podía estarme quieto. Miraba el reloj cada minuto, apretaba el reposabrazos del asiento en el avión rumbo a Madrid. En el taxi, los nervios me comían por dentro. La cabeza se me llenaba de imágenes de reencuentro: salgo del control y ahí está Lucía, riendo, lanzándose a mis brazos, oliendo a su perfume y a otoño madrileño. Imaginaba las risas y la charla, el té compartido en el sofá repasando anécdotas, tontas y serias, de ese interminable medio año.

Pero la realidad fue mucho más cruel. En cuanto vi a Lucía esperándome entre la multitud del aeropuerto, me petrifiqué. No era ella; la reconocía, pero sólo porque había memorizado cada curva de su rostro. Por un instante creí que era otra persona, que yo me equivocaba.

¡Pablo! ¡Cuánto te he echado de menos! Lucía saltó hacia mí, los brazos abiertos de par en par. Me aparté un paso, el cuerpo rígido. Su sonrisa se congeló, sus ojos se llenaron de sorpresa. Las manos cayeron, quedándose colgadas entre el aire. ¿Qué pasa? Soy yo… O es que la sorpresa te ha dejado boquiabierto, ¿eh? Intentó reír, pero sólo le salió una voz temblorosa mientras se llevaba un mechón tras la oreja.

Es que no entiendo dónde está mi chica… respondí, incapaz de contenerme, la voz hueca y lejana. ¿Estás enferma? ¿Qué te ha pasado? ¿Tus preciosos rizos? ¿Por qué…?

¿Preferías que estuviera gorda, no? contestó ella, frunciendo el ceño. La pena se le asomó a los ojos, al borde del llanto, y apretó los puños, respirando hondo para no romperse, mientras sus amigas, a unos metros, cuchicheaban y reían, quitándole hierro. Ya puedes ir sin vergüenza conmigo por la calle, mira qué moderna estoy. ¿No es mejor así?

¿Y quién ha dicho que ahora vaya yo orgulloso de nada? sentencié, la rabia filtrándose en la voz. ¡Te has convertido en alguien que no eres! Yo quería a la Lucía de siempre, la que no necesitaba esconderse ni disfrazarse. ¿Por qué no lo hablamos, por qué te creíste que yo te preferiría así?

¡Pablo, que ahora podría salir en el Vogue! intervino, riendo una de sus amigas, la del moño rubio. Dio un paso y le palmeó la espalda a Lucía. ¡No sabes la de chicos que se le acercan ahora! ¡Desde lo del pecho, salen a puñados! y le lanzó una mirada pícara, señalando el escote. ¡Todo esto ha sido por ti!

Me giré, furioso.

¡No por mí, sino por ti y tus consejos! repliqué, clavando los ojos en Lucía, la rabia y el dolor a un tiempo. No pienso cargar con la culpa de este desastre.

Me acerqué, bajando la voz pero transmitiéndole todo mi desgarro.

Lucía la llamé, casi suplicante. Siempre te dije que amaba lo natural, que me gustaban tus pequeños defectos porque te hacían única. Ahora… todo me parece falso, como si no quedara nada de ti.

Me tomé una pausa, suspiré y conseguí hablar más sereno, aunque dolido:

Tenía el anillo guardado, ¿sabes? Este mes sólo pensaba en volver, pedirte matrimonio y construir algo a tu lado. Pero ahora… Discúlpame, pero no quiero una muñeca a mi lado.

Lucía palideció al instante. Las lágrimas le resbalaron por las mejillas mientras intentaba decir algo, buscando mi mano, un gesto de reconciliación.

¡Pablo, espera! rompió a llorar, la voz rajada y temblorosa. Yo sólo quería que te sintieras orgulloso de mí. Creí que así te haría feliz…

Pero yo ya caminaba con decisión hacia la salida del aeropuerto, sin atreverme a mirarla. Por dentro hervía: desilusión, rabia, tristeza, todo mezclado en un bloque.

Lucía me llamó, intentó seguirme, pero sus amigas la sujetaron.

¡Déjale que se vaya! dijo una, rodeando a Lucía por los hombros. Sólo está en shock, ya se le pasará.

Eso, que pronto vendrá arrastrándose añadió la otra, encendiendo un cigarro. ¡Con lo guapa que estás ahora, vas a encontrar a alguien mejor!

Lucía, sin embargo, no escuchaba. Se quedó mirando, lágrimas y máscara corridas, sintiendo la pérdida de lo que, en su afán de mejorar, había acabado arruinando.

