Hola, amiga.

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Hola, María
31 de mayo de 2024
268,7 mil
12 min

—María, hola. ¿Qué haces? —se escuchó en el teléfono la voz de su amiga.

—Acabo de llegar del trabajo. ¿Pasa algo urgente? Perdona, estoy agotada, ha sido un día de locos —respondió María.

—Te llamo para recordarte que mañana es mi cumpleaños. Te espero a las siete en el restaurante «El Pegaso». No acepto un no por respuesta. Nos vemos. —Como siempre, Lucía colgó antes de que María pudiera decir algo.

—¿Quién era? —Su madre llevaba rato escuchando desde la puerta de la habitación.

—Ya lo oíste —dijo María. Su madre frunció los labios con gesto de ofendida. —Lucía me invitó a su cumpleaños —suavizó su tono.

—Mira que no compraste ese vestido azul, ahora te habría venido bien —su voz rezumaba reproche.

—Mamá, se me olvidó por completo, ni siquiera tengo regalo. Y no quiero salir. Ya la felicitaré otro día.

—¿Otro día? Lucía es tu única amiga y quieres hacerle un feo. Así acabarás sola. Mañana compro yo el regalo, no te preocupes. Sal, aunque solo sea para distraerte, que solo piensas en trabajar. Pronto cumplirás treinta y ni familia ni hijos. Vamos, que ni siquiera has tenido una relación seria.

—¿Qué tiene que ver eso? Y no voy a cumplir treinta, solo veintisiete.

—No solo, sino ya. Lucía tiene montones de pretendientes. Quizás te presente a alguien —refunfuñó su madre.

—Parece que quieres deshacerte de mí, librarte de la carga, como decía la abuela —María ni siquiera intentó disimular su irritación.

—¿Y qué tiene de malo? Los hijos de tus excompañeras de clase están a punto de terminar el instituto…

—Lucía, por cierto, a pesar de sus montones de pretendientes, tampoco está casada —apuntó María con sorna.

—Ella se casará, no lo dudes. Pero tú…

—Ahí va otra vez. —María puso los ojos en blanco. Su madre tocaba el mismo tema de siempre, doloroso e irresoluble.

—Dime que te vas a morir y que no me has «colocado» —María ya estaba francamente enfadada.

—No pienso morirme aún, pero el tiempo pasa y me gustaría disfrutar de mis nietos —no cedió su madre, también furiosa.

—Por Dios, mamá, ¡solo tienes cincuenta y tres!

—Exacto. Pronto me jubilaré y sin nietos. Así que mañana vas al cumpleaños. ¡Ay, las croquetas se queman! —Su madre salió corriendo hacia la cocina.

Al día siguiente, María entró en el restaurante con una bolsa de regalo en la mano. Llevaba el vestido azul que su madre tanto le recomendó. Se había rizado y soltado el pelo, también por consejo materno. Se sentía incómoda, como un pato en un garaje, como si de repente hubiera crecido demasiado. Había llegado tarde por la discusión con su madre.

El local estaba lleno, todas las mesas ocupadas. Entre ellas se movían sigilosos los camareros con sus largos delantales negros. El murmullo de las conversaciones la envolvió como el rumor del mar.

—¿Tiene reserva o espera a alguien? —Un anfitrión de traje impecable y sonrisa impostada apareció junto a ella.

—Sí, es el cumpleaños de mi amiga… —respondió María con voz dubitativa. No estaba acostumbrada a los restaurantes y siempre se sentía fuera de lugar.

—Acompáñeme. —El hombre la guió hasta la mesa donde estaba Lucía. A su lado había dos chicos. A Daniel Gutiérrez, el hijo del banquero, ya lo conocía; Lucía se lo había presentado alguna vez. El otro parecía más sencillo y algo perdido. Claro. Lucía lo había invitado para María. Y encima se le ocurrió esto.

El camarero apartó una silla, invitándola a sentarse en el único sitio libre.

—Gracias. —Lucía le dedicó su sonrisa más encantadora. —Por fin, amiga. Ya pedimos, perdona, pero elegí lo que sé que te gusta —susurró a María entre dientes. —Estás preciosa.

María deseó desaparecer, hundirse bajo el suelo. Se disculpó por llegar tarde, felicitó a Lucía y le pasó el regalo. Su amiga lo agradeció y lo dejó en el suelo sin mirar siquiera qué era.

María echó un vistazo. La luz brillante y los vestidos de las mujeres le hacían entrecerrar los ojos. Daniel sirvió champán.

—Solo un poco —advirtió cuando la botella se acercó a su copa. —Esta noche tengo guardia.

—Nuestra María es enfermera —explicó Lucía con fingido respeto.

Daniel brindó brevemente, todos chocaron las copas y bebieron. María mojó los labios con el champán espumoso y dejó la copa. Un camarero trajo una bandeja con platos.

—Te presento a Iván. Es marinero, ¿te imaginas? —confidenció Lucía mientras agarraba el tenedor y el cuchillo.

—¿En la marina mercante? —preguntó Daniel.

—En un pesquero de altura —respondió Iván con reticencia.

—¿Y bien? ¿Se gana bien?

—No me quejo.

—Debe ser duro pasar medio año en el mar. Ni alcohol ni mujeres. No sé cómo no os volvéis locos. —Daniel rellenó las copas.

—Después del turno estás tan cansado que ni piensas en mujeres. Al principio cuesta, pero luego te acostumbras.

Iván comía con apetito y respondía a las preguntas. No miró a María ni una vez, pero de vez en cuando lanzaba miradas furtivas a Lucía. ¿Qué esperaba? Ella era guapa, todos los chicos caían rendidos. María volvió a sentirse fuera de lugar.

Una pequeña orquesta empezó a tocar y Lucía arrastró a Daniel a bailar. Pronto se les unieron otras parejas. Cuando volvieron a la mesa, María anunció que debía irse, tenía que cambiarse antes de la guardia.

—Iván, acompaña a María —ordenó Lucía como una reina repartiendo favores.

—No hace falta, en serio —protestó María levantándose rápidamente.

—Claro que sí —insistió Lucía, lanzando una mirada imperiosa a Iván.

María se despidió y salió a toda prisa.

—No tienes que acompañarme, vivo muy cerca, vuelve al restaurante —dijo María, girándose bruscamente hacia Iván en la calle.

—Te acompaño —respondió él con terquedad.

—Como quieras —masculló ella para sus adentros.

En silencio, llegaron a su portal.

—Hemos llegado. —María se detuvo—. Adiós.

—Dentro de dos días me voy a Vigo. Tengo que pasar la revisión médica, pronto zarpo. —De repente, Iván miró el edificio. —¿Dónde están tus ventanas?

—Buen viaje —respondió María en lugar de contestar y entró decidida en el portal. Cuando abrió la puerta y miró atrás, Iván ya había desaparecido.

—¿Quién te acompañaba? —preguntó su madre en cuanto entró en casa.

—Ya lo viste. —María se quitó con alivio los zapatos de tacón.

—Miré por la ventana sin querer —se justificó su madre—Ya lo sé, pero no me digas que fue casualidad —respondió María con sarcasmo mientras pasaba junto a su madre en dirección a su habitación.

—¿Y entonces quién era? —preguntó su madre de nuevo, tendiéndole un tupper con bocadillos cuando María, ya vestida con vaqueros y una sudadera, salió al recibidor.

—Un pretendiente de Lucía. —María se ató los cordones de las zapatillas—. Gracias, me tengo que ir. —Cogió el tupper, le dio un beso en la mejilla a su madre y salió del piso.

Más tarde, Lucía confesó que había conocido a Iván el día anterior y lo invitó al cumpleaños para María. *”Valóralo, amiga, me preocupo por ti”*, le dijo.

El cálido mayo dio paso a un verano abrasador que, como siempre, pasó volando. Llegó un otoño frío y húmedo. El viento gélido de noviembre aullaba fuera del hospital cuando una ambulancia trajo a un joven malherido, con el brazo roto y una conmoción cerebral.

María reconoció a Iván con sorpresa. Tras las radiografías, le limpió los rasguños de la cara mientras el médico le enyesaba el brazo.

—¿Cómo se las arregló para esto, joven? ¿Llamaron a la policía?

—No. Volví de la travesía y fui directo a ver a mi novia, pero ella no estaba sola, al parecer se iba a casar. Su prometido se puso celoso y me dio una paliza, aunque él tampoco salió bien parado.

—Cosas que pasan —comentó el médico filosóficamente—. ¿Al menos era guapa la chica?

—Dígame, doctor, ¿es que las mujeres no saben esperar? ¿O hay algo malo en mí?

—Eso no es pregunta para mí. Supongo que María entenderá mejor los motivos de las mujeres.

—Estáis en tierra un par de meses y luego seis en el mar, ¿no? —preguntó María.

—Eso es —asintió el marinero.

—No dan tiempo a que se acostumbren a vosotros, ni a quereros. Y además les da miedo. Ya se sabe, marinero en cada puerto, amor verdadero.

—Si acaso atracamos un día o dos en puertos noruegos, y hasta eso es raro. Mi madre no para de decirme que es hora de casarme —suspiró Iván.

María se rio.

—¿Qué tiene de gracioso? —se enfurruñó él.

—No me creerá, pero mi madre sueña con verme de blanco —confesó María—. Las chicas quieren a alguien que esté cerca. Quizá debería dejar el mar. Así tendría familia.

—Haré un par de viajes más para poder comprar un piso, entonces me quedaré en tierra —Iván la miró con esperanza.

—Bueno, ¿puedo irme? Tengo que poner inyecciones —le dijo al médico.

—Anda, Marisol.

María salió al pasillo y se quitó la mascarilla. Iván le había gustado desde aquella vez en el restaurante, hacía seis meses, por eso lo recordaba. Pero él no la reconoció.

Durante sus guardias, Iván no se separaba de ella. Esperaba en el pasillo mientras ponía inyecciones, ayudaba a llevar los soportes de los sueros. Una vez, María entró en su habitación y en la cama había otro paciente.

—Esta mañana dieron de alta a tu marinero. Preguntó cuándo trabajabas otra vez. Está colado por ti, Marisol —le dijo una compañera—. No está mal, es simpático. Si estuviera libre, me lanzaba.

Al salir del hospital tras su turno, ya había anochecido.

—Hola, Marisol. —La voz a su lado la sobresaltó.

—No quería asustarte —Iván le tendió un ramo de rosas.

—Gracias.

—Me dieron el alta hoy —dijo, caminando junto a ella—. ¿Te apetece ir al cine?

—Apenas me tengo en pie. Has visto cómo es mi trabajo.

—¿Entonces el cine queda cancelado? —suspiró él.

—Invita a otra. No faltan chicas por ahí.

—¿Te he hecho algo? —preguntó Iván.

—Nos conocimos hace siete meses y no me reconociste.

—¿Nos habíamos visto antes? No puede ser —se sorprendió con sinceridad.

—Sí. En aquel mismo restaurante. —Pasaban justo por delante—. Nos presentó Lucía. ¿O es que a ella tampoco te acuerdas?

—Lucía… A ella sí, pero a ti no. Perdóname.

Pronto llegaron a su edificio.

—¿Tampoco te acuerdas de este portal? La otra vez me acompañaste hasta aquí. —María se burlaba abiertamente de él, mientras él la miraba confundido.

—Gracias por las flores y… hasta luego. —Entró en el portal sin mirar atrás.

—Un ramo precioso. ¿De quién? —preguntó su madre desde el recibidor.

—Ya lo has visto.

A la mañana siguiente, al descorrer las cortinas, vio a Iván sentado en un banco del patio.

*”Vaya pesado”*, pensó sin mala intención. No parecía dispuesto a rendirse ni a guardar rencor.

—Marisol, ¿vas a comprar? —pidió su madre—. Quiero hacer tortitas y falta harina. Y trae manzanas y un paquete de requesón.

—Ahora voy —prometió, pero demoraba la salida, esperando que Iván se cansara del frío.

Fuera caía una llovizna helada y el viento sacudía las ramas desnudas de los árboles. Pero Iván no se movía. A veces alzaba la vista hacia las ventanas, como si buscara a María.

*”Se va a congelar”*, pensó, y vistiéndose rápido salió.

—Hola, Marisol —saludó él con los labios morados.

—¿Te has pasado la noche en el banco? —preguntó alarmada al notar que temblaba.

La manga vacía de su chaqueta ondeaba al viento, la chaqueta no abrochada por el yeso que le sujetaba el brazo contra el pecho. Sin gorra.

—No, vine temprano para verte. Hoy no trabajas. ¿Vamos al cine?

—¿Te gusta el cine?

—Sí. Antes veía la misma película mil veces si me gustaba. No tenía ordenador. Cuando murió mi padre, escaseaba el dinero. Eso sí, tras mi primer viaje me compré un portátil, pero prefiero verlas en el cine.

María entró en la tienda y al salir, Iván esperaba en la puerta. El pelo revuelto y cubierto de copos de nieve, tiritando.

—Pareces un perro abandonado. Solo te falta pillar una pulmonía —dijo María, apurando el paso hacia casa. Iván se esforzaba por seguirla.

La nevada y el viento arreciaban. María abrió la puerta del portal y miró atrás. Iván seguía allí, agachado.

—¿Necesitas una invitación por escrito? —lo llamó.

No se hizo de rogar, entró como un rayo.

—¿Por qué me persigues? Un auténtico pesado —refunfuñó María subiendo las escaleras.

—Me gustas.

—¿Y antes no? ¿Tan aburrido te tienen las guapas que ahora buscas pardillas?

—No eres ninguna pardilla… Ya me disculpé —dijo él, avergonzado.

—¡Mamá, recibe al novio! —gritó María al entrar.

—No le cuentes lo del novio celoso, dile que te caíste —le susurró al oído.

Su madre asomó asustada de la cocina.

—Es Iván. Lo recogí en la calle, casi se congela —María disfrutaba de la cara de desconcierto de su madre.

Al año siguiente, bajo una lluvia de arroz y rodeados de risas, María e Iván comenzaron su propia travesía, esta vez juntos y sin necesidad de zarpar.

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