En vez de ella
La madrastra veía perfectamente que Lucía no quería casarse con el viudo, y no era porque él tuviera una hija pequeña ni porque fuera algo mayor, sino porque le tenía un miedo terrible. Su mirada penetrante le atravesaba hasta el alma y el corazón de Lucía latía tan rápido del susto que parecía querer defenderse de aquellas flechas. Lucía bajaba los ojos al suelo y tardaba mucho en levantarlos; cuando reunía el valor, todos notaban que tenía los ojos llenos de lágrimas.
Y esas lágrimas resbalaban por sus mejillas sonrojadas por la vergüenza, como una cascada. Las manos le temblaban y sus pequeños puños querían rebelarse tanto contra su madrastra como contra el pretendiente propuesto. Pero la lengua, traidora, maldita sea, dijo simplemente: Iré.
¡Ya está hecho el trato! dijo la madrastra. A una casa así, con un hombre así, ¡sería pecado no ir! A su difunta la cuidaba como a nadie, la pobre era una mujer débil, enfermiza, y siempre se oía su tos. Cuando salían juntos, él daba tres pasos y ella solo uno; tenía que parar y jadear como una locomotora, y él siempre la abrazaba, la calmaba, jamás le alzaba la voz, como tu loco de padre.
Cuando ella estaba embarazada, casi nadie la veía, siempre estaba en la cama. Tras dar a luz, él era quien se levantaba por la noche a cuidar de la niña, mientras ella cada día estaba más débil.
Así lo contaba su madre.
Pero tú, Lucía, estás fuerte, llena de vida. Te tendrá en el mejor rincón de la casa. Eres una buena muchacha, acostumbrada al trabajo, sabes usar la hoz, el huso, sabes hilar y tejer. Sería pecado casarte con un joven; aún no tienen el carácter hecho, les falta madurez, pero este hombre es abierto, de él sabemos todo. ¡Y qué suerte la tuya!
Prepararé un aguardiente, echaremos una tarde y ya está, porque el viudo no necesita boda, no hace falta sacrilegio ni bailar en memoria de la difunta. De dote me ha dicho que no quiere nada, que en su casa no falta de nada.
Fernando se casó la primera vez por amor, bien sabiendo que Vera era frágil y enfermiza, aunque su madre siempre le decía que él, siendo un hombre tan apuesto y fuerte, necesitaba a una mujer de verdad y no una sombra, pero a él nadie le podía sacar de su pasión, ni nadie, ni la razón. Solo Vera servía para él.
Por el pueblo corría el rumor de que le habían echado un mal de ojo, ya que solo un hombre así, embrujado, podía transformar su vida en un hospital, acogiendo dolor y sufrimiento por propia voluntad.
Los médicos decían que Vera tenía los pulmones frágiles, cualquier resfriado derivaba en bronquitis, en asma y, quién sabe, quizás algo peor.
Fernando pensaba que a base de amor ahuyentaría a la muerte de su mujer, que la cuidaría, que la protegería y la enfermedad se marcharía. Al principio, tras la boda, todo fue alegría.
La pareja vivía dichosa, radiantes de felicidad.
Pero cuando Vera se quedó embarazada, pareció darle un vuelco por dentro; una debilidad constante, mareos, sueño perpetuo… todo ello la dejó tan débil que apenas podía ni lavar la ropa, ni ordeñar la vaca, ni siquiera peinar su preciosa melena.
Los médicos decían que era simple toxicidad del embarazo, que después del parto se repondría. Fernando la cuidaba con ternura y sin reproches. Pero su madre no paraba de recriminarle día y noche que había traído a casa no una esposa, sino una carga. Fernando defendía a Vera como un águila cuida su nido e incluso pidió a su madre que dejara de ir por allí.
Vera dio a luz una niña y Fernando soñó con que la alegría y la fuerza llenarían otra vez la casa. Y sí, la felicidad volvió, pero fue breve. Un día, cogió un resfriado y ya nunca logró recuperarse, y empezó a apagarse delante de todos.
La llevaron al hospital, pero el médico fue claro y directo, como se hace en los pueblos:
Se le caen los pulmones, tal cual.
Vera sabía que le quedaba poco. Al principio aguantaba para no preocupara a nadie, y forzaba una sonrisa que no era más que una mueca de dolor; los labios sonreían pero sus ojos gritaban dolor y pánico por el futuro, por su hija.
Era como si dijera adiós, pidiendo que la recordaran alegre. Su delgadez, el pecho hundido, los huesos salientes y las manos secas, los hombros caídos, todo indicaba sin palabras que la muerte andaba cerca, esperando su último aliento.