Yo de verdad quería casarme musité más tarde a Carmen, sentándome en su sofá, la cara entre las manos. Me temblaban los hombros y la voz. Visualizaba la escena del anillo, la alegría, los abrazos, y de repente… nada reconocible en ella. Todo desapareció. Era mi Lucía y de pronto… no la conocía.

Carmen guardó silencio, acariciando mi hombro en señal de apoyo.

¿Por qué siempre estáis descontentas con vuestro aspecto, Carmen? Yo cada día le decía a Lucía cuánto la quería, la encontraba preciosa aunque fuera en bata y zapatillas. Siempre le repetía que me hacía feliz su risa, sus manías, esas pequeñas cosas que hacen especial a una persona. ¿Por qué decidió borrarlo todo para convertirse en otra?

Me sequé las lágrimas bruscamente.

¿Y lo peor? miré a Carmen con los ojos húmedos. Que su amiga lo organizó todo para separarnos. Estoy casi seguro.

¿Por qué lo dices? preguntó Carmen, acercándose más.

Porque vino luego a mi casa revelé, la voz cargada de rabia. Me soltó que era mejor que Lucía, que ella no necesitaba ningún retoque. Te juro que a punto estuve de echarla escaleras abajo.

Me apoyé contra el respaldo. Las manos aún me temblaban, la mirada perdida.

Y lo más repugnante es que pensó que yo iba a caer rendido a sus pies murmuŕe. Como si se pudiera olvidar una historia y el amor de un plumazo. ¡No soy así! Amaba a Lucía, y me duele que la manipularan hasta ese extremo.

Carmen no decía nada, sólo me acompañaba, dejando que toda la amargura brotara.

¿Y ahora? ¿Lo has intentado hablar con ella? Carmen me agarró la mano, su tacto era cálido y sincero.

Le gusta cómo ha quedado y no quiere volver atrás admití, medio sonriendo por el sinsabor. Me llamó, intentando que me sintiera culpable; decía que no podía dejarla tras esperarme medio año. Y yo la quiero, Carmen, aún la quiero… pero ella, la que quise, ya no está. Se fue y dejó a otra, esa que sólo se parece a Lucía por el nombre. A mí… incluso la voz me parece de otra persona.

Carmen me sostuvo la mano en silencio. Sentí el calor de su apoyo más que cualquier palabra de consuelo. La vi, y comprendí que a veces ni las mejores intenciones pueden remendar lo que se ha roto.

¿Sabes? dije en voz baja, recordando un día soleado, paseando por el Retiro, las hojas cayendo mordidas por el otoño. Ella reía, el abrigo abierto, y yo le arreglaba la bufanda. Lucía me dijo: “Ojalá esto fuera siempre así”. Y yo juré: “Siempre, pequeña, siempre”. Y de verdad lo creí.

La lágrima rodó por mi mejilla, y Carmen no hizo ningún comentario. Sólo me apretó los dedos, mientras la tormenta desaparecería tras los cristales y el cielo sobre Madrid empezaba a teñirse de tonos cálidos, como si a pesar de todo, la esperanza no quisiera morirse del todo.

¿Y ahora qué? musité, la voz rota. Ahora yo la miro y no la reconozco. Se ve hermosa en el espejo, pero yo sólo veo a una extraña. ¿Cómo pudo irse todo al traste en medio año? ¿Por qué no lo hablamos antes?

No pude contenerme más; las lágrimas llegaron en silencio, la cabeza gacha, como un niño que se queda solo.

Carmen me rodeó con sus brazos, abrazándome con ternura.

No tienes la culpa, Pablo. Lo diste todo, la querías tal y como era, la cuidaste; simplemente hay cosas que no dependen de nosotros. No es tu error.

Levanté los ojos enrojecidos.

¿Y si me equivoqué? ¿Si debía haberme esforzado en entenderla? ¿Y si lo hizo sólo por agradarme y yo he destrozado todo?

Carmen apretó mi mano, mirándome con firmeza.

Tienes derecho a tus sentimientos, Pablo, y a que esos límites se respeten. Pero si quieres pelear por lo que sentisteis juntos, dale una oportunidad a la conversación, aunque sólo sea para entender qué pasó. Quizá os ayude, aunque sólo sea para cerrar heridas.

Suspiré hondo, mirando al tímido sol que asomaba ya sobre los tejados.

Quizá tengas razón… Pero ahora mismo sólo necesito tiempo. Tiempo para entenderme a mí mismo. Para recomponerme. No puedo ni olvidar… ni renunciar a todo lo que fue, si aún queda una esperanza.

Quizá, pensé, la vida se construye sobre pedazos rotos, sobre lecciones agridulces, como esta lluvia de otoño sobre Madrid, que con el tiempo acaba dando paso otra vez a la luz.

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