Carmen no soportaba los días en los que al orfanato venían potenciales adoptantes. Porque, en los siete años que llevaba viviendo allí, nunca, ni una sola vez, la habían escogido a ella.
Antes, cuando era muy pequeña, esperaba esos días con ilusión. Observaba embelesada a las elegantes señoras y caballeros que atravesaban las puertas. Le parecían magos capaces de llevarla a un castillo propio. Se imaginaba a una nueva madre besándola antes de dormir y a un nuevo padre paseándola a caballito por el Retiro. Hasta soñaba con tener su propio cuarto, sin tener que ver cada día la cara de ese pesado de Mateo, que siempre intentaba tirarle de las trenzas y la llamaba Verderón.
Carmen nunca supo muy bien qué narices era un verderón, pero sonaba feo, casi insultante. Y Mateo, implacable:
¡Verderón! ¡Verderón!
Tenía cinco años cuando llegó al orfanato de Salamanca. Sus padres habían muerto en un accidente de tráfico. Carmen no conseguía entender por qué no venían a buscarla. ¿Por qué la habían dejado?
Con los años, asumió la verdad: ya no estaban. Poco a poco, sus caras se borraron de la memoria. Las voces se desvanecieron. Los olores desaparecieron. El recuerdo de su casa se convirtió en una sombra.
Quería con todas sus fuerzas que un día la eligieran. Pero el milagro nunca llegaba, y ella creció entendiendo que tal vez nunca la escogerían. Es que, sinceramente, Carmen estaba lejos de ser una beldad. Siempre se llevaban a las más guapas; aquellas niñas con moños impecables y sonrisas de anuncio.
Mateo, por su parte, seguía en lo suyo. Pero Carmen ya había averiguado que un verderón es solo un pájaro cualquiera.
Aquel día volvieron a aparecer los padres en potencia. Arreglaron a las chicas, lazos nuevos en las trenzas y vestidos recién planchados. Pero Carmen, harta, se cortó el pelo a lo chico con unas tijeras oxidadas detrás del patio. Ya no quería que la eligiera nadie; había decidido que, de ahora en adelante, sería ella quien eligiera en la vida.
Cuando las cuidadoras la vieron, casi les da un soponcio. Y Mateo, fiel a su rutina, le soltó por la espalda:
¡Verderón!
Carmen acababa de cumplir doce años; Mateo le sacaba tres.
Ese día, por supuesto, nadie la adoptó. Sus pelos a trasquilones y esa mirada fulminante que se le estaba poniendo no invitaban, precisamente, a la ternura.
Tres años después, Mateo terminó su paso por el orfanato. Se despidió de todos, y justo antes de salir, se acercó a Carmen:
¿Bueno, qué, adiós Verderón?
Adiós, adiós contestó Carmen, encogiéndose de hombros.
Tú aguanta. ¡Ya te queda poco! Solo tres años Luego vengo a buscarte sentenció Mateo, muy serio.
¡Sí hombre! ¿Y quién te ha dicho a ti que yo te elija? ¡Bobo! le respondió ella, sin mirarle.
Mateo la miró un rato largo, con esa cara rara suya, y se marchó, sin volver la vista atrás.
Cuando Carmen cerró la puerta del orfanato, aspiró profundamente el aire de la calle de vuelta. Aire de libertad y de vida adulta. Esos años la habían convertido de patito feo en cisne elegante: melena hasta la cintura, ojos verdes tipo aceituna gordal y figura de estatua hecha en El Escorial. Caminó rumbo al piso de sus padres. De repente, escuchó:
¡Buenas, Verderón!
Al girarse, ahí estaba Mateo.
¿Tú qué pintas aquí? bufó.
Te prometí que vendría a por ti. Pues he venido dijo, acercándose un paso.
Que no, hombre, que ahora elijo yo le replicó Carmen, mirándole desde abajo; el tío, ahora, era un armario empotrado.
Pues escógeme tú, Carmen dijo él, casi suplicando.
Ya lo pensaré y se fue hacia el portal.
Mateo se quedó allí, esperando a que Carmen entrase. Desde entonces, todas las tardes se sentaba en el banco bajo su ventana y no se marchaba hasta que en el piso de Carmen se apagaba la luz.
El verano madrileño dio paso a un otoño lluvioso; y el invierno se coló bajo los abrigos. Pero Mateo seguía apareciendo día tras día. Una tarde de diciembre Carmen, ya harta, se sentó junto a él:
¿No te cansas? Aquí hace un frío que pela.
Da igual. Aguanto lo que haga falta. Pero elígeme, por favor le respondió, con una mirada de esas que derriten hasta el hielo de la Gran Vía.
Carmen salió disparada de la banca, como si hubiera visto un fantasma, y subió a casa. Lo vigiló tras la cortina, viendo cómo Mateo levantaba la vista hacia su ventana.
El 31 de diciembre, Carmen volvía a casa a todo correr. Tenía que poner la mesa, estrenar vestido y preparar las uvas para las campanadas. Mateo no estaba en el banco. El corazón le dio un vuelco ¿Le habría pasado algo?
Una hora después, todo listo, Carmen se sirvió una copa de cava y se acercó al ventanal. Nada, ni rastro de Mateo. El pecho le ardía de la ansiedad. Y si le había pasado algo de verdad ¿Qué hacía ahora? ¡Si no sabía ni dónde vivía ni su teléfono! ¡Menuda idiota!
De repente, una llamarada iluminó la noche. Carmen pensó: Ya empiezan con los petardos, y fue a asomarse. Sobre la nieve, en letras de fuego gigantes, se leía:
¡ELÍGEME, CARMEN!
Y allí estaba Mateo, sentado en el banco, saludando con la manoCarmen soltó la copa y bajó corriendo las escaleras sin ponerse abrigo, sin miedo al frío ni al qué dirán. Cruzó la acera a toda prisa, resbalando un poco sobre la escarcha. Allí, bajo las letras humeantes, estaba Mateo, con los guantes al revés, temblando de nervios y emoción.
Se miraron un segundo, larguísimo. Carmen se mordía el labio, luchando entre la risa y las ganas de llorar. Mateo solo logró decir, bajito:
Si eliges seguir sola, no pasa nada pero si eliges que me quede, yo… se calló, la voz rasgada por el miedo.
Qué cabezón eres, Mateosusurró ella. Y qué tarde has tardado en preguntármelo de verdad.
Mateo la miró incrédulo, los ojos más brillantes que la primera estrella de la noche. Carmen se acercó y, por primera vez en su vida, eligió sin dudar. Tomó su mano helada entre las suyas, calentándola con el calor de todas las respuestas contenidas.
Eso sí sonrió, acercándose: ni se te ocurra volver a llamarme Verderón delante de nadie.
El rugido lejano de los fuegos artificiales fue testigo de que, esa Nochevieja, Carmen, por fin, eligió. Y nunca volvió a temer quedarse sola, porque al fin entendió que los lazos más fuertes no los atan las familias perfectas, sino la gente que se queda, invierno tras invierno, justo bajo tu ventana.







