Estaba preparando tortitas en mi casa cuando, de repente, entró un hombre desconocido — así lo cuenta ahora a todos doña Evdokia Victoria.

Estaba haciendo tortitas en casa, como te lo cuento, cuando de repente entra en la cocina un hombre que no conocía de nada. Ahora siempre cuento esta historia entre risas, pero en ese momento te juro que no me hizo ni pizca de gracia. Solo imagínatelo: vives sola, sabes de sobra que no hay nadie más en casa, ni puede haberlo y, sin previo aviso, allí aparece, tan campante. Pues tal cual me pasó.

Con Fermín, mi ex, me separé hace ya cinco años y, entre unas cosas y otras, me planté casi en los sesenta sin planes de volver a enamorarme. Con los hijos cada uno en su vida y yo tan tranquila, me llevaba bien con los vecinos, compartiendo charlas y cafecitos en el portal. Por eso, aunque en los tiempos que corren no debería, tenía una costumbre dejar la puerta de casa sin echar la llave de vez en cuando. Por si acaso venía María, la vecina de al lado, a pedirme sal o a charlar un rato. Ese día ni la esperaba, pero justo había bajado la basura y, mientras lavaba las manos y le ponía de comer a mi gata, Pilarica, ni me acordé de la cerradura. Total, que no le tenía miedo a nadie. Era de día, la calle animada, no estaba yo para sustos.

Total, que allí estaba yo, terminando la tanda de tortitas cuando, al girarme para poner otra en el plato, me quedo helada: ¡un hombre, plantado en medio de mi cocina! Parecía que hubiera surgido de la nada.

En ese instante te juro que vi pasar mi vida entera por delante, desde el patio del colegio hasta hoy. Pensé, ya está, todo mal. Tampoco es que tuviera mucho de valor, pero justo me había comprado una tele nueva, el portátil, había cobrado la pensión y el monedero estaba tirado por el pasillo. Me imaginé que venía a por la cartera y que cuando acabara se pondría a rebuscar algo más. Así que, con voz temblorosa, le solté: Llévese lo que quiera, pero a mí déjeme, que tengo nietos y me gustaría poder criarlos un poco más. No se preocupe, que no diré nada a nadie. Y entonces el hombre se puso a disculparse, explicando nervioso algo que ni te puedo decir que entendí bien porque me temblaba todo el cuerpo.

Me aconsejó, eso sí, que apagara el fuego en la vitrocerámica, y yo le hice caso sin pensarlo. Me senté en una silla, él enfrente, y empezó a contarme su película: que andaba tranquilamente por la calle cuando un grupo de chavales que iban pasados se le puso pesado pidiendo dinero. Que para evitar problemas se metió en el portal justo cuando alguien salía y, apurado, subió corriendo las escaleras. Los otros detrás, claro, que también lograron entrar. No le dio tiempo ni a pedir ayuda. Fue probando puertas y la mía, mira tú por dónde, estaba abierta. Me pidió si podía asomarme a la ventana, y allí estaban: un par de tipos merodeando como si fueran a buscar bronca. Al rato se fueron, menos mal.

El hombre se presentó como Antonio Ramírez. Grande, con aspecto de despistado, pero unos ojos bondadosos de esos que te calman. Si le pones una barba blanca y un abrigo rojo, te juro que parecía Papá Noel.

Así, de repente, me pregunta: ¿Le quedarán tortitas para invitarme? Hace una eternidad que no pruebo unas. Desde que faltó mi mujer. Y allí estaba el hombre, sentado en la cocina, dejando los zapatos en la entradita, como si nos conociéramos de toda la vida.

Luego se lo conté a María, la vecina: ¿¡Pero tú le diste de comer!? Estás loquísima, yo no habría sido capaz, lo saco a escobazos, se reía. Pero algo me dio buen feeling. Eso sí, le pedí que se lavara bien las manos. Estuvimos luego un rato largo tomando café. Me contó que era viudo, sin hijos, viviendo solo de alquiler desde Dios sabe cuándo.

Al final, antes de irse, pidió perdón varias veces, se despidió y se marchó. Y yo me sentía como protagonista de esas telenovelas españolas, que me salía la historia por las orejas de tantas veces que la contaba, riendo de los nervios por teléfono con todas mis amigas.

Pero después, cuando ya pasó el revuelo, me dio un vacío raro. ¿Igual debería haberle invitado otro día, a tomar tarta de manzana o bizcocho de naranja, que a mí me salen buenísimos? Pero mira, pensé, ya está hecho, a otra cosa. Al día siguiente me animé a hacer unas empanadillas para no pensar en el susto. Y ahí lo tienes: llaman a la puerta con unos golpecitos suaves. Fui pensando que sería María, como siempre, pero miré por la mirilla y casi me faltó tiempo para alisarme el pelo, cambiarme de bata y darme un toque de colonia. Abro la puerta y me lo encuentro otra vez a Antonio, con un ramo de flores en la mano.

Solo venía a pedirle perdón otra vez, por haberla asustado ayer. Tome estas flores y ya me marcho, dijo, medio cortado.

Qué va, quédese, que he hecho empanadillas y me sobra para invitarle, le contesté con una sonrisa.

Y él, aspirando el aire del pasillo: Ya decía yo que olía a gloria por aquí, como en una pastelería. ¡Qué suerte tendrán sus nietos con usted!, me dijo, soñador.

Que yo no estoy casada, hombre. Pase y siéntese, le dije sin pensarlo mucho.

Y desde entonces compartimos casa. Él se encarga del patio, es mi mano derecha en el pequeño huerto. Los hijos lo han aceptado, y mis nietos ya le llaman abuelo Toño. Se desvive por ellos, como si fueran suyos. Después de tanto tiempo solo, ahora ha encontrado una segunda familia conmigo.

Mis amigas están que echan chispas de envidia. ¡Hay que ver, encontrar un hombre bueno a tu edad y, además, de esta manera tan rara! Si es que a ti te llegan las cosas sin buscarlas, me dicen. Y yo, pues les doy la razón. Eso sí, no te pienses que vuelvo a dejar la puerta abierta, ahora la cierro con dos vueltas. ¡Que bastante historia tengo ya para un par de vidas!

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MagistrUm
Estaba preparando tortitas en mi casa cuando, de repente, entró un hombre desconocido — así lo cuenta ahora a todos doña Evdokia Victoria.