En las afueras de un pueblecito de Castilla, había una calle antigua, olvidada por el tiempo. El asfalto lleno de baches, los autobuses pasaban cada muerte de obispo, y los vecinos se contaban con los dedos de una mano. Pero en los últimos años, todo cambió: gente harta del asfalto empezó a llegar. Uno tras otro, compraron casas — unos las arreglaron, otros las tiraron para levantar chalets espaciosos.
Paco y Lola también se mudaron. Una casita al fondo de la calle les salió barata, y el piso en la ciudad se lo dejaron a su hija. Arreglaron la casa, embaldosaron el patio, hasta plantaron un jardín — como siempre habían soñado. El yerno les trajo del vivero un pequeño abeto. Lo plantaron junto a la verja, donde se veía desde la calle.
Al principio, el árbol parecía mustio, como si no quisiera agarrar. Pero Paco y Lola no se rindieron: lo abonaban, regaban, incluso le hablaban como si estuviera vivo. Y un día, empezó a crecer. No rápido, pero con fuerza. La primera Navidad lo decoraron con luces, los nietos se hicieron fotos — y desde entonces, cada año, el abeto brillaba con alegría y retratos familiares.
Dos años después, era precioso: verde, esbelto, con sus suaves agujas. En verano, la hierba florecía a su alrededor, y los esposos soñaban con poner un banquito para sentarse a la sombra. Pero una mañana, Lola salió al patio… y se quedó helada. El abeto había desaparecido. Solo quedaba el tocón. Y más allá, junto al contenedor, el cuerpo abandonado de su querido árbol.
Shock. Lágrimas. Desesperación. ¿Quién haría algo así — en pleno verano, ni siquiera en Navidad?
Paco, con los puños apretados, fue a ver a la vecina de enfrente: María Dolores. Ella llevaba tiempo mirándoles con mala cara. Su casa era la de sus padres, vieja pero cuidada. Viuda, su hijo apenas la visitaba. Y sus nuevos vecinos le parecían una espina en el costado.
—María Dolores, ¿tan cruel tuvo que ser? —preguntó Paco, sin ira, pero con dolor.
—¡Vaya chollo os habéis montado! —espetó ella—. ¡Dos coches! ¡El patio de escaparate! Ese abeto me daba dentera. Los niños gritando, corriendo… ¡No se puede descansar!
—Pero era Navidad… Las luces… La familia… —balbuceó él, desconcertado.
—¿Y yo tengo que cerrar las ventanas en verano con vuestro escándalo?
Paco dio media vuelta en silencio. En casa, se lo contó a Lola. Ella lloró un rato, luego se secó las lágrimas y dijo:
—Es envidia. No hay otra explicación.
—La envidia es veneno. Somos iguales, jubilados. Solo que nos gusta vivir bonito. Para nosotros y los nietos.
A la semana, el yerno volvió con dos pequeños abetos, mullidos y con raíces. Plantaron uno en la entrada y, con el otro, Paco se acercó… otra vez a María Dolores. Quería hacer las paces, ablandar su corazón.
—¡No quiero vuestra limosna! —bufó ella—. Plantadlo vosotros, yo tengo lo mío.
Paco ya se iba cuando, tras la valla, asomó una vecina mayor: la tía Rosario, octogenaria, que vivaba dos casas más allá.
—¿Me das el arbolito, hijo? Lo planto yo.
—¿Para qué, doña Rosario? Si vive usted sola…
—Pues que crezca. Quizá después, si la casa va a alguien bueno, tendrá su abeto en la entrada… y se acordará de mí.
A Paco se le cerró la garganta. Él y Lola plantaron el abeto para la tía Rosario, le explicaron cómo cuidarlo y prometieron ayudarla. Luego, Lola hizo unos pasteles —quería tender otra mano a María Dolores.
Pero Paco la detuvo:
—No gastes saliva. Dirá que están envenenados. Mejor le digo que hemos puesto cámaras. Ahora todo el patio se graba.
Y así fue —el sistema ya funcionaba. Paco se acercó a la vecina y, sin amenazas pero firme, dijo:
—Hay cámaras. Si pasa algo más, denuncia. Esto es vandalismo, hay delito.
Ella no respondió. Solo le temblaban los ojos.
Desde entonces, ni basura en la valla ni comentarios a sus espaldas. La paz volvió. Y el nuevo abeto siguió creciendo. El viejo… quedó en la memoria. Como símbolo de la bondad sencilla… y de esa envidia que afea el alma.




