Esta mañana, mi mujer me ha comunicado que vamos a tener nuestro cuarto hijo. Y además ha añadido:

Por la mañana, mi esposa anunció con voz solemne y ojos de aceituna que íbamos a tener nuestro cuarto hijo. Añadió con la lógica inapelable de un sueño extraño:
Comprar un piso en Madrid no podemos, Juan. Así que nos tendrá que tocar uno de los de protección oficial. Como tú no sabes reclamar nada ni llenar papeles, cada año traeré otro niño al mundo: si no conseguimos la vivienda por calidad de padre, la conseguiremos por cantidad de hijos.

Al llegar al Instituto, empujé la puerta de roble con la placa que decía Dirección, como quien atraviesa la niebla de la sierra. Dentro, un tumulto de voces: don Basilio Balboa, el director, y su lúgubre subdirector Montero, celebraban una extraña reunión.
Se trata de nuestro prestigio, caballeros tronó Balboa. Hay que superar a los demás institutos en todas las disciplinas deportivas ¡Ah, aquí está nuestra gran esperanza!
Me señaló a mí. Yo, con cara de haber visto un fantasma en Toledo, titubeé:
Yo solo venía a preguntar por lo del piso
El bloque se entrega en una semana declaró Montero con solemnidad barroca. Usted es el primero en la lista, don Juan. ¡Solo hay que saltar y estrenamos casa!
¿Saltamos? musité, sonriendo como un santo inocente de retablo.
En paracaídas. Mañana hay competición.
La sonrisa se me descolgó de los labios, rodando como una aceituna por el suelo.
¿Yy dónde saltamos?
Al suelo mismo, hombre.
¿Y para qué?
¿Cómo que para qué? ¿No ve la tele? Ahora lo de moda es que los sabios hagan récords. El profesor García estuvo boxeando ayer señaló a un señor flacucho en el sofá, con la nariz como un pimiento y la cara recosida por tiritas. El doctor Salcedo participó en lucha grecorromana el sábado. Ahora descansa en reanimación Esta vez le toca a usted. Les repartimos los deportes: le ha tocado el paracaidismo.
Oír le ha tocado me hizo sentir como si me hubieran declarado la guerra.
¿Cuándo salto?
Mañana, en el Día de las Aves.
Busqué comprensión en Balboa.
¿Y qué les he hecho yo a los pájaros?
Balboa posó una mano sobre mi hombro.
El piso, como familia numerosa, lo tiene, eso seguro pero Hay viviendas con terraza y otras que dan al parque y otras al polígono cementero. Su implicación en la vida del Instituto cuenta para el reparto
Hubo un silencio ensoñador. Maqué un comprimido de trankimazín.
¿Y si no llego a tierra?… ¿O paso de largo?… ¿Mi familia tendrá piso con vistas al parque igual?
Montero sonrió, como quien entrega lotería:
Ya sabe el lema: ¡viudas y huérfanos, fuera de turno! Y tranquilo, hombre, ¡que irá bien acompañado! Señaló a un becario pálido, agazapado en la esquina como un ratón asustado. El pobre está en el ERE, le van a largar igual
Desde niño, el vértigo me tenía más miedo que el coco de mi abuela Remedios. Subirse a una silla me hacía girar la cabeza a ritmo de jota aragonesa. Al oír avión se me revolvía el pulso. Así que, ya en casa y como en un sueño absurdo, practiqué saltando varias veces de la cama al suelo: mis hijos aplaudían y la perra, Lucía, ladraba.

Al día siguiente, nos llevaron a mí y al becario-sacrificio en una furgoneta negra, de esas que en los sueños parece que no llevan a ningún sitio. Seguía Balboa en coche, y luego, en el tranvía, venía una nube de profesores y catedráticos, apoyo moral, de treinta cabezas y ninguna solución.

Al llegar a Cuatro Vientos, Montero nos esperaba con una banda de música: sonó la marcha fúnebre, porque era una banda de entierros y el piloto tuvo hasta que secarse una lágrima. Tres músicos subieron con nosotros al avión, para tocarnos algo animado cuando cayéramos.

