¿Quién te va a querer siendo madre soltera? —¿Estás segura, hija? Elena cubrió la mano de su madre…

¿Estás segura, hija?

Clara cubrió la mano de su madre sobre la mesa y sonrió.

Mamá, le quiero. Y él me quiere a mí. Nos vamos a casar, todo irá bien. Vamos a tener una familia, ¿lo entiendes?

Su padre apartó el plato de lentejas y miró ceñudo por la ventana. Guardó silencio unos segundos, que a Clara se le hicieron eternos.

Solo tienes diecinueve años dijo al fin. Deberías pensar en los estudios, en tu futuro profesional, no en bodas.

Papá, puedo con ello dijo Clara con calma, aunque por dentro deseaba con todas sus fuerzas convencerles, obligarles a mirar lo que ella veía. Juan trabaja, yo estudio. No os pedimos nada, solo queremos estar juntos. Formar una familia.

Él negó con la cabeza, pero no añadió nada más.

No estaban de acuerdo, Clara lo notaba por los labios apretados de su padre y la forma en que su madre recolocaba nerviosamente la servilleta. Pero tampoco se oponían. Quizás porque recordaban cómo fueron ellos a esa edad, quizás porque sabían que prohibirlo solo la empujaría a hacerlo a escondidas.

Celebraron la boda en mayo, fue sencilla, pero tan cálida que Clara aún la evocaba con una felicidad envolvente. Ni restaurante de lujo, ni limusinas ni palomas. Solo gente cercana y mucho amor.

La luna de miel fue en Benidorm. Solo una semana, porque Juan no podía pedir más días y tampoco tenían dinero para grandes viajes. Pero aquellos siete días fueron una burbuja mágica, al margen de la realidad. Se levantaban tarde, desayunaban en el balcón del diminuto hostal mirando al mar, paseaban por la playa hasta la noche, comían bocadillos de calamares y se besaban como si no existiera el mañana.

Pero la vida real no tardó en empezar, sin el velo romántico. Un piso de alquiler modesto en un barrio de Madrid, con las ventanas que dejaban pasar el frío en invierno y unos vecinos ruidosos arriba que hacían temblar las lámparas. Juan salía de casa a las siete de la mañana a trabajar, Clara iba a la universidad, por las noches se reunían cansados, calentaban algo para cenar y se dormían casi al instante.

Pero en esa rutina agotadora había algo bueno, algo auténtico.

A los seis meses los padres de Clara los llamaron para que fueran a cenar un sábado. Ella estuvo todo el día dándole vueltas, imaginando desde tragedias a tonterías. Cuando llegaron, les sirvieron té y, en silencio, les acercaron un sobre.

Esto es para vosotros dijo su padre sin mirarla. Para que podáis tener algo propio. Aunque solo sea un apartamentito, pero vuestro. Ya basta de tirar euros en alquiler.

Clara miró el sobre, incapaz de tocarlo. Tenía un nudo en la garganta y los ojos se le llenaron de lágrimas.

Papá… susurró, pero él hizo un gesto con la mano.

Tómalo, hija. No le des más vueltas. Considéralo nuestro regalo de bodas. Con retraso.

Encontraron piso en un mes. Veintiocho metros cuadrados en un tercero sin ascensor. Ventanas al patio interior, cocina minúscula, baño pequeño. Igual para otros no era nada especial, pero para Clara era su universo, la casa que preparó feliz y con mucha ilusión, eligiendo ella misma el papel para las paredes, hablando con los obreros, colgando las cortinas y llenando el salón de plantas del mercadillo.

Al año siguiente, en su tercer curso, Clara comenzó a encontrarse extraña. Primero pensó que era una indigestión, luego que era el cansancio de los exámenes finales. Compró un test por si acaso, solo para descartar lo obvio.

Dos rayas rosas, claras y evidentes.

Se sentó al borde de la bañera y repasó su vida en un instante. Tercer año de carrera. El título aún lejano. Apenas acababan de empezar a levantar cabeza. ¿Ahora? ¿Por qué?

Juan llegó del trabajo y supo que pasaba algo malo. Clara le entregó el test sin decir una palabra.

Él lo miró en silencio unos minutos eternos, hasta que alzó la mirada y sus ojos le cortaron la respiración.

Seguiremos adelante dijo firme, casi en susurro.

Juan, estoy estudiando. ¿Cómo vamos a…?

Seguimos adelante repitió, y le tomó las manos. Pides un año de excedencia. Yo trabajaré. Podemos con esto. Clara, es nuestro hijo.

Ella lloró, refugiada en su hombro. De miedo, de incertidumbre, de hormonas y de una pequeña y tozuda felicidad.

Hizo el papeleo en la universidad sin problemas y pidió un año de excedencia.

Tomás nació en marzo, cuando aún quedaba nieve sucia en la calle, pero ya olía a primavera. Tres kilos doscientos, cincuenta y un centímetros. Clara lo miraba acurrucado en sus brazos y aún no podía creer que fuera real, que fuera su hijo. Suyo y de Juan.

La felicidad era tan grande que dolía en el pecho.

Pero los cambios aparecieron poco a poco, como las primeras heladas que llegan casi sin avisar. Ayer hacía sol, hoy ya ves tu aliento en el aire.

Juan empezó a llegar cada vez más tarde del trabajo. Al principio era media hora, luego una… hasta que Clara dejó de contar. Juan pasaba de largo por la cuna de Tomás, sin mirarle. Antes, en cuanto entraba en casa, cogía al niño, le llenaba de besos y se reía haciéndole cosquillas; ahora parecía que ni se acordaba de que tenía un hijo.

Podrías, al menos, saludar a tu hijo dijo Clara una noche, agotada.

Juan le miró con desdén, como si hubiera dicho una falta de respeto.

Está dormido. ¿Quieres que lo despierte?

Tomás no dormía, miraba a su padre con unos ojazos idénticos a los de Juan. Pero él no lo veía, o no quería verlo.

Poco a poco empezaron los comentarios. Primero sutiles, dejándola a Clara con la duda de si había oído bien.

¿Vas a salir así vestida? le soltó una mañana, recorriéndola con la mirada.

Clara llevaba vaqueros y un jersey. Nada especial.

¿Qué tiene de malo?

Nada, da igual respondió, pero puso cara de desprecio tan evidente que dolía más que insulto alguno.

Y fue a peor. Ya ni se molestaba en disimular.

¿Es que te has visto en el espejo? le soltó una noche, mientras Clara se ponía el pijama. Has engordado, estás descuidada. Pareces más una señora de cincuenta que una chica de veintidós.

El golpe fue directo al alma. Clara se quedó quieta en medio de la habitación, sin aire, con su vieja camiseta de dormir. ¿De verdad era posible?

Juan, acabo de dar a luz susurró, humillada.

Hace un año ya. Un año. Otras están como nuevas en tres meses, y tú…

No terminó la frase; se fue de la habitación. Tomás empezó a llorar en la cuna, despertado por los gritos.

¡Hazle callar! le gritó Juan desde la cocina. ¡Siempre está berreando, no hay quien duerma!

Clara cogió a su hijo, lo abrazó con fuerza, hundiendo la nariz en su pelo suave. Lloraba en silencio, las lágrimas caían sobre la cabecita del niño. Poco a poco Tomás se calmó, sintiendo el calor materno. Ella seguía allí, de pie en la oscuridad, acunándolo a él y a ella misma.

No tenía con quién desahogarse. Bueno, sí: sus padres. Pero cada vez que cogía el móvil para llamar a su madre, se le aparecía la cara de su padre: Solo tienes diecinueve años. Deberías pensar en los estudios. Ya la avisaron. No les escuchó. Creyó saber más, pensó que el amor todo lo podía.

¿Y ahora? ¿Ir a casa derrotada y reconocer que tenía razón? Imaginaba las lágrimas de su madre y el silencio pesado de su padre. Siempre aplazaba la llamada. Esto me lo he buscado pensaba, me lo arreglo yo sola.

Un día, Clara salió a pasear con Tomás como siempre. Dio una vuelta por el barrio, llegó al pequeño parque donde las hojas de los plátanos casi cubrían los bancos. Al buscar en la bolsa las toallitas, vio que había olvidado el puré para el niño.

Volvió a casa.

Abrió la puerta pensando en coger el potito y salir corriendo, pero en el recibidor había unos zapatos que no reconocía. De tacón, charol rojo, claramente de mujer.

Sin pensarlo, avanzó por el pasillo; su cerebro gritaba que se marchara, pero algo la arrastraba hacia la habitación.

La puerta de la alcoba estaba entreabierta.

Vio lo suficiente. Demasiado. Una mujer desconocida en su cama, en sus sábanas. Y Juan, que ni se molestó en apartarse o aparentar vergüenza.

Le miró, molesto, como si Clara fuera un mosquito incómodo.

¿Qué esperabas? dijo él. Has dejado de cuidarte. ¿Se supone que tengo que aguantarme? Tengo veinticinco años, soy un hombre. Y tú en casa, y ni te reconoces… ¿Quién te va a querer así, y encima con un crío de por medio?

Clara se agarró al marco de la puerta, porque las piernas apenas la sostenían. La otra mujer se cubría con la sábana, como si aquello no fuera con ella.

Fuera de mi casa le salió una voz ronca que no reconoció. Ahora mismo.

La desconocida empezó a vestirse deprisa. Juan miraba toda la escena con desprecio.

No hagas un drama dijo cuando la mujer se marchó. No es para tanto. Es lo que hacen todos. Y sus esposas lo aceptan; ¿qué otra les queda, sobre todo con un hijo? ¿A quién le interesas tú ya, Clara, con ese regalito? Así que basta de teatrillos.

Clara no recordaba cómo cogió a Tomás ni cómo pidió el taxi, ni cómo vio el nombre de sus padres en la pantalla. Por el camino, miró la ciudad por la ventanilla y pasó toda la mano por la espalda de su hijo, sintiendo dentro solo un vacío quemado.

Abrió la puerta la madre, que vio una Clara derrumbada y la abrazó fuerte, como cuando de niña volvía a casa con las rodillas heridas.

Mamá, yo… comenzó, pero su madre negó con la cabeza.

Luego, hija. Pasa, tranquila.

Delante del ruido salió su padre, miró a Clara y a su nieto. El rostro se le endureció.

¿Qué ha pasado?

Clara se lo contó, entre sollozos, torpe y atropellada: los desprecios, la frialdad, los zapatos rojos… el ¿quién te va a querer así, con un niño?

Su padre escuchó en silencio. Luego se puso la chaqueta.

Vámonos.
¿Adónde? preguntó Clara.
A por él.
Papá, déjalo, yo puedo…
Dejas a Tomás aquí con tu madre. Ven.

Juan abrió la puerta como si nada.

El padre de Clara entró despacio, mirando alrededor, y luego habló con una calma que a ella le heló la sangre.

Mira, vas a preparar tus cosas y te largas de esta casa. Que no la compraste tú, sino nosotros, para mi hija. Aquí no pintas nada más.

Juan intentó protestar, hablar de derechos, de compartir bienes, pero el padre de Clara fue tajante.

¿Derechos? Hablemos de cómo has tratado a mi hija. Cómo la has humillado. A quién traías aquí. Avanzó un paso y Juan retrocedió. Si en media hora sigues aquí llamo a la policía. Y créeme, tengo suficiente dinero para contratar abogados que te van a hacer la vida imposible. Así que, fuera.

Juan se marchó, en silencio, con una bolsa en la mano. Clara se quedó mirando la puerta cerrarse.

¿Por qué no viniste antes? le preguntó su padre cuando volvieron.

Pensé… me advertisteis. Pensé que diríais que había sido culpa mía.

Él se volvió y sus palabras la hicieron llorar de nuevo.

Eres nuestra hija. Mi niña. ¿Lo entiendes? Siempre podrás venir a casa. Siempre. Pase lo que pase.

Clara se abrazó a su padre, como de pequeña. Y lloró mucho, hasta que sintió cómo todo el dolor salía de su pecho.

…Dos años después, Clara jugaba con Tomás sobre la alfombra del mismo piso. El título universitario por fin terminado a distancia y con matrícula de honor estaba junto al móvil, que acababa de recibir la notificación de la pensión de alimentos.

Tomás alzó la cabeza y le sonrió con la misma media sonrisa de su padre, pero a Clara ya no le importaba.

Mamá, mira.

Ya lo veo, hijo, ¡qué torre tan bonita!

Por la ventana entraba la luz dorada del atardecer y pintaba la habitación de color miel. Clara miró a su hijo y sonrió. Lo había conseguido. No como soñaba de niña, pero sí, lo había conseguido: salir adelante, saber cuándo pedir ayuda, y no permitir que nadie le hiciera sentir menos por buscar su propia felicidad. Porque a veces el amor propio es el primer paso para volver a empezar.

Rate article
MagistrUm
¿Quién te va a querer siendo madre soltera? —¿Estás segura, hija? Elena cubrió la mano de su madre…