Divorcio por culpa de la vecina
Pero explícame, por favor, ¿por qué, entre todas las mujeres del mundo, tuviste que elegir a ESA? O sea, ¿de mí, te vas a ELLA por qué? preguntaba Maribel con una mezcla de drama y sarcasmo tan propio de la Meseta.
Ni que le hubiera tocado en una rifa. Comparada con Carmen, a Maribel no le daban ni un boleto por premio. Y lo peor es que Héctor ni siquiera se dignó a decir algo del estilo: es simpática, espontánea, menos cuadriculada, menos siesa que tú.
¿Pero cómo puede ser, Mari? ¡Con lo bien que vivíais! clamaba su madre, su hermana Lucía y media cuadrilla, al enterarse del inminente divorcio. Voces de pueblo, ya se sabe: todo el mundo opina hasta del desayuno ajeno.
Vivíamos, sí. Pero ya no vamos a vivir concedía Maribel, que había decidido plantarse.
Mira, Mari, piénsatelo treinta veces antes de dejar a un hombre así. Que el tipo tiene buen sueldo, adora a los niños y encima no se quiere divorciar de ti
Y, tras semejante consejo digno de tertulia de bar, Maribel iba enviando a todos estos opinadores directamente a un bloqueo vitalicio, tanto en WhatsApp como en la vida real. No hay red social que aguante a tanto cuñado.
La compañera de curro, que antes era amiga de cañas, se quedó solo con un asentimiento y un hola forzado. Y ante otra intentona de conversación, Maribel le soltó todo lo que llevaba dentro: por meterse donde no la llamaban y por insistir en juntarla de nuevo con un marido que, recordemos, era un infiel.
¡Infiel! Todavía se le hacía bola la palabra.
Dos décadas juntos. Desde la universidad, ya no es que hubieran pasado la mítica tonelada de sal, es que llevaban un saco de sal de Torrevieja cada uno según el refrán, sólo así funciona el matrimonio.
No les faltó de nada: ni la precariedad, ni el paro, ni las enfermedades. Dos hijos Iván y Sofía, la parejita de manual, la casa siempre limpia, comida nunca faltó, y en la vida a Maribel le dolió la cabeza cuando había temita a resolver (por lo menos oficialmente).
Se cuidaba, no trataba al marido como cajero automático, le buscaba su rato aunque la maternidad la hubiera dejado pal arrastre. En fin, lo que viene siendo una buena esposa versión Castilla siglo XXI.
¿Entonces qué más quería el ilustre caballero, que se largó así, de golpe, a las andadas?
Y encima, ¿con quién? Porque, si al menos hubiera sido una veinteañera, la estadística lo habría explicado. Pero que va: le dio por liarse con una divorciada con niño a cuestas que vivía en la escalera de al lado, en el mismo bloque de pisos.
Explícame, de verdad, ¿qué le viste? repetía Maribel la pregunta, entre carcajadas y lágrimas, cuando por fin pilló a Héctor y este tuvo que rendir cuentas.
A Carmen, la vecina, Maribel no le llegaba ni a la suela, según los estándares de las comadres.
No es que Héctor argumentara es que es divertida, espontánea, nada. No supo encontrar ni una virtud de esas que se ponen en los perfiles de Tinder. Ni siquiera se excusó en el vino y las cañas, que ni una gota llevaba encima.
Solo era capaz de balbucear un misérrimo ha sido sin querer, rezando a todos los santos y a la Virgen del Rocío por un pase VIP de vuelta a casa. Porque sí, en los planes de Héctor jamás entraba divorciarse de Maribel y mudarse a casa de la vecina.
Pensaba apañar el lío como si fuera un gato travieso: hacía sus fechorías fuera, volvía con cara de no haber roto un plato, se metía en la cama con su mujer, y aquí paz y después gloria.
La cosa casi le sale, si no hubiera sido porque la flamante amante se quedó embarazada y decidió que, ya que estaba, el padre debía figurar tanto para el bebé nuevo como para el ya nacido. Y si había que arrastrarle al Registro Civil, se le arrastraba.
Así que Carmen, ni corta ni perezosa, se presentó en casa de Maribel con un escándalo de telenovela. Al principio, Maribel ni se lo creyó que después de veinte años una conoce hasta las pecas del marido pero, claro, Carmen también sabía demasiado bien cómo y dónde tenía Héctor los lunares y cicatrices. Así que no colaba.
A Héctor no le quedó más remedio que confesar y suplicar clemencia.
De repente, para sorpresa de Maribel, parte de los conocidos se posicionaron con el marido: colegas del curro, antiguas amigas que antes le miraban como a una anchoa caducada, hasta familiares lejanos. Todo el mundo opinando que Maribel tenía que perdonar, olvidar y seguir amando a Héctor como si aquí no hubiera pasado nada. Eso sí que no lo entendía ni con el código civil en la mano.
Vale, la suegra insistía en luchar por la familia. Normal: veía al hijo pagando por su pecado y quería ahorrarle el disgusto. Hasta animó a los nietos a poner cara triste y convencer a Maribel de que no soltara al padre. Rastrero, sí. Pero, bueno, se entiende.
Pero, los demás, ¿qué necesidad? ¿Por qué en este país nos encanta empujar a la gente a la piscina sin flotador, con tal de que no nade sola? ¿El síndrome del cubo de cangrejos, versión castiza?
Qué más da. Maribel tenía claro que aguantar, lo que se dice aguantar, nadie le iba a obligar. Se acordó del mejor consejo que heredó de su difunto padre, que se lo repetía cada dos por tres mientras removía el café.
Hija, si te llaman egoísta porque no quieres aguantar, compartir, ceder o perdonar sólo porque es lo que toca, o porque Dios lo manda, no te lo creas. Es que te quieren tomar el pelo y usar tu vida para que otros vivan mejor.
Consejo aprendido y grabado a fuego. Y, efectivamente, siempre que la querían manipular, era con el rollo de la culpa y la obligación moral. Pues no, manipularle, ni soñando. Y sus hijos tampoco se dejaban, faltaría más.
Apenas Maribel empezó los trámites del divorcio, la suegra llamó furiosa para exigirle que los críos le desbloquearan en el chat y le hablaran. Sofía, la pequeña, casi se atraganta con la sopa.
¡Que ya cansa! explicó Sofía una noche durante la cena.
Iván, el hermano, no estaba; así que Sofía respondía por los dos.
Todo el rato igual: que la familia, que tenéis que arreglarlo, que si mamá y papá juntos Le dije una vez que se metiera en sus asuntos, otra vez, pero nada, repite el disco rallado. Así que, bloqueada hasta que se le pase.
Gracias, hija. Sé que esto tampoco te hace ilusión, lo que está pasando, pero te agradezco que no entres en la manipulación ni sigas el rollo de la abuela.
Mamá, no soy tonta suspiró Sofía. Ya sé lo que ha hecho papá. Una cosa es que discutiérais por las vacaciones o por el color de las cortinas, pero lo que ha hecho él, eso no se perdona. Y lo sabía. Así que, si se metió en ese jardín Mamá, le quiero, sigue siendo mi padre, pero ¿qué esperaba? ¿Y qué espera la abuela ahora?
Maribel ya no sabía qué contestar. No hacía ni un mes estaba convencida de poder resolverle cualquier duda a sus hijos; y mírala, sin respuesta ni para un sudoku.
Porque, ¿cómo explicas que la persona que durante veinte años fue el perfecto marido y padre, sin hacer nada escandaloso de repente hace un destrozo así? Lo típico de canas en la barba, diablo en las costillas, pero en versión cañí.
Resulta que en las costillas, la cabeza o donde fuera, a Héctor le quedaban bastante demonios sueltos. Y decidió soltarlos sobre la ex familia de la forma más original que pudo imaginar.
Eso sucedió cinco años después del divorcio Y, bueno, esa es otra historia, quizás para contar en otra sobremesa con café y rosquillas.







