Felicidad Dividida: La Tragedia de los Lazos Perdidos

Felicidad partida: el drama de los lazos perdidos

Lucía se despertó al amanecer, cuando los primeros rayos del sol apenas se filtraban por las cortinas de su piso en el pueblo de Robledal. Mientras su marido seguía en la cama, ella preparó el desayuno—tortitas finas, casi etéreas. La mitad con jamón, la mitad con queso. El aroma se extendió por la casa, llenándola de calidez. Javier se levantó cuando el olor llegó al dormitorio. Tras lavarse, se sentó a la mesa, comió con apetito las tortitas y las acompañó con un café fuerte. Al terminar, miró a su mujer y dijo:

—Lucía, tengo que hablar contigo de algo serio.

Ella, que fregaba los platos, se volvió secándose las manos con un trapo.

—Habla—contestó, sintiendo cómo la inquietud crecía en su interior.

—Me voy de casa. Voy a pedir el divorcio—declaró Javier con calma, pero firmeza.

—¿Cómo que te vas? ¿Por qué? ¿Adónde?—Lucía se quedó inmóvil, los ojos abiertos por el shock.

La mañana del sábado había empezado como siempre. Lucía se levantó a las nueve, en silencio para no despertar a Javier, y se puso a hacer tortitas. Le encantaban esos momentos—la tranquilidad matutina, el olor de la comida, la calidez de su hogar.

Javier apareció cuando el aroma llenó el piso. Se sentó a la mesa sin decir nada, comió, disfrutó su café y, de repente, soltó:

—Lucía, me voy de casa.

Ella pensó que había oído mal. Al girarse, lo miró fijamente.

—Sé que esto es una mala jugada—continuó Javier, sin levantar la vista—. Veinticinco años juntos, y lo estoy destrozando. Pero no puedo evitarlo. Ella… es increíble. A su lado me siento vivo otra vez, joven. La quiero, Lucía, ¡es una felicidad loca!

—¿Y cuántos años tiene tu felicidad?—preguntó Lucía con frialdad, conteniéndose.

—Veintiocho.

—O sea, solo cinco años más que nuestra hija Marta. Y veinte menos que tú. Interesante. ¿Y sus padres? ¿Ya los conociste? ¿Les encanta que su hija esté con un hombre de tu edad? Si Marta trajera a casa un yerno como tú, no me haría gracia.

—¿Qué importa la edad si lo que importa es el amor?—exclamó Javier, la voz temblándole—. Tú no tienes esa chispa que tiene Nuria. Vives con normas anticuadas.

—Perfecto—cortó Lucía—. Nos divorciamos y repartimos lo nuestro.

—No hay que repartir nada—replicó Javier—. El piso te lo dejo a ti; Nuria ya tiene uno de dos habitaciones. El coche me lo llevo yo, a ti apenas te hace falta.

—No, así no—Lucía negó con la cabeza—. Ahora dices que me dejas el piso, pero dentro de unos años vuelves y exiges repartirlo todo. Soy abogada, he visto mucho de esa “generosidad”. Dividamos todo ya: el piso y el coche. El dinero no tenemos—se lo dimos a Marta para la hipoteca.

Javier quedó pasmado por su serenidad. Esperaba lágrimas, gritos, reproches, pero Lucía solo le ayudó a recoger sus cosas. Al despedirse, le deseó suerte, pero cuando la puerta se cerró, dejó salir el llanto. Veinticinco años juntos, superando alegrías y penas. Siempre creyó que a su lado tenía a alguien firme. Y ahora, solo vacío.

«¿Soledad?—pensó Lucía, secándose las lágrimas—. Tengo a Marta, a mi yerno, a mi nieto Pablo».

Se sentó en el dormitorio, entre las cosas revueltas que Javier había recogido apresuradamente. Los recuerdos la invadieron. Su boda—Lucía en segundo de carrera, Javier en cuarto. Pronto nació Marta. Vivían en una residencia, pasándose a la niña para no faltar a clase. Después, con ayuda de la facultad, la metieron en la guardería.

Su primer piso—un cuarto diminuto en una pensión. Dormitorio, espacio para Marta y una cocina minúscula en dieciocho metros. El baño al final del pasillo, la ducha en el sótano. Entonces, a Javier no le importaba la falta de “chispa”.

El divorcio fue rápido. El juicio por la repartición también. Vendieron el coche al instante, pero el piso de tres habitaciones tardó tres meses en venderse—no había compradores.

Lucía se compró un acogedor piso de dos habitaciones en Robledal. Tuvo que pedir un pequeño crédito, pero lo logró. Ahora tenía más tiempo libre: después del trabajo, a veces no sabía qué hacer. Retomó su viejo pasatiempo—tejer—y empezó a leer más.

Una día, su amiga Elena, a la que no veía desde hacía años, la llamó y le propuso ir juntas a la piscina. El agua, en verdad, la sanó. Tras meses, Lucía sintió cómo recuperaba la calma y la seguridad. Su trabajo le daba alegría, la vida se reordenaba.

De Javier, apenas pensaba. Él intentó llamar, pero ella le pidió que no la molestara.

Pasaron tres años. Lucía celebró su cumpleaños en un café con dos amigas.

—¿Te arrepientes del divorcio?—preguntó Sonia.

—¿Y tengo elección?—sonrió Lucía con ironía.

—Me refiero a otra cosa. Ahora estás sola. ¿Es mejor o peor que antes?—aclaró su amiga.

—No lo he pensado—respondió Lucía—. En parte, mejor: no voy como una loca, tengo tiempo para mí. Pero la soledad no siempre es agradable. Menos mal que Pablo me salva.

No mentía. A veces, paseando por Robledal o el centro comercial, veía a parejas mayores cogidas de la mano. Una vez creyó que ella y Javier serían así. Pero el destino quiso otra cosa.

—¿Sabes algo de Javier?—preguntó Sonia.

—No, hace tres años que no lo veo—contestó Lucía—. Marta me dijo que lo vio con esa mujer en el supermercado.

—Y su “señora” le ha dado un hijo—añadió la otra amiga, Laura.

—Javier siempre quiso un niño. Así que es feliz—dijo Lucía con serenidad.

Una semana después, el domingo, Lucía limpiaba la cocina tras la visita de Marta y su familia. Recogió los platos y estaba a punto de fregarlos cuando sonó el timbre. Pensando que Marta había olvidado algo, abrió—y se paralizó. En el umbral estaba Javier.

—¿Qué haces aquí?—frunció el ceño—. ¿Y cómo supiste la dirección?

—Marta me la dio. Vine a hablar. ¿Me dejas pasar?

—Pasa—Lucía retrocedió, dejándolo entrar.

Javier miró alrededor:

—Tienes un hogar acogedor. Y huele a tortitas. ¿Me invitas?

—Querías hablar. Habla, que pronto tengo que ir a la piscina—respondió ella fríamente.

—¿Vas a la piscina? Te ves mejor que antes. Más radiante, has cambiado el pelo—observó él.

—Basta de cumplidos. ¿Para qué viniste?—lo interrumpió ella.

—A desahogarme. A ver cómo estás. Veo que te va bien. El divorcio te sentó bien—dijo Javier con un dejo de tristeza.

—¿Y tú? ¿Ya te hartaste de tu “llama joven”?—sonrió Lucía con sarcasmo—. Supe que tienes un hijo. Enhorabuena.

—Qué silencio hay aquí—suspiró él—. ¿Sab—¿Sabías que acabarías así? —murmuró Javier, mientras la mirada de Lucía se perdía en el horizonte.

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