Sabiendo que se iba, Vera pidió a su esposo que escuchara su último deseo.
No hay hombre sobre la tierra capaz de cambiar los planes de Dios. Nuestro amor ya no puede pelear más, me faltan las fuerzas y estoy cansada del dolor y de pensar todo el tiempo. Te pido perdón, y a mi hija también. Yo nací para la pena y os arrastré en mi desgracia.
Fernando le tomó las manos ardientes y empezó a besarlas. Por el aliento entrecortado, entendió que tenía prisa por decir algo importante, notando que su vida se le escapaba.
Ella expresó entre sollozos todo el amor que sentía por ellos y el miedo por dejar a su hija, y por fin, tomando aire, dijo despacio:
Cásate con Elisa. Es una buena chica, tú eres buen marido, y será buena madre, porque la vida le ha golpeado ya bastante: con la madrastra y las hermanastras, con un padre borracho. Yo he visto bien su vida, y mi madre conoce esa casa, nada se le escapa a su ojo.
Lucía es cariñosa, trabajadora y paciente, no le hará daño a nuestra hija, e incluso llegará a quererte. Trátala como me trataste a mí, haz como si yo estuviera junto a ti, en el cuerpo de otra. Perdóname por pedirte esto; no solo tengo los pulmones negros, sino también el alma, de tanto preocuparme por la niña. Haz lo que veas, tu destino está en manos de Dios. Pero recuerda, nunca hagas daño a nuestra hija, o te maldeciré desde el más allá. Estas últimas palabras las dijo despacio y con toda intención. Y apretó, con todo lo que le quedaba de vida, la mano de su esposo.
Fernando lloraba y las lágrimas le tapaban la imagen de su Vera. Por su respiración sintió que ella se iba. Su rostro angelical, sereno, con una sonrisa leve, solo miraba fijo a un punto. Su mano seguía apretando la suya.
Fernando la besó de pies a cabeza, sollozando, prometiendo que haría todo como ella le había pedido. Por eso, al año del fallecimiento de su mujer, fue a pedir la mano de Lucía.
La madrastra fue preparada por la suegra de Fernando, que también deseaba para su nieta una buena madre. Ella misma estaba enferma y temía que le quedara poco tiempo, por lo que quería dejar a su nieta y a su yerno bien cuidados y protegidos.
Nadie como ella sabía todo lo que su buen yerno había sufrido; le habría besado los pies por el amor y el cariño mostrado a su hija. Rogaba a Dios de rodillas por su felicidad.
La visita de los pretendientes pasó entre brumas. Viendo lo mucho que su nieta necesitaba una madre y lo solo que estaba Fernando sin esposa, aceptó cumplir la última voluntad de su hija. Empezó a observar a Lucía, y pronto vio que era muy sumisa, educada, guapa, y que incluso le recordaba en algo a su mujer: esa misma trenza larga, esa sonrisa, ese paso al andar.
A veces sentía ganas de acercarse a Lucía y abrazarla, callar un minuto y, con los ojos cerrados, imaginar que abrazaba a su esposa.
Lucía no lograba entender del todo por qué había accedido a casarse con Fernando. Quizá estaba cansada de ser la criada de la madrastra, harta de llevar a su padre borracho a casa, protegíéndole de los reproches, cansada de las burlas de sus hermanas ¿O tal vez le daba pena la hija de Fernando?
Pero, en cualquier caso, una vez dado su consentimiento supo que aún le quedaba una prueba por superar: aprender a querer y a conquistarse el respeto de Fernando.
Después del compromiso, Fernando quiso presentar su hija a Lucía en privado.
Vera rara vez salía de casa; todo el tiempo lo pasaba con su hija, la pequeña Alba. Cada minuto, cada segundo la contemplaba, se desvivía por ella. Fernando, al despertar alguna noche, veía a su mujer inclinada junto a la niña, susurrándole cosas al oído, como aconsejándola para la vida sin ella.
Solo pensar en lo que su querida Vera le decía a esa pequeña parte de sí misma le hacía llorar. Alba era una niña muy de casa, no se acercaba nunca a extraños; su mundo era su padre, su madre, y las dos abuelas, una de ellas siempre refunfuñando.
Fernando llevó a Lucía a su casa, para que observase a su hija y pasaran un rato juntas sin la presencia de la madrastra, que se comportaba como si por fin lograse sacar del corral una vaca que no daba leche.
A solas, Lucía apenas hablaba con Fernando, pero notó que era un hombre amable y atento, nada frío como decían. Él le preguntó sin rodeos si tenía novio y, si era así, él se apartaría. En cambio, nunca le habló de la promesa hecha a su difunta esposa.
