Una Piedrita Lisa

Mi abuelita siempre caminaba mirando al suelo. No porque estuviera triste ni nada de eso. Buscaba piedritas lisas. De esas que el agua del río pule por años y años. Cada que encontraba una, la frotaba contra su delantal y me la daba.

—Guárdala, mija. Las cosas más chiquitas son las que un día te sostienen.

Yo tenía como ocho años. Para mí era un juego. Llegué a tener un frasco lleno de piedritas debajo de mi cama. Pensaba que la abuela solo me estaba entreteniendo mientras mi mamá trabajaba.

Veinte años después, en Santa Ana, California, yo ya ni me acordaba de ese frasco. Trabajaba en una biblioteca pública y vivía sola en un depa de una recámara. Esa mañana iba caminando por la calle Cuarta, de esas que todavía tienen puestos de fruta y señoras vendiendo tamales en las esquinas. El sol pegaba fuerte, apenas serían como las once.

Vi una piedrita lisa junto a la llanta de un carro estacionado. Algo me hizo agacharme. La recogí. Estaba tibia, perfectamente ovalada. En eso oí una risa.

—Mi mamá también juntaba piedras. Decía que eran besos del río.

Era una señora como de sesenta años, con su bolsa del mandado y unos lentes oscuros enormes. Nos sonreímos las dos. Cambiamos dos palabras y cada quien siguió su camino. Ni supe su nombre. Pero me dejó el corazón calientito, como cuando te acuerdas de algo bonito sin querer.

Seguí caminando y entré a una panadería que está sobre la Broadway. De esas que tienen pan dulce en charolas y café de olla. Huele a canela y a mantequilla desde la banqueta. Agarré una concha y me formé para pagar. El señor de adelante, un don grande con bigote cano, como de setenta y tantos, revisaba su cartera. La muchacha de la caja le dijo algo.

—Don Tomás, su tarjeta no pasó. ¿Trae efectivo?

El señor contó unos billetes. Cinco dólares. La cuenta eran como ocho con el café. Sin pensarlo mucho, estiré mi mano con un billete de cinco y se lo puse en el mostrador.

—Yo completo.

Se giró. Tenía los ojos más amables que he visto. Así, color miel clarito.

—No tenía por qué molestarse.

—No es molestia.

—Déjeme invitarle el café al menos. Para no quedar mal con San Pedro.

Me reí. Acepté el café. Nos sentamos en una banca afuera. Me dijo que se llamaba Tomás. Hablamos de cosas sin importancia: el calor, la panadería, la gente que pasa de prisa. Nos despedimos con un apretón de manos. Fin de la historia. O eso pensé.

El sábado siguiente fui al tianguis de la calle Chestnut. De esos que se ponen los fines de semana con puestos de miel, frutas, flores, antojitos. Andaba eligiendo aguacates cuando alguien me tocó el hombro. Era Tomás. Traía una bolsita de papel.

—La anduve buscando. Aquí tiene. Las hice hoy.

Adentro había como diez galletitas. Todavía estaban tibiecitas.

—Son de avena con pasas y un poquito de piloncillo. Receta de mi difunta. A la mujer se le daban las galletas como a nadie. Yo aprendí viéndola.

Olían a gloria. Ese olor te agarra y te lleva directo a una cocina con ventana y macetas. Le di las gracias y de pura casualidad solté una risa. Me preguntó de qué me reía. Le conté lo de la piedrita de la abuela, lo de la señora de los lentes oscuros, cómo todo se sentía conectado.

—Mire —me dijo—, ¿no le gustaría venir a un taller de tejido? Los jueves nos juntamos en la iglesia de la Cinco. Puro señor grande y señora tejedora. No pedimos experiencia.

Yo no tejía ni un calcetín. Pero los jueves son mis días libres en la biblioteca. Le dije que sí.

Llegué el jueves a las seis. La cocina de la parroquia olía a café y a limpio. Las mesas largas estaban llenas de estambres de colores, agujas, revistas con patrones. Había como doce personas. Algunos hacían bufandas. Otros, cobijitas de bebé. Tomás tejía con una concentración absoluta, los lentes a medio caer. Me sentaron con una señora bajita que se llama Chela. Me puso un par de agujas en las manos.

—Mira, mija, comienzas así. Metes, enredas, sacas. Metes, enredas, sacas. Como si estuvieras batiendo huevo pero más tranquilo.

Mi primer intento fue un cuadrito todo chueco. Parecía trapeador viejo. Tomás lo levantó, lo miró por encima de los lentes y dijo:

—Los cuadros más chuecos son los que mejor calientan. El amor no necesita estar derecho.

Todos se rieron. Yo también. Antes de irnos, cada quien cortó un pedacito de su tejido y los fuimos uniendo con un hilito. No era para nada en especial. Solo porque sí. Me llevé el muestrario a casa. Cuando lo vi colgado en mi pared, me acordé otra vez de la abuela. «Las cosas más chiquitas son las que un día te sostienen.»

En noviembre, alguien —creo que fue don Chuy, el que siempre lleva su termo de atole— propuso donar tejidos al albergue que está por la calle Segunda. El invierno estaba entrando y en Santa Ana de noche sí pega el frío, sobre todo si andas en la calle. La idea corrió como lumbre. Los jueves empezaron a terminar con montañas de bufandas y gorros. Cada uno llevaba una tarjetita cosida: Que alguien tejió esto para ti. No estás solo. Sin fotos, sin aspavientos. Solo eso.

Un jueves lluvioso, fuimos a dejar las cajas. Una señora del albergue, de esas que cargan todo en una mochila, se probó una bufanda verde y se quedó callada un rato. Luego dijo:

—Hace años nadie me regalaba nada.

Tomás me apretó el brazo. No dijo palabra. Pero yo supe lo que estaba pensando.

Para diciembre, el grupo de tejido había crecido tanto que ocupaba dos salones. Alguien llevó un cuaderno forrado con papel de regalo para anotar patrones. Otro empezó a juntar historias. Porque en ese grupo todos tejían por algo. La señora Lourdes tejía por su hija que vivía en otro estado. Don Pancho porque su esposa ya no podía mover las manos y él aprendió para hacerle un chal. Una muchacha joven, Andrea, llegó con una bolsa llena de estambre amarillo. Apenas podía hablar. Su abuela le había enseñado a tejer de niña. La abuela se le fue un mes antes. Andrea no había vuelto a tocar las agujas hasta ese jueves. Se sentó en silencio. Nadie le preguntó nada. Pero cuando terminó la noche, tenía su primer cuadrito en tres años. Se lo dio a Tomás sin decir nada. A la semana siguiente, Andrea ya era la primera en llegar. Una noche, mientras enrollaba estambre, soltó:

—No sabía cuánto necesitaba esto. Tejer con gente. No tejer sola.

Ninguno lo habíamos sabido tampoco. Pero ahí estábamos.

El último jueves antes de Navidad, Tomás llegó con una bolsa de papel para cada uno. Adentro había una piedrita lisa. Una piedra de río, de esas que la corriente pule sin prisa. En una tarjetita decía: «Las cosas más chiquitas son las que te sostienen». Y abajo, con su letra temblorosa: «Ustedes me recordaron que la bondad empieza en los momentos que casi no se ven».

La piedrita ahora está en la repisa de mi ventana. Junto a la concha de mar que me trajo mi papá de Ensenada y junto al frasquito de piedras de la abuela, que rescaté de la casa de mamá el mes pasado. Cuando pega el sol de la mañana, las tres se iluminan. Y me acuerdo.

Mi abuela no estaba hablando de piedras. Eso lo entiendo ahora. Ella me estaba dando una lección sin decirme que era una lección. Que uno se agacha por una cosa chiquita —un centavo, una piedra, una palabra en el momento justo— sin saber que está sembrando algo que no va a ver crecer. Pero crece. Vaya si crece.

Hoy es jueves. Ya son las cinco y media. Apago la compu, me pongo el suéter y en el bolsillo echo una piedrita lisa, de las que el río besa. Por costumbre. Por herencia. Por si alguien la necesita.

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Una Piedrita Lisa