Valeria fregaba los platos en la cocina cuando entró Iván. Antes de entrar, apagó la luz. — Todavía …

Beatriz está fregando los platos en la cocina cuando entra Antonio. Antes de entrar ha apagado la luz.

Todavía hay bastante luz. No hace falta malgastar electricidad murmura con ceño fruncido.

Quería poner la lavadora contesta Beatriz.

La pones por la noche responde seco Antonio. Cuando la luz es más barata. Y no pongas el grifo tan fuerte. Gastas muchísima agua, Beatriz. Mucha. Así no se puede. ¿De verdad no entiendes que así tiras nuestro dinero por el desagüe?

Antonio baja el caudal del agua. Beatriz lo mira con tristeza, apaga el grifo, se seca las manos y se sienta a la mesa.

Antonio, ¿alguna vez te has mirado desde fuera? le pregunta.

Todos los días, no hago otra cosa que mirarme desde fuera salta Antonio con acritud.

¿Y qué puedes decir de ti, visto desde fuera? insiste Beatriz.

¿Como qué? ¿Persona?

Como marido y como padre.

Marido, como cualquiera. Padre, como todos. Ni bien ni mal, como todo el mundo. ¿Qué más quieres? responde Antonio encogiéndose de hombros.

¿Quieres decir que todos los maridos y padres son como tú? le desafía Beatriz.

¿Qué buscas? ¿Pelearnos?

Beatriz sabe que ya no hay vuelta atrás, que este diálogo debe continuar. Debe continuar hasta que él comprenda, por fin, que vivir con él es un calvario.

¿Sabes por qué aún no me has dejado? pregunta Beatriz.

¿Y por qué tendría que dejarte? responde Antonio, esbozando una mueca.

Porque no me quieres, Antonio. Ni tampoco quieres a nuestros hijos.

Antonio va a replicar, pero Beatriz sigue:

No me digas que no es cierto. Tú no quieres a nadie, y discutir sobre esto es perder el tiempo. Quiero hablar de otra cosa. Quiero decirte por qué no nos has dejado aún a mí y a los niños.

¿Y por qué? dice Antonio.

Por tacaño contesta Beatriz. Porque eres tan avaro que separarte de mí sería para ti una ruina económica. ¿Cuánto llevamos juntos? ¿Quince años? ¿Para qué ha servido todo ese tiempo? ¿Qué hemos conseguido? Aparte de casarnos y tener hijos, claro. ¿Logros, Antonio?

Nos queda toda la vida por delante repone él.

No, Antonio, no toda, sólo la que queda. En todos estos años no hemos ido nunca a la playa, ni siquiera aquí, en España. Vacaciones, siempre en la ciudad. Ni a por setas hemos salido al campo. Y, ¿por qué? Por caro.

Porque ahorramos. Para nuestro futuro responde Antonio.

¿Ahorramos? ¿O ahorras tú solo?

Para vosotros es, mujer.

¿En serio para mí y los niños? ¿De verdad llevas quince años apartando nuestros sueldos para nosotros?

¿Y para quién si no? Gracias a mí, ¿sabes cuánto tenemos en el banco?

¿Tenemos, dices? ¿O tienes tú? Porque yo nunca lo he visto Pero vamos a lo práctico. Dame dinero, quiero comprar ropa nueva para mí y los niños. Llevo quince años poniendo lo que tenía al casarme y lo que me da tu cuñada. Igual que los niños, que heredan la de sus primos. Y sobre todo: quiero alquilarme un piso, que ya no aguanto más vivir en casa de tu madre.

Mi madre nos dio dos habitaciones replica Antonio. Bastante generosa ha sido. Y sobre la ropa, ¿para qué gastarse tanto cuando la de los primos sirve?

¿Y yo? ¿Con la ropa de quién me tengo que conformar? ¿Con la de tu cuñada?

¿Para qué necesitas arreglarte tanto? Ya tienes treinta y cinco años y eres madre de dos hijos

¿Y de qué se supone que tengo que ocuparme? pregunta Beatriz.

De cosas importantes. De la vida, del crecimiento personal. Hay cosas que valen más que trapos y tonterías.

¿A qué te refieres, Antonio?

A lo esencial, a lo espiritual. A crecer, a salir de la rueda de quejas por el piso, la ropa

Ya veo. Por eso guardas el dinero para nuestro futuro, para nuestro desarrollo espiritual.

Porque no se os puede confiar nada grita Antonio. Os gastaríais todo. Si pasa algo, ¿de qué viviríamos?

¿Y cuándo piensas empezar a vivir, Antonio? Porque tal como vivimos ahora parece que tu si pasa algo ya ha pasado

Antonio calla, la mira con rabia.

Con lo que tú eres capaz de racanear, en el jabón, en el papel higiénico, ¡hasta te llevas el jabón y la crema del trabajo!

Un euro ahorrado es otro euro ganado responde seco Antonio. Así empiezan los grandes ahorros.

Dime, al menos, cuánto tiempo más hay que aguantar así. ¿Diez años? ¿Veinte? ¿Cuándo vamos a poder vivir con papel higiénico bueno? Ya tengo treinta y cinco, ¿tengo que esperar mucho más?

Antonio guarda silencio.

A lo mejor a los cuarenta ya puedo empezar a vivir, ¿no?

Nada.

¿Y a los cincuenta? ¿Podré comprarme ropa entonces?

Sigue callando.

Ni siquiera, ¿verdad? Bastante arriesgado. ¿Y a los sesenta? ¿Cuánto habrá ahorrado entonces el gran Antonio? Igual puedo comprarme ropa nueva entonces.

Nada.

Mira, Antonio dice Beatriz con voz temblorosa. ¿Y si no llegamos a los sesenta? ¿Y si esta comida barata que compramos, que comemos en exceso por rellenar, nos pasa factura antes? ¿No has pensado que comer mal es malo para la salud? Pero lo peor, Antonio, es vivir así, siempre malhumorados. ¿No te has dado cuenta?

Si nos vamos de casa de mi madre y empezamos con lujos no podremos ahorrar.

Por eso me voy. Yo ya no quiero ahorrar. Lo siento, pero no quiero. Quédate con tus ahorros, Antonio.

¿Y cómo vas a vivir tú sola? se asusta él.

Me las arreglaré. Alquilaré un piso, cuidaré a los niños, viviré de mi sueldo. Gano igual que tú. Para comer, vestir y vivir dignamente me alcanza. Y lo mejor, no tendré que escuchar más tus sermones sobre ahorrar agua o luz. Podré poner la lavadora por la mañana, dejar luces encendidas si quiero, comprar papel higiénico del bueno y llenar la mesa de servilletas. Y comprar lo que me apetezca en el supermercado, sin esperar siempre a las rebajas.

Pero no podrás ahorrar nada se estremece Antonio.

Claro que podré. Ahorraré las pensiones alimenticias de los niños. Aunque, tienes razón, no voy a ahorrar. No quiero. Viviré de nómina a nómina. Y los fines de semana te dejaré a los niños con tu madre, e imagina el tiempo libre que tendré. Iré al teatro, al cine, a museos. Y en verano, me iré a la playa. No sé todavía adónde, ¡pero lo haré en cuanto me libere!

A Antonio se le nubla la mirada. Siente miedo, pero no por Beatriz ni por los niños. Lo que le angustia es cómo va a quedar él ante esta nueva vida de Beatriz, los viajes, los gastos Son, piensa, su dinero, derrochado.

Por cierto, el dinero del banco lo vamos a repartir dice Beatriz.

¿Cómo repartir? balbucea Antonio.

A partes iguales responde ella. Después de quince años, debe ser una buena cantidad. Pues la gastaré también. No pienso ahorrar para vivir. Pienso gastarlo todo en vivir.

Antonio mueve los labios pero no consigue articular palabra. El horror lo paraliza.

Mi único sueño, Antonio dice Beatriz, es que el día que me muera, no me quede ni un céntimo en la cuenta. Sabré que he gastado todo en vivir.

Dos meses después, Antonio y Beatriz se divorcian.

Rate article
MagistrUm
Valeria fregaba los platos en la cocina cuando entró Iván. Antes de entrar, apagó la luz. — Todavía …