**En una jaula dorada**
Hoy volví a casa tarde, intentando no hacer ruido para no despertar a mamá. Me costó contener un gemido al quitarme los zapatos nuevos que me habían destrozado los pies.
—¿Tan temprano? ¿Te escapaste? ¿No te gustó la boda? —mamá asomó la cabeza desde el pasillo.
—¿Tú qué haces despierta? ¿Me estabas esperando? —respondí secamente.
Mamá apretó los labios y se retiró a su habitación. Un pinchazo de culpa me atravesó. Ella no dormía, me esperaba, quería saber cómo me había ido, y yo le contesté con mal humor. Respiré hondo, entré en su cuarto y me senté a su lado en el sofá, abrazándola.
—No me des coba. Si no quieres contarme, no lo hagas. Ya me enteraré por la madre de Lucía.
—Mamá, perdón. Estoy agotada, y los pies me matan. El restaurante era lujoso, había como cincuenta invitados o más. Mucho ruido, mucha fiesta. Y Lucía, con su vestido blanco, estaba preciosa. El novio, un adonis… —empecé a enumerar.
—¿Y por qué te fuiste antes? —me interrumpió.
—Mamá, todos eran tan engreídos, inflados como pavos. Gente de otro mundo. Y mañana tengo que madrugar.
—¿A qué? Si mañana es domingo —frunció el ceño, mirándome fijamente.
—Mejor aún. Por la mañana te lo cuento. Voy a ducharme. —Le di un beso en la mejilla y me retiré a mi habitación para cambiarme.
Con asco me quité el vestido elegante que, comparado con los trajes del resto, parecía barato y simple. Luego me metí en la ducha, restregándome con fuerza la espalda donde las manos sudorosas de aquel hombre me habían tocado.
Me sacó a bailar sin escuchar mis excusas. ¿Qué iba a hacer, pelear con él? Me apretó contra su gran barriga, y sentí sus palmas húmedas y calientes en mi espalda. Los tacones me clavaban en los pies. Aguanté como pude hasta que terminó la canción.
Después se sentó a mi mesa y me sirvió vino sin parar. A nadie le importaba. La única conocida, mi amiga Lucía, estaba ocupada con los invitados y su flamante marido. Solo un par de veces noté una mirada intrigada de otro hombre, pero no hizo nada para rescatarme de aquel pesado.
Le dije que iba al baño y me escapé. Tomé un taxi y me fui a casa. No, no querría una boda así para mí. Todo ensayado como en una obra de teatro, cada uno con su papel. Yo solo era figurante.
No podía dormir. La música, el tintineo de las copas, los brindis, las risas… Todo resonaba en mi cabeza. Recordé a aquel hombre. «Ojalá me hubiera sacado a bailar él y no ese cerdo». Me di la vuelta, busqué una postura cómoda y al fin me dormí.
El cálido septiembre dio paso a un octubre frío y lluvioso. Lucía regresó de su luna de miel y me invitó a su casa para contarme todo.
Yo también tenía curiosidad por ver cómo vivía la gente adinerada. Pero no podía ir con las manos vacías. Después de clase, entré en una pastelería y compré sus dulces favoritos. Salía cuando, en la puerta, me topé con un hombre. Él dio un paso atrás, cediendo el paso.
—¿Eres tú? —dijo de pronto.
Alcé la vista y reconocí al misterioso hombre de la boda. La sorpresa me dejó paralizada en el umbral.
—Sal, que estamos estorbando —rio, tomándome de la mano para apartarme.
—Te escapaste tan rápido de la boda, como Cenicienta. Ni siquiera pude presentarme. —Sonrió, mostrando una dentadura perfecta.
—Pero no perdí el zapato —respondí, esbozando una sonrisa.
—¿Vas a casa? Déjame que te lleve.
—No, voy a casa de mi amiga, la novia de la boda. ¿No ibas a comprar nada? —arqué una ceja.
—Estoy tan contento de encontrarte que sacrificaría todos los dulces del mundo —dijo, señalando la caja de la pastelería. —Vamos. —Me tomó del brazo y me guió hacia su todoterreno.
Jamás había viajado en un coche tan grande y cómodo, aunque, la verdad, tampoco viajaba mucho en otros. Condujo con seguridad sin preguntar la dirección. Me puse nerviosa.
—Sé dónde vive tu amiga. Su marido y yo somos socios y amigos —explicó, notando mi mirada de alarma.
Durante el trayecto me contó que se llamaba Álvaro, que estaba divorciado, que tenía un labrador…
«Rico, guapo, exitoso. Y agradable. Justo lo que quería mamá», pensé.
Al llegar a casa, mamá me riñó:
—¿Tan tarde? Ya estaba preocupada.
—Fui a casa de Lucía. Madre mía, cómo vive ahora… —para su deleite, describí con detalle la mansión y a mi amiga, bronceada en pleno otoño gris.
—¿Y cómo llegaste? Ahora vive en «El Valle de los Pobres».
Así llamaban irónicamente la urbanización de lujo los vecinos del pueblo.
—Me trajo un conocido —dije con reticencia, lamentando haberle dado munición para más preguntas.
—¿Lo conociste en la boda? ¿Es de «esos», no? ¿Al menos le diste tu número?
—Sí, mamá, se lo clavé en la frente —respondí irritada.
—¿Por qué ese tono? Un hombre de bien se fija en ti, y tú pones esa cara. Ya te conozco.
—No puse cara, le di el número. ¿Terminó el interrogatorio?
—¿Qué te pasa hoy?
—Me tienen harta tus preguntas. ¿Tan ansiosa estás por deshacerte de mí?
—No digas tonterías. Solo quiero que te cases bien, como tu amiga. No con un estudiante sin un duro. ¿O prefieres vivir con lo justo?
—Mamá, ¿cuándo hemos vivido con lo justo? —entrecerré los ojos.
—Bueno, exageré un poco —admitió, avergonzada—. Pero dime, ¿no te gusta nada?
—Mamá, basta. No quiero casarme aún.
Mi móvil sonó, salvándome de más discusiones. Era Álvaro.
—No quise esperar para llamarte. ¿Qué haces el domingo?
—Nada importante, estudiar para el lunes.
—¿Todo el día? Hace buen tiempo. Te invito a montar a caballo. ¿Nunca lo has hecho? Pues paso a buscarte a las once.
Acepté sin darme cuenta de que ya nos tuteábamos.
Solo había visto caballos viejos en el pueblo de mi abuela, y siempre les tuve miedo. Pero aquel día fue increíble.
Álvaro me cortejaba con elegancia, introduciéndome poco a poco en su mundo de lujos. Sabía hablar, convencer. Las puertas se abrían ante él. Y a mí me halagaba su atención.
El siguiente fin de semana llegó a casa con flores y un pastel. Me avergonzaba mi piso pequeño, la alfombra gastada, el empapelado oscuro. Pero él no pareció notarlo. Bromeaba, escuchaba. Dijo que de niño vivió en un piso igual de acogedor. Mamá se derretía con sus halagos.
—No es un hombre, es un sueño —susurró cuando volví—. Si te pide matrimonio, no le dirás que no, ¿verdad?
—Mamá, si solo nos hemos visto unas pocas veces. ¿Qué propuesta?
Pero, justo antesPero antes de Año Nuevo, Álvaro me pidió matrimonio y me entregó un anillo de diamantes, sellando un futuro que, aunque deslumbrante, pronto revelaría su verdadero precio.







