Sufrió un grave accidente de tráfico en el que se lesionó seriamente ambas piernas. Y todo terminó…

Tuvo un accidente de coche en la carretera nacional camino a Segovia, y acabó con las dos piernas hechas un cuadro de Picasso. Y todo terminó así, a lo grande Un buen puesto en una empresa importante de Madrid, donde le prometían un despacho con vistas y un sueldo de escándalo. Fines de semana tomando cañas con amigos en la Latina, planes de esquí con su mujer en la Sierra de Guadarrama, y una vida, en fin, bien apañada Adiós a todo.

Las piernas se las recompusieron como buenamente pudieron en el hospital Gregorio Marañón, y lo mandaron de vuelta a casa. Ya no había más por hacer, sólo confiar en Dios, en la Virgen y en que la Seguridad Social hiciera milagros. Él se agarraba a la esperanza como podía, aunque por las noches no dormía y pegaba unos gritos de dolor como un hincha del Atlético tras perder el derbi. Solo los pinchazos diarios, por la mañana y por la tarde, le daban un pequeño respiro para poder soñar con ovejitas castellanas.

No se podía ni levantar de la cama en dos meses, así que pues eso, bendita la cuña y santa paciencia, sobre todo la de su mujer, Lucía, a quien le debe la vida y una colección de rezos. Cuando, con mucho esfuerzo, empezó a subirse y a moverse con andador, el dolor le volvió con intereses, como una hipoteca mal negociada.

¿Alguien sabe lo que es clavarse pinchazos en la barriga para que no se formen trombos ni escaras cuando pasas semanas sin moverte? Señoras y señores, es como vivir sin poder estornudar, ni toser, ni, con perdón, ir al baño como una persona civilizada. Hace falta tener unos nervios de acero templado. Pero claro, ¿qué nervios va a tener uno en esa situación? Ya ni había nervios, ni fuerzas, ni ganas de aguantar.

Pero el tiempo, ese doctor que no cobra en euros, hizo su trabajo y aprendió poco a poco a caminar otra vez. Regular, eso sí, tropezando y a punto de dar con los dientes en el parqué cada dos pasos, pero caminando al fin. Eso ya era algo.

Los amigos, en cambio, se evaporaron como el vino en la Romería del Rocío: ni llamadas, ni WhatsApps, ni un “¿cómo vas, tío?”. En el trabajo, su despacho y el título de director general volaron en cuanto pudieron. Y él bueno, seguía preguntándose cómo acabaría su vía crucis. Esa era la gran incógnita.

El ánimo, claro, por los suelos. Las perspectivas, tirando a catastróficas. La suerte, que Lucía no lo dejó tirado en la cuneta

El gran día llegó cuando, asistido por Lucía y dos muletas, asomó la nariz por la puerta del portal y el sol de primavera de Madrid le dio una bofetada de esas que se recuerdan. Casi se ahoga. Y, para qué mentir, le dio por llorar, como cuando marca España en el último minuto. Un poquillo dramático, sí, porque él ya solo era un señor cojo, con muletas, y ni el gato del vecino le hacía caso.

Lucía, muy lista, se apartó para dejarle su momentito, y él intentó avanzar dos pasos, haciendo muecas por el solazo y pillando el aire fresquito de la calle por primera vez en siglos.

De repente, desde abajo, un “miau” exigente. Mira para el suelo y ahí, un gato pequeñito y gris, con cara de pocos amigos, mirando intrigado.

¿Y tú qué quieres? le preguntó, más por rellenar el silencio que por real interés.

Las mascotas nunca le interesaron demasiado, para qué negarlo. Pero aquel felino, digno descendiente del Gato Madrileño, le pidió comida con la mirada.

Lucía, ¿puedes traerle una albóndiga? pidió.

Cuando ella volvió, él héroe caído en combate se agachó como pudo y le entregó el tesoro culinario. El gato lo examinó, le dedicó una mirada de respeto y se puso a comer.

