Hoy quiero dejar constancia en mi diario de un episodio que jamás olvidaré y que, sin duda, tampoco olvidará mi marido.
A los cincuenta años, mi esposo, Jaime, ha desarrollado una extraña habilidad: recuerda perfectamente cuándo toca cambiar el aceite del coche, las fechas de las excursiones de pesca con sus amigos a la Sierra de Guadarrama y en qué momento empiezan a picar mejor las truchas. Sin embargo, fechas familiares importantes parecen desaparecer, como si el viento se las llevara directamente de su cabeza.
Casi siempre le echaba una mano, dejándole pistas, preguntando a bocajarro o adjuntando notas en la puerta de la nevera. Pero este año, con mis cuarenta y cinco años recién cumplidos, decidí hacer las cosas de otro modo. Quería sentirme celebrada, sin tener que pedir ni recordar nada, confiando en que veinticinco años de matrimonio habrían dejado alguna huella.
El viernes por la mañana, mientras me preparaba el café, vi a Jaime recorriendo el piso de un sitio a otro, liado entre cañas, botas y mochilas.
Lucía, ¿has visto mi termo? Los chicos ya me esperan abajo. Nos vamos al embalse, es la mejor época. Vuelvo el domingo, no habrá mucha cobertura.
Me plantó un beso distraído en la mejilla, sin apenas mirarme.
No te aburras. Cómprate un capricho, mujer.
La puerta se cerró tras él y me quedé mirando el calendario de la cocina, donde el 27 de febrero aparecía recuadrado en rojo. Mi cumpleaños. No solo lo había olvidado, sino que había preferido irse de pesca justo ese día.
Al principio sentí el golpe de la decepción. Pero poco a poco, ese dolor se volvió calma y determinación. Decidí que, esta vez, no pasaría inadvertido. Jaime debía aprender, de una vez por todas, que su mujer también merece atención.
Tenía una idea perfecta y la llevé a cabo sin pestañear. Cuando Jaime volvió a casa, le esperaba un detalle que jamás olvidará.
Os cuento lo que tramé. Jaime tenía una “hucha secreta”, un pequeño fondo que iba guardando en el mini caja fuerte del despacho. Era su tesoro, su ahorro para un nuevo motor fueraborda. Por fortuna, yo tenía el código (su infalible memoria a veces no era tanto). Eran casi dieciséis mil euros, la cantidad suficiente para cambiar una vida o, al menos, un fin de semana.
Abrí el cajón y tomé una decisión.
Ese fin de semana fue uno como nunca me había permitido. Llamé a un servicio de catering, invité a mis amigas, llené la casa de flores frescas. Música, risas y cava para todos. La noche siguiente cenamos en el restaurante con las mejores vistas de Madrid. Después, una tarde de spa relajante, porque también lo merezco.
Como broche final, me autorregalé ese broche de mariposa de oro que llevaba meses mirando en el escaparate de la joyería de la calle Serrano. Siempre me decía: Ya llegará, primero lo importante de la familia. Esta vez, lo importante era yo.
El domingo por la tarde, cuando Jaime regresó relajado con su cubo de truchas, entró silbando.
A ver, ¡prepara la sartén que vengo cargado! Lo hemos pasado genial.
Al adentrarse en el salón, se quedó paralizado. Restos de cava, cestas de flores, bolsas de grandes almacenes, las risas aún flotando en el aire.
¿Y esto? ¿Has montado una fiesta?
Así es respondí con serenidad. Era mi cumpleaños. Cuarenta y cinco. ¿Te acuerdas?
Jaime se quedó quieto, como petrificado. Respiró hondo, con gesto de culpabilidad.
Lucía lo siento mucho. Se me fue por completo. De verdad que no era mi intención
Lo entiendo interrumpí. Por eso he decidido celebrarlo por mi cuenta, regalo incluido.
Vi cómo su mirada se desplazaba al despacho. Salió corriendo y volvió más pálido que una sábana.
¿Dónde están mis ahorros? ¡No quedan ni las telarañas!
Los tienes aquí contesté, abriendo los brazos hacia el lujo y el buen ambiente del salón.
¿Lo gastaste todo? ¡Era para el motor! Llevaba dos años ahorrando
Y yo llevo veinticinco esperando que recuerdes las fechas importantes repuse, suave, pero firme. Has olvidado mi cumpleaños. Solo quería que este año no se te olvidara.
Se sentó cabizbajo, mirando su cubo y el despacho vacío, sin atreverse a decir nada. No podía enfadarse demasiado. Ese dinero era de ambos al fin y al cabo.
Desde entonces han pasado seis meses. Jaime sigue ahorrando para su motor, pero ahora el móvil le avisa con una alarma un mes, una semana y un día antes de cada aniversario, cada cumpleaños, cada día relevante. Porque sí, a veces las lecciones cuestan, pero no se olvidan jamás.
Hoy, al escribir estas líneas, me doy cuenta de lo que de verdad importaba: la atención. Nunca esperes menos; si no te la dan, dátela tú mismo.





