Échalo a la calle. Encontré al gato doméstico de mi vecina bajo la nieve y su dueña se negó a salvarlo

Mira, te tengo que contar la historia de cómo encontré al gato del vecino bajo la nieve, y la dueña ni se molestó en ayudarlo escúchame, que esto parece de película.

Desde el principio, siempre me he llevado regular con el gato de la vecina, no te lo voy a negar. Que no es que no me gusten los gatos, ¡qué va! Pero ese bicharraco grandote y atigrado, Rufino, un día me acabó de sacar de quicio.

Esto te lo cuento porque a veces la vida te pone a prueba y te enseña que hay que mantener la humanidad, pase lo que pase.

Verás, aquel verano, el gato Rufino, del chalé de al lado, se empeñó en ponerse a hacer sus cosas en mi pequeño huerto. Más de una vez lo pillé revolviendo ahí, como un arqueólogo buscando algún tesoro. Le gritaba, y el tío salía corriendo, tan tranquilo, como si ni fuera con él. Mi casita es pequeñita, muy apañada, heredada de mi abuela, en una urbanización a las afueras de Salamanca, cerca de la ciudad.

Si te apartas un poco de la calle, todo es puro campo. Pero desde la parada del bus, en diez minutos te plantas en el centro. Antes, con la abuela en vida, me encantaba escaparme allí. Y después, seguí viniendo los findes, trayendo a las amigas, montábamos barbacoa, encendíamos la chimenea, íbamos a recoger moras En el pinar de al lado en media hora llenabas la bolsa de níscalos. Eso sí que era aire puro y descanso. Además tenía a mi prima, Pilar, hija del hermano de mi madre, siempre fuimos uña y carne. Entre el río, el huerto y el patio, ¡qué te voy a decir! Aburrirnos nunca.

Yo plantaba, como mucho, unas filas de rábanos y lechugas, y una esquina de cebollino. No era gran cosa, pero era mío, ¿sabes? Pues el terreno favorito de Rufino, claro Me quejé a la dueña, la tía Asun, y me suelta: ¿Y yo qué quieres que haga, mujer? ¿Le pongo un policía para vigilarle? Si le ves, tírale una piedra o algo, ¡a ver si así aprende!. Que ya ves tú el consejo

La cosa es que Rufino era del marido difunto de Asunción, don Nicolás. Ella siempre iba diciendo que jamás habría querido gatos, que era de perros de toda la vida. Pero mira, se quedó viuda y el gato le tocó en herencia.

El caso es que Rufino sobrevivía solo, ni falta que le hacía nadie; cazando ratones y, según las malas lenguas, hasta pescando en el río. De joven acompañaba a don Nicolás a pescar. Solo necesitaba un techo y una estufa, y tiraba palante.

Pero claro, yo y el gato, una guerra total. Yo probaba a hablarle con buenas palabras, hasta le puse algo de jamón ¡y ni caso!. Me miraba desde lejos, con cara de ni te acerques, y ni de broma a menos de cinco metros.

Un día, cansada, le eché un manguerazo de agua helada. Otro día me puse a desyerbar con un silbato, y al mínimo movimiento en el huerto, ahí iba yo tras él, pitando como si estuviera en la final de la Copa del Rey. Luego me meaba de risa recordando el salto que pegó el gato para cruzar la valla, y cómo me miró luego, con esa cara de eso no vale, qué faena me has hecho, y desaparecía con el rabo tieso.

Todo esto, mientras Asun lo miraba desde el otro lado de la valla y se reía. Sobre todo ahora que se sentía realizada porque por fin tenía un perro en casa. Su hija le había traído de Barcelona una toy terrier, Nani, y ya tenía entretenimiento. Lo resolví fácil: compré tres sacos de serrín y se lo puse a un rincón del huerto donde sólo crecía ortiga.

Rufino aceptó el trato y se hizo sus excavaciones sólo ahí. Yo di gracias Pero pronto vi que me observaba desde cada esquina: desde los matorrales, desde el tejado, de reojo por entre las tablas de la valla. Una noche salí al patio, y casi me muero del susto: dos ojos brillando en la oscuridad. Yo di tal grito, que debieron oírlo en todo el pueblo. Y es que con Rufino siempre fui de usted, nunca sabías dónde aparecía.

Ese año pasé los meses de buen tiempo en el pueblo, pero cuando volvieron las clases de la uni a Salamanca, empecé a venir sólo los fines de semana.

Pues fue en uno de esos findes, una mañana temprano, que al salir al patio descubrí un bulto bajo la nieve, en el escalón de atrás. ¡Era Rufino, el pobrecillo! Allí estaba el gato, tapado bajo una capa blanca, con carámbanos en los bigotes. Ni se movía ni levantaba la cola, sólo encogido, con la cabeza agachada. Le quité la nieve y ni pestañeó. Lo acaricié y hasta intentó maullar, pero le salió sólo un suspiro, ni sonidos.

Me lo llevé dentro, lo envolví en una manta, le calenté los bigotes, descongelándole el hielo con un paño caliente. Ni un ademán de protestar no podía ni moverse, el pobre. Le puse botellas de agua tibia, y fui corriendo a hablar con la tía Asun.

Pero ni por esas: ¡Ese animal vive en el cobertizo! ¡Que me ha meado toda la casa! ¡Y aquí dentro ya no entra! Resulta que desde el verano, con la llegada de Nani, el gato empezó a atacar a la perrita y marcar territorio, así que lo expulsó fuera.

El verano lo aguantó. Pero el invierno en el cobertizo sin aislamiento, eso sí que era duro. Le insistí a Asun, que el gato llevaba años cazándole ratones, pero nada: Si quiere, que se coma el pienso seco que le pongo y beba nieve. No se va a morir de hambre, no fastidies. ¡Sácale fuera si te molesta!

Volví a casa y, entre pensamiento y pensamiento, me di cuenta: el gato había venido a mi puerta buscando ayuda. Ya debía de haber perdido toda esperanza con su dueña, y mira, decidió jugársela viniendo a la que había sido su peor enemiga ese verano.

Empecé a llamar a conocidos, a ver si alguien quería adoptar a Rufino. Nadie. Mi prima Pilar sugirió llevarlo al establo con la vaca y el cerdo: mejor que a la intemperie, pero en su casa era imposible, ya tenían sus gatos.

Mientras tanto, el gato se recuperaba y, cuando ya tenía algo de fuerzas, salió de la manta, cruzó la habitación despacito, me rozó la pierna y se sentó enfrente mirándome fijo. Como diciendo: Venga, ¿qué va a pasar conmigo?. Yo suspiré, llamé a mi madre, que nunca quiso animales en piso, pero se acordó enseguida de don Nicolás, de lo buena persona que era, de lo mucho que ayudó a la abuela. Al final, con la nostalgia, hasta se emocionó, pensando en ese gato mayor y cada vez más invisible para todos.

Así que, mira, la decisión vino sola.

Me fui al súper del pueblo, pillé un trasportín de plástico con asas, y coloqué a Rufino dentro todo lo suave que pude. Lo llevé a Salamanca. Y para él, así, empezó una vida nueva.

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Échalo a la calle. Encontré al gato doméstico de mi vecina bajo la nieve y su dueña se negó a salvarlo