FIFA: La pasión del fútbol que une a España y al mundo

¡Vaya, cómo se ha puesto! La gente normal, como Dios manda, va por la mañana a trabajar, y esta ¿Adónde piensa ir con esos pantalones blancos por la calle, con el barro que hay?

¡Si es que ella no anda a pie nunca! ¡Siempre en ese coche suyo! ¡Como si fuera un autobús!

Y da gracias que vaya vestida, que igual podría ir peor. ¿Te has fijado en lo que lleva en el cuello?

No, ¿el qué?

¡Una tatuaje, lo que oyes! ¡Quién se hace esas cosas! ¡Parece que ha salido de la cárcel, te lo digo! Tan joven, y ya toda llena de tinta. ¡Si su madre la viera desde donde esté..! Si es que Sin nadie que le vigile, se ha perdido la chica.

La conversación flotaba en el banco al pie del edificio, mientras todas miraban cómo Isabela se iba alejando.

Y es que, ¿para qué dejar los cotilleos si las bolsas de la compra ya descansaban junto a sus pies y a casa no apetecía, porque allí sólo espera la rutina? Un respiro mínimo, porque todo es igual. Hijos grandes o pequeños, la comida, la limpieza Y las alegrías se quedan en lo que hay en fiestas contadas, porque, ¿dónde encontrar esa alegría para la gente normal? No es fácil. La vida se llena más de preocupaciones: cómo echar una mano a los hijos o traer un dulce para los nietos. Si los hay, claro, que a cada cual le toca lo suyo. Que si Carmen ya sabe que a nietos no la van a hacer, que ahora lo que se lleva es irse por ahí de vacaciones, sin responsabilidades. Así es la juventud de ahora, qué le vamos a hacer, igual que Isabela, la hija de Marina.

Y pensar que Isabela fue siempre una buena niña que iba a clase, educada, saludando a todo el mundo. Pero en cuanto faltó la madre, la cosa cambió. Anda perdida, no estudia, no trabaja ¡y ha montado un salón de tatuajes! ¡Un escándalo!

Cuando hace algún tiempo apareció el padre ese hombre que todos pensaban que la enderezaría, resultó que lo único que hizo fue regalarle ese coche enorme y marcharse otra vez, dejando a la niña a su suerte. Que apenas había cumplido los veinte ¿Cómo se puede dejar así a una hija sola? ¡A saber si un día mete en casa a quien no conviene! A ver si termina perdiendo el piso de la madre y hasta el coche ese horroroso que nos ocupa toda la plaza.

¡Y ahí va! ¿Adónde se irá? ¡Ni mira para atrás! ¡Vaya creída Siempre en blanco!

Pero a Isabela no le daba tiempo de pensar en los cuchicheos de las vecinas ni en invenciones ajenas; demasiados eran sus propios líos. Hoy, por ejemplo, tenía el día cronometrado. ¡Ojalá tuviera horas extra, pensaba! Siempre se acordaba de lo que decía su madre:

Isabela, de eso depende todo. Algunos van como locos y no llegan a nada. Y la clave es sencilla: quien maneja bien su tiempo, puede con todo.

¿Y cómo se hace, mamá?

No desperdicies ni un minuto. Decide qué es importante y deja un poco para descansar y divertirte: el alma lo necesita. Sólo trabajar te apaga, ¿qué sentido tiene?

¿Por qué?

Porque nadie es de hierro, hija mía. Si te exiges demasiado, lo pagas tú y todos los que te rodean.

Isabela recordaba cada palabra, aunque ponerlas en práctica le costaba la vida. Incluso se compró una agenda, pero era imposible tenerlo todo bajo control. Tres clases tenía aquel día y a la vez citas con clientes, una visita rapidísima a Lucía, que siempre venía con David, y saludar a Pablo, al que prometió ayudarle con la mudanza Y además, a conocer a los nuevos del equipo, ¡y ni siquiera se sabía aún sus nombres!

Por fin el atasco se despejó un poco e Isabela pisó suavemente el acelerador. El coche respondió enseguida, casi como si la animara. No temas, parece que decía, que aquí estoy para aprovechar tu tiempo.