Al día siguiente, cuando salió al patio, ya le esperaban tres gatos, parece que el boca a boca funcionaba mejor que sus amigos. Se reía solo:

¡Esto es la leche! comentó.

Por primera vez, el dolor se despidió durante unos segundos. Lucía, resignadísima, les trajo tres albóndigas más, y él, haciendo gala de flexibilidad, repartió las viandas.

Al tercer día, estaban ahí cinco gatos y dos perrillos, pequeños y peludos como pelotas de tenis con patas. La mujer ya chillaba como si les hubiese subido la factura de la luz, pero él le pidió con carita de cordero degollado que fuera al ultramarinos y comprara un kilo de salchichas, que repartió como si fuera donaciones en tiempos de hambruna.

Los bichos, agradecidos, se organizaron una juerga de órdago. Los perros ladraban felices, los gatos hacían la ola y él, entre risas y quejas, conseguía dar algún paso más.

Al día siguiente llovía, Lucía amenazaba con esconderle las muletas, pero él insistió en bajar por su cuenta, el deber le llamaba.

No puedo faltar, me están esperando. ¡Me han hecho más caso los gatos que mis colegas! protestaba.

Allí estaban, cinco gatos y dos perros, montando una fiesta de bienvenida, mientras llovía encima y él hacía el ridículo más feliz bajo la lluvia. Al fondo, Lucía, paraguas en mano, contemplaba la estampa con una sonrisa.

Y así pasaron las semanas, y de repente sólo le quedaba una muleta, y al final, ninguna. Las muletas ya estorbaban, que perseguir gatos y perros requiere movilidad. Y, ahora que lo pensaba ¿Cuánto hacía que no le dolían las piernas?

En el trabajo no pintaba nada, claro, no les venía bien un cojo en plantilla. Le soltaron una indemnización maja (unas cuantas miles de euros), y se despidió por las buenas. Si algo sobraba era tiempo, así que decidió escribir sobre todo aquello.

No sabe muy bien cómo, pero aquello acabó siendo una obra de teatro. Bastante extensa, la verdad. Cuando puso el punto final, se fue de ruta por los teatros del barrio, desde Chamberí hasta Lavapiés, pero

Nada. Ni una llamada, ni una mención salvo del Teatro Popular de Lavapiés, un localcillo medio bajo tierra, con más humedad que público.

Una semana después, lo llamó el director.

La ponemos en marcha le soltó. Pero habrá que cortar aquí y allá, rehacer ya sabes.

Un mes entero se pasaron los dos, revisando escenas, discutiendo hasta por el título, como buenos españoles. Y al mes, por fin, el estreno.

En la sala había quince espectadores contados ni media entrada, pero para él, esos eran los quince más importantes de su existencia. Nervios como si fuera la selectividad, y cuando cayó el telón, un silencio. Un silencio que pesaba más que una sobremesa después de la paella del domingo.

De pronto ¡ovación imposible! Tromba de aplausos. Los actores, entregados, saludaban una y otra vez, desbordados.

La segunda función, lleno a rebosar. La gente sentada en las escaleras, hasta de pie apretados en los pasillos. Las ovaciones hicieron saltar el telón más de una vez.

No mucho después, alquilaron el teatro de mayor aforo en el centro, y allí acabó reuniéndose todo el mundillo para cotillear y aplaudir su pieza.

Él, como nuevo rico, se compró un traje caro y, cada vez que salía al escenario, siempre cogía a Lucía del brazo. Porque, ¿cómo no iba a salir con ella? Imposible no hacerlo.

¿Y los gatos y los perros? Se llevaron dos perros y dos gatos a casa; los otros los adoptaron algún aficionado al teatro de su renovado club de fans.

¿De qué va toda esta historia? Pues de casi nada. O quizás de eso tan castizo y tan esencial: que, si tienes a tus pies siete pares de ojos mirando con esperanza, te toca aguantar el tipo. Aunque la vida te deje a patas.

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MagistrUm
Sufrió un grave accidente de tráfico en el que se lesionó seriamente ambas piernas. Y todo terminó…