**El Astuto Timoteo**
Lucía y su madre llevaban varios días discutiendo. Se cansaban, se apartaban cada una a su rincón, guardaban silencio y se enfurruñaban. Pero en cuanto una se calmaba y retomaba la conversación, volvía la pelea.
—¡Es que no hay forma de hablar contigo! No escuchas a nadie. Solo existe tu opinión y nada más. Ni siquiera escuchaste a papá. Por eso se fue —gritó Lucía, aunque sabía que mencionar a su padre era un golpe bajo. Pero ya no podía controlar su rabia.
—Me iré igual, porque sin Dani no puedo vivir. Le quiero. Quería irme en buenos términos, pero ya veo que no será posible. Soy mayor, tengo veinte años. Antes a esta edad las chicas ya eran consideradas solteronas. Tú siempre tan perfecta, ¿no te da asco de ti misma? No quiero ser como tú… —Lucía se mordió la lengua.
—Pero si yo no me opongo. Y te escucho perfectamente. Entonces, ¿por qué no os casáis, si os queréis? —dijo la madre, casi con calma, asustada por el arrebato de su hija.
—Otra vez lo mismo —suspiró Lucía—. ¿Y con qué nos casamos? Somos estudiantes. ¿Vivir a tu costa? ¿O a la de sus padres? Que ya le han comprado un piso…
—¿Y de qué vais a vivir?
—Te lo dije, Dani trabaja, hace páginas web y programas pequeños en el ordenador. Le pagan por eso. Sí, mamá. ¿No has oído que ahora se trabaja así? Se llama «online». Nos llegará para comer, y en un año terminamos la carrera y nos casamos.
—Pues esperad ese año. ¿O es que os quemáis las manos? ¿Estás embarazada y no me lo dices? —La madre escrutó la figura de Lucía con suspicacia.
—No, mamá, no estoy embarazada. Estoy harta. Contigo no se puede hablar. —Lucía entró en su habitación y empezó a sacar ropa del armario, apretujándola en la mochila. Como no cabía, se quedó parada junto al sofá, preguntándose qué hacer.
La madre apareció en la puerta. «Ahora empezará a gritar otra vez», pensó Lucía. Pero su madre se limitó a mirar en silencio y salió. Lucía no sabía qué pensar. Minutos después, su madre volvió y dejó sobre el sofá, junto al montón de ropa, una maleta. La misma con la que solía ir al balneario con su padre.
—¡Gracias! —Lucía abrazó a su madre—. No me voy al fin del mundo, vendré a verte. Te llamaré cada día. Si necesitas algo, dinos, vendremos Dani y yo a ayudarte.
La madre de pronto se desmoronó, se sentó en el sofá y se tapó la cara con las manos.
—Todos me abandonan. Claro, huid, marchaos, como si fuera un monstruo. Cuando era joven y sana, os servía, pero ahora solo os estorbo. Tu padre se buscó una jovencita, la vieja ya no le valía. Cuando le dolía la úlcera o la espalda, ahí sí que me necesitaba. Le cuidaba, le hacía masajes, le cocinaba al vapor, hasta jugo de col y patata le preparaba. Ahora, en cuanto se recuperó, se fue con otra más joven y saludable. Pero ya verá, cuando le vuelva el dolor, vendrá arrastrándose, y esta vez no le perdonaré.
—Y ahora te vas tú. ¿Tan mal estabas aquí? Tendrás que cocinar, hacer la compra, lavar la ropa… Y además estudiar. La vida de mujer no es fácil. ¿Y si te quedas embarazada? ¿A qué tanta prisa?
Lucía se sentó junto a su madre y la rodeó con un brazo. Notaba su tensión, su tristeza. Por un momento, incluso pensó en ceder y quedarse.
—Podríais seguir saliendo, como hasta ahora. ¿Para qué irte de casa? —La madre no se calmaba.