Gracias, papá susurró, acariciando el volante.

Si hace unos años alguien le llega a decir que daría las gracias a su padre, se habría reído en su cara. Siempre lo había despreciado, casi desde que tenía memoria.

Su madre jamás le habló mal del padre. Siempre le decía que era muy listo, que en eso era igualita a él.

Pero Isabela nunca entendió cómo una persona tan lista pudo abandonar a su hija y desaparecer, sin acordarse nunca más de ella.

Durante años, ese rencor creció en su corazón.

En la fiesta del colegio, sentadita en el rincón mientras el resto bailaba con sus padres, sentía rabia. O en clase, cuando al oír, ¡se lo diré a mi padre! notaba la punzada de la envidia.

Antes de terminar el instituto, discutió a gritos con su mejor amiga Claudia. Fue cuando esta, hablando a la ligera, soltó:

Mi padre dice que puedo elegir carrera y si no apruebo, él paga. Y si me va bien, me compra el coche.

Aquello no era envidia, no exactamente. Sino esa herida, el dolor de saberse sola, de querer tener un padre ahí. Y Claudia, que sabía lo que sentía Isabela, nunca perdía ocasión de hurgar en ello

Pero en realidad Isabela no solía envidiar. Había ido de viaje con su madre fuera de España, tenía todo lo que necesitaba. Y aquel teléfono móvil bonito del cumpleaños dieciséis, que le regaló su madre, nunca fue el mejor regalo de aquel día.

Todavía tenía la caja en las manos cuando, en el umbral de su habitación, apareció aquel al que tanto deseaba ver por lo menos una vez.

El escándalo que montó fue terrible Gritos, llanto, arrebatos… No quiso ni escuchar a su madre:

¡Traidora! ¿Para qué lo has traído? ¡No quiero verlo!

¿Cómo podría saber, entonces, que su madre ya tenía los resultados de la enfermedad, y que pronto la vida daría un vuelco tremendo? Aquello iba a sacudir la casa hasta dejarla sin cimientos. Y justo antes de la caída final, cuando ya no quedaban fuerzas, su madre la sentó y le dijo la verdad.

Yo soy la culpable, Isabela. Ni tu padre ni tú. Yo fui quien no dejó que él te viera Me culpas a mí, y no te falta razón.

¿Por qué? ¿Por qué me quitaste a mi padre?

Guardé mucho rencor Cuando te llevaba en mi vientre, aguanté reproches de todos, mi familia y la suya Nadie en casa te esperaba, hija. Fuiste el error de dos niños. Él dejó los estudios para mantenernos, y yo, al final, no volví a la universidad. La gota que colmó el vaso fue que nacieras tú y no un niño. Así que me fui con tu tía, tu padre ni siquiera supo que no volveríamos

¿Y después?

Me buscó, me escribió, llamó, pero yo le dije que tú no eras hija suya

¡Mamá! ¿Por qué?

Me lo repitieron tanto que terminé creyéndolo. Quería protegerte, que no escucharas lo que yo escuché Creí que actuaba bien, ahora sé que no, pero ya era tarde.

Golpeó con el puño el alféizar y la tierra del tiesto con el cactus se desparramó por todo. Aquella suciedad le pareció como todo lo escuchado esa noche: imposible de limpiar de un plumazo. Pero cogió la bayeta y acicaló el lugar, luego volvió al lado de la cama de su madre, muy seria:

Cuéntamelo todo. Sin callarte nada. Ya no me mientas más.

Así supo cómo fue la historia. Y aunque obtuvo menos respuestas que preguntas, comprendió que la vida es eso: una colección de verdades a medias que explotan tarde o temprano.

Nunca supo a ciencia cierta si había perdonado a su madre, pero estaba agradecida de que le confesara todo, aunque se quedaran secretos encerrados en los ojos doloridos de su padre, en las noches de vigilia y en aquellas lágrimas secas que él intentaba ocultar.

Nunca preguntó a su padre lo que hablaron en aquellas noches junto a la cama de su madre. No era necesario remover más.

Y a partir de entonces, no quiso dejarse de la mano de su padre. Quería que al menos, hasta la mayoría de edad, él estuviera a su lado.

