Felicidad Fragmentada: Drama de Lazos Perdidos

**Felicidad Partida: Drama de Vínculos Perdidos**

Amanecía en Villarreal cuando los primeros rayos de sol se colaban por las persianas de su piso. Mientras su marido dormía plácidamente, Carmen preparó el desayuno: tortitas finas, casi etéreas. La mitad rellenas de jamón, la mitad de queso. El aroma se esparció por la casa, llenándola de calidez. Javier se despertó cuando el olor llegó al dormitorio. Tras lavarse, se sentó a la mesa y devoró las tortitas acompañadas de un café fuerte. Al terminar, miró a su mujer y dijo:

—Carmen, necesito hablar contigo.

Ella, que fregaba los platos, se giró, secándose las manos con un trapo.

—Dime —respondió, sintiendo una punzada de inquietud.

—Me voy de casa. Presentaré el divorcio yo mismo —declaró él con calma, pero firmeza.

—¿Qué? ¿Por qué? ¿Adónde vas? —Carmen se quedó inmóvil, los ojos desorbitados por el shock.

La mañana del sábado había comenzado como siempre. Carmen se levantó a las nueve, en silencio para no despertar a Javier, y se puso a hacer tortitas. Le encantaban esos momentos: la tranquilidad matutina, el olor a comida, la calidez de su hogar.

Javier apareció cuando el aroma lo invadió todo. Comió en silencio, disfrutando del café, y de repente soltó:

—Carmen, me voy de casa.

Ella creyó haber oído mal. Al volverse, lo miró fijamente.

—Sé que esto es ruin —continuó él, sin alzar la vista—. Veinticinco años juntos, y lo echo todo por la borda. Pero no puedo evitarlo. Ella… es increíble. A su lado me siento vivo, joven. La amo, Carmen, ¡y es una felicidad que me enloquece!

—¿Cuántos años tiene esa felicidad? —preguntó ella con frialdad, conteniéndose.

—Veintiocho.

—O sea, solo cinco años mayor que nuestra Laura. Y veinte más joven que tú. Curioso. ¿Conoces a sus padres? ¿Les hace gracia la elección de su hija? Si Laura llevara a casa un yerno de tu edad, no me haría ninguna gracia.

—¿Qué importa la edad si hay amor? —exclamó él, la voz temblorosa—. Tú no tienes el fuego que tiene Lucía. Vives con normas anticuadas.

—Perfecto —cortó ella—. Nos divorciamos y repartimos los bienes.

—No habrá reparto —replicó él—. El piso es tuyo. Lucía ya tiene un dúplex. El coche me lo quedo yo; a ti apenas te hace falta.

—No, así no —negó Carmen—. Hoy dices que me dejas el piso, y dentro de dos años volverás reclamando hasta el último vaso. Soy abogada, he visto muchos “generosos” como tú. Repartamos todo ahora: el piso, el coche. Dinero no tenemos; se lo dimos a Laura para la hipoteca.

Javier se sorprendió por su serenidad. Esperaba lágrimas, gritos, reproches… Pero Carmen solo le ayudó a hacer las maletas. Al despedirse, le deseó suerte, aunque, cuando la puerta se cerró, dejó escapar las lágrimas. Veinticinco años compartidos, en las buenas y en las malas. Siempre creyó que a su lado estaba un hombre de fiar. Ahora solo quedaba vacío.

«¿Soledad? —pensó Carmen, secándose las lágrimas—. Tengo a Laura, a mi yerno, a mi nieto Pablo.»

Se sentó en el dormitorio, entre las pertenencias que Javier había apresurado a recoger. Los recuerdos la inundaron. Su boda —Carmen en segundo de carrera, él en cuarto—. Pronto nació Laura. Vivían en una residencia universitaria, turnándose para cuidar a la niña y asistir a clase. Después, con ayuda de la decanato, la metieron en una guardería.

Su primer piso: una habitación diminuta en un piso compartido. Dormitorio, cuarto infantil y una cocina minúscula en dieciocho metros. El baño al final del pasillo, la ducha en el sótano. Entonces, a Javier nunca le faltó “fuego”.

El divorcio fue rápido. El juicio por el reparto tampoco se alargó. Vendieron el coche al instante, pero el traspaso del piso tardó tres meses; no encontraban comprador.

Carmen se compró un acogedor dúplex en el mismo barrio de Villarreal. Tuvo que pedir un pequeño crédito, pero lo logró. Con más tiempo libre, a veces no sabía qué hacer. Retomó su afición al punto de cruz y empezó a leer más.

Una amiga, Elena, a la que no veía desde hacía años, la llamó para ir juntas a la piscina. El agua, en efecto, era terapéutica. Pasados unos meses, Carmen notó cómo volvían la calma y la seguridad. El trabajo le satisfacía, la vida se rehacía.

Cada vez pensaba menos en Javier. Él intentó llamarla, pero ella le pidió que no la molestara.

Tres años después, celebró su cumpleaños en una cafetería con dos amigas.

—¿Te arrepientes del divorcio? —preguntó Marta.

—¿Y tengo elección? —respondió Carmen, irónica.

—Quiero decir, ¿estás mejor o peor que antes? —aclaró su amiga.

—No lo he pensado —dijo ella—. En parte, mejor: tengo tiempo para mí. Pero la soledad no siempre es agradable. Menos mal que Pablo me rescata.

No mentía. A veces, paseando por Villarreal o el centro comercial, veía a parejas mayores cogidas de la mano. Ella creyó que envejecería así con Javier. Pero el destino quiso otra cosa.

—¿Sabes algo de Javier? —preguntó Marta.

—No; hace tres años que no lo veo —contestó Carmen—. Laura lo encontró con esa mujer en el supermercado.

—Y la señorita le ha dado un hijo —añadió la otra amiga, Sofía.

—Javier siempre quiso un varón. Pues bien, es feliz —dijo Carmen con serenidad.

Una semana después, mientras recogía la cocina tras la visita de Laura y su familia, sonó el timbre. Pensando que su hija había olvidado algo, abrió… y se quedó helada. En el umbral estaba Javier.

—¿Qué haces aquí? —frunció el ceño—. ¿Y cómo has sabido mi dirección?

—Me la dio Laura. Necesitaba hablar. ¿Me dejas pasar?

—Adelante —cedió ella, apartándose.

Javier miró alrededor:

—Tienes un hogar acogedor. Y huele a tortitas. ¿Me invitas?

—Viniste a hablar. Date prisa, que tengo piscina —respondió ella, fría.

—¿Vas a la piscina? Estás más guapa que antes. Te favorece el corte de pelo —comentó él.

—Deja los cumplidos. ¿A qué has venido? —lo interrumpió.

—A descansar el alma. A ver cómo estás. Veo que te va bien. El divorcio te sentó bien —dijo él con nostalgia.

—¿Y tú? ¿Ya te hartaste del “fuego juvenil”? —sonrió ella con sarcasmo—. Me dijeron que tienes un hijo. Enhorabuena.

—Qué silencio hay aquí —suspiró él—. ¿Sabías que sería así?

—¿El qué?

—Que comprarías un piso, vivirías tranquila, nadarías, viajarías a la playa con Laura y Pablo…

—¿Y quién te lo impide a ti? —replicó ella—. Cómprate un piso, ve a la playa con tu esposa joven. ¿Qué quieres de mí? Repartimos el dinero con justicia.

—El dinero se acabó pronto—Se fue todo en la boda de Lucía, el viaje a Ibiza y el coche nuevo… Ahora vivo en su casa como un arrimado, sin pedir siquiera que huela a tortitas.

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