Gran divorcio
Justo cuatro años dura el matrimonio de los Redondo. Por mucho que intentaron representar la imagen del amor eterno, no lograron echar raíces en el huerto de la felicidad conyugal. En el horizonte se asoma el divorcio.
¿Y qué?, ¿os vais a divorciar así sin más y ya está? pregunta la amiga a Clara Redondo, cuando le invita a mitigar el estrés atiborrándose de redondos bocadillos italianos.
Sí. ¿Qué otra opción tenemos? Lo hemos hablado. Así será mejor para los dos
No, no lo digo por el divorcio en sí, sino por la fiesta. Hay que celebrarlo como Dios manda, poner un buen punto final, ¿no crees?
Últimamente estoy muy nerviosa; no hace falta que me toques la herida responde Clara, ofendida, mientras se come una porción de pizza con piña y luego otra de mariscos.
¡Que no lo digo por ti, cariño! ¡Lo digo por tu divorcio! Si vuestra boda fue todo un acontecimiento, aún sigo pagando a plazos el dichoso trozo de aquella tarta. ¿Por qué no montar una fiesta de divorcio a lo grande? Restaurante, coche de lujo, maestro de ceremonias, quema simbólica de un puente Yo me apuntaría.
¿Y eso se hace?
¡Se debe hacer!
Pero si no tengo dinero. Ahora mismo habrá que dividir hasta las fundas de las almohadas
Conozco a una organizadora que lo monta todo a cambio de un saco de patatas. El resto, lo recuperas con los regalos. Pero antes, pensemos en la despedida. Que sea casera y decente; para que te despidas de la vida en pareja como es debido.
O sea, lo de siempre: quedamos todas y al final ninguna sale porque todas tienen maridos y niños.
¡El plan perfecto!
Al día siguiente, Clara y su amiga van a ver a la organizadora, que se llama Marta. Marta, curiosamente, les recibe en un centro comercial, detrás de la caja de una cafetería de crepes, mientras atiende pedidos.
¿Me echas una mano? le pregunta la amiga de Clara, tras explicarle el asunto.
¡Fácil! Ya me lo imagino Marta pone los ojos en blanco y se entusiasma: La novia, guapísima, de negro luto, jura solemnemente ni una vez más en la vida. El ex, con sus ridículos pantalones de chándal, que por fin puede ponerse a todas horas, dice claramente no. Luego, en grupo, vamos a una casa de empeños a entregar los anillos. Los invitados corean: ¡Dulce!, ¡Semi-dulce! Bueno, que lo iré afinando afirma Marta, y luego grita tan fuerte que retumba el local: ¡Pedido sesenta y cuatro listo!
El exmarido de Clara, sorprendentemente, recibe la propuesta con entusiasmo, pero los padres, en cambio, no lo ven bien.
Esas modernidades vuestras Antes la gente se divorciaba sin hacer ruido y se odiaba hasta el final protestan por ambas partes. Dinero no os damos para eso.
Una semana después, todo está listo. Según el guion de Marta, la celebración comienza por un rescate simbólico. El ex debe dejar el piso superando pruebas: concursos, cánticos, y todos le ayudan o pagan rescate con tal de que se vaya cuanto antes. Como son doce plantas, le dejan usar el ascensor, junto a sus últimas pertenencias y su testigo.
Gracias al primo de Marta, que es inspector de policía, asiste un fotógrafo forense que documenta cada detalle al milímetro. Tras aquel divorcio, nueve personas fueron fichadas… simbólicamente, claro.
¡Todos al Registro Civil! proclama solemne Marta cuando el grupo se reúne abajo.
Según la nueva tradición, los Redondo se sientan juntos en el coche para, después de firmar, marcharse por separado. Los demás invitados reciben billetes de autobús, cambio para el trayecto y van en el coche del fotógrafo, donde hacen juegos: toman huellas, simulacros de interrogatorio Al entrar en el palacio del Registro, suenan todos cantando a coro Libre, la mítica canción de Nino Bravo.
Tras los sellos de rigor y dar de baja el vínculo, todo el mundo sale a la calle. Marta saca una jaula enorme y propone atrapar a un par de palomas. La gente canta, se ríe, celebra con alegría a los recién divorciados. Los hombres felicitan de corazón al ex y le desean muchos años de vida en solitario. Las esposas, en respuesta, montan escenas allí mismo y luego atrapan un ramo hecho de recibos de la luz y el agua.
¡Menuda fiesta se montan! Se nota que llevaban tiempo esperando la noticia comenta alguien desde otra boda.
No, si estos se están divorciando le explica alguien.
Al ver la felicidad de los Redondo, muchas parejas posponen sus ceremonias ese día.
Después, en el puente, cortan el candado y los anillos se llevan, tal como estaba previsto, a la casa de empeños para cubrir parte de los gastos. La comitiva termina en un restaurante, donde espera el orquesto ritual contratado por la vieja amistad de Marta, con menú de mediodía y crepes con miel. Lo patrocina el Crepería número 8, donde Marta es cajera. El pastel, cómo no, tiene base de crepe.
Esto parece un velatorio suspira Clara, mirando la escena.
Estamos despidiendo la felicidad en pareja comenta la cajera-maestra de ceremonias y sugiere un último baile a los ya-no tan jóvenes.
Suena Chopin.
¿Sabes?, no ha estado tan mal dice Clara a Sergio mientras giran en el centro del salón.
Cierto responde él. Nunca había visto a nuestras familias así de unidas.
Al girar, Clara ve a su padre y al del ex esposo abrazados y llorando juntos como viejos amigos, a pesar de haberse odiado siempre.
El banquete está repleto de regalos: juegos de sábanas individuales, entradas a conciertos, pesas, vajilla para uno, vales para yoga, gimnasio, incluso para un club de striptease Al final, dan a los divorciados las llaves de habitaciones en diferentes hoteles, cupones de descuento para la Crepería 8, y un vale para dos trayectos en el coche del Comité de Investigación.
Acaba todo con un pequeño castillo de fuegos artificiales y la venta especial del pastel. Los invitados felices regresan a sus casas a esposas, maridos e hijos y los Redondo siguen cada uno su camino.
Tres semanas después, el álbum de fotos está listo. Sergio pasa por casa de Clara para recoger su cortauñas.
Han quedado bien dice Clara hojeando con él las fotos en blanco y negro, llenas de caras contentas y recuerdos irónicos.
Bastante responde él. Luego añade: ¿Vas a cambiarte el apellido?
No. Ya me he acostumbrado. Además, el de Bermejo suena igual de raro.
Cierto sonríe Sergio. ¿Me voy ya?
Sí aunque, ¡espera!
Sergio la mira, curioso.
¿Te apetece ir a cenar a una crepería? Nuestros cupones caducan hoy, y sería una pena.
Sería asiente Sergio. ¿Sabías que el crepe simboliza renovación? Quizás sea nuestra oportunidad. Entonces, ¿es una cita?
¿Tú crees? duda por un segundo, ¿tú crees que no es un error, después de este divorcio tan sonado? Dicen que incluso han hablado de nosotros en las noticias
No sé, pero ¿quién nos va a juzgar? Ahora somos libres, podemos quedar con quien queramos cuando queramos. Por cierto, el testigo y la testigo se divorcian la semana que viene, nos han invitado; ¿te animas a ir juntos?
Lo pensaré sonríe Clara. Justo tengo listo un juego de sábanas para regalarles.







