Cuando Valerio visitaba a Zinaida, ella se volvía literalmente más ingenua ante sus ojos. Eso — era por pura felicidad.

Cada vez que Ramón venía a ver a Carmen, a la pobre le entraba una tontuna monumental. Vamos, que la felicidad la dejaba hecha un flan. Se ponía a corretear nerviosa, a arreglarse el pelo, a esconder debajo de los cojines toda la ropa que se había probado antes de que él llegara, y a sacarse los rulos del pelo con una prisa que ni un sábado de rebajas en El Corte Inglés. Luego salía disparada al baño, allí se peinaba, se pintaba los labios, y ya, toda divina y en su máximo esplendor, se presentaba ante él.

¡Y cómo no iba a estar feliz, a ver! Si es que no hay quien la culpe.

Carmen es madre soltera, pero de las que ni siquiera han pasado por el altar, ni de penalti. Se arrejuntó con su Antoñito un par de mesecillos y el hombre acabó marchándose de Madrid a su tierra chica, que Carmen nunca supo bien si era Albacete, Murcia o vete tú a saber de dónde. Él, allí, curraba en el mercadillo, aunque tampoco tenía muy claro ella de qué. Su adorado Antoñito echó raíces lejos, dejándole a Carmen un regalito: un embarazo que tenía tan reciente que ni ella misma se había enterado.

Más tarde, al ver que Antoñito no volvía ni a dormir ni a por el cepillo de dientes, Carmen captó el mensaje: se había quedado sola, pero con compañía en camino.

Cuando llegó el día, Carmen dio a luz a un chiquillo que parecía sacado de un anuncio de colonia: ¡guapísimo! Y claro, no podía ser de otra manera, porque con aquella belleza que tiene Carmen y el tipazo de Antoñito, el niño salió una monada.

Además, Carmen tuvo suerte con el peque. Miguelito era más bueno que el pan: dormía casi todo el día, y cuando se despertaba, se dedicaba a tomar teta con la concentración de un opositor. Y leche, precisamente, a Carmen no le faltaba; tenía suficiente para criar al niño y a medio barrio, si hiciera falta.

Miguelito apenas sufrió las fiebres normales de bebé; era un bendito. Le puso Miguel en honor a Miguel de Cervantes, porque cuando estaba embarazada, pilló por casualidad una versión antigua de Don Quijote en la tele, y el actor que hacía de Don Quijote le recordaba un poco a Antoñito. La alternativa brillaba por su ausencia, así que quedó registrado como Miguel Antonio Ruíz. Carmen lo repetía para sí misma, le sonaba a canción.

Miguel era muy risueño, todo energía positiva. Cuando Carmen tenía que hacer la comida o pasar la fregona, le montaba un parque improvisado con una manta en el suelo y unas sillas, y allí le dejaba con su viejo bolso, unos rulos y un par de trapos. Y el niño, feliz: jugaba solo, sin llantos ni rabietas. Incluso el día que se quedó encajado con la cabeza entre dos sillas (seguramente tratando de escapar de su parque), ni lloró; gruñía un poco y trataba de abrirse paso a lo Sansón.

Y según fue creciendo, no trajo más quebraderos de cabeza a su madre que un pimiento. Carmen le dejaba bajar a jugar al patio del bloque, solo con la condición de que cada diez minutos asomara la cabeza por la ventana (vivían en un bajo) y gritara: ¡Mamá, estoy aquí!. Claro, que el crío no tenía reloj, así que, para prevenir, lo hacía cada tres minutos largos, y hasta que Carmen no le devolvía el saludo, no se marchaba. Y si le preguntabas por qué no te ibas, él respondía: Porque no me has sonreído. Y, claro, a Carmen se le caía la baba y le regalaba la mejor de sus sonrisas. Entonces él, ya contento, se iba pitando a seguir con los juegos.

Un día, en uno de esos saludos, apareció abrazando un gatito:

Mamá, me lo ha dado la señora del segundo. Dice que se llama Calixto. También ha dicho que te va a hacer ilusión y que lo cuidemos mucho.

Miguelito la miraba tan honradamente, tan de verdad, que a Carmen no le quedó otra que sonreír y decir:

Calixto debe de estar muerto de hambre. Venid los dos, que le pongo un poco de leche.

Y allá que se fueron los dos al interior de la casa: un niño la mar de feliz y un gato que aún estaba por decidirlo.

Y en este trio (más bien cuarteto, porque Calixto había venido para quedarse) pasaban los días, hasta que Carmen conoció a Ramón.

Era más o menos de la edad de Carmen, tampoco se había casado nunca, y tenía ese aire serio y responsable de empleado fijo en una fábrica de muebles de Móstoles. Además, ganaba bien, así que los fines de semana se pasaba por casa de Carmen a cenar y, si la ocasión se daba, a quedarse a dormir. No era muy hablador, comía como un campeón y no era de mucho be(r)ber. Carmen, muy apañada, siempre tenía preparada una botellita de vino blanco fresquito en la nevera y, cómo no, las copitas de licor de su abuela, esas que parecen una reliquia y que a Ramón le chiflaban.

Aquel sábado todo fue según lo previsto. Ramón llegó, le dio una palmada a Miguelito en el pasillo, se sentó en el sofá mientras Carmen terminaba su ceremonia de belleza, y luego todos juntos (los tres y el gato, que Miguelito no soltaba ni a la de tres), vieron un rato la tele y fueron a comer a la mesa de la cocina.

Después de comer, como de costumbre, siesta para todos, porque por la tarde tocaba paseo por El Retiro.

Cuando Carmen cerró la puerta de la habitación de Miguelito y se acurrucó junto a Ramón, cabeza sobre su brazo, él, por primera vez, sacó el tema del matrimonio:

Creo que podríamos vivir una temporada en tu casa, ¿no te parece? Y más adelante vemos si nos cambiamos a una más grande, o igual podemos alquilar la mía y sacar un dinerillo extra Eso sí, Carmen, hay un asunto: yo los gatos no los soporto. Habrá que buscarle hogar a tu Calixto

Calixto. le corrigió Carmen, ya sintiendo un mal rollo que no le gustaba nada.

Eso, sí, Calixto. siguió Ramón, con tono solemne, como si nada. Y a Miguelito lo mandamos al pueblo con mi madre. Que allí hay aire puro, escuela y de todo. Nosotros, que somos jóvenes, ya tendremos un buen puñado de hijos propios.

La cabeza de Carmen sobre el hombro de Ramón se quedó tiesa como estatua. Entonces, con ese pudor de quien parece que nunca la han visto sin bata, se levantó, se ciñó la bata, se acercó al sillón donde estaban las cosas de Ramón, agarró sus pantalones y, tendiéndoselos, dijo:

Ala, tus pantalones sin lavar ponte y tira.

¿A dónde? preguntó Ramón, desconcertado.

A tu pueblo, con tu madre. Allí tienes aire puro de sobra Porque aquí, con Miguelito, Calixto y yo, ya respiramos aire fresco y felicidad en el parque de al lado.

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Cuando Valerio visitaba a Zinaida, ella se volvía literalmente más ingenua ante sus ojos. Eso — era por pura felicidad.