El instructor, hombre apacible con cara de haber perdido un tren, me examinó la barriga y ordenó: Que le pongan otro paracaídas. Así acabé con dos mochilas: yo un camello dromedario, el becario un simple borriquillo.

En el aire, el instructor explicó por tercera vez los motivos por los que un paracaídas puede fallar y nos besó tres veces a cada uno en la frente. Luego abrió la portezuela, cruzó una mirada culpable conmigo y murmuró: Va siendo hora.
En silencio le pasé un sobre.
Déselo a mi esposa, si nace un niño, que le ponga mi nombre.
El instructor intentó tranquilizarme:
Solo se pasa miedo al principio; luego, ya no siente nada.
¡Ánimo, toreros! dijo el piloto.
Los músicos tocaron No nos rendimos jamás. Cerré los ojos y salté Al abrirlos, mi mitad superior seguía en el avión, la inferior colgaba en el aire. Había quedado atascado en la escotilla. Empujaron instructor y becario, pero nada.
Hay que engrasarlo sugirió el becario.
El instructor sudaba:
¡Desatascad! ¡Está atascando el espectáculo!
¿Cómo? grité yo.
¡Suelte el aire!
Solté un largo Aaaay y caí al abismo como jamón de pata negra. El anillo del paracaídas lo tiré dentro del avión, así que este se quedó enganchado en el tren de aterrizaje y quedé colgando bajo el fuselaje.
El piloto hacía acrobacias para soltarme, pero yo era ya parte del avión.
¡Dejen de hacer el cabra! gritó el instructor. ¡Suelte ya el avión!
Pero yo no soltaba nada.
El instructor se asomó medio cuerpo fuera: el becario, sujetándole por las piernas. El avión vibra. El instructor cae fuera, arrastrando al becario, que le agarra de las pantorrillas. Yo, pillado por la chaqueta. El becario, a las piernas del instructor.
Ahora volábamos felices: una familia de trapecistas surrealistas. Los músicos tocaban Volad, palomas, volad.
El instructor se quejaba de que el becario le cortaba la circulación y que le iba a dar gangrena

Para descansar, le ofrecí al becario mis piernas total, colgaban libres pero él prefería las del instructor. El avión no podía aterrizar con aquel racimo antropomórfico. Bajaba en picado, rozaba la hierba; el becario arrastraba pies, pero jamás soltó las piernas del instructor. Al final, volvía a subir.

El instructor maldecía sus piernas y deseaba perderlas junto con el becario.
Los músicos versionaban El cielo es nuestro hogar.

Con la gasolina en las últimas, alguien asomó un palo con lazo por la escotilla: pescaron los tobillos del becario, tiraron: primero entró el becario, después el instructor, luego yo. Me entraron solo hasta la cintura y otra vez atascado, mitad en el vuelo y mitad en tierra. Pero ya no daba miedo: el avión tocaba pista y tuve que correr, arrastrado medio kilómetro por la pista de aterrizaje.

Nadie murió, todos felices. La banda interpretó el más alegre de sus entierros.
Solo el instructor no pudo moverse: el becario todavía le agarraba las pantorrillas como un galgo a un hueso. Tuvieron que separarlos con tenazas.
De pie de nuevo, vimos que, en lugar de pantalones, el instructor tenía unas mallas extrañamente largas: eran sus piernas, que se habían estirado de tanto esfuerzo. Parecía un avestruz.

Mañana, segunda ronda de saltos anunció Montero.
Al oírlo, el instructor palideció como mi paracaídas sin abrir y echó a correr con sus piernas nuevas, llamando por teléfono a algún sitio olvidado del sueño.

A mí me dieron por ganador, no solo en esta prueba, sino para todas las futuras durante la década. También me homologaron un récord de velocidad: había corrido al paso del avión. Aunque solo corrían mis piernas y mi torso volaba, así que lo partieron por la mitad.

Pero aún así, ¡fue récord!

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MagistrUm
Esta mañana, mi mujer me ha comunicado que vamos a tener nuestro cuarto hijo. Y además ha añadido: