MIRANDO AL VACÍO
Jaime y Clara se casaron con apenas 19 años. No podían vivir ni respirar el uno sin el otro. Era una pasión desmedida, casi de novela. Así que sus padres, alarmados, decidieron apresurarse en legalizar esa relación antes de que sucediera algo poco decoroso. La boda fue un acontecimiento memorable, repleto de flores, muñeca en el capó del coche, fuegos artificiales, banquete, brindis y los típicos gritos de ¡Que se besen! de los invitados.
Los padres de Clara no pudieron aportar ni un euro a la celebración; sus ingresos solo alcanzaban para una comida humilde y, sobre todo, para el vino diario. Fue la madre del novio, doña Alejandra Lozano, quien asumió todos los gastos. Sabiendo que su nombre entero era algo imponente, prefería que la llamaran simplemente Sandra.
Sandra nunca estuvo de acuerdo con que su hijo Jaime saliera con una muchacha cuyos padres no soltaban la copa. Pero ¿cómo frenarlo? Jaime juraba que Clara jamás sería como ellos, que su amor era tan puro que superaría cualquier herencia o mala costumbre.
Sandra intentó advertirle:
Mira, hijo, del árbol de peras no nacen manzanas. Como no os cuidéis, vuestro amor puede ser más corto que un suspiro…
Jaime y Clara se creían tocando el cielo: el mundo era suyo. Sin embargo, la vida tenía otros planes. Como regalo de bodas, Sandra y su marido les entregaron un piso: Vivid y sed felices, hijos.
Los primeros años fueron tranquilos y hasta alegres. Clara dio a luz a dos niñas, Inés y Teresa. Jaime las adoraba y se sentía por fin el rey de la casa.
Pero no pasaron ni cinco años antes de que Clara empezara a esfumarse por las noches. Cuando volvía, el aroma del vino no engañaba a nadie. Jaime, dolido, le pedía explicaciones. Al principio, Clara callaba. Después, sin remordimiento, le soltó que jamás lo amó, que aquello fue solo un arrebato adolescente.
Le confesó que ahora sí había encontrado al hombre de sus sueños y que se iría con él, aunque fuera casado y tuviera tres hijas. Jaime se quedó paralizado, envuelto en una niebla de dolor. Se sintió traicionado como nunca.
Clara desapareció junto a su amante, rumbo a un perdido pueblo de Castilla. Decía que con la persona correcta cualquier chabola era un paraíso, y con un no querido ni un palacio valía la pena.
Las niñas se quedaron abandonadas a su suerte.
Sandra, mujer lista y enérgica, no dudó en acoger a sus nietas. Ella y su marido las criaron con mimo y cariño.
Jaime, perdido y solo, terminó entrando, por consejo de un amigo, en una secta religiosa. Allí, pronto, lo casaron con una viuda, Gloria, madre de dos chicos. En poco tiempo lo unieron a ella de nuevo, según los ritos del grupo.
Con la nueva familia, Jaime no tenía apenas tiempo para ver a sus hijas. Gloria llenaba sus días de preocupaciones y obligaciones. Cuando Jaime mencionaba a Inés o a Teresa, Gloria cortaba enseguida:
Jaime, ellas tienen madre. Que se ocupe ella. Tú lleva a Sergio al cole y da de cenar a Luismi
Él obedecía resignado, aunque seguía amando a Clara, aun sabiendo que todo entre ellos estaba perdido.
Siete años después, Clara apareció de repente en casa de Sandra, llevando de la mano a una niña de unos cuatro años. Sandra la miró de arriba abajo:
Vaya… La vida te ha dado buena tunda, Clara. ¿Y esta es tu hija? escudriñó Sandra.
Sí, se llama Marina. ¿Podemos vivir aquí un tiempo? preguntó Clara, nerviosa.
No esperaba esta visita… ¿Te han echado? insistió Sandra.
No, me fui yo. No podría más: mi pareja me pega y bebe sin parar se quejó Clara.
Tú lo elegiste, nadie te obligó. ¿Por qué no has ido con tus padres? preguntó Sandra, sarcástica.
Echaba de menos a mis hijas, por eso he venido. ¿No me dejarás verlas? soltó Clara, aferrándose a la esperanza de la comprensión de Sandra.
Vaya, ¡mira quién se acuerda de ser madre! Eres una verdadera “cuco”, Clara sentenció Sandra.
En ese instante, el timbre interrumpió la charla. Inés y Teresa, ya adolescentes, entraron. Reconocieron a su madre, pero solo sentían rencor. Sandra, apesadumbrada, pensaba muchas veces en su suerte: tener nietas huérfanas de padres vivos.
Por supuesto, Sandra acogió a Clara y a la pequeña Marina no iba a dejarlas en la calle. Pero, apenas pasado un mes, Clara desapareció de nuevo. Regresó con su pareja adorada al pueblo, dejando a Marina con sus abuelos.
Así, Sandra y su marido se hicieron cargo de tres nietas. Las niñas los querían y respetaban. En casa reinaban el cariño y el buen juicio.
El tiempo, sin embargo, no perdona. Años después, Sandra y su esposo fallecieron. Inés se casó, pero no pudo tener hijos. Teresa, tras muchas vueltas, eligió quedarse sola con su pelo ya canoso. Marina, con diecisiete años, fue madre joven y se marchó al pueblo con su madre.
La juventud se fue sin despedirse y la vejez llegó sin pedir permiso.
Clara, ya sola porque sus hijastras llevaron a su pareja enfermo al hospital de la ciudad, vivía de los recuerdos. Las hijas del hombre la culpaban de haberlo arruinado. La despidieron con un: ¡No te metas más en lo que no es tuyo!
En el pueblo, a Clara la llamaban desvergonzada y borracha. Allí todo se sabe, y la lengua afilada de los vecinos no perdona. Su fama era cada vez más triste.
Jaime, a su vez, terminó huyendo de Gloria y abandonando la secta. Vivía solo, en el piso de su madre, sobreviviendo apenas con sopa de sobre y caldos claros. Dormía en una cama helada, acompañado solo de tres gatos, buscando con ellos no perder la cabeza. Ese fue todo su consuelo.
Y pensar que la felicidad estuvo a punto de mudarse a casa de Jaime y Clara…