—¿Por qué la gente vive junta? Porque no pueden vivir separados. Le quiero. Vendré, te lo prometo. ¿Quieres que nos vengamos a vivir aquí contigo?
La madre apartó las manos de la cara y se irguió de golpe.
—¡Ni hablar!
Lucía sonrió para sus adentros. Su madre se casó tarde. La abuela era muy estricta, no la dejaba salir de su lado. Solo cuando murió, su madre pudo casarse. «Subirse al último vagón», como se suele decir.
Lucía tenía veinte años, y su madre ya estaba jubilada. La empresa donde trabajaba quebró, y a todos los mayores los mandaron a casa. Encima, su padre hizo de las suyas. Lucía lo entendía. Pero ¿cómo dividirse entre su madre y Dani? Dudosamente podrían vivir los tres juntos. Conocía el carácter de su madre. Y, para qué probar, si Dani ya tenía piso. Así era mejor para todos. Su madre solo tenía miedo a quedarse sola.
—Perdóname, mamá. Te quiero mucho. Pero también quiero a Dani. —Lucía se levantó y siguió preparando sus cosas.
Cuando su madre salió de la habitación, sacó el móvil del bolsillo del vaquero.
—¿Me esperas? —preguntó al teléfono—. Ahora voy.
Guardó el móvil, se colgó la mochila y arrastró la maleta hacia la puerta.
Su madre estaba en la cocina, de espaldas, mirando por la ventana.
—Mamá, no te enfades. Mañana te llamo —dijo Lucía en tono culpable.
La madre ni se movió. Parecía tan perdida, sola y dolida que a Lucía le dio pena. Pero si ahora flaqueaba y se acercaba, su madre volvería a suplicarle que se quedara. Y Dani ya llevaba rato esperándola en la calle, seguramente helándose. Así que, antes de que su madre reaccionara o ella misma cambiara de opinión, Lucía salió decidida.
Podrían haberse tomado un taxi, pero había que ahorrar. Así que ella y Dani fueron a la parada del autobús.
—¿Y? ¿Cómo ha ido? ¿Tu madre ha montado un número? ¿Te ha pedido que te quedes? —preguntó Dani en el autobús, apretándole la mano.
—Normal —refunfuñó ella. No tenía ganas de hablar.
—¿Te arrepientes?
—No, qué va —respondió Lucía rápidamente, apretándole la mano y acurrucándose contra él.
Lucía llamaba a su madre todos los días entre clase y clase. La mujer se quejaba de la presión, de que los dolores articulares empeoraban con el tiempo. Era finales de noviembre, pero aún hacía un clima raro, llovía o nevaba débilmente. Con ese tiempo, hasta los sanos lo pasaban mal, imagínate su madre.
Lucía intentaba animarla, pero escuchar cada día lo mismo la hartó. «Tómate una pastilla, descansa… ¿qué más puedo decir?». Empezó a llamar menos. El próximo fin de semana iría a verla.
—¿Quieres que vaya contigo? —propuso Dani.
—Mejor voy sola. Para mi madre, tú eres ahora el enemigo público número uno, la razón de su soledad. Ya faltaría más que armáis un lío. Quédate trabajando.
Lucía compró mandarinas y un pastel. Al abrir la puerta, un fuerte olor a valeriana le dio en la nariz, inquietándola. Su madre estaba tumbada en el sofá, con una toalla en la cabeza.
—¿Qué pasa, mamá, te encuentras mal? ¿La tensión? ¿Llamo a una ambulancia? —se alarmó Lucía, sentándose al borde del sofá.
—Ya vinieron. Me pusieron una inyección y se fueron —respondió su madre con voz débil.
—Te traje tu pastel favorito. Voy a poner la tetera. —Lucía salAl final, Lucía y Dani se rieron al ver a su madre pasear orgullosa a Timoteo por el parque, mientras su padre, arrepentido, les seguía con una bolsa de chuches y una sonrisa de oreja a oreja.




