Grullas navegan por el cielo…

Las grullas vuelan por el cielo…

Almudena se despertó y se desperezó con placer. Luego dudó: ¿qué día era hoy? Giró la cabeza para mirar la hora. Sus ojos encontraron el vestido blanco colgado en la puerta del armario, demasiado largo para guardarlo doblado. Los recuerdos cayeron sobre ella como una avalancha, ahogándola.

Cuando lo probó en la tienda, por un instante creyó que hacía lo correcto. Iván no estaba ahí. Pero Felipe sí: vivo, atento, exitoso y guapo. Nada podía cambiar ya. En unas horas, se pondría ese vestido y subiría al coche nupcial camino al registro civil.

Un escalofrío recorrió a Almudena. Apartó la vista del vestido, símbolo de su traición.

Ayer se lo había dicho a su madre. Pálida, consumida por la quimioterapia y las operaciones, su madre la miró con ojos hundidos.

—Lo entiendo, hija. Pero Iván no está.

—Desaparecido, no muerto —respondió Almudena con dureza—. Podría estar prisionero, los intercambian.

—Almudena, ¿y en qué estado volvería? ¿Has visto las noticias? Si regresa físicamente entero, la mente… ¿Para qué quieres eso? Tienes veinticuatro años. La vida empieza ahora. Además, apenas estuviste con él.

—Mamá, le prometí esperarlo. Si me caso, le fallo. ¿Y si vuelve? ¿Cómo lo miraría a los ojos? —gritó, ahogándose en lágrimas.

—Calla, no grites. Él también prometió volver. Es la guerra. Las promesas son fáciles, cumplirlas no. ¿No habría dado señales de vida si estuviera vivo? —Su madre la abrazó.

Almudena apoyó la cabeza en su hombro y escuchó su respiración fatigada, como papel arrugado en sus pulmones.

«Tiene razón. Felipe ha hecho tanto por nosotras. Ingresó a mamá en el mejor hospital de Madrid, pagó el tratamiento. La sacó de las garras de la muerte. Aún sigue con la quimio. Hay esperanza. ¿Y si empeora? No tenemos dinero, solo a Felipe. No puedo negarme… Es mi madre, sueña con nietos… Y yo soy una egoísta…»

Se secó las lágrimas.

—Todo irá bien, mamá. No te preocupes.

Su madre suspiraba, mirándola de reojo, haciendo la señal de la cruz cuando creía que no la veía.

—No seas tonta. Agárrate a Felipe con uñas y dientes —le regañó su amiga Lucía, sin disimular su envidia.

—Pues agárrate tú. Eres más guapa que yo.

Lucía negó con la cabeza y se tocó la sien.

—Le debo demasiado, ¿entiendes? —protestó Almudena—. Siempre le deberé. Es como una prisión voluntaria. Él puede hacer lo que quiera, y yo ni chistar. Porque me debo a él.

—Tontuela. Si no te acostumbras, te divorcias. Problema resuelto —dijo Lucía con liviandad.

Esas palabras decidieron todo. Pero mientras la boda se acercaba, su corazón pesaba más. «Claro, como si me dejará ir. Con todo el dinero que ha invertido en nosotras», pensó con angustia. «¿Y a dónde iría? No puedo abandonar a mamá. La mataría. Acaba de recuperar peso… Es una trampa. Si solo escribiera “estoy vivo”, cancelaría la boda…»

Felipe decía amarla, no insistía en intimidad, aunque varias veces Almudena evitó por poco su impaciencia. El restaurante de lujo estaba reservado, los invitados eran importantes. Iba el concejal. No quería humillarlo, dejarlo como un novio abandonado. No era malo, ayudó a mamá…

Su madre asomó a la habitación.

—¿Aún no te levantas? En diez minutos vienen a peinarte y maquillarte. Levántate y dúchate. El desayuno está servido.

Almudena saltó de la cama y fue al baño. La pregunta «¿qué hago?» quedó sin respuesta, flotando en el aire como una brisa.

Se duchó rápido y se sentó con el pelo mojado. Para no herir a su madre, bebió un sorbo de café y mordió el pan. El bocado se atascó en su garganta.

—Basta, mamá, no puedo. Me mareo. —Apartó la taza.

—Yo tampoco comí antes de casarme con tu padre, de los nervios. Luego bebí cava y temí hacer el ridículo. —Su madre rio y se llevó una mano al costado.

—¿Qué pasa? —Almudena se alarmó.

—Duele la cicatriz.

Timbraron el portero.

—Voy yo —dijo su madre mientras Almudena sentía el corazón como un pájaro enjaulado.

Comenzó el ajetreo con el peinado y maquillaje. A Almudena le daba igual su aspecto. Pero al verse al espejo, gritó. Una estrella de Hollywood la miraba: Penélope Cruz.

Había pedido naturalidad, sin moños exagerados. Y acertó. Su madre se llevó las manos al pecho, con lágrimas en los ojos.

La estilista se fue, y Lucía ayudó a ponerse el vestido.

—Es pronto —protestó Almudena.

—No es pronto. Por si hay que ajustarlo. Tu madre dice que no comes.

—Tú también —suspiró, resignada.

Otro timbrazo.

—¿Abre tu madre? —preguntó Lucía, abrochando el vestido.

Almudena se encogió de hombros.

—¡No te muevas! —la regañó Lucía.

El timbre sonó de nuevo, y Lucía corrió a abrir, dejando a Almudena con la espalda descubierta. Escuchó murmullos y la voz de Lucía:

—No puedes, es mala suerte.

—Vine temprano por si acaso. Es mi boda, quiero ver a mi novia perfecta —insistió Felipe.

—Está espectacular, créeme. No entras —respondió Lucía, plantándose en la puerta.

El vestido de seda resbalaba de sus hombros. Almudena ajustó las tirillas. De pronto, tras la puerta, silencio.

Esperó un momento, levantó el vuelo del vestido para no pisarlo y entreabrió la puerta. Nadie. Descalza, salió al pasillo. Solo el susurro de la tela la delataba. Asomó a la cocina y se heló. Lucía estaba de espaldas. Sus rizos dorados caían sobre los hombros. Las manos de Felipe, blancas como alas, abrazaban su espalda.

¿Por qué pensó en lo hermosas que eran sus manos? Se besaban, balanceándose. Una oleada de calor le quemó el rostro. Retrocedió, regresó a la habitación y atrancó la puerta con una silla.

Se acercó a la ventana. Tercer piso. Cristal estrecho, asfalto abajo.

Se liberó del vestido, que crujió al rasgarse. Nubes de tul cayeron a sus pies. Lo pisó sin importarle.

—Almudena, abre. Felipe se fue —la voz de Lucía. La silla crujía bajo los empujones.

—Un momento —gritó con voz ronca, vistiéndose unos vaqueros y camiseta.

«No puedo saltar. Solo queda la puerta». Retiró la silla. Lucía forcejeó.

—¡Para! —Almudena abrió bruscamente.

Lucía entró disparada, casi golpeándose con el alféizar. Gritaba, pero Almudena ya corría por el pasillo. Se detuvo un instante, pero decidió no calzarse. Bajó las escaleras descalza.

En el segundo pisoEn el segundo piso tropezó con su madre, que la llamó a gritos, pero ella siguió corriendo hacia la calle, donde un hombre con uniforme militar la esperaba bajo el sol cegador de Madrid.

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MagistrUm
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