31 de diciembre de 2023
Hoy ocurrió algo maravilloso.
La abuela Conchita estaba sentada en la cocina, tejiendo calcetines de lana pacientemente, puntada tras puntada. En su DNI figuraba como Concepción Martínez, pero en el pueblo todos la llamaban Conchita, con ese cariño que solo dan los años.
La casa estaba en silencio, solo el crepitar de la estufa y la radio emitiendo suave en el alféizar. De pronto, la puerta chirrió. Alzó la vista y se quedó sin aliento. En el umbral había… un auténtico Papá Noel. Gorro rojo, barba blanca, el abrigo ribeteado de piel. Todo en su sitio.
—Buenas noches, Conchita —saludó con una sonrisa—. ¿Tienes sitio para un visitante?
Ella se ajustó las gafas, lo examinó de arriba abajo, la bolsa, las botas, y farfulló aturdida:
—Dios mío, ¿de verdad eres tú? ¿Y a qué vienes?
—¿A qué voy? —rió el hombre—. ¡Si es Nochevieja! Todo el mundo celebra. Y yo te traigo un regalito.
—¿Para qué quieres a una vieja como yo? Ve a los niños, que te reciten poesías. Yo ya no soy nadie.
—Quedan pocos niños en el pueblo —dijo, señalando sus agujas—. Pero estos calcetines son de los que abrigan el alma. Eso merece premio.
—Bueno, ya que estás aquí, dame eso —respondió ella, irónica—. Pero no esperes rimas, que me duele la espalda hasta para respirar.
—Entonces cuéntame algo bueno que hayas hecho este año.
—¿Qué voy a hacer yo? —susurró, pensativa—. Calcetines para los nietos. Verdura de la huerta para los vecinos. No sé si por bondad o por aburrimiento.
—No seas modesta. La bondad está en hacer sin esperar nada.
—Ese viejo mío, por cierto, anda desaparecido. Salió esta mañana y ni rastro.
—A él también pienso visitarle. ¿Sigue siendo el mismo charlatán?
—¡Peor! —sonrió—. Recorre las casas contando chascarrillos y cantando coplas. Para que nadie esté triste.
—¿Le quieres?
—¿Qué te parece? —la sonrisa se le ensanchó—. Medio siglo juntos. Fingimos que no oímos, que no vemos ciertas cosas. Y no discutimos. ¿Para qué?
Él sacó de su saco un pañuelo: grueso, de lana, con bordados que brillaban.
—Toma. Con esto rejuveneces diez años.
—¡Qué preciosidad! —sus ojos brillaron—. Siempre quise uno así. Gracias.
—Dáselas a tu marido —guiñó un ojo—. Fue él quien me escribió.
Salí al recibidor, me quité el abrigo, el gorro, y los escondí en el baúl.
—Ay, Conchita —murmuré—. No reconoció mi voz. ¿O lo disimuló?
Mientras, ella se miraba al espejo con el pañuelo nuevo, susurrando:
—Así vivimos, Manolo. Como si no supiéramos nada. Pero lo sabemos. Amamos a nuestra manera. Y la magia está en eso.







