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Mariana miró el letrero en la ventana del restaurante en la Calle Ocho de Miami: “No se admiten mascotas”.

Todavía recuerdo el perfume de las rosas. Quince rosas rojas, enormes, que Mauricio me entregó en la

El alta médica olía a desinfectante y a lágrimas de felicidad. Era una mañana luminosa de enero en Albuquerque

El funeral fue un martes, sin flores ni lágrimas de nadie más que las mías. Diez días antes, me había

Mi abuelita siempre caminaba mirando al suelo. No porque estuviera triste ni nada de eso. Buscaba piedritas lisas.

Mauricio se acomodó la almohada por quinta vez y cerró los ojos con fuerza, fingiendo que no escuchaba

Andrés apartó su plato de enchiladas a medio comer, se limpió las comisuras con la servilleta de tela

A Marisela le bastaban tres horas de sueño para funcionar. No era algo que hubiera elegido, sino algo

Mi mamá soltó el fajo de papeles sobre la mesa del comedor, justo al lado de la fuente de tamales que

El pasillo del juzgado de Miami olía a café recalentado y a ansiedad. Las baldosas beige reflejaban la