Lucía se quedó asombrada con la casa. Hermosos muebles hechos a mano, muchos tapices enmarcados en maderas talladas y barnizadas, habitaciones grandes y llenas de luz. Alba, al ver a Lucía, no se asustó, sino que empezó a hacerle fiestas.
Sacó sus juguetes y le pidió jugar con ella. Todo el tiempo buscaba tocar la mano de la invitada y la miraba con ojos llenos de curiosidad, sonriendo de vez en cuando. Lucía varias veces la abrazó durante el juego, y le acarició su melena, tan bonita como la de su madre.
Déjame que te haga un peinado y vas a parecerte a una princesa.
Fernando les observó jugar y su corazón lloró de alegría.
Le asustaba mucho traer a Lucía a casa, porque Alba siempre preguntaba por su madre, se asomaba a la ventana buscando verla aparecer, y siempre que llamaban a la puerta, corría con la esperanza de que volviera mamá.
Fernando había intentado explicárselo, pero Alba, con solo cuatro añitos, no necesitaba explicaciones; necesitaba una mamá cariñosa y dulce.
Sabía bien Fernando que, por más que él quisiera, nunca podría darle el mismo cariño, la misma ternura ni el mismo calor de madre. Y temía equivocarse eligiendo a Lucía.
Pero al ver cómo Alba, al marcharse Lucía, hacía pucheros y estaba a punto de llorar, se tranquilizó al instante.
Alba tomó la mano de Lucía y la llevó a su cuarto; destapó la cama, acomodó los cojines como una pequeña ama de casa y, de la felicidad, saltó en la cama hasta querer llegar al techo.
Lucía recordó entonces cuando su madrastra llegó a su casa y cómo después le reprochaba cada trozo de pan, cómo escondía los dulces para sus propias hijas, cómo le pegaba las manos cuando no cumplía con trabajos imposibles, cómo siempre tenía que llevar ropa remendada que antes usaron las otras niñas, cómo acostaban a su padre borracho en el suelo y ella, llena de pena, lo tapaba con su manta. Recordó cómo la madrastra juró echarla a la calle como a un animal inútil y los insultos que le dirigía y, con un nudo en la garganta, se acercó a Alba.
La abrazó fuerte, muy fuerte, y se tumbó a su lado. Alba durmió tranquila y feliz. Fernando, emocionado, no sabía ni cómo comportarse ante Lucía. Tomaron té y se miraron largo rato, sonriendo. No dejó que Lucía se fuera a su casa.
No la dejó ir, y no podía, porque la esposa debe estar con su marido, no en una casa donde no la esperanPasaron las horas y cayó la noche. Entre el silencio y la penumbra, Alba seguía dormida junto a Lucía, sujetándola de la mano con tanta fuerza como si temiera que se desvaneciera, que desapareciera como su madre. Fernando permanecía sentado en la silla, a unos pasos de ellas, y observaba la escena con una ternura temblorosa, como si le costara creer que en su propia casa pudiera haber de nuevo paz y promesa.
Cuando por fin Lucía se durmió, el cansancio la alcanzó no en el cuerpo, sino en el alma, y entre sueños le pareció oír una voz cálida, dulce como la miel, acariciando su pelo. Al abrir los ojos, creyó ver un leve resplandor sobre la almohada blanca de Alba, un aroma a pan recién hecho y a ropa limpia flotando en el aire. Sólo por un instante, vio el rostro sereno de Vera, sonriéndole agradecida desde el umbral de la puerta, y supo con la fuerza de la certeza que el amor había dejado abiertas las ventanas de esa casa.
A la mañana siguiente, al despertar, sintió algo que nunca antes había sentido: tranquilidad. Alba aún dormía, feliz y arropada; Fernando ya había preparado el desayuno. Nadie levantó la voz, nadie pidió cuentas, nadie pidió nada imposible.
Así, Lucía entendió el verdadero sentido de la promesa de Vera. No había sido elegida solo para servir ni para salvar a nadie, sino para ser alguien a quien también querían cuidar. Cuando Fernando le tomó la mano y Alba le plantó un beso torpe pero dulce en la mejilla, supo por primera vez que sí podía haber sitio para ella, que no tenía que ser la sombra de nadie, sino luz nueva en aquella familia.
Y así fue que, poco a poco, aquella casa dejó de ser un refugio de ausencias para convertirse en un hogar donde la pena fue cediendo sitio a gestos pequeños de amor, y la última voluntad de Vera se cumplió: Alba creció con una madre, Fernando volvió a sonreír, y Lucía, por fin, fue querida en vez de envidiada, en vez de rechazada. Amada por ser ella misma.




