Bueno, pues allá íbamos, de visita a casa de mi suegra. Claro.
Ella vivía en un pueblecito, en una casita humilde en las afueras, y más allá… más allá había bosque, un río, un lago y pesca. Aire fresco, pajaritos, excursiones por setas y bayas. Un paraíso para mis dos pastores alemanes. Que, por cierto, mi mujer adoptó a pesar de mis protestas. Porque, vamos a ver, tener dos perrazos así en un piso de tres habitaciones en un quinto sin ascensor no es plan.
Resumiendo.
O mejor dicho, a mí me plantaron el hecho consumido y me soltaron una promesa: ellas (mi mujer y mi hija) se encargarían de sacarlos a pasear.
¿Te lo crees?
Pues yo no, y acerté. El que los sacaba era yo. El que los cuidaba era yo. Así de claro.
Por eso, el viaje a casa de la suegra lo veía yo como unas vacaciones. Que, por supuesto, se convirtieron en trabajos de bricol, arreglos en la casa, faenas en el huerto… y yo, reventado, dejé de soñar con pescar o recoger setas.
Los únicos felices eran los perros. Libertad total. Correr a su aire, hacer lo que les saliera de los morros. Y yo, que les envidiaba con toda mi alma.
Pero al segundo día… trajeron a casa a un gato.
Viejo, sucio, con pulgas, mitad negro mitad blanco. Los pastores alemanes, plantados en el pasillo, suplicaban con miradas enternecedoras. El gato, sentado delante, ponía cara de santo arrepentido. Y mi suegra, mi mujer y mi hija (que a lo del huerto y la casa le dedicaban más bien poco, pues para eso estaba yo) se deshacían en arrumacos, lágrimas y exclamaciones de ternura.
—¡Ay, qué nobles son estos perros!
El gato fue recibido a brazos abiertos. Lavado, secado, alimentado, acariciado y besuqueado hasta la saciedad. Y acto seguido, se acomodó en mi sillón. A mí me dejaron un taburete.
Le pusieron de nombre *Pobretón*.
Pero yo, que lo observaba con detenimiento, notaba en su mirada y en sus gestos que Pobretón, en realidad, era más bien *Cara de Malo*.
Durante las dos semanas que estuvimos allí, el muy pillo se comportó como un ángel. Jugaba con las mujeres y los perros, ganándose su cariño, su respeto y su devoción.
Yo aún tenía la esperanza de dejarlo allí, pero tras una batalla campal en la que ganó mi hija, la suegra le hizo un paquetito con chuches, le dio un beso en el hocico… y se vino a casa con nosotros.
Y ahí, mi querido público, es donde desplegó todo su esplendor.
Lo primero que hizo fue dejarles clarito a los dos mastodontes peludos quién mandaba en el piso. Del encuentro, los pastores alemanes salieron con sendas marcas en el hocico y una revelación trascendental.
Habían cometido un error fatal.
Mi mujer y mi hija adoraban a *Pobretón*. Los gatos saben llegar al corazón femenino… cosa que yo, por cierto, no logro igual.
Así que, a partir de entonces, yo paseaba a los perros con correa… y al gato, suelto como un señor. Lo único bueno de esos paseos era ver cómo los perros caminaban en perfecta formación, rígidos como soldados, sin atreverse ni a mirar a *Pobretón*, que iba pavoneándose con la cola bien alta.
Los vecinos alucinaban.
—¿Cómo ha conseguido adiestrar así a los perros? ¡Qué maravilla, van como en un desfile!
Yo me limitaba a sonreír con fatalismo. *Pobretón* era capaz de adiestrar hasta al presidente del gobierno.
El gato solía tumbarse en medio del parque mientras nosotros dábamos vueltas a su alrededor. Él nos observaba con mirada de jefe severo, y los perros me lanzaban miradas suplicitas.
Dos bestias de combate —prohibidas por ley, por cierto—, sin bozal ni correa, cuyos dueños acababan de mudarse al barrio y parecían empeñados en demostrar quién mandaba allí.
Primero barrieron a todos los gatos del vecindario y luego enviaron al veterinario a los perros que osaron enfrentárseles.
Cuando salimos nosotros, estaban disfrutando de su reinado solitario, porque todo bicho viviente huía de ellos.
Hasta que vieron a mis pastores alemanes marchando en formación… y al gato.
Decidieron acercarse sigilosamente para atacar.
Su dueño, lejos de impedirlo, sacó el móvil para grabarlo todo.
Se lanzaron contra los perros primero, pensando que las correas les impedirían escapar.
A *Pobretón* y a mí nos guardaban para después.
Error.
Los pastores alemanes, al ver a los pitbulls venir hacia ellos, tiraron de las correas con tal fuerza que me tumbaron de espaldas. Intentaron salir corriendo (sin éxito, claro), y yo, con los ojos cerrados, ya veía el desastre. Me imaginé levantándome, gritando, agitando los brazos… haciendo el ridículo en un intento desesperado de valentía.
Pero, ay, de todos nosotros, el único valiente resultó ser *Pobretón*.
En una fracción de segundo, se transformó de gato vago en furia demoniaca.
El ruido que soltó al saltar sobre el primer pitbull superaba en decibelios a una sirena de bombero.
En dos segundos, le convirtió el hocico en un trapo, y el segundo, tras una breve pausa de terror, salió corriendo a esconderse detrás de su dueño, aullando como un cachorrito.
El dueño seguía grabando, incrédulo. Y sí, fue en directo.
Desde entonces, los pitbulls salen con bozal y correa, pero solo cuando yo no saco a *Pobretón* y a mis pastores alemanes.
Porque si nos cruzan, se encogen, se mean de miedo y se esconden tras su humano.
Para evitar la humillación, su dueño los saca ahora de madrugada.
Mis perros, por cierto, ahora le lamen las patas a su salvador y no se atreven a discutirle.
Y yo, la verdad, también me lo he replanteado. Cuando no están mi mujer y mi hija, me traigo un par de botellines de cerveza y unas sardinas.
La cerveza es para mí. Las sardinas las comparto con mi guardaespaldas.
Los perros miran en silencio. No protestan. Son muy listos.
A veces el gato se acerca y le hago unas caricias. Pero en sus ojos hay algo que noY ahora, cada vez que miro a ese gato, no puedo evitar preguntarme si en su vida pasada fue un gladiador romano o un pirata despiadado, porque desde luego, nadie le gana en astucia y mala leche.
