Estaba yo friendo unas tortitas en casa cuando de repente entra un hombre desconocido cuenta ahora a todo el que quiere escucharla Eulalia Benítez.
En aquel momento, desde luego, gracia no le hacía ninguna. A ver, imaginadlo: estáis solos, la casa vacía, ni un alma más podría haber. Y de golpe, ¡zas! ¡Te aparece un tipo en la cocina! Así mismo le pasó a ella.
Con su marido, Ramón, llevaba divorciada ya cinco años. Ella, rondando los sesenta, a nuevas relaciones, ni pensarlas. Los hijos, por su parte, lejos.
Vivía tan tranquila. Con los vecinos, maravilla. Por eso, y a pesar de los tiempos moviditos, tenía la costumbre pecados de la confianza de no echar el cerrojo a veces. Por si acaso la vecina Lola necesitaba algo y se pasaba a pedir sal. Esta vez, sin embargo, de Lola ni rastro. Lo que pasó fue que Eulalia bajó a tirar la basura. Entre lavarse las manos y echar un pienso a su gata Tomasa se le fue el santo al cielo y no cerró la puerta. Total, ¿qué iba a pasar? Estaba claro, no era como caminar sola por un bosque a medianoche.
Decidió prepararse unas tortitas. Cuando fue a sacar una del sartén a un plato, ¡zasca! Ve a un tipo. Ahí mismo, en su sartén, digo, ¡su cocina! Como salido del humo.
En ese instante vi pasar mi vida entera, desde la guardería. Os lo juro, de esas veces. Mira, pensé: Ya está, el cuadro completo. Si total, no hay mucho que robar, pero hace poco me compré una tele nueva, el ordenador, acabo de cobrar la pensión. El monedero, en el recibidor. Doy por hecho que ya se lo ha llevado y ahora va a por el postre. Susurré: Llévese todo, pero a mí déjeme tranquila, que tengo nietos y quiero seguir cuidándolos. No diré ni pío de usted. Y entonces el hombre empieza a disculparse. Que si lo siente, que si me explique… Yo, que ni le oía, la cabeza como hecha de algodón. Me aconsejó apagar el fuego del hornillo. Yo, como una autómata, le hice caso. Me senté. Y él, enfrente. Empieza con su relato: Que iba por la calle, tan tranquilo, que se le acercó un grupo de chavales, ya con la alegría puesta, a pedirle dinero. Que mejor no meterse en líos, y salió por piernas. Justo alguien salía del portal, él aprovechó, se metió al edificio y los otros detrás. Nada de tiempo para pedir ayuda. Llamó a varias puertas, nadie le abrió. Probó suerte con las manillas y la mía, claro, estaba abierta. Me pidió mirar por la ventana. Me asomé: efectivamente, allí fuera, unos cuantos elementos poco recomendables. Al rato, se fueron cuenta Eulalia.
El hombre se presentó como Antonio Sánchez. Cuando se le bajó el susto, Eulalia se lo quedó mirando. Grandote y torpón, pero con ojos bonachones. Si se pusiera un abrigo rojo, sería Papá Noel.
Perdona, ¿no tendrás una tortita para convidar? Hace siglos que no pruebo, desde que falta mi mujer… le pidió Antonio.
Ya se había quitado los zapatos, aún con la chaqueta puesta.
¿Pero tú de verdad le diste de comer? ¡Menuda cabeza la tuya! ¡Yo no habría podido! Lo saco a empujones yo misma flipaba luego la vecina Lola.
Pero Eulalia de repente se vino arriba. Sólo le pidió que se lavara las manos. El hombre fue al baño en un pispás. Se sentaron a tomar un té, estuvieron charlando largo. Viudo, sin hijos. Anda que no le contó cosas.
Al final, tocaron a despedida. Pidió disculpas otra vez y se fue.
Eulalia se sintió de pronto protagonista de todas las series españolas de la sobremesa. Tenía tanto cuento que compartir que no daba abasto al teléfono. Pero luego, después del subidón… sintió un vacío raro. ¿No tendría que… haber seguido la historia? ¿Invitarle a merendar con otro pastel? Los hace de setas y de manzana que son la locura.
Pero claro, el tren ya habría pasado. Al día siguiente, decidió hornear ese pastel de todas maneras. Y entonces, llaman a la puerta, un golpecito tímido. Se asoma por la mirilla, creyendo que es Lola. Ve quién es, y empieza a correr-buscando por toda la casa. Se peina en un segundo, se quita la bata vieja y en un plis plas se enfunda el chándal bueno, de pantalones. Unas gotitas de colonia que ya ni recordaba cómo olía. Abre la puerta.
Antonio estaba en el rellano. Flores en mano.
Yo… esto… venía, bueno, para disculparme otra vez. Le asusté mucho, así que… tenga usted estas flores. Pero ya me voy… tartamudeó.
¿A dónde vas hombre? ¡Que acabo de sacar el pastel del horno! ¡Pasa dale un tiento! se le iluminó la cara a Eulalia.
Subía por la escalera y ya olía que aquí huele como en pastelería. Pensé: qué suerte tiene el marido que viva aquí. suspiró Antonio.
Pues no tengo marido. ¡Pasa, pasa! invitó Eulalia.
Y desde entonces, aquí siguen, juntos. Él ahora es el rey del huerto en el jardín. Los hijos la recibieron bien, los nietos ya le llaman abuelo Toni. Juega con ellos como si fueran suyos.
Al final, después de una vida solo, el bueno de Antonio ha encontrado familia. El desconocido se ha convertido en alguien de casa, casi de la sangre.
Las amigas de Eulalia ahora la miran con envidia.
¡Ni que estuviera pactado con el destino encontrar un hombre decente a esta edad! ¡Y de esta manera, que ni Telecinco lo inventa: que viene él solito! exclaman.
Eulalia asiente, claro. Pero eso sí: desde aquello, la puerta, bien cerrada. ¡Por si acaso!