Yo me iré, si me lo pides, cuando cumplas los dieciocho. Pero hasta entonces, aquí estoy. le dijo él.

¡No! Casi nunca estabas, ahora quiero verte, papá ¡Quédate!

Natalia, su madre, vivió aún casi dos años más. Y aunque fueron difíciles, Isabela sentía que habían sido los más intensos, los más dulces y los más amargos de su existencia. Solo le dolía no haber tenido más tiempo juntos.

Fue entonces cuando empezó a dibujar.

¿Por qué no antes? No sabría decirlo. A veces garabateaba en las libretas, pero nunca se lo tomó en serio.

Oye, no está nada mal eso silbó su padre al ver uno de sus dibujos.

Mira, ven.

Se quitó la camiseta y ella se quedó boquiabierta. Una espectacular tatuaje de colores cubría la espalda de su padre.

Un amigo me la hizo. ¿Te gustaría que te presentase? Quizás te enseñe.

¡Por supuesto!

Casi nadie notó cuándo Isabela se fue, pero estuvo casi un año en Madrid, aprendiendo el arte del tatuaje, hasta que sintió la llamada de casa.

Papá, quiero volver A casa.

Él lo comprendió, no la detuvo. La ayudó a empacar y, tras unas semanas, al volver a Ciudad Real, descargó sus cajas en el piso y puso sobre la mesa el juego de llaves de su coche.

Ahora es tuyo. Y esto también.

A su lado dejó una carpeta con documentos.

¿Esto qué es?

El local donde abrirás tu estudio. Vendí mi piso y con eso lo compré. No es muy grande, pero suficiente para empezar, y tu profesor Alejandro te ayudó con todo el material. Ya verás cómo sale bien. Pero no olvides formarte: la práctica es buena, pero los estudios abren muchas puertas.

Ni siquiera cuando el estudio estuvo listo y el vecino Julián, que ahora era motero, le llenó de elogios, era capaz de creerse que podían llegar cosas buenas.

El padre la ayudó en todo y luego, con pena, tuvo que marcharse a cuidar a sus padres ancianos.

Se despidió con un abrazo:

Sabes que estoy contigo, aunque esté lejos.

A puro de esfuerzo, Isabela se entregó al trabajo y la universidad. Tuvo que contratar a dos asistentes por el volumen de trabajó.

Y fue en medio de este torbellino cuando llegó Lucía.

Una mujer elegante, de rostro desmejorado, entró al estudio cuando Isabela ya esperaba impaciente a su próximo cliente.

Perdona ¿Puedo hablar con la persona responsable?

Isabela levantó la vista del portátil y apuntes, sorprendida.

Sí, soy yo.

Niña, no estoy para bromas. ¿Y los mayores?

Solo entonces la miró bien. Bajo la ropa cara, se escondía el cansancio: ojeras, uñas mordidas, esa mirada triste Era una vieja conocida de Isabela, así que fue por su portfolio y le mostró sus trabajos con serenidad.

Si te convence, dime qué quieres.

El nombre aquí dijo Lucía, enrollando la manga y enseñando la muñeca.

Sirvió para que, en ese momento, la clienta se quebrara, luchando por no llorar. Isabela no dijo nada más: cerró la puerta con llave y le dedicó su tiempo. Al escuchar el nombre, sólo asintió.

¿Dolerá?

Sí, pero no durará mucho.

La palabra Alicia quedó grabada en la piel y en los recuerdos. Dos días después Isabela volvió a verla en el hospital, acompañando a una niña con gafas y crista roto.

¿Usted?

Sí. Gracias, quedó precioso.

¿Está?

Ella. Mi hija.

Lucía tendió la mano y se presentó.

Lucía.

Isabela.

¿Quieres conocer a Alicia?

Isabela aceptó de inmediato, sin imaginar cómo aquella niña transformaría su mundo.

¿Tienes nueces? ¿Pipas? ¿Nada? Pues, ¿cómo das de comer a las ardillas?

¿Ardillas?

¡Sí, aquí hay muchas! ¡Con mamá las buscamos cada día! Se van a caer de tanto comer que les damos.

No, mujer, saltan tanto que no se pondrán gordas.

¿De verdad? la niña miró de reojo y rió. ¡Es que tú eres lista!

No mucho, la verdad, aún estoy aprendiendo.

Así empezó la amistad, entre risas, bajo los pinos del hospital. La segunda vez Isabela ya llevó bolsillos llenos de frutos secos.

El proceso de Alicia no lo contó Lucía enseguida. Se empezó a abrir poco a poco, con pasos de confianza delicados.

¿Pueden hacer algo por ella?

Sí, ya no es irreversible susurraba con las manos calientes en la tacita de café. Pero cuando vine a verte, ese día me dijeron que no había casi opciones

¿Y ahora?

Un nuevo cirujano, Pablo, dijo que todavía no estaba todo perdido

Pero, si es buena noticia, ¿por qué lloras?

Han operado a Alicia Está en la UCI y a mí me echaron. Me da miedo, Isabela, mucho miedo. Y no tengo con quién compartirlo.

¿Estás sola? ¿Y el padre?

Se fue antes de que naciera. No era una historia de amor Yo le elegí porque pensé que era digno de ser el padre, nada más.

No lo entiendo del todo, pero bueno. Ahora tienes a Alicia.

Sí, y no dejaré que se quede sólo en un nombre tatuado. No me lo permitiría.

Las palabras de Isabela, un poco duras, fueron lo que Lucía necesitaba. Lloró como una niña y juntas pasaron la noche en el estudio, en silencio, con palabras o risas según tocaba. Por la mañana, Isabela llevó a Lucía peinada al hospital:

Venga, hay que estar fuerte.

La operación salió bien. Alicia pronto quiso correr a ver ardillas, a pesar de la rehabilitación.

Isabela fue la encargada de llevarlas a Madrid para el proceso, invitada por Alejandro, quien ayudó a organizarlo todo. Pablo, el cirujano, y ella hablaban, pero ninguno se atrevía a ir más allá de la cortesía, ni siquiera cuando la atracción era evidente.

Los niños que Isabela acompañaba en su coche eran felices viajando en aquel vehículo lleno de mantas, caramelos y películas, y así se fue haciendo conocida en hospital y en su barrio.

Pablo la admiraba en secreto, y ella también guardaba sus sentimientos.

Cuando Alicia volvió del hospital, pidió ir a ver a Pablo.

¿Por qué no le dices lo que sientes por Isabela? preguntó la niña al médico.

Es complicado, Alicia

¿Por qué? Si está claro que os gustáis.

Pablo sonrió.

No tengo ni un piso, apenas llego a fin de mes y tú has visto el coche que conduce Isabela. ¿No crees que debería ofrecerle algo más?

¿Pero el amor no basta?

Se quedó pensando mientras la niña salía corriendo con Lucía.

La niña habló claro también con Isabela, y aquella misma tarde, al cerrar el estudio, Isabela supo que no podía perder más tiempo.

Salió a la calle y encontró a Pablo que, tímido, sólo le dijo:

Hola.

Meses después, el banco de señoras cotillas del barrio volvió a zumbar.

¡Que se ha echado novio! ¿Quién será? ¿De dónde ha salido ese?

Al menos parece serio.

Será mejor avisar al padre de Isabela, que venga a poner orden

Pues ya está aquí, le he visto estos días

Vieron a Isabela vestida de blanco, con ese vestido que dejó ver el tatuaje del que tanto se hablaba; a Pablo, nervioso, feliz; a Alicia presumiendo de haberle vendido a Isabela a su médico favorito; a Lucía arreglando el velo y llorando sin disimulo.

Déjame llorar, que es de felicidad

Y a los amigos de Isabela del hospital llegando con flores, abrazándola como si fuera de la familia.

Nadie se enteró de quién era quién ni del porqué Isabela, antes de meterse en el coche, se descalzó, se calzó unas zapatillas deportivas y le pidió a Lucía que le atase los cordones.

Siempre igual de distinta que todos decía el banco al ver partir la comitiva nupcial.

¡Vaya fifi que es! sentenciaron, aunque esta vez, con cierto orgullo.

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