¿Y quién dice que este aire es tuyo, eh? La escalera es de todos. Si quiero, fumo, y si quiero, escupo. Ponte a estudiar las leyes, mujer.
Victoria, la hija veinteañera de la vecina Carmen, soltó una densa nube de vapor con olor a gominola justo en la cara de Doña Elena. Junto a la chica, despatarrados en el alféizar entre pisos, reían un par de chavales. Por el suelo de cemento había colillas, latas vacías de Red Bull y cascarillas de pipas.
Doña Elena, jefa de contabilidad en una fábrica de Valladolid, ni tosió ni agitó los brazos, como esperaban los jóvenes. Simplemente se ajustó las gafas y miró a Victoria con esa mirada suya de inspección que hace sudar a los jefes de departamento en época de revisiones.
Es una zona común, Victoria dictó con voz gélida. Lo que significa que aquí no se fuma, ni se escupe, ni se monta un vertedero. Tienes cinco minutos para limpiar este desastre. Si no, cambiamos de registro.
Uy, qué miedo puso cara de póker Vicky, sacudiendo la ceniza sobre el suelo recién fregado por la señora de la limpieza. Vete a tomarte la presión, que te va a subir. ¿Vas a quejarte a mi madre? Ella misma me ha dicho que baje a fumar aquí para no liar humo en casa.
Los chicos soltaron una carcajada. La puerta de Doña Elena se cerró, bloqueando el bullicio del rellano.
En el pasillo olía a tortilla y a madera vieja ese aroma hogareño que ahora quedaba eclipsado por el tufo a tabaco barato colándose por la cerradura. En la cocina, agachado sobre la mesa, estaba Pablo.
Pablo tenía treinta y dos años, aunque la calvicie precoz y la espalda encorvada le echaban una década más. Sobrino del difunto esposo de Doña Elena, vivía con ella desde hacía diez años. Hombre callado, sin carácter, tartamudeaba un poco y reparaba relojes en un taller. Para los vecinos, era el pobrecito, el blanco fácil de los chismorreos.
E-e-elena, ¿están ahí de nuevo? se encogió Pablo, oyendo el jaleo tras la puerta.
Come, Pablo. No es asunto tuyo zanjó Elena mientras le servía más tortilla, aunque por dentro hervía de indignación.
Esa tarde subió a hablar con Carmen. Abrió la puerta en bata, móvil pegado al oído y una mascarilla verde en la cara.
Carmen, tu hija ha montado un chiringuito de fumadores en mi puerta. El humo se cuela y el ruido dura hasta las tantas. Exijo que hagas algo.
Carmen puso los ojos en blanco sin apartar el móvil:
Ay, Elena, no empieces, mujer. Son jóvenes, ¿dónde van a estar? Hace frío en la calle. Mejor aquí, que por lo menos no son maleantes, sólo charlan. Ten paciencia, tú que no tienes hijos, por eso te molesta tanto. Y tu Pablo… pobrecito, a él qué más le da.
El golpe fue bajo y directo. Doña Elena respiró hondo.
¿Así que es cosa de jóvenes? ¿Y mi Pablo te molesta? Está bien, Carmen. Te he entendido.
Volvió a su casa, se sentó en el escritorio y sacó su carpeta de papeles oficiales. Las emociones eran para los flojos; para los duros está el Código Civil y la Ordenanza Municipal.
La semana siguiente, la Doña andaba más silenciosa que una estatua. Victoria, creyendo que la vieja cascarrabias había tirado la toalla, colonizó toda la zona. Trajo hasta un sillón destartalado, robado de algún contenedor, y su música tronaba hasta bien entrada la madrugada.
Pero todo estalló un viernes.
Pablo regresaba del taller con una bolsa de la compra y una cajita de relojería. Al pasar junto a la peña, uno de los chavales, el novio de Vicky alias El Agrio le puso la zancadilla.
Pablo tropezó, se rompió la bolsa, y las manzanas rodaron por todo el suelo entre colillas. La cajita salió disparada.
¡Mira, el avestruz se ha lanzado a volar! se desternilló El Agrio.
Victoria, mordiendo la boquilla del vapeador, lo remató:
A ver, pringao, mira por dónde vas. Anda, recoge rapidito, antes de que me dé por ayudarte de otra forma.
Pablo, rojo como un tomate y a punto de llorar de impotencia, empezó a juntar las manzanas. Ya estaba acostumbrado. Siempre había sido invisible, el gracioso al que nadie defendía.
De repente, la puerta se abrió de golpe. Ahí estaba Doña Elena, no con una escoba, sino con el móvil grabando en vertical a El Agrio.
Actos vandálicos, insultos y daños materiales recitó despacio. Todo grabado. Ahora llamo a la policía municipal, y mañana estas imágenes van directas al ayuntamiento.
¡Guarda ese móvil, señora! bramó el chaval, pero no se atrevió a acercarse; la mirada de Doña Elena daba más miedo que una ronda de antidisturbios.
Pablo, levántate ordenó ella sin mirarle. Entra.
P-pero las manzanas…
Que las deje. Ahora son basura, como todo lo que hay en este rellano.
Cuando la puerta se cerró tras Pablo, Doña Elena encaró a Victoria, ahora bastante menos chula.
Presta mucha atención, querida. ¿Tú creías que llevo una semana callada porque me resigno? Estás muy equivocada.
¿Qué dices, ahora un expediente o qué? intentó hacerse la fuerte, pero le temblaba la voz.
He hablado con el dueño de tu piso. Tu madre no es la propietaria, ¿verdad? Es tu padre, que vive en Madrid y seguro piensa que su hija es una estudiante de medicina ejemplar, no la reina del botellón en la escalera.
Victoria palideció. De su padre se decía que era más estricto que una secretaria del registro civil.
No te atreverás…
Ya me he atrevido. Recibió tus aventuras por fotos y vídeos hace diez minutos. Junto a una denuncia a la policía local y al administrador de la comunidad, con pruebas: fechas, basura, ruido, humos. Dejaré que sean ellos los que actúen. El municipal pasará por aquí en media hora y tu padre, te lo dejo de sorpresa, llega mañana temprano.
El sábado por la mañana, el rellano temblaba ante los rugidos de un barítono.
Doña Elena estaba tomando el café cuando sonó el timbre. En la puerta, un hombretón de mirada seria con abrigo caro el padre de Victoria, don Antonio. A su lado, Carmen llorando a moco tendido y, de la niña, ni rastro.
¿Doña Elena? dijo con voz melosa pero con mando. Le pido disculpas por lo de mi hija y mi ex. Ya han venido a limpiar el destrozo y yo me haré cargo de pintar las paredes. Victoria se va a un colegio mayor, y el grifo financiero, cortado.
Elena aceptó las disculpas con la dignidad que da saberse en el lado de la razón.
Es lo justo. Pero hay otro detalle.
Llamó a Pablo. Salió encorvado, esperando otra bronca.
Su amigo insultó ayer a mi sobrino explicó Elena calmada. Además, le rompió el trabajo. Pablo es un maestro de la relojería. Arregla mecanismos que ni en Suiza se atreven a tocar.
Don Antonio le echó una mirada de curioso.
¿Relojero?
Restaurador susurró Pablo, apenas tartamudeando.
Vaya, vaya El hombre se acercó y, ante la sorpresa de todos, le ofreció la mano. Tengo una colección de Breguet. Uno se estropeó hace un año y no hay quién me lo arregle. ¿Te animas a echarle un vistazo?
Pablo levantó la cabeza. Por primera vez le veían como profesional y no como el tarado del bloque.
P-puedo intentarlo s-si la espiral está bien.
Pues trato hecho Don Antonio le estrechó fuerte la mano. Perdona a mi chica, hermano. Se me fue de las manos. Cuenta con mi encargo y mi gratitud.
Al cerrarse la puerta, Pablo contempló su mano. Inspiró hondo y, por primera vez en su vida, echó los hombros atrás.
Tía Elena, dijo ahora con voz decidida, apenas sin tartamudear, me voy a recoger esas manzanas. No está bien dejar la comida en el suelo.
Ella se volvió hacia la ventana, camuflando la emoción.
Perfecto, Pablo. Pon el agua para el té. Hoy celebramos.
En el rellano, olía a lejía y pintura fresca. Todo estaba en silencio y limpio. De la casa de Doña Elena salía olor a empanada y la voz, tranquila y segura, de Pablo, explicándole a su tía cómo funcionaba el tourbillon.
La zona de fumadores cerró. Para siempre.



