Diario personal, Madrid, 2004
A veces me detengo a reflexionar sobre el pasado, sobre aquellos años en los que mi marido y yo apenas teníamos para llegar a fin de mes. Recuerdo perfectamente cómo mi suegra se paseaba orgullosa con su abrigo de piel nuevo, su flamante televisor y un ritmo de vida digno de una duquesa en pleno barrio de Salamanca. Mientras nosotros nos apañábamos con lo justo, ella se daba caprichos sin mirar atrás.
Pero con el paso de los años, la vida le dio una vuelta inesperada a la tortilla.
A los 18 años, me quedé embarazada. Mis padres se mostraron tajantes: pensaban que era demasiado joven para ser madre y eligieron mirar hacia otro lado. Mi marido acababa de ser llamado a filas para hacer el servicio militar obligatorio. Las abuelas de ambos lados se pusieron de acuerdo en la respuesta:
Hija, el bebé es tu responsabilidad.
No pienso cuidar de tu hijo ahora me soltó mi madre sin rodeos.
Peor aún, mi suegra ni siquiera quiso hablar conmigo. Su indiferencia era un muro infranqueable en aquel entonces. Me fui a vivir con mi tía paterna, Carmen.
Carmen tenía 38 años por aquel entonces, era soltera y toda su vida giraba en torno a su trabajo como enfermera en el Hospital Gregorio Marañón. Nunca juzgó la actitud de mis padres:
Mira, los entiendo me dijo una noche mientras cenábamos tortilla de patatas y sopa. Cuando naciste, no fue nada fácil para ellos. Hubo días en los que apenas había comida en la mesa. Tu padre tuvo que cargar cajas en Mercamadrid durante meses para sacaros adelante.
Pero ahora están bien colocados. Tu padre tiene buen sueldo y viven en un piso de dos habitaciones en Vallecas. Tu madre también trabaja. Y ahora vas a tener un hijo.
¿De verdad les da igual? le pregunté a Carmen, intentando comprender tanta frialdad.
No deberías juzgarles. A veces quieren vivir solo para ellos. Quizás con el tiempo cambien de opinión. Todo llega.
Pero de ayuda, nada de nada. Así que empaqueté mis cuatro cosas y me instalé con la tía Carmen.
Mi marido volvió del ejército cuando nuestro hijo tenía ya casi dos años. En todo ese tiempo, mi suegra nunca vino a ver a su nieto. Mis padres, apenas dos visitas contadas.
Mi marido empezó a trabajar en un taller mecánico, aunque soñaba con terminar la carrera algún día; pero no fue posible. Seguimos viviendo con Carmen hasta que nuestro hijo entró en la escuela infantil pública y, gracias a que yo encontré un trabajo como administrativa, pudimos permitirnos un piso de alquiler en Aluche. Entonces la tía Carmen se tuvo que mudar a otra zona por su trabajo y nos lanzamos nosotros también a buscar un hogar propio.
Poco después, falleció la abuela de mi marido. Mi suegra vendió el piso de la abuela, se lo gastó en reformas y caprichos y ni se planteó ayudar a su hijo ni a su nieto. Mi marido la intentó convencer para que no vendiera el piso, proponiéndole pagarle una mensualidad y después poder recuperarlo entre los dos, pero ella fue tajante:
¿Por qué tengo que sacrificar mi vida y mis intereses? Hace tiempo que quiero hacer obras en mi piso. ¿Queréis hacerlo vosotros? y con eso cerró el tema.
Cinco años después llegó nuestra hija, Inés. Sabíamos que la única forma de tener algo estable era ahorrar y comprar nuestro propio piso. Fue entonces cuando mi marido empezó a trabajar en Alemania. Pero juntar dinero en euros no era nada sencillo. Seguíamos, mientras tanto, viviendo con los niños en un piso de alquiler humilde.
Por su parte, mi madre se quedó sola en su piso de tres habitaciones en Latina tras divorciarse de mi padre dos años antes. Tristemente, nunca tuvo sitio para su hija y sus nietos en ese piso tan grande. Y lo de mudarse a casa de mi suegra ni se contemplaba: estaba siempre con reformas y nunca tenía hueco ni interés en ofrecernos una ayuda.
Años después, con mucho esfuerzo y sin que nadie nos echase una mano conseguimos reunir lo suficiente para comprar nuestro propio hogar en Carabanchel. Ahora, nuestro hijo mayor está terminando tercero de la ESO, y Inés está en primaria. Sabemos bien el valor de cada euro, porque hemos ido guardando hasta el último céntimo. Por suerte, esos tiempos duros ya pasaron: cada uno tenemos nuestro coche y nos vamos todos los años de vacaciones a la costa, a Cádiz o Valencia.
Con quien de verdad nos sentimos en deuda es con la tía Carmen, la única que nos abrió las puertas cuando nadie más quiso hacerlo. Ella sabe que puede llamarnos en cualquier momento si necesita ayuda.
Nuestros padres, en cambio, han pasado por épocas complicadas últimamente. Mi madre se quedó en el paro, y no hace mucho me pidió ayuda. Le dije que no. Mi suegra está igual: ya jubilada, sigue sin querer privarse de nada, pero se gastó hasta el último euro de la venta del piso de la abuela hace años. Tampoco mi marido le ha podido ayudar y le aconsejó vender el piso reformado para comprarse uno más pequeño y cómodo.
No le debemos nada a nadie. Y yo tengo claro que a nuestros hijos les daremos siempre el apoyo que nosotros no tuvimos, estén en la situación que estén. Espero que, el día que seamos mayores, podamos contar con su cariño y ayuda como nunca nos faltaron las fuerzas para sacarlos adelante